El tedio ominoso
sedimentado en mí,
fugó vertiginoso
en
cuanto te lo vi.
Sentí que la esperanza,
tan parca para mí,
me habría a la confianza
que nunca conocí.
Jamás hasta ese día
no supe ni advertí
cuál era la alegría
que aquella vez sentí.
¿Fue fruto del ensueño,
que tanto perseguí
sin desistir mi empeño,
que al fin lo recibí?
Libé con la mirada,
con mi alma la absorbí,
la luz inmaculada
que advenía de ti.
Miré tus bellos ojos,
frutas de capulí,
serenos como lagos,
y
en ellos me perdí.
Seguí sus laberintos.
Y
entonces descubrí,
ardientes, dadivosos,
tus labios de rubí.
“¿A qué saben sus besos
―vehemente me inquirí―,
a
nardos, a geranios
o
a flor de alelí?”
¡Nepente de los dioses
su esencia, colegí.
Llegar a despojarles
audaz me prometí!
Sin que medie un momento
quise saber por mí,
quise besar sediento
tus labios de rubí.
Mas mi hado fue infausto.
Como te consta a ti,
¡de tus besos el gusto
jamás lo descubrí!