Es
increíble lo que la mayoría de la gente piensa acerca del aspecto que
se gastan los criminales. Cree que los cleptómanos, asesinos,
violadores, narcotraficantes y otros tantos
sujetos que se han desviado de la angosta y recta línea trazada por la
Ley, tienen que ser necesariamente de apariencia repulsiva y poseer
modales de un cavernario, que no pueden pasar desapercibidos ante la
escrutadora mirada de los demás.
Por eso, cuando en una persona de agradable presencia se descubre a un
avezado malhechor, llenos
de asombro comentan: "Pero ¡quién lo hubiese creído, pues el individuo
en cuestión no tiene catadura de forajido!"
Es tan
generalizada esta creencia que incluso el famoso psiquiatra y
antropólogo italiano Cesare Lombroso, fundador de la antropología
criminal, atribuía determinadas anomalías físicas al delincuente como
consecuencia de su degeneración moral. En su obra fundamental,
L´uomo delinquente (1878), expone los principios de una
criminología experimental basada en el positivismo. Pero de modo
alguno nos proponemos a hablar aquí de la dinámica del delito, sino
por el contrario demostrar que quienes transgreden las leyes y dejan
de lado la moral no exhiben un aspecto muy diferente del que posee
usted mismo. Y muchas veces, cuando la habilidad y la capacidad de
disimulo del delincuente son tales como para mantenerse al abrigo de
la sospecha, que de otra manera le denunciaría, ni siquiera sus más
allegados recelan de él.
Sin
embargo, para que un crimen se mantuviese en absoluto secreto, éste
habría de ser perpetrado sin testigos y el cuerpo del delito refundido
para siempre. De lo contrario, los sabuesos de la policía no tardarían
en descubrir al culpable y someterlo a la potestad de los jueces,
quienes a su vez le castigarían en proporción con el grado de
culpabilidad que tuviese él. Entonces el crimen no habría quedado
impune.
No
obstante, aparte de estos delitos comunes, que la sociedad los rechaza
con toda razón por encontrarlos contrarios a la moral y nocivos para
la seguridad pública, existen otros que bajo un matiz aparentemente
legal e incluso loable pasan inadvertidos aun al ojo más atento. Estos delitos, no obstante
ser cometidos públicamente y con las tres agravantes capitales:
premeditación, ventaja y alevosía, jamás son castigados en
Suramérica (y mucho menos en nuestro país). Uno de ellos es nada menos que
el atentar contra el equilibrio de la madre naturaleza, al segar
indiscriminadamente la vida de sus hijos predilectos, los árboles.
Estos maravillosos seres, con igual derecho a la existencia que los
humanos, pero mucho más útiles que éstos para la salud del planeta,
hoy más que nunca son asesinados sin clemencia en grandes cantidades.
Pero esta
actividad no podrá continuar sin causar la ruina de la humanidad. De
suerte que la culpa de unos cuantos sujetos inescrupulosos, tengamos
que pagarla todos muy caro y a corto plazo.
De la
exuberante selva que hasta hace escasos años poblaba majestuosa esta
privilegiada zona del planeta no queda al momento sino muy poco. Los
verdes y rumorosos gigantes, reguladores del ecosistema, fuente del
oxígeno, artífices de la belleza de los paisajes y canción de
esperanza, caen constantemente bajó la implacable segueta de las
empresas madereras, sin que ninguna autoridad forestal se atreva a
parar su carrera destructiva. Tampoco es válido para estas
omnipotentes corporaciones internacionales, ninguno de los mandatos
que contempla
Ley de Reforestación alguna.
No puede
ser más alarmante, pues, desde hace rato, la amazonía no cesa de
perder diariamente miles de hectáreas de exuberante bosque para dar
lugar al espeluznante avance del desierto que se acrecienta
constantemente. A este paso, no es aventurado predecir que dentro de
breve lapso habremos proporcionado a Suramérica un nuevo Sahara.
La
historia de nuestro planeta se presenta erizada siempre de vicisitudes
y cambios drásticos impuestos por desastres naturales, cuyo origen y
consecuencia fueron inevitables: terremotos, diluvios, inundaciones,
incendios forestales y enfriamientos en grado extremo. Sin embargo,
como el ave fénix que renace de sus cenizas, los lugares devastados,
luego de un periodo de estabilidad, han recuperado para sí su anterior esplendor.
Mas hoy experimenta la tierra un nuevo y mayúsculo peligro adicional: el
hombre, convertido en su agente destructor. Este ser dotado de
inteligencia, supeditada por desgracia a la insaciable codicia,
amenaza con llevarla a su destrucción total si la reflexión tarda en
asistirle.
Ante esta
nueva espada de Damocles que pende sobre nuestras gargantas, se hace
indispensable, simultáneos a la creación de programas educativos que patrocinen
al árbol, instituir el "Fondo Internacional del Árbol", para velar
por la seguridad de este noble ser, y la "Corte Forestal de Justicia",
con amplios poderes coercitivos, para castigar severamente a sus asesinos.
Un mecanismo idóneo para que este ideal tribunal de justicia pudiese
actuar con eficacia, sería la potestad de juzgar a los culpables
inclusive en ausencia y de extraditarlos de cualquier país del mundo.
Ciudadano, por tu propio interés, contribuye enérgicamente a combatir
este crimen de lesa humanidad, impidiendo la tala de los bosques
naturales. Es tu deber proteger esta grandiosa herencia que te llegó
intacta a través de millones de años. Caso contrario, la humanidad
entera te condenará.