HISTORIA DE LA VIDA, HECHOS Y ASTUCIAS DE BERTOLDO
HISTORIA DE LA VIDA, HECHOS Y ASTUCIAS DE BERTOLDO, LA DE SU HIJO BERTOLDINO, Y LA DE SU NIETO CACASENO
PREFACIO
Muchas veces el mérito nos pasa desapercibido, porque familiarizados con la cosa en donde existe, nos evitamos el trabajo del análisis ó el estudio de su índole. Tal sucede con los cantares que oímos en boca del vulgo, en cuya poesía, como en las rapsodias de Homero y en los cantos del Dante, en los episodios de los Niebelungens y en las leyendas del Mahabarata, se retrata la fisonomía moral de un pueblo, de una raza, de toda una generación; tal pasa con esos romances, como el del Cid, verdaderos mitos que se eternizan en los anales de la historia, que son la epopeya de una edad, de una nación, de una época; tal acontece, en fin, con esos libros que constituyen la expresión más genuina de una institución, ó la síntesis filosófica y moral de una sociedad.
A este género pertenece el Bertoldo. Sus dos primeras partes, escritas por Julio César della Croce, se publicaron en forma de novela en 1620, y poco después, Adriano Banchieri, con el seudónimo de Camilo Scaligeri della Fratta, las aumentó con la historia de Cacaseno, que según Brunet dióse á la estampa en el mismo siglo XVII.
Nada podemos decir respecto á la acogida que obtuvo en su aparición, ni de las consideraciones que merecería á la crítica; pero deben bastarnos, para deducirlo, las noticias que nos suministra la historia, manifestándonos que más tarde, y en el siglo XVIII, varios distinguidos poetas italianos, entre ellos los Zannolti, Buruffaldi y Zampieri, se ocuparon de esta obra, formando de las tres novelas un poema en veinte cantos y en rima mayor, del cual se hizo una edición en 1747, en dialecto veneciano, que figura en el Parnaso italiano. Por otra parte, Cantú, al tratar del reinado de Alboíno, rey de los longobardos, de fines del siglo XVI, dice: «Ignoro de donde haya podido tomar Julio César della Croce esta leyenda; pero todo revela su origen alemán: la corte de Alboíno, aunque trasladada á Italia, hasta los nombres mismos de Bertoldo, Marcolfa, etc. Lo contradicho Salomonis, una de las novelas más antiguas, presenta una discusión de Guillermo el Conquistador con el villano Marculfo, oriundo tal vez de las aventuras de Bertoldo, traducidas en todos los idiomas, y que los alemanes no sé con qué fundamento suponen de origen asiático.»
Bastarán los datos que acabamos de citar, de los cuales se deduce la ventajosa opinión de eminencias irrecusables, para dar por admitida la bondad, hasta ahora poco menos que sospechosa, de un libro que invade desde tiempo inmemorial los estadios de todas las clases de la sociedad, sin que por eso el crítico se haya dignado tomarse la menor molestia en sacudir el polvo que ha ido cubriendo la belleza de sus páginas.
Nosotros, quizás más atrevidos, pero menos pretenciosos que amantes de cuanto tiende á enaltecer las elucubraciones de la inteligencia, nos hemos propuesto resucitar la importancia que la mano de los tiempos ha intentado borrar.
Escrito este libro en época en que la imaginación se dejaba llevar en alas de sus inspiraciones, se nota cierto desaliño en la forma que embaraza la marcha de la acción y oscurece sus condiciones literarias; mas no por ello dejan de estar sostenidos con propiedad los caracteres, tramado y desenvuelto el enredo con artificio, ingenio y naturalidad, y cuidado su fondo hasta el punto que de cada frase brote una sentencia, de cada chiste un pensamiento profundo, de cada locución un tratado de moral.
Entre las escasas obras que llenan los fines que debe proponerse la novela, instruir deleitando, moralizar divirtiendo, le corresponde un lugar distinguido á la Historia de Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno.
Esto sentado, si alguna vanagloria puede cabernos al tener la osadía de recorrer sus páginas, es la del deseo de mejorarlas, descartándolas de los defectos que, según nuestro criterio, hayan podido imprimirles la falta de conciencia ó el abandono de los traductores, así como el espíritu literario de los tiempos en que se escribieron.
La mayor recompensa que pudiéramos obtener sería la de que el éxito coronara nuestro buen propósito: si no llegamos á alcanzarlo, nos contentaremos exclamando con el ilustre historiador: Grande es la empresa; si nuestras fuerzas no bastan á llevarla á cabo, nos quedará la gloria de haberlo intentado.
Juan Justo Uguet.
HISTORIA DE BERTOLDO.
TRATADO PRIMERO.
INTRODUCCIÓN.
En el tiempo que Alboíno, rey de los longobardos, dominaba casi toda la Italia y cuya corte se enseñoreaba en la hermosa ciudad de Verona, llegó cierto día al real palacio un rústico llamado Bertoldo, hombre deforme y de feo aspecto, pero de sutil y vivísimo ingenio; pues era muy agudo y pronto en responder á cualquier asunto, si bien de natural malicioso y melancólico, como suele por lo general acontecer con la gente ruda y campesina.
Sumamente pequeño de cuerpo, tenía la cabeza redonda á modo de bola, la frente arrugada, los ojos colorados, brotando fuego; las cejas largas y cerdudas; las orejas borricales; la boca grande y algo torcida, con el labio inferior colgando como el de los caballos; la barba luenga y bermeja á semejanza de la del macho cabrío; las narices desmedidamente largas, remangadas y rematando en punta; los dientes le salían de la boca á modo de colmillos de jabalí, con tres ó cuatro papadas que causaban tal ruido cuando hablaba, que parecían pucheros cociendo á la lumbre; sus piernas eran cabrunas, á manera de nigromántico; los pies desmesurados; el cuerpo velludo como el del oso; llevaba medias de lana burda, remendadas cual lápices viejos, y gruesísimos zapatos de tacones muy altos. Puede decirse que era el reverso de Narciso (1)*.
Una vez en palacio, Berloldo se introdujo en las primeras antecámaras, y prosiguiendo adelante, internóse en donde estaban los grandes, validos y ministros; pasó por medio de todos hasta llegar á presencia del rey, y sin quitarse el sombrero, ni hacer el menor acto de cortesía ni acatamiento, se sentó junto á la real persona, quien como monarca benigno, piadoso y amigo de ver semejantes figuras, se imaginó que este hombre sería de ingenio gracioso y bufón, considerando que muchas veces suele favorecer la naturaleza con algunos dones particulares á esa clase de seres (2). Por lo que, sin dar muestras de enfado ni alteración, le empezó á preguntar cariñosamente:
— ¿Quién eres, cuándo naciste, y cuál es tu patria?
— Soy un hombre, respondió Bertoldo, nací cuando mi madre me parió, y mi tierra es este mundo.
— ¿Quiénes son tus ascendientes y descendientes?
— Las judías en la olla; porque cuando cuecen suben y bajan, y comiéndolas yo, vienen á parar en mí (3).
— ¿Tienes padres y hermanos? insistió el rey.
— Los tengo, pero todos han muerto.
— Pues, ¿cómo los tienes si dices que han muerto?
— Porque cuando salí de mi casa los dejé durmiendo; y hallo tan poca diferencia del sueño á la muerte, que creo firmemente que ambos son hermanos carnales (4).
Asombrado el rey al oír tan aguda respuesta, conoció que no se había equivocado en el juicio que del rústico formara, y queriendo ponerle á prueba, continuó interrogándole:
— ¿Cuál es la cosa más veloz del mundo?
— El pensamiento.
— Y ¿el mejor vino?
— El que se bebe en casa ajena (5).
— Y ¿el mar que nunca se llena?
[* Para no embarazar la lectura de un valioso libro, ni afear la edición, se han colocado las notas al final de la obra.]
— La codicia del avariento (6).
— Y ¿la cosa más fea que pueda darse en un mozo?
— La desobediencia.
— Y ¿el vicio más notable en un anciano?
— La lascivia.
— Y ¿el principal delito en un mercader?
— La mentira (7).
— ¿Cuál es la gata que por delante lame y por detrás araña?
— La mujer ramera (8).
— Y ¿el mayor fuego de una casa?
— La mujer viciosa y el sirviente deslenguado.
— Y ¿cuáles son las enfermedades más incurables?
— La locura, la gangrena y las deudas del tramposo.
— ¿Cómo traerlas aquí una criba de agua sin verterla?
— Esperarla que se helase, y la traerla congelada.
— ¿Qué busca el hombre que no quisiera hallar?
— Los insectos en la camisa y los puntos en las medias.
— ¿Cómo cogerlas una liebre sin perro?
— Esperarla que estuviese guisada.
— Buen meollo tienes.
— Y tú mejor humor si no comieras.
— Vaya, pídeme cuanto quisieres que estoy dispuesto á concedértelo.
— El que nada posee mal puede dar á otros (9).
— ¿Por qué no puedo darte lo que pidas?
— Porque ando buscando felicidad, y tú no la tienes (10).
— ¿No te basta verme sentado en este trono para convencerte que soy dichoso?
— El que más alto está más peligra en la caída.
— Mira cuantos señores y caballeros andan al rededor mío dispuestos á obedecerme.
— También los hormigones andan al rededor del árbol y le roen la corteza.
— Sin embargo, luzco en mi corte como brilla el sol entre las estrellas.
— Tendrás razón, pero yo sólo veo tinieblas en la adulación (11).
— Acabemos: ¿quieres quedarte en mi corte?
— El que se halla en libertad no debe buscar la esclavitud.
— ¿Qué te impulsó, pues, á venir?
— La creencia de que un rey tendría diez ó doce palmos más que los otros hombres, y se elevase sobre los campanarios y tejados; pero veo que eres como los demás, con la sola distinción de ser rey.
— Confieso que es verdad en cuanto á estatura; sin embargo, en poder y riqueza sobrepujo á todos, no sólo en doce palmos, sino en mil varas. Ahora únicamente deseo saber, ¿qué te induce á dirigirme tal discurso?
— El pollino de tu mayordomo.
— ¿Qué tiene que ver el pollino de mi mayordomo con la grandeza de mi corte?
— Te diré: cuatro mil años antes que vinieras al mundo ni existiera tu corte, el rucio ya rebuznaba (12).
— ¡Ja, ja, ja! Feliz ocurrencia has imaginado para reímos.
— Siempre acude la risa en la boca de los necios.
— Eres un rústico malicioso.
— Es mi condición.
— Te mando que al instante te vayas, pues de lo contrario le haré echar: el perjuicio y la vergüenza recaerán en ti.
— Me iré, pero advierte que las moscas son de tal índole, que aunque las echen vuelven luego; por consiguiente, si mandas arrojarme á la calle, prometo importunarle de nuevo.
— Pues vete; y si no vuelves como dices lo hacen las moscas, he de mandar te ahorquen.
ALEGORÍA PRIMERA.
LA CIENCIA ES NECESARIA HASTA EN LOS RÚSTICOS Y DEFORMES, PUES CON SU AUXILIO SE TRIUNFA FÁCILMENTE DE TODOS LOS PELIGROS.
Obediente Bertoldo á la orden del rey, fuese á su casa, y montando en un borrico muy viejo que tenía, todo desollado y lleno de mataduras, volvióse á palacio entre un nublado de moscas y tábanos que acudían al olor de la carniza, y llegando á la presencia del rey, le habló en estos términos:
— Ya me tienes aquí, rey mío.
— ¿No te dije que si no volvías como las moscas mandaría ahorcarte? dijo el rey.
— Las moscas ¿no acuden á las mataduras? observó Bertoldo.
— Indudablemente, afirmó el monarca.
— Pues ya me ves volver sobre esta matadura gangrenada y llena de moscas que casi me tienen comido.
— Desde luego te califico de ingenioso: anda, que te perdono. Y dirigiéndose hacia su servidumbre añadió:
— ¡Hola! acompañadle al punto y que le den de comer.
— No puede comer todavía quien no ha terminado la tarea, advirtió el sagaz rústico.
— ¿Tienes que decirme algo más?
— Aun no he comenzado.
— Sin embargo, quita de ahí esa peste y retírate; porque se dirigen hacia aquí dos mujeres, y es probable que vengan á suplicar les conceda audiencia: cuando las haya despachado volverás.
— Me retiro, encargándote que obres con justicia.
Y en efecto, llegaron las dos mujeres delante del monarca. Una de ellas había hurtado un espejo á la otra: la dueña del espejo se llamaba Aurelia, y la hurtadora que lo traía en la mano Lisa. Aurelia se adelantó, y querellándose, dijo:
— Señor, esta mujer entró anoche en mi cuarto y hurtóme el espejo que trae, y no obstante de suplicarla repetidas veces me lo restituya, se niega á devolvérmelo; por cuya razón acudo á ti para que como rey y señor hagas justicia.
— Señor, replicó Lisa, no es cierto lo que dice; pues há días lo compré con mi regaladísimo dinero, y no comprendo cómo esta picara tenga atrevimiento para pedir lo que no es suyo.
— Justísimo señor, no des crédito á las falsedades de esa mujer, porque es una ladrona sin conciencia, y á no ser verdad lo que digo, por todo el oro del mundo nunca reclamara lo que no es mío.
— ¡Vaya con la beata! ¡Qué bien finge para que la crean y den la razón! ¡Ah, hermana! ¿No encontrabas otras excusas más á propósito? Pero me consuelo con que estamos delante de un juez que conocerá mi conciencia y tu grande hipocresía.
— ¡Tierra, cómo no te abres y tragas á esta infame que con tanta desvergüenza me niega lo que es mío, y con mayor picardía finge tener razón para que me tomen por embustera! ¡Ay, Dios mío! Descubre la verdad de este caso.
— Vamos despacio; aquiétense, que ahora quedarán satisfechas. Toma el espejo, dijo el rey á uno de los cortesanos, rómpele en menudos pedazos, y repárteselos entre las dos equitativamente, á fin de que queden contentas.
—Consiento en que se rompa el espejo, dijo Lisa, y así acabará nuestro pleito.
— Yo, no, señor, exclamó Aurelia: antes permitiré que se lo lleve entero, pues no tengo ánimo para ver romper un espejo tan hermoso. Además, que me queda la esperanza de rescatarlo algún día, pues puede remorderle la conciencia y restituírmelo.
— La sentencia del rey me ha gustado: hágase pedazos, y con esto no tendremos más motivos de reñir.
— Conozco que el espejo es de la que no quiere que se rompa, observó el rey; su llanto y súplicas son claras y evidentes señales de que le pertenece: désele, pues, y arrojen de aquí á esa otra ignominiosamente.
— Piadosísimo rey, te doy infinitas gracias, porque, comprendiendo la malicia de esa infame, has dado la sentencia como juez sabio y justo. Quedo rogando al cielo te guarde y conceda las mayores prosperidades que para raí deseo.
— Y hete en hora buena y procura ser mujer de bien, dijo el monarca. Y volviéndose á los que le rodeaban, añadió:
— ¡Bien se conocía que el espejo era de esta pobre cuitada (1)!
— ¡Rey mío, dijo Bertoldo que había estado escuchando la sentencia, qué poco discernimiento tienes!
— ¿Cómo así?
— Porque crees en lágrimas de mujeres.
— ¿Por qué no debo creerlas?
— ¿No conoces que su llanto es engañoso, y cada cosa que hacen ó dicen, todo artificio? Aunque parezca que lloran con los ojos, ríen con el corazón; suspiran delante, y detrás se burlan; hablan al contrario de lo que piensan, y el mesarse los cabellos, morderse y mudar de semblante son fraudes y engaños dictados por sus insaciables deseos y pasiones.
— Tanta bondad tienen en sí las mujeres de juicio y prudencia, replicó el rey, que si alguna peca, es por descuido, mala fortuna ó fragilidad; por lo cual son más dignas de compasión que de castigo, atendida su debilidad y flaqueza. La mujer ama al marido, dirige á los hijos, los cría, educa, mantiene y enseña buena doctrina, cuida de la hacienda y la familia, procura que las criadas cumplan con su obligación, y evita los desórdenes de la casa; es apreciable para la vista de los mozos, consuelo de los ancianos, y alegría de los niños; claridad cierta de día, y reposo de la noche: quiere con fidelidad, es- cariñosa en el trato, noble en su conversación, clara en los convenios, discreta para mandar, pronta en obedecer, honesta en sus razones, modesta en sus procederes, moderada en la mesa, parca en la bebida, agradable con los de casa y afable con los de fuera; en suma, la mujer junto al hombre puede decirse que es una piedra oriental engastada en el oro más fino; y no porque alguna cometa faltas se debe culpar á todas, pues hay millares que son mujeres de bien y muy dignas de consideración y respeto.
—Bien se conoce que amas mucho las mujeres cuando las elogias tan apasionadamente, por cuanto no cabe ensalzarlas con mayor ponderación". Sin embargo, ¿qué me dirás si antes de acostarte mañana te hiciese desdecir de cuanto has hablado en su favor?
— Que eres el hombre más sagaz del mundo, respondió el rey; pero te advierto que si no lo cumples te acordarás de mí.
— Pues, hasta mañana á la noche, dijo el astuto rústico.
Y anochecido que hubo, el rey se retiró á su cámara, y Bertoldo, después de cenar, fuese á dormir á la caballeriza, discurriendo algún medio para conseguir que el rey se retractase de las alabanzas hechas á favor de las mujeres; y ocurriéndosele uno de sus ingeniosos recursos, se acostó esperando que amaneciera para ponerlo por obra.
Levantóse con el alba, fuese en busca de la mujer á favor de quien recayera la sentencia del rey, y la dijo:
— ¿Sabes lo que S. M. ha determinado?
— Si no me lo dices, lo ignoro, respondióle Aurelia.
— Pues ha dispuesto que se rompa el espejo y que á cada una se os dé la mitad; porque la otra apela de la sentencia, y por no oír más quejas, desea satisfacer á entre ambas.
— ¿El rey ha determinado romper mi espejo? ¿Por qué? ¡Después de sentenciar que se me restituya entero! ¿Te burlas de mí? Anda, quítale de mi vista.
— No me burlo; antes te aseguro que se lo he oído decir á él en persona.
— ¡Ay de mí! exclamó Aurelia. ¿Qué es lo que escucho? ¡Oh qué sentencias tan justas y qué acciones tan dignas de un rey! ¡Pobre justicia! ¡Qué bien administrada estás! Ahora conozco que merece más crédito la mentira que la verdad. ¡Ay desdichada de mí! Paciencia, pues así me convendrá. ¿Es posible que te vea hecho pedazos, espejo querido mío?
— No quisiera que te sucediese algo peor, repuso Bertoldo.
— Pues ¿qué puede sucederme peor?
— El rey acaba de promulgar una ley disponiendo que cada hombre pueda casarse con siete mujeres: con que mira si resultarán desgracias en las casas con tantas mujeres juntas.
— ¡Qué dices! ¿El rey quiere que cada hombre esté facultado para tener siete mujeres? Eso sí que es infinitamente peor que si mandara romper todos los espejos de la ciudad. Pero ¿qué diablos de locura se le ha metido en la cabeza?
— No me es posible darte más explicaciones; sólo te repito que lo que acabo de manifestarte se lo he oído á él mismo. Ahora es preciso que vosotras os defendáis antes que el mal tome mayor incremento.
Y dejando alborotada con este enredo á aquella mujer, volvióse á palacio y esperó el resultado.
Creyendo Aurelia verdad la invención, se fue precipitadamente en busca de sus amigas y vecinas, y las contó por extenso cuanto Bertoldo la dijera.
Ellas, que oyeron tan estupenda novedad, se alarmaron de tal suerte, que como perras rabiosas y feroces leonas echaban fuego por los ojos y dardos por la boca: de manera que divulgada en breve por la ciudad la noticia, juntáronse miles de mujeres que todas hablaban á un tiempo; y discutido con bastante detención el asunto, resolvieron ver al monarca y confundirle á fuerza de gritos para obligarle á que anulara la ley.
En efecto encamináronse á palacio como lo acordaran, y llenas de rabia y despecho penetraron tumultuosamente hasta la misma estancia del rey, en donde empezaron á meter tan grande ruido y algazara, que parecía que todas las mujeres del mundo estuviesen allí reunidas: de modo, que aturdido y confuso el soberano no acertaba á entender palabra , ni atinaba á qué atribuir el motivo de tan extraordinario alboroto , hasta que faltándole la paciencia y el sufrimiento con tanta insolencia, temeridad y gritería, exclamó lleno de cólera y con semblante severo:
—¿Qué novedad es esta? ¿Qué motivo tenéis para semejante sublevación? ¿Quién os ha puesto en tal desorden? ¿De qué ha nacido vuestro clamoreo? ¿A qué fin son estas exclamaciones? ¿Estáis endemoniadas? ¿Qué tenéis? Decid luego: ¿cuál es la causa de este alboroto?
—Venimos, contestaron todas atropelladamente, á saber lo que contra nosotras has decretado, y de qué dimana la extraña locura que te ha entrado.
—¿Qué frenesí te ha dado tan raro, contra toda ley divina y humana, gritó una de las más descocadas y rabiosas, para que á cada hombre le permitas casarse con siete mujeres? ¡Qué consideración tan prudente! Mas te prevengo que no nos someteremos á tan bárbara y temeraria disposición.
— ¿Qué decís, locas? Hablad claro para que os entienda y pueda responderos.
— Sefíoras, dijo otra de ellas, vayamos despacio. ¡Callen por Dios y entendámonos! En nombre de todas, señor, te digo que mereces ser destronado por la ley que acabas de promulgar.
— ¿Qué afrentas ó injurias os he hecho? Explicaos, exclamó el rey.
— ¿No lo hemos expuesto ya bien claro? gritaron varias.
— No os he entendido; volvedlo á repetir.
— No hay peor sordo que el que no quiere oír: repetimos que no es posible cometer error más craso que el tuyo, imponiendo una ley para que á cada hombre le sea permitido tener siete mujeres. Más acertado sería que cuidaras de tu reino y de tantos negocios arduos como tienes de tratar, y no meterte en lo que nada te importa. ¿Lo has entendido ahora? Y si intentas llevar á cabo esa ley, has* de consentir también que cada mujer tenga siete maridos. A eso venimos resueltas y anhelamos saber tu resolución.
— ¡Ah sexo ingrato y descortés! ¿Quién ha tratado de promulgar semejante ley? Idos en hora mala, rebeldes, importunas, desatentas y temerarias; pues ahora conozco lo que es la mujer, personificación del engaño, maldad, cizaña, daño y discordia, no habiendo casa ó lugar donde penetren que no lleven consigo estas malas condiciones. La mujer es un caos de engaños y traiciones; un barro infernal que produce continuamente llantos y lamentos de los pobres maridos , siendo ruina de los padres , tormento de las madres, desgracia de los hermanos, vergüenza de los parientes y destrucción de las familias , sirviendo en fin, de pena y aflicción á todo el género humano. Quitaos de delante y no volváis más á mi presencia, espíritus infernales.
Y viendo que se marchaban añadió:
— ¡Válgame Dios! ¡Qué modo de aturdirme con tanto ruido estos diablos de mujeres! ¡Gracias á Dios que me veo libre de ellas! ¡Por poco me sacan los ojos (2)! É interrumpiéndose de pronto, repuso:
— Pero si llego á indagar quién ha sido el inventor de esta treta prometo que he de castigarle según se merece.
Entonces Bertoldo, que había estado escondido escuchando toda la bulla, se encaró con el rey y le dijo:
—¿Qué te parece, rey mió? ¿No te dije que antes que anocheciese leerlas el libro al revés de como ayer le leíste en alabanza de las mujeres? Discurro que ya estarás desengañado de lo que son.
— No se puede concebir tamaña impostura, pues suponen que he dispuesto que á cada hombre le sea permitido tener siete mujeres: cosa que hasta ahora ni el mismo diablo imaginara, ni á mí se me ha ocurrido jamás. ¡Oh qué mala semilla y vil canalla!
—¿Te acuerdas de lo que hablamos? observó Bertoldo.
— Confieso que has triunfado, dijo el rey; y en recompensa te concedo el honor de que compartas conmigo el solio real.
—¿Cómo pueden caber dos en un solo asiento?
— No importa, mandaré colocar otro junto al mío y gobernarás conmigo.
— El enamorado y los soberanos no desean compañía; y así gobierna solo, pues eres el monarca.
— Me parece que has sido tú el autor de ese enredo. ¿No es cierto?
— Lo has acertado; si bien no puedes castigarme, en virtud de la palabra que me diste.
— Supuesto que ha sido invención tuya te lo dispenso; pero deseo me expliques cómo lo tramaste.
— Dirígeme en busca de la mujer á quien favoreciste en el pleito del espejo, dijo Bertoldo, dila á entender que intentabas nuevamente romperlo y dar la mitad á su contraria, y añadí que habías dispuesto que cada hombre pudiese tener siete mujeres; motivo por el cual se insurreccionaron tan desaforadamente, profiriendo los desatinos que escuchaste.
— Eres mayor inventor de enredos que el mismo Merlín (3), y tanto por tu malicia como por el desorden ocasionado incurriste en gravísimo delito. Las infelices han tenido sobrada razón para mostrárseme tan iracundas, de ahí por qué no acertaba á explicarme que el sexo femenino pudiese estar tan privado de juicio que cometiera tales extravíos sin grandísimo motivo: por cuanto me retracto y arrepiento de lo que en su contra he dicho, volviendo de nuevo á sostener que el hombre sin la mujeres como viña sin poda, jardín sin fuente, río sin barca, prado sin hierba, monte sin leña, espiga sin grano, árbol sin fruto, ciudad sin plaza, fortaleza sin guarnición, torre sin escalera, rosa sin olor, pino sin sombra, mar sin pesca, selva sin árboles, y en suma, todo aquel que carece de tan grata compañía se puede comparar con un espejo sin azogue, diamante sin brillo, y...
— No hablemos más de ellas, interrumpióle Bertoldo, pues observo que las proteges mucho.
— Quien quisiere ser amigo mío, replicó el rey, no diga mal de las mujeres; pues son de naturaleza dóciles, plácidas, benignas, cariñosas y de buena correspondencia, estando adornadas de tantas virtudes y buenas costumbres, que no conseguirás predisponerme en su contra; y si tal por segunda vez intentaras, mandaba castigarte severamente.
— No tocaré más las cuerdas de esa guitarra, respondió Bertoldo; y aunque espero darte otro chasco, confío no perder tu amistad.
— Dice un refrán que no porfíes con el hombre potente porque estarás lejos del agua corriente (4).
—También dicen que quien calla es agua mansa, advirtió Bertoldo.
Así departían cuando llegó uno de la servidumbre manifestando que informada la reina del gran gusto que tenía Bertoldo en chasquear á las mujeres, deseaba verle, y suplicaba al rey le enviase á su cámara.
La soberana intentaba prepararle una buena paliza; y á pesar de ignorarlo el monarca, luego que oyó la súplica volvióse á Bertoldo y le dijo:
— Este mensajero dice que la reina desea verte; síguele sin dilación, porque te estará aguardando.
— Los mensajeros tanto pueden tener de bueno como de malo.
— Al ruin siempre le remuerde la conciencia.
— La risa palaciega más tiene de falsa que de sinceridad.
— El inocente nada teme.
— La mujer airada, el pabilo encendido y la sartén agujereada, son tres perjuicios en una casa.
— El delincuente, replicó el rey, á menudo se acuerda del castigo.
— Muchas veces el cangrejo salta de la sartén por librarse de ella y cae en las ascuas, dijo Bertoldo (5).
— Quien siembra infamias recoge culpas.
— También el sombrero esconde la caspa (6).
— Quien enredó la madeja que la desenrede.
— Mal puede desenredarse cuando no se encuentran los cabos.
— Quien siembra espinas no ande descalzo.
— Contra el estímulo es difícil la prudencia.
— No temas, que nadie le ultrajará.
— El que no ha pecado no espera penitencia.
— No obstante, recelas que la reina te dé una pesadumbre, dijo el monarca.
— Mujer iracunda, mar con espuma.
— Anda, que estará ansiosa de verte; y no dudes que serás bien recibido.
Y mal de su grado, Bertoldo vióse obligado á seguir al mensajero, quien lo presentó á la reina, que noticiosa, como se ha dicho, de la burla hecha el día anterior á las mujeres, mandó aprontar algunos garrotes, ordenando á las criadas que le encerrasen en un cuarto y le sacudiesen el polvo á discreción, las cuales viéndole tan monstruoso se ensañaron más contra él. Pero lejos de desconcertarse el astuto rústico, no faltando quien le avisara que una de ellas llevaba una jarra de agua para arrojársela por detrás cuando lo viese distraído, ideó un nuevo artificio para librarse del chaparrón, sin darse por entendido.
— Dime, preguntóle la reina: ¿quién te ha ensenado tantas astucias?
— Yo, que conozco cuanto hay y puede haber, respondió Bertoldo: si acaso alguna mujer ha cometido algún delito, si está enamorada, si no es casta ó tiene alguna otra flaqueza, inmediatamente daré noticia detallada de todo, así como si alguna quisiera mojarme á traición, no me detendré en decir lo que de ella me consta, pues no puedo contenerme en semejantes ocasiones.
La que llevaba el agua volvióse con todo disimulo por donde viniera para que no le viese Bertoldo, por temor de que le descubriese algún pecadillo oculto, y ninguna de las demás atrevióse á continuar el chasco por tener la que menos su trapito metido en lejía. Pero como la reina estaba colérica y ansiosa de venganza, ordenó que cada una fuese á buscar un palo y le sacudiesen á toda satisfacción.
Al oír el mandato arremetieron contra él con grande furor y rabia como quien deseaba complacer á su señora.
Bertoldo delante de la Reina, viéndose el pobre diablo en tan gran peligro, recurrió de nuevo á sus acostumbradas astucias, y las dijo:
— Cualquiera de vosotras que haya sido la que ha dispuesto envenenar al rey en la comida, estoy contento que tome el palo y me muela los huesos.
Empezaron á mirarse unas á otras diciendo:
— Yo no he pensado en tal cosa.
— Ni yo tampoco, respondía la otra.
—Ni yo.
—Ni yo.
Y á este tenor fueron respondiendo hasta la misma reina, por cuya razón, volviendo á dejar los palos en su sitio, quedó Bertoldo ileso de la cruel batalla á que se aprestaban aquellas furias.
Mas la reina, que no se había apaciguado, determinó que se le diese la paliza, y envió un recado á los guardias para que al salir de palacio descargasen sin consideración sobre él con los palos que tenían prevenidos.
Salió Bertoldo acompañado de cuatro de la servidumbre para que le conociesen y trajeran noticias de lo ocurrido; pero así que vio que no le quedaba arbitrio para escaparse de tan rigurosa orden, consultó á su ingenio, y volviéndose á la reina, dirigióla con grande humildad la súplica siguiente:
—Señora, ya que conozco tan claramente que es tu voluntad el que sea apaleado por tus guardias, te ruego me concedas una pequeña gracia, reducida á que no me den ningún golpe á la cabeza, aunque me sacudan por todo el cuerpo.
No entendiendo la reina el ardid, mandó á los que le acompañaban previnieran á los guardias descargasen al cuerpo exceptuando la cabeza.
Siguieron á Bertoldo que se dirigía hacia el cuerpo de guardia, donde ya tenían los palos preparados para obsequiarle según la orden. Bertoldo se adelantó largo trecho al acompañamiento, y observando los que iban detrás formados á los guardias, empezaron á gritarles que no tocasen á la cabeza y á lo demás apretasen conforme dispusiera la reina.
Notando los guardias que Bertoldo iba delante de los demás, imagináronse que era la cabeza de ellos y dejáronle pasar sin causarle daño alguno; mas cuando llegaron los criados fue tal el nublado de palos que cayó sobre los acompañantes , que apenas les quedó hueso sano.
Viéndose tan maltratados y molidos, se volvieron á la reina, que sabedora de lo acontecido se puso más colérica contra Bertoldo, jurando que se vengaría de él : sin embargo, se propuso disimular su enfado hasta la primera ocasión que se proporcionara, ínterin hacia curar á los que yendo por lana salieron trasquilados.
El día siguiente llenóse la antecámara de grandes señores y caballeros de todas jerarquías, según la costumbre de palacio; y no fallando Bertoldo, llamóle el rey diciendo:
—Y bien, cuéntame: ¿cómo te ha ido con la reina?
— ¡Ay, señor, cuan corta es la diferencia entre la alpargata y el zapato! respondió Bertoldo.
—¿Estaba el mar muy alborotado? añadió el monarca.
—Quien sabe navegar cualquier golfo surca seguro.
—El cielo ¿amenazaba tempestad?
—Sí, pero descargó sobre otros.
—¿Te parece se habrá serenado?
—Lo dudo, porque lo dejé muy nublado.
Hallábase á la sazón presente un palaciego que siempre estaba en palacio sirviendo sólo de hazmerreír ó bufón del rey; llamábase Fagoto, y era sumamente pequeño, muy gordo y de facciones desproporcionadas, teniendo la cabeza tan despoblada que parecía una calabaza. Llegóse al rey y le dijo:
—Señor, te pido la gracia especial de permitirme examinar á ese rústico montaraz, pues deseo enseñarle cómo debe portarse y hablar en palacio.
—Haz lo que quieras, respondió el monarca, pues me holgaré. Bertoldo se burla del palaciego Fagote. Pero procura no te suceda lo que á aquel que se llamaba Bienvenido, que fue á raer y volvió raído.
—No temas, señor, respondió Fagoto; nadie me impone, y él mucho menos.
Y encarándose con gesto petulante á Bertoldo, dijo:
— ¿Qué dices, pollo caído del nido?
— ¿Con quién te imaginas estar hablando, grajo pelado?
— Ven acá y dime, repuso Fagoto: ¿cuántas leguas hay desde la luna á los bajíos de Arnedillo?
—Y ¿cuántas pones desde tu calva á la caballeriza? replicó Bertoldo.
—Dime: ¿por qué la gallina negra pone los huevos blancos?
—Y ¿por qué el látigo del rey que es blanco te pone las espaldas negras?
—¿Cuáles son más numerosos, los turcos ó los judíos?
— ¿Dónde tienes más, en la camisa ó en la barba?
—¿El rústico y el borrico nacieron de la misma madre?
—¿El puerco y el cuervo comen en la misma artesa?
—¿Cuánto ha que no comes nabos?
—Desde que no te echan bellota.
—¿Eres búfalo ú oveja?
—No metas en danza á tus parientes.
—¿Cuándo dejarás las astucias?
—Cuando no lamas los platos.
—Dice el refrán que al villano no darle vara en mano.
—También suele decirse que el puerco y la rana no se deben sacar del lodo.
—El cuervo nunca trae buenas nuevas.
—También el milano revolotea al rededor de la carniza.
—Te advierto que soy hombre de bien y mejor educado que tú.
—Quien se loa se enloda (1).
—Todo hombre rústico es animal dañino.
—Y el adulador un bruto monstruoso.
—No existe villano sin malicia.
—Tampoco se encuentra gallo sin cresta, ni palaciego sin adulación.
—Observo que tus zapatos abren la boca.
—Se ríen de ti, bestia.
* —¡Cuántos remiendos en las medias!
—Lo prefiero á tener la cara llena de costurones como la tuya.
Tenía efectivamente Fagoto muchas señales en el rostro, que con razón le valieran en varias ocasiones sus insolencias; por lo que, viendo que le tocaban en lo vivo, tragaba saliva, sin hallar palabras que responder, y se puso más colorado que un tomate, avergonzado y corrido entre tantos personajes, que soltaron la risa al ver sus gestos; de suerte que el pobre tomara á mejor partido escaparse, como lo quería ejecutar, á no detenerle los circunstantes.
Como hablara tanto Bertoldo tenía la boca llena de saliva; y no sabiendo dónde escupir por estar la sala tan alfombrada y las paredes colgadas de rica tapicería, volvióse al rey y le preguntó:
—¿A dónde me permites que escupa?
—En la plaza, respondió el monarca.
Volviéndose entonces Bertoldo á Fagoto, que como dijimos era
calvo, desahogó lo que le embarazaba en medio de la cabeza.
Afrentado de esta suerte querellóse Fagoto al monarca, á cuyo tiempo Bertoldo decía en alta voz:
—El rey me ha dado permiso para escupir en la plaza, y no creo que se halle otra más á propósito que tu calavera. Dime: ¿no se llama la calva plaza de los piojos?
Los cortesanos dieron la razón á Bertoldo, y avergonzado y corrido Fagoto determinó ser prudente y sufrir lo pasado con paciencia, asegurando que hubiera preferido quedarse sin comer á exponerse á las pullas y sarcasmos de Bertoldo'.
Gustosísimos quedaron los presentes de la derrota de Fagoto porque se tenía por uno de los mayores ingenios del mundo, y á todos contaba mil fábulas y desatinos, no atreviéndose desde entonces á levantar los ojos del suelo, abochornado de aquel ultraje hasta el extremo de que casi llegó á punto de ahorcarse.
Próxima á cerrar la noche y teniendo el rey que dar audiencia á unos caballeros, dijo á Bertoldo que volviese el día siguiente, advirtiéndole que fuera ni vestido ni desnudo.
En efecto, compareció Bertoldo al otro día por la mañana, envuelto en una red de pescar; mas como no llevase otra ropa, al verle el rey le dijo:
—¿Cómo te atreves á presentarte de un modo tan indecente?
—¿No me mandaste que viniese ni vestido ni desnudo?
—Cierto.
—Pues ya me tienes como mandaste, repuso Bertoldo; porque con esta red me cubro parte del cuerpo y la otra queda desnuda.
El monarca no pudo menos de deponer el enfado que el modo tan indecoroso de presentarse le causara, y gustando de oírle por la gracia que sus agudezas le hacían, dirigióle la palabra como de costumbre tenía.
— Dime: ¿dónde has estado hasta ahora? le preguntó.
—Donde ya no estoy, respondió en tono sentencioso Bertoldo.
—Y ¿qué hace tu padre, tu madre, tu hermano y tu hermana?
—Mi padre ocasiona un daño, mi madre hace á una vecina suya lo que no la volverá á hacer, mi hermano á cuantos halla tantos mata, y mi hermana llora lo que ha reído durante el año.
—Descíframe esos enigmas que no entiendo.
—Mi padre está en el campo cercando una vereda con espinos, de modo que los que solían transitar por ella pasan ahora por los lados, y así como antes sólo existía una senda, se han formado dos con la continuación de tantos pasajeros. Mi madre cierra los ojos á una vecina que acaba de morirse, cosa que no volverá á hacer más. Mi hermano está matando al sol los insectos de la camisa. Y mi hermana se halla en el trance fatal de la maternidad.
—¿Cuál es el día más largo?
—El que no se come.
—Y ¿el hombre más loco?
—El que se jacta de discreto.
—¿Por qué asoman las canas más presto en la cabeza que en la barba?
—Porque el cabello nace primero.
—¿Cuál es el hijo que pela la barba á su madre?
—El uso.
—Y ¿la hierba que hasta el ciego conoce?
—La ortiga.
—¿Cuál es la hembra que siempre está en el agua y nunca se lava los pies?
—La barca.
—¿Quién se aprisiona por su gusto?
—El gusano de seda (8).
—Y ¿la cosa más atrevida y desvergonzada?
—El viento, que penetra debajo de los vestidos de las mujeres.
—¿Qué es lo que nadie quiere en casa?
—La culpa.
—¿Cuántos años tienes?
—Quien cuenta los años cuenta la muerte.
— Y ¿cuál es la cosa más clara que existe?
—El día.
— ¿Más que la leche (9)?
— Más que la leche y la nieve.
— Si no me lo pruebas evidentemente le he de castigar, concluyó el rey.
— ¡Oh qué infelicidad es la corte! exclamó Bertoldo.
Y después de pedir la venia para retirarse, fuese á buscar un cubo de leche, y sin que nadie lo viera lo llevó al cuarto del rey, cerrando todas las puertas y ventanas por donde pudiese penetrar la luz. Entró el monarca en su aposento y tropezó con el cubo, derramóse la leche, faltando poco para que cayese y se hiciera gran daño en su persona. Acudieron al ruido y voces que daba para que abriesen las ventanas, y viendo el cuarto inundado de leche y el cubo donde tropezara, preguntó con grande enfado:
— ¿Hay alguien que sepa quién ha sido el desvergonzado que puso aquí ese cubo de leche cerrando las ventanas para que yo tropezase?
— Yo, exclamó Bertoldo, para que te desengañes completamente de tus porfías, probándote que el día es más claro que la leche; pues si fuera lo contrarío, no tropezaras con el cubo.
— Eres un villano astuto y á todo hallas salida. Pero ¿quién es ese que aquí viene? añadió interrumpiéndose de pronto. Parece de la servidumbre de la reina, y trae un pliego en la mano. Sepárate, que seguramente tendrá que hablarme en secreto.
— Ya me voy, dijo Bertoldo; mas temo que sea alguna mala embajada para mí.
Y retiróse á respetuosa distancia.
Llegó el mensajero, y previo el debido acatamiento presentó al rey una carta, cuyo contenido era el siguiente:
Señora:
Acudimos á V. M, para que interceda con el rey, exponiendo las justas razones de todas las damas de la corte. Suplicamos encarecidamente que se nos conceda intervenir en los consejos, oír querellas, sentenciar y tener mando en el gobierno como los hombres. Para lo cual alegamos los varios ejemplos de infinitas mujeres que gobernaron imperios y reinos con tanta prudencia, y aun más que algunos reyes y emperadores, habiendo también salido con sus tropas en defensa de sus estados, con tanto denuedo y bizarría como los más esforzados soldados: por cuya razón debe nuestro soberano atender la súplica, pues es intolerable que solos los hombres tengan el dominio en todo y nosotras en nada: prometiendo ser tan reservadas en los asuntos de importancia, que excedamos á los hombres. Confiamos que V. M. como mujer recomendará con toda eficacia esta instancia.
Leyó el rey la exposición, y no sabiendo qué resolver en tan desatinada pretensión, enteró de su contenido á Bertoldo, á quien dióle tal tentación de risa, que soltó la carcajada hasta el punto de que el monarca muy enfadado le dijera:
— ¿Por qué te ríes, majadero?
— Por la súplica tan disparatada de esas damas, respondió Bertoldo.
— A ellas les toca pedir, y á mí servirlas, dijo el rey.
— Desgraciado el perro que se deja agarrar de la cola. Habla de manera que te entienda.
Desdichadas de las casas en que cantan las gallinas y calla el gallo.
— Tú eres como el sol de marzo que daña y no calienta. ,
— Al buen entendedor pocas palabras bastan.
— Explícate y saldré de dudas.
— El que quiera tener la casa limpia, no crié pollos ni palomas.
— Vamos, acaba: ¿qué dices?
— Quien lo entiende, quien no lo entiende, y otros que no lo quieren saber.
— Al que cuece la comida con paja, le sale el caldo ahumado.
— En conclusión: ¿qué deseas?
— Que en esta ocasión me ilumines con un prudente consejo, dijo el monarca.
— Mala señal cuando la hormiga pide pan á la chicharra, observó Bertoldo.
— Convencido de que para todo hallas recursos por estar sobrado de inventivas y astucias, quiero confiarte la resolución de este asunto.
— Como te fíes de mí, no dudes que presto te sacaré de toda dificultad, consiguiendo que no vuelvan á molestarte sobre esa ridícula pretensión.
— Pues ingéniate como puedas y despáchalas cuanto antes.
Encaminóse Bertoldo á la plaza para comprar un pajarillo y lo metió dentro de una cajita que llevó al rey, diciéndole la enviase cerrada á la reina para que la remitiese de su parte á las pretendientes, con la condición de que ninguna la abriese bajo las penas más severas, y que á la mañana siguiente la trajesen á palacio en la misma forma que se las entregaba, en cuyo caso el soberano les concedería la gracia que deseaban.
Tomó el mensajero la caja, que entregó á la reina, y esta á las damas que estaban en su cámara esperando el resultado de la demanda, y mostrándosela, las dijo de parte del rey que si no abrían aquella caja trayéndola al día siguiente como se les entregaba, según era la voluntad soberana, las prometía despachar su instancia satisfactoriamente.
Despidiéronse de la reina muy gozosa y alborozada por tan halagüeñas palabras; mas luego que se vieron lejos de su presencia, les entró tal afán de saber lo que la caja encerraba, que empezaron á decirse unas á otras:
— ¿Queréis que veamos lo que hay dentro?
— No hagamos semejante cosa, advirtió una, porque tenemos ofrecido no abrirla, y puede suceder muy bien que haya dentro alguna cosa de importancia para el rey.
— ¿Qué puede haber? replicaban las más curiosas.
—No, no, añadían otras, que no sabremos cerrarla como ahora está.
—Sí, sí, dijo una más resuelta; abrámosla y haya dentro lo que hubiere.
Y después de acalorados debates, resolviéronse á abrirla; mas apenas levantaron la tapa, voló el pajarillo con tanta velocidad, que quedaron suspensas, confusas y apesadumbradas por no serlas posible enterarse de las señales que tenía ni á qué familia pertenecía, si era jilguero, pardillo d ruiseñor, pues viendo qué especie de ave era, lo pudieran remediar poniendo otra parecida y con las mismas señales, y llevando al día siguiente la cajita en la forma que se les había entregado.
Enterada la reina del caso se entristeció de tal modo que ni acertaba á hablar ni sabía qué hacerse; pero al fin se animó y presentóse al rey con la comitiva de las damas, quienes entraron tímidas y aturdidas, con la cabeza baja y confusas.
Saludó la reina á su esposo, quien la correspondió con la mayor cortesía y deferencia, y haciéndola sentar á su lado, la preguntó qué novedad le traía á su presencia con tan crecido número de damas, que ascendían á más de trescientas.
— Vengo con estas nobles matronas, dijo la reina, con objeto de obtener la respuesta á la súplica elevada á V. M, para entrar en los mismos oficios, empleos y cargos que ejercen los hombres; pero la casualidad ha ocasionado que una más curiosa tuviese impulsos de ver lo que encerraba la caja que mandaste les entregara con orden expresa de que por ningún motivo la abriesen, teniendo que devolverla como la recibían, y abrióla no creyendo estuviese dentro el pajarillo que voló sin poderlo remediar; por lo que todas las demás están tan apesadumbradas que ni se atreven á mirarte de vergüenza por haber quebrantado tus reales órdenes , lo cual, yo que sé lo benigno y clemente que siempre has sido, te ruego las perdones, pues no fue con intención de desobedecerte sino por mera fragilidad de su naturaleza.
Dicho esto volvióse el rey á las damas con airado rostro, y las dijo con enojado acento:
— ¡Ah mujeres locas! ¡Qué poco juicio os comunicó vuestra flaca naturaleza! ¿Tenéis audacia para pretender los cargos públicos de mi corte? Decidme: ¿cómo pudierais guardar un secreto que importara á mis estados, defender, castigar y disponer de la vida de los ciudadanos, no siendo capaces por una sola hora de tener cerrada una caja encargándoos tanto que no la abrierais? Volved á vuestras casas y ejerced lo que á vuestra condición atañe: cuidad de las familias y quehaceres domésticos, que ese es vuestro empleo propio, y dejad el gobierno á los hombres, pues si recayera en vuestras manos, todo caminarla sin pies ni cabeza, no habiendo cosa por oculta que fuese que no se divulgase. Levantaos é idos, repito, y os aconsejo que no se os ocurra jamás semejante desatino.
Y despidió á la reina casi en los mismos términos, haciéndola acompañar á su cuarto de varios caballeros.
Fuéronse las mujeres tan sumamente desconsoladas y afligidas que nunca más volvieron á pensar en salirse de su esfera, quedando bien escarmentadas con lo que las dijera el monarca.
Observando entonces el rey el aire de complacencia del astuto y sutilísimo Bertoldo, le dijo:
— Tu ingeniosísima invención nos ha salido á las mil maravillas.
— Bien va la cabra coja como el lobo no la coja.
— ¿Por qué dices eso?
— Porque mujer y fuego hallan lugar luego.
— Quien se sienta en la ortiga alguna vez le pica la hormiga.
— Quien al cielo escupe en el rostro le cae.
— ¿Lo dices por mí?
— Te diré, replicó Bertoldo, he sido tu coadjutor en cuestión tan importante como esta, y en premio me das á entender que alguna vez tengo de caer en la trampa, pagándolas todas juntas.
— No soy tan ingrato que desconozca tus méritos.
— Conocerlos es poco; pero si los aprecias debidamente es mucho.
— No dudes que luego te remuneraré de todo, si bien con la condición de que siempre has de tener los pies juntos.
— Los ahorcados también los tienen.
— Todo lo interpretas al revés.
— Piensa mal y acertarás.
— Pero tú piensas mal y haces peor.
— ¿Qué daño hago en tu corte?
— Carecer de cortesía, urbanidad y buena crianza.
— Y ¿qué te importa que esté mal criado y peor acostumbrado?
— Mucho, puesto que permaneces sin el decoro ni acatamiento debido.
— Mostrad cómo.
— Nunca te quitas el sombrero ni humillas la frente.
— El hombre no debe humillarse á otro.
— Según la jerarquía debe usarse de atención y respeto.
— Hazte cargo que todos somos barro; tú eres barro, yo soy barro, y todos nos hemos de volver barro; y el barro no debe ni puede humillarse al barro.
— Dices bien que todos somos barro, replicó el rey; pero hay diferentes barros, pues de uno se fabrican varias cosas de porcelana riquísima, y sin embargo sucede que en unas se ponen y guardan licores exquisitos y odoríferos, y otras se emplean para cosas viles é indecentes. Yo soy una de aquellas en las cuales se encierra todo género de bálsamos, aromas, claveles, rosas, inciensos y otras preciosidades, y tú eres una de las que encierran toda especie de inmundicias; no obstante que uno y otro estamos formados del mismo barro y amasados por la misma mano.
— No te lo niego; pero tan frágil es el uno como el otro, y cuando los dos se rompen, igualmente se arrojan los pedazos á la calle, y ni del uno ni del otro se hace caso ni aprecio (10).
— Tienes razón, replicó el rey, pero sea como fuere, has de hacerme una reverencia.
— No lo creo.
— ¿Cómo que no?
— He comido asadores y al tiempo de bajarme se me romperían las tripas.
— ¡Ah villano! Aunque revientes me harás una cortesía si te me presentas otra vez.
— Todo puede ser, aunque se me hace muy cuesta arriba creerlo.
— Mañana lo veremos; por esta noche puedes irte á casa.
Despidióse Bertoldo, y aquella noche dispuso el rey bajasen la puerta de su despacho, de tal suerte que cualquiera que entrase fuera menester inclinara la cabeza, cumpliéndose así el deseo de que Bertoldo le hiciese reverencia y de salirse con su tema.
Volvió la mañana siguiente el astuto Bertoldo, y al reparar en la puerta conoció el ardid del rey para obligarle á humillar la frente al tiempo de entrar; pero el gran socarrón, en lugar de entrar de frente, se volvió y le acató con las espaldas.
Aplaudió el rey la gracia, recibiendo gran gusto de ver la salida que halló con semejante agudeza; sin embargo, fingióse algo enojado y le dijo:
— Idiota, rústico y descortés, ¿quién te ha ensenado á entrar en mi despacho de esa manera?
— ¿Quién? respondió Bertoldo. El cangrejo.
— ¿Cómo te lo ha enseñado el cangrejo?
— Has de saber, señor, replicó Bertoldo, que mi padre tenia diez hijos y era sumamente pobre. Por lo regular hasta el pan nos faltaba la noche, y en vez de darnos de cenar solía referirnos varias fábulas y cuentecillos para que nos quedásemos dormidos. Sucedía lo mismo que deseaba, pues entre el hambre y el sueño, cuando la primera no se satisfacía se daba entrada al segundo, logrando así lo que se proponía hasta el día siguiente que la Providencia ocurría á nuestra escasez. Entre las varias cosas que le oí contar, se me quedó en la memoria la que voy á referir, la cual si escuchas con silencio y paciencia será muy de tu gusto, pues viene como de molde.
— Te permito que la refieras, porque tendrá originalidad.
— Mi padre decía, continuó Bertoldo, que cuando hablaban los animales, y las lechuzas tejían manteles, el cangrejo y la langosta eran amigos íntimos, y dispusieron ir á correr mundo y ver cómo se vivía en las demás tierras. El cangrejo caminaba entonces adelante como todos los animales, sucediendo lo mismo á la langosta, que no andaba de medio lado como ahora. En fin, habiendo salido de casa de sus padres, anduvieron largo tiempo por el mundo; llegaron al país de los saltones, después pasaron al de las luciérnagas, el cual lindaba con el de las mariposas, de suerte que corrieron todas aquellas tierras y observaron varias costumbres entredichos animales; internáronse hasta la patria de los erizos, empeñados á la sazón en cruenta guerra contra los murciélagos, cuyos términos eran confinantes, por sospecha de traición y otras causas que alegaban. Llegaron, pues, los dos compañeros al primer lugar y fueron descubiertos por una patrulla, y sospechando fuesen espías, los prendieron y condujeron atados de pies y manos á su capitán, que los examinó respecto al fin de su viaje; y no encontrando en ellos más malicia ni interés que el deseo de ver mundo, se tranquilizó. Manifestaron que la casualidad les había llevado á aquella tierra, y como eran forasteros no estaban enterados de lo que allí sucedía; que sólo deseaban se les pusiese en libertad para regresar á su patria, y si no lo pudiesen lograr por razones de estado, suplicaban se les concediese plaza de soldados en el ejército con el sueldo correspondiente, y de este modo servirían con fidelidad en aquella guerra. Luego que el capitán oyó tal proposición los mandó desatar pareciéndole que eran esforzadísimos por la gran cantidad de patas y brazos que tenían, disponiendo que los pusieran en lista con los demás.
Sucedió, pues, que habiendo mandado al cangrejo fuese de espía al campo enemigo, como el pobre era nuevo en aquella tierra y caminaba con tanto silencio, escondiendo la cabeza debajo de su cola, se presumió no sería conocido con tanta facilidad. Dirigíase, Pues, animosamente al campo del enemigo, donde encontró los centinelas dormidos, y penetró hasta la real tienda de la comadreja, imaginando que también durmiese la guardia; pero el infeliz tuvo mala fortuna, porque estaban todos despiertos divirtiéndose al juego de par y pinta: así fue que al tiempo de asomarse el cuitado para ver lo que pasaba, le atisbo uno de los soldados, el cual levantóse con cautela á fin de que el cangrejo no lo notase, y tomando un palo, arrójeselo con tal acierto, que dándole en la cabeza le dejó como muerto por la violencia del golpe; y á no tener las armas que le concedió la naturaleza, le hubiera echado los sesos al aire: y eso que ignoraba fuese espía, antes bien creía hubiese llegado allí por casualidad ; y viendo tan rara figura, ¿quién sospechara cosa semejante? Creyéndole muerto, le agarró por las astas, tiróle á una laguna inmediata, y sentóse otra vez á jugar con la mayor tranquilidad.
Luego que volvió en sí el desgraciado cangrejo, no pudiendo apenas levantar la cabeza, juró y protestó no entrar en parte alguna con la cabeza adelante, procurando siempre caminar al contrarío, pues si le sucedía otro lance análogo prefería que le diesen en el espinazo.
Regresó al campo y refirió circunstanciadamente lo acaecido, noticiando como las centinelas dormían, pero que en la real tienda de la comadreja se velaba. Oyendo esto el capitán hizo armar con gran sigilo y presteza el tercio de las ardillas y determinó asaltar con ellas al enemigo. Así fue, pues hallándolos todos juntos en la tienda real, á ninguno dio cuartel, pasándolos á cuchillo en venganza del infeliz apaleado cangrejo, el cual después de lo ocurrido dijo á la langosta:
— Vamonos de este país, que no quiero verme en otro percance por el estilo, porque juzgo que la guerra no nos conviene.
— Dices bien. Pero ¿cómo nos escaparemos, respondió la langosta, pues es muy posible que nos vean ó descubran por las pisadas?
— Tú caminarás de lado, replicó el cangrejo, y yo hacia atrás, y así salvaremos la dificultad.
Parecióle bien la determinación á la langosta, y poniéndose luego de puntillas empezó á caminar de lado con tanta ligereza, que apenas la podía alcanzar el cangrejo; y de esta suerte escaparon del campo por un paraje escabroso y poco frecuentado.
Llegaron finalmente á sus casas bien mortificados por los grandes peligros en que se hallaron, y á la hora de su muerte dispusieron en su testamento que sus descendientes caminasen en lo venidero del mismo modo que lo hicieron en aquel apurado trance, y que este mandato se observase rigurosamente. Por esto sin duda desde entonces, en cumplimiento de lo ordenado por el cangrejo, caminan sus descendientes como aquel dispuso. Y yo, teniendo presente el caso al tiempo de entrar, he creído conveniente imitarlo, pues si alguien me descargaba algún golpe, era mejor que lo padeciesen las espaldas que la cabeza. Ahora quisiera saber qué te parece, y qué me respondes, aunque discurro que habrá sido de tu agrado la fabulilla.
— Cierto que sí, pues me has divertido, dijo el rey. Ahora vete á tu casa; pero has de volver mañana de conformidad que te vea y no te vea, trayéndome una huerta, un establo y un molino.
— Prometo traerte todo eso y más que me pidas.
— Más vale lo que tú ofreces que lo que otros dan.
— Con la circunstancia de que yo doy cuanto ofrezco, dijo Bertoldo, diferenciándome de ti y otros grandes señores , que si bien en ocasiones el orgullo y no la magnanimidad os impulsa á hacer buenas obras, otras sois olvidadizos hasta la ingratitud , y pagáis con ella á los que mejores servicios os prestan (11).
— Me estás ofendiendo y puedo mandarte ahorcar, advirtió el rey.
— Otro tanto hiciste con varios que te adularon; y lo que es peor, igualmente te portaste con otros que te defendieron: con que no me cogerla de nuevo cualquier atrocidad que hicieras conmigo.
— Ea, basta de conversación: no olvides lo que te he encargado, y ten presente que si no lo cumples te espera una buena.
— Corriente, dijo Bertoldo: me voy para cumplir tu capricho, por lo que te divierte y me divierto. A Dios.
ALEGORÍA SEGUNDA.
LA SOBERBIA DE LOS GRANDES Y LA VANIIAD DE LAS MUJERES PUEDEN A MENUDO SER HUMILLADAS POR UN RÚSTICO.
Al día siguiente el astuto Bertoldo suplicó á su madre le hiciese una torta de acelgas, manteca y queso, con abundante harina por de fuera. Tomó después un harnero, tapóse con él el rostro, y con la torta en la mano volvió á la presencia del rey, quien viéndole aparecer de manera tan extraña, soltó la risa y hablóle de esta suerte:
— ¿Qué significa ese harnero con que te encubres el rostro?
— ¿No me mandaste que viniese de modo que me vieses y no me vieses?
— Cierto.
— Pues ya me ves y no me ves por los agujeros del harnero.
— Observo que sales bien de todo con tus sutilezas. Pero dime: ¿dónde está la huerta, el establo y el molino que mandé me trajeses?
— En esta torta, respondió Bertoldo, se hallan representadas las tres cosas: las acelgas significan la huerta, la manteca y queso el establo, y la harina el molino.
— Es cierto que no he visto ni tratado entendimiento más perspicaz que el tuyo , dijo el rey maravillado de tanto ingenio: desde hoy en adelante pídeme cuanto quisieres, y te doy permiso para que te sirvas de mi corte en todas tus necesidades.
Con semejante ofrecimiento Bertoldo se desvió, y retirándose á un patio bajóse las bragas y fingió evacuar alguna necesidad, lo cual visto casualmente por el rey desde una ventana, le dijo:
— Bestia, ¿qué intentas hacer?
— ¿No dices que me sirva de tu corte en todas mis necesidades?
— Cierto; pero no lo decía por tanto, ni imaginara tal atrevimiento.
— Pues justo es que me sirva del ofrecimiento, replicó Bertoldo, y descargue el grave peso que no puedo resistir.
Y observándolo un guardia, alzó un palo para sacudirle, diciendo:
— ¡Bruto, insolente! Vete á la cuadra con los más racionales que tú, y otro día no te atrevas á tamaña desvergüenza en palacio, y casi delante del rey, si no quieres que te rompa las costillas.
Encaróse entonces Bertoldo con él y con grande énfasis le respondió:
— Hermano, márchate poco á poco, y no seas tan pronto ni tan celoso: advierte que también las moscas que revolotean por las cabezas de los tiñosos se ponen sobre la real mesa y se ensucian en el plato del rey, que no obstante come la sopa sin escrúpulo alguno.
Por consiguiente, ¿cómo notas qué yo haga en el suelo cosa tan indispensable y necesaria? Si el rey me concede en las necesidades servirme de su corte, ¿qué más necesidad puede ocurrírseme que la presente (1)?
Por esta acción entendió el rey el simbolismo de Bertoldo, y sacándose del dedo una sortija le dijo:
— Toma esta sortija por recompensa: y tú, tesorero, tráeme mil escudos, que deseo hacer un regalo á Bertoldo.
— No quiero que me interrumpas el sueño.
— ¿Por qué? preguntó el rey.
— Porque teniendo esa sortija y tanto dinero, respondió Bertoldo, no descansada, devanándome continuamente los sesos sin hallar sosiego temiendo que me robaran (2). Además que siempre he oído decir que quien de otro toma, á sí mismo se echa la maroma. La naturaleza me hizo libre y libre quiero vivir.
— Pues ¿con qué te podré gratificar?
— Demasiado paga quien conoce el beneficio (3).
— No basta apreciarlo, sino que para manifestar el reconocimiento es preciso recompensarlo.
— La buena intención es suficiente paga para el hombre de bien, advirtió Bertoldo.
— El superior no debe ceder al súbdito en generosidad, dijo el rey.
— Tampoco debe el súbdito, replicó Bertoldo, aceptar nada que valga más de lo que él se merece.
Y en esto estaban de su conversación, cuando llegó un gentilhombre de parte de la reina con una carta en la cual suplicaba al rey le enviase á Bertoldo , pues deseaba desvanecer su tristeza con sus gracias; pero todo era ficción, valiéndose de semejante pretexto para tener proporción de quitarle la vida, sabedora de que por su causa hablan las damas recibido del rey tan grande afrenta y disgusto; por cuyo motivo estaban tan enfurecidas en contra suya, que á poderle coger entre sus uñas le desollaran vivo. Leída la carta y dando crédito á su contenido, el rey dijo á Bertoldo:
— Nuevamente me suplica la reina que te permita ir á su cámara, porque como se halla algo indispuesta desearla que la divirtieras con tus gracias.
— También las zorras fingen á veces estar enfermas para poder agarrar mejor los pollos, respondió Bertoldo.
— ¿Qué intentas decir con esto?
— La experiencia me sirve de libro (4).
— Enfado de dama presto se pasa.
— Las ascuas cubiertas mantienen largo tiempo la ceniza caliente.
— ¿No sabes el objeto por qué te llama?
— Buenas palabras y malos hechos engañan á locos y cuerdos.
— Al que se ha de ir, aviarle, que agua pasada no muele molino.
— El que una vez se quemó con las sopas, las sopla aunque estén frías; ó lo que es igual, el gato escaldado del agua fría huye.
— Vaya , que de corsario á corsario no hay mas pérdida que los toneles vacíos.
— El borracho piensa una cosa y el tabernero otra.
— Mas por satisfacer un gusto nada se pierde.
— Gusto que causa daño Dios le dé mal año.
— Estando en mi corte nada temas.
— Más' vale pájaro de campo que de jaula.
— Ve al instante y no te hagas desear, porque cosa rogada suele ser poco agradecida,
— Quien empuja la nave á la mar, está más expuesto al peligro.
— Acaba, ve y no temas.
— Cuando va el buey al matadero, suda por delante y tiembla por detrás.
— Revístete con el ánimo del león y entra resueltamente.
— No puede tener ánimo de león quien tiene corazón de oveja.
— Anda, que ya se le desvaneció el enfado á la reina , pues la burla pasada se ha convertido en risa.
—Risa de señor, serenidad de invierno, sombrero de loco y trole de milla vieja duran menos que los valientes y el buen vino.
— No hagas que te esperen, pues toda tardanza es enfadosa.
—En fin, voy porque me lo mandas, salga lo que saliere, ó vaya como quisiere; de cualquier modo es menester entrar, sea por la puerta ó la cerradura. Lo que me preocupa algún tanto no es la entrada, sino la salida; pero allá veremos, pues aunque hay un refrán que dice á la fuerza no hay resistencia, otros autores han probado que más vale maña que fuerza.
ALEGORÍA TERCERA.
DAR AUDIENCIA Á LOS SUBDITOS ES VIRTUD Y OBLIGACIÓN DE PRÍNCIPES MAGNÁNIMOS Y JUSTOS, ASÍ COMO ES PRUDENCIA EN EL CORTESANO OBEDECER k SU SOBERANO (1).
Luego que Bertoldo se encaminó á la cámara de la reina, oyó por casualidad que se había dado orden para que inmediatamente le viesen entrar le soltaran todos los perros, á fin de que quedase por ellos bien castigado. ¡Es á cuanto puede llegar la crueldad!
Pero pronto concibió Bertoldo el medio de salvarse de los perros, acordándose de que al pasar por el mercado había visto una liebre viva, la cual fue á comprar y llevósela oculta debajo del tabardo. Subió á palacio para cumplir con la orden, y al llegar cerca de la antecámara de la reina soltaron los perros disparándose desesperados á acometerle, y de seguro le hicieran mil pedazos á dentelladas, si viéndose en tan gran peligro no soltara inmediatamente la liebre, la que apenas distinguieron los perros, salieron tras ella con tanta precipitación que dejaron á Bertoldo, llevándoles más la afición á la caza, quedando así el ingenioso rústico ileso de las crueles mordeduras que le esperaban.
Al mismo tiempo que se celebraba la fiesta de la liebre con los perros, presentóse á la reina, quien quedó al verle admirada, pues estaba persuadida de que aquellos le hablan hecho pedazos, diciéndole con gran cólera y enojo:
— ¿Tú aquí, embustero, asesino?
— ¡Ojalá no estuviera!
— ¿Cómo te has escapado de los dientes de mis fieros alanos y crueles dogos? preguntó la reina no acertando á salir de su asombro.
—La Providencia me ha librado, respondió Bertoldo.
—Calla, que no se ríe siempre la mujer del ladrón.
—Quien va al molino preciso es que se empolvorice.
—Quien lleva al primero no va vacío.
—Al que le toca es el que lleva.
—Pues á ti te toca esta vez.
—El confiado sale engañado.
—Prometer y no dar es gran locura (2).
—El que falte pague la res.
—El que no lo juega lo malgasta.
—El favorecido por la suerte goza fama de prudente.
—Ir bestia y volver bestia es la misma cosa.
—No entremos, dijo la zorra al lobo.
—Sin embargo, he conseguido que entraras á pesar de tu malicia y tus ínfulas de astuto,
— ¡Paciencia! dijo el lobo al borrico. Tales andan las bodas que no me llaman á la mesa.
—Su tiempo llegará á quien lo espera, añadió la reina.
—¡Ventura me dé Dios, que el saber poco me basta! replicó Bertoldo.
—Tras el trueno viene la tempestad.
—Es cierto, porque el pescado grande se come al chico.
—No todos los gallos conocen las habas.
—Pero si la serpiente guarda el veneno en la cola, la mujer airada lo tiene esparcido por todo el cuerpo.
—Yo te aseguro que esta vez no escaparás, aunque intentes las más sutiles mañas, dijo la reina herida en su dignidad. A fe mía que ahora no volverás á alabarte de tus burlas: veamos si tus estratagemas con las mujeres te valen siempre.
—Al que no le toca una, le pilla otra, replicó Bertoldo sin desconcertarse; el que camina más presto engaña al compañero. Sólo te pido que ya que estás empeñada en castigarme, sea cuanto antes, para salir del susto de una vez, y venga lo que Dios quisiere.
Al oírle producirse en tales términos la reina muy enfadada lo hizo prender y atar fuertemente de pies y manos, mandando le llevasen á un cuarto cerca del suyo, porque de nadie se fiaba, temiendo se escapase como otras veces, valiéndose de sus sutiles astucias. Para mayor seguridad le hizo meter dentro de un saco que ataron para que no pudiese sacar la cabeza, y púsole un alguacil de centinela para que tuviese cuidado hasta la mañana siguiente que intentaba mandarle arrojar al río, impidiéndole de esta suerte volviera á dar más chascos y usase de sus mañas.
Quedó, pues, nuestro Bertoldo atado de pies y manos en el saco, y nunca consintió en su fin ni tuvo más miedo á la muerte que en esta ocasión; pero hasta en medio de tanta zozobra ideó una nueva astucia para librarse, la cual le salió á medida de sus deseos.
En tan apurado trance fingió hablar consigo mismo, y empezó á suspirar y á quejarse diciendo:
—¡Oh picara fortuna, y cómo te alegras y gozas de mortificar tanto á los pobres como á los ricos! ¡Oh maldita hacienda, en qué estado me has puesto! Mejor hubiera sido para mí, y más felicidad disfrutarla, si mi padre me dejara pobre mendigo, pues no me hallaría en tan infeliz conflicto. ¡Ahora me desengaño de que para nada ha servido disfrazarme, ni vestirme con este grueso sayal, dando á entender que era un pobre desdichado, no bastando mi humildad ni abandonar mis bienes para que no me hayan descubierto y conocido por hombre rico! De hecho no se han engañado: ¡pluguiese á Dios no lo fuese! ¡Sólo la avaricia de gozar mi hacienda les hace querer emparentar conmigo! Bien puedo padecer trabajos; pero nunca consentiré ni admitiré la proposición de casarme con ella; pues siendo yo, aunque con riquezas, contrahecho y feo, estoy casi seguro que la novia tendría tentaciones de serme infiel; por consiguiente, si la reina insiste en que me case con ella, me imagino perdido, y sin saber en semejante lance qué hacer, ni cómo escapar de tal violencia.
Movido de la curiosidad de saber la razón de tal discurso, y tal vez apiadado también, aproximóse el ministro al lugar de donde salían las lamentaciones, y preguntó:
—¿Qué discurso estás haciendo? Dime, infeliz: ¿por qué te han metido en ese saco?
— ¡Ah hermano! respondió Bertoldo con lastimera voz. Déjame, que nada te importan mis cuitas. Únicamente te suplico no me toques ni preguntes: déjame quejar de mi desgracia y cumple con tu oficio.
—Advierte que, aunque alguacil, soy humano y compasivo, y me mueven á lástima las calamidades del prójimo; y si no pudiese ayudarte en el trabajo que padeces, porque mis fuerzas no lo alcanzan, á lo menos te proporcionaré algún consuelo que te sirva de alivio.
—Poco consuelo puedes darme, porque el término es breve para lo que conmigo intentan.
—Pues qué, ¿te quieren dar doscientos palos?
—Peor.
—¿Tormento?
—Mucho peor.
—¿Echarte á galeras?
—Tres veces peor.
—¿Ahorcarte y descuartizarte?
—Todavía peor.
—¿Achicharrarte?
—Mil veces peor.
—Pues ¿qué pueden hacerte que sea peor?
—Me quieren casar (3).
—Y ¿lo encuentras peor que lo dicho? interrogó el alguacil sorprendido por tan inesperada salida. Me imaginaba que eras hombre de entendimiento, pero ahora me persuado de que eres una bestia. Juzgué habías cometido un extraordinario delito, y sales con esa rara extravagancia digna más de risa que de lástima.
—Amigo, replicó Bertoldo, no quiero suponer que el casarse sea peor que lo dicho: lo malo consiste en el modo con que intentan llevarlo á cabo; y para mi genio te aseguro me ha de ser más trabajoso que lo dicho.
-Veamos cuál es su intento. Explícate más claro para que pueda entenderte.
—Ninguno, dijo Bertoldo con gazmoñería; y quisiera no me oyese nadie, porque sé que acabarían conmigo.
—Nadie hay más que yo, advirtió el alguacil; por lo que puedes hablar con toda seguridad.
—Te suplico que no me seas traidor, dijo el astuto rústico.
—No presumas de mí tal cosa, se apresuró á responder el alguacil; y puedes hablar con toda confianza, que te guardaré secreto y te seré fiel.
—En fin, me fío de ti, pues conozco que eres hombre de bien, y espero que no faltarás á tu palabra.
— Ea, pues, empieza a contarme el caso, que te escucharé atentamente.
—Has de saber, dijo Bertoldo fingiendo la mayor candidez, que me hallaba con abundancia de bienes, á que se juntaba el lustre de mi nacimiento, dotes con que quiso adornarme el cielo; pero como todo no puede ser cabal en el mundo, he tenido la desgracia de nacer muy al contrario de la regular figura de los demás hombres, pues soy tan deforme y monstruoso de cuerpo, que no se hallará segundo en lo humano. Con el motivo de una ausencia dejé poderes á cierto caballero de mi lugar para que cuidase de mi hacienda. Este caballero tiene una hija muy bonita, y llevado de mis cuantiosas riquezas ha determinado á pesar de mi fealdad casarme con ella. Tanto él como varios sujetos me han instado repetidas veces sobre el asunto, para reducirme á que consienta; mas considerando que estas diligencias no son por el amor que me profesa la novia, y como tampoco puedo persuadirme de que la haya seducido mi figura, porque discurro que la ciega solamente el interés, heme resistido á tal pretensión, y antes quisiera verme en la horca que casado con ella.
—Y ¿tan rico eres? preguntó el alguacil un tanto movido por el respeto que infunde la riqueza.
—Sí por cierto, respondió el astuto rústico: tanto en bienes raíces como en muebles me ha concedido mucho el cielo.
—Pero, ¿á cuánto ascenderá tu renta? insistió el alguacil.
— Un año con otro contaré sobre seis mil escudos, limpios de polvo y paja,
—¡Cáscaras! muchos marqueses hay que no los tienen. Y dime: ¿es rico el padre de la novia?
—Está bastante acomodado, dijo Bertoldo; pero comparado con mi caudal, es pobre.
—¿Cuánto tendrá?
—Unos mil escudos de renta,
—No es tan pobre como supones, advirtió el alguacil. Y ¿es bien nacido?
—Eso sí.
—Y ¿no quiere dar algo en dote?
—Sí, por cierto... Espera, que te lo contaré todo, supuesto que deseas saberlo; aunque si no desatas un poco el saco para sacar la cabeza fuera, casi no podré referírtelo. Desátalo, y cuando hayas oído mi peregrina historia, lo volverás á cerrar,
—Con mucho gusto lo haré, dijo el alguacil acompañando la acción á la palabra. Ea, pues, ya está desatado; habla ahora á tu gusto. Pero ¡qué cara tan fea tienes! Sólo con ella puedes espantar una corrida de toros; si lo demás del cuerpo corresponde á tu fisonomía, serás sin duda un animal horrendo.
— Acaba de sacarme del saco y verás qué bien plantado soy.
— Lo haré; pero es menester que vuelvas á meterte luego que hayas acabado.
— Quedamos conformes, y nada receles, pues soy caballero, y basta.
ALEGORÍA CUARTA.
EL CORTESANO NO DEBE EXPONERSE A LA ENVIDIA NI AL DESPRECIO.
QUIEN NO SABE GUARDAR UN SECRETO NO ES APTO PARA NINGÚN NEGOCIO. EL ARTIFICIO, AUNQUE CEDA A LA FUERZA, SIRVE PARA SALVAR DE LA DE LOS PODEROSOS.
— ¡Varaos, sal fuera! dijo el alguacil.
— Aquí me tienes: ¿qué te parece esta prosopopeya?
— Es cierto que eres un bello caballero. ¡Ay Dios mío! ¡No he visto en mi vida más horrorosa figura! Dime: ¿te había visto la novia por ventura?
— Nunca, respondió Bertoldo: y para que ella no me conozca han me encerrado en este saco, y quieren traerla aquí con el fin de desposarnos sin luz, y luego me desatarán, y al presentarme á su vista será forzoso que se contente, porque así está dispuesto, recibiendo entonces los dos mil doblones de oro que me tiene ofrecidos la reina.
— Cierto que es buena ventura, exclamó el alguacil. ¡Ay qué niño tan hermoso! ¡Oh qué hacienda tan mal empleada! ¡Cuántos pobres honrados se contentarían con la tercera parte!
E alguacil saca á Bertoldo del costal.
— ¡Miren al salvaje, que por poseer hacienda y ser caballero tiene á mucha fortuna emparentar con él una de las primeras y más distinguidas familias! Por esto dice bien el refrán que el interés obliga á estar al tiñoso asomado al balcón. ¡Que á mí, que soy pobre y no monstruo como este pollino, no me venga tal fortuna! Pero ¡maldita sea la hacienda, que sirve para guerra de los hombres!
— Si fueras hombre de bien esta noche te haría riquísimo, dijo Bertoldo con intención.
— ¿De qué suerte? preguntó el alguacil.
— Atiende: estoy resuelto á no casarme con ella aunque me rompan la crisma, porque sabiendo que es tan hermosa como el sol y adornada de todas las habilidades y gracias, y por eso envidiada de muchos, cavilo y sospecho que no será para mí solo. Además, en viéndome tan feo y contrahecho temo no la tiente el diablo y me dé algún bocadito sabroso, compuesto con el nombre del gran Turco Solimán, y en pocas horas me despache al otro mundo; y así, si quieres entrar en el saco en mi lugar, te haré dueño de una fortuna tan grande como la que podías esperar en tu vida.
— ¡Cáscaras! ¡Para el pícaro que hiciere tal locura! ¡Exponerme á que cuando vieran que no eras tú me echaran un nudo al pescuezo y enviaran á la eternidad!
— Nada receles, dijo Bertoldo, porque en seguida que estés desposado y conozcan que no hay remedio, tendrán paciencia aunque lo sientan; fuera de que tú eres buen mozo y agraciado, y acaso se alegrarán, tomando en cuenta mi estupenda fealdad. Una vez hecho, ya no lo podrán deshacer, y con esto entrarás en posesión de toda mi hacienda y la suya, porque su padre es muy viejo y poco puede vivir; y en adelante lo pasarás con honra y grande esplendor, sin ejercitar el bajo oficio en que te ocupas, tan vituperable, infame y aborrecido del pueblo.
— El negocio parece fácil á primera vista, pero no quiero ponerme en semejante riesgo , y por tanto vuelve á entrar en el saco.
— ¡Ah cuidado! insistió Bertoldo. Pues ¿no sabes que al audaz le sale bien tentar fortuna (1)? ¿Qué mal te puede resultar de este negocio? ¿Quieres tú, una vez desposado con ella, que su padre te haga daño alguno? La modestia de la novia, una vez ajustado, ¿temes que ponga dificultad y diga que no te quiere? Y la reina, siendo tan liberal que raya en pródiga, ¿piensas que no querrá desembolsar el dinero? No lo hará de ningún modo, por no parecer avarienta. Yo te aseguro que todos se conformarán, diciendo que es una fortuna llovida del cielo, y lo llevarán con la debida prudencia; y tú vivirás después muy regalado y contento con tu mujer, servido de muchos criados, sin tener que envidiar á nadie en este mundo. Reflexiona bien esta gran fortuna que te depara el cielo, porque no se proporcionan cada día ocasiones semejantes. ¡Vamos, entra en el saco, y no lo pienses más! Porque si hubiera algún peligro, no te excitada á que ejecutases cosa que te perjudicara; ni tampoco has de imaginar que te engaño y finjo lo que te he dicho. Mañana, antes de comer, sabrás por experiencia lo mucho que te quiero: hágome cargo de tus méritos, y eso me mueve á hacerte esta proposición.
— Ello es cierto, dijo el alguacil titubeando, que me lo has pintado tan bien, que casi estoy determinado á arriesgarme, hecho cargo de lo que se suele decir que el que no se embarca no pasa la mar. ¿Quién puede saber los arcanos del cielo y lo que me tendrá destinado en semejante aventura?
— Yo no entiendo de bachillerías, replicó Bertoldo; sólo sé que aquel que no disfruta su fortuna cuando se le viene rodada á la mano, suele suceder que cuando la busca la encuentra en el río. Y ya que el cielo quiere concederte esta dicha, ¿por qué la desprecias? Sé muy bien que si no conocieras mi sinceridad no pondrías tantas dificultades. En fin, hermano mió, haz lo que te pareciere, que no quiero cansarme más en persuadirte por tu bien. Ya me entro en el saco; ven á cerrar, que le aseguro no he de decir más por lodo el oro del mundo, pues porfiar ya fuera necedad.
— Aguárdate un poquito, que bastante tiempo hay para hacer esta operación, advirtió el alguacil.
— Quien tiene tiempo no espere tiempo, repuso Bertoldo; considero que desprecias tu fortuna, y no quiero fatigarme más: harto loco es aquel que hace bien á otros en perjuicio suyo.
— No dudo que tus persuasivas palabras nacen del grande amor que me profesas; así como conozco que te has molestado por mí, y no pretendo abusar de un bien como el que me ofreces. Ya me tienes convencido y resuelto á entrar en el saco y hacer cuanto me has dicho sin faltar á lo más mínimo; porque después de desposado forzoso será que quede señor y dueño de todo, y que tengan todos paciencia y con lo hecho se conformen.
— Vaya, cierra este saco, que voy otra vez á zambullirme dentro, dijo Bertoldo.
— Aguárdate un poco, pues ya estoy resuelto á entrar.
— No, no quiero hablar más sobre eso; ven y atarás la boca del saco, repuso Bertoldo con grande fingimiento.
— Detente, amigo, no me quites dicha tan grande como la que espero, exclamó el alguacil.
— Vamos, pues, no quiero dejar de concederte esta gracia, aunque es verdad que no poco me has hecho enfadar con tu timidez; entra en el saco, y no hables más; sólo te advierto que tengas cuidado y esperes lo que te ha de venir. Por la mañana conocerás la obra tan buena que he hecho por ti.
— Si no hubiera formado concepto de que eras hombre de bien, no me redujera á encerrarme dentro de este saco, dijo el alguacil metiéndose en él.
— Ya te he dicho que no tienes de qué recelar: mete bien dentro ese otro brazo, baja un poco la cabeza, porque eres más alto que yo, y no podré atar bien la boca si no te encoges. ¿Me entiendes?
— ¡Ay que me desnuco y el pescuezo se me tuerce! Aguarda un poco: ata ahora como quieras, que juzgo no estaré aquí mucho tiempo, porque no tardará en llegar el lance de mi fortuna, según lo que me has referido.
—Dentro de dos ó tres horas á lo más estarás ya despachado.
—Ea, pues, estate quieto y no hables, no sea que te conozcan y se eche todo á perder.
— Prometo no hablar más; pero arrímame á la pared, porque me cansaré de estar en pié.
— ¡Válgate Barrabas, y lo que pesas! exclamó Bertoldo suspendiéndole. Ya estás arrimado... ¿Estás bien?
— Perfectamente.
— Pues guarda ahora un profundo silencio, advirtió Bertoldo, que es lo que importa hasta que el lance se logre.
— Descuida, que no chistaré, dijo el alguacil; pero también debes estarte quieto hasta que llegue la novia.
ALEGORÍA QUINTA.
EL SABIO EVITA LOS PELIGROS CON DESTREZA, DESPERTANDO LA CODICIA, LA CUAL ACARREA GRAVÍSIMOS DAÑOS.
Después que Bertoldo dejó al alguacil bien asegurado dentro del saco, sólo pensó en librarse de la tempestad que le amenazaba. Madurado su proyecto, determinó salir por la mañana temprano; pero siendo preciso pasar por el departamento de la reina, recelaba ser descubierto. Sin embargo resolvióse, acechando antes repetidas veces y pegando el oído á la cerradura por si acaso oía algún rumor; y notando el silencio que reinaba, porque estaban todos sumidos en el más profundo sueño, abrió con tiento la puerta de la cámara de la reina, y acercándose al lecho con gran sigilo, observó que estaba dormida, y ocurriósele pegarla otro nuevo chasco, que llevó á efecto poniéndose sus vestidos. Así disfrazado pasó por las habitaciones donde dormían las damas, y descolgando las llaves que estaban cerca de la cama de la portera, abrió las demás puertas con gran diligencia, y presto se encontró fuera del recinto de palacio. Acaeció que había nevado aquella noche; y temeroso de ser descubierto por las pisadas, se puso al revés los zapatos, de suerte que las pisadas denotasen ser de alguien que viniera á palacio y no de quien hubiese salido. Mas al verse en libertad discurrió sobre el compromiso en que se hallaba, y en ninguna parte le parecía estar seguro, hasta que al fin halló detrás de los muros de la ciudad un horno, en el cual se entró.
Acudieron las damas por la mañana á vestir á la reina, y no hallando los vestidos que dejaran por la noche quedáronse admiradas y confusas; lo que sabido por la soberana mandó le trajeran otros, levantándose tan enfadada que se encaminó presurosa á donde dejara á Bertoldo en el saco; mas no viendo al centinela imaginóse que este había sido el ladrón. Tan colérica se puso que aseguró que si le caía en las manos lo mandarla ahorcar al punto; pero á pesar del enfado acercóse al saco, y creyendo hablar con Bertoldo, dijo:
— ¿Estás de tan buen humor como siempre?
— Señora, estoy dispuesto á desposarme con ella cuanto antes, respondió el alguacil.
—Pero ¿qué es lo que quieres cuanto antes?
—¿No lo tenéis ordenado?
—No, dijo la reina maliciosamente y con secreta intención de darle cosa no tan apetecible como la que él deseaba; pero haremos que al punto se disponga.
—Cuanto más antes sea lo estimaré, porque anhelo despachar pronto.
—No pasará mucho tiempo sin que quedes contento.
—Grande es el ansia que tengo de alcanzar esta dicha, y por lo tanto haz que vengan sin dilación.
— En breve le llevarán donde ella está y con eso quedarás complacido.
— Pues si el concierto ha sido que viniera para desposarnos aquí en secreto y cobrar luego los dos mil doblones, ¿cómo he de ir adonde ella está? Procura que la traigan sin tardanza, que estoy dispuesto á cumplir lo contratado.
— ¿Qué desatinos profiere ese bestia? ¿Qué dice de la esposa y los doblones? Sacadle la cabeza, que deseo verle el rostro.
Y como viese que estaba muy distante de ser el que suponía, llena de asombro y deseosa de saber la causa de semejante fechoría, dijo:
— ¿Quién te ha puesto en ese saco?
— Aquel que había de ser marido, respondió con naturalidad el alguacil, quien no queriendo por esposa á la que le destinabas, ha renunciado en mí esta fortuna; por lo cual puedes mandar que la conduzcan aquí juntamente con los doblones ofrecidos en dote, que estoy pronto á cumplir cuanto con él estaba pactado.
—¿Qué esposa ni qué doblones? Habla más claro para que pueda entenderte.
— La esposa y los doblones que querías dar á aquel rústico.
— ¡Ya veo que le ha engañado! exclamó encolerizada la reina dirigiéndose á los que la rodeaban.
— Pues me aseguró cuanto he manifestado, y para que llenase sus veces me hizo entrar en este saco, escapándose para que no le obligasen á casarse. Por consiguiente vamos en seguida á celebrar el desposorio, pues estoy pronto á hacer de grado lo que él por fuerza.
—Espera un poco, que luego traerán el dinero, pues es muy justo que yo cumpla el contrato en honra y provecho tuyo.
—Estoy pronto, y cada hora se me hace un siglo para contar el dinero; pero te advierto que los doblones sean cabales de peso.
—Primero los contarás, dijo la reina, y si fueren cortos, se te cambiarán. Mientras tanto empieza á contar.
Y llamó á cuatro criados que acudieron con garrotes y empezaron á descargar con tal furia sobre el desdichado alguacil, que al verse tan mal parado empezó á clamar perdón; pero lejos de compadecerle, le sacudían más recio, hasta dejarle en el suelo como muerto. Mas tal era la cólera de la reina, que no considerándolo suficiente castigo, m?3dó que metido en el saco lo arrojasen al río: así cobró el desdichado los dos mil doblones, y en lugar de la ofrecida novia obtuvo su sepultura (1).
Después de tan desastrosa tragedia se practicaron las mayores diligencias para encontrar á Bertoldo, pero como las pisadas se velan marcadas en opuesta dirección, no calcularon que hubiese salido de palacio. La reina insistía en que se le buscase por todas partes, resuelta á que si le prendían fuese ahorcado sin dilación, vengando así la doble burla de llevársele los vestidos y dejar al alguacil en el saco.
ALEGORÍA SEXTA.
EL LIBRE ALBEDRÍO ELIGE LA PASIÓN QUE MAS PERJUDICA: EL CRISTIANO LO DEBE TENER PRESENTE PARA ENMENDARSE, Y EL SABIO PARA EDIFICAR CON SU EJÉMPLO.
Metido Bertoldo en el horno oía preguntar por los que le buscaban SÍ le habían visto, y cada pregunta era una saeta que le atravesaba el corazón, pues nunca tuvo tanto miedo á la muerte como en este lance, hallándose sumamente arrepentido de cuanto hiciera, y sobre todo de haber trocado la libertad de su aldea por la esclavitud de palacio. En la aflicción en que se encontraba no se atrevía á salir del horno por no ser descubierto, temiendo le prendieran y castigaran, constándole por experiencia la mala voluntad y animadversión que la reina le profesaba, y más precediendo la burla del alguacil y el robo de los vestidos.
Sucedió, pues, que como estos le viniesen largos, no pudo recogerlos bien dentro del horno, y quedóse colgando la basquina, que por su mala fortuna llamó la atención de una vieja que por allí acertó á pasar, la cual, acercándose y reconociendo por las guarniciones que aquellos vestidos pertenecían á la reina, empezó á publicar que estaba escondida en el horno contándoselo á una vecina suya, que cerciorada de la verdad, fue pasando la voz de una á otra, de tal suerte, que á la mañana siguiente se decía de público que la reina estaba escondida dentro de un horno fuera de las murallas de la ciudad.
Llegando á noticia del rey la nueva, al instante sospechó que podía ser Bertoldo el autor de una burla tan pesada como la de llevar á la reina á sitio tan impropio; y como le tenía harto conocido, sabía que era capaz de cometer tamaño exceso. Encaminóse al punto á la cámara de la soberana y la encontró hecha un basilisco, refiriéndole la burla de los vestidos y ponderando el atrevimiento, audacia y desacato del que tan villana acción cometiera. Entonces el rey se hizo acompañar al horno, donde se encontró á Bertoldo vestido con las ropas de la reina, y le hizo sacar á la fuerza jurando que sólo con la muerte pagaría tamaña osadía. Despojáronle de los vestidos, y como se llenó la cara de tizne del horno, se puso más de relieve su natural fealdad, pareciendo el verdadero retrato del demonio.
— ¡Villano infame! exclamó el rey con cólera, te aseguro que esta vez no escaparás aunque te vuelvas el mismo' Lucifer.
— La ocasión hace al ladrón.
— Al que hace lo que no debe le sucede lo que no espera.
— El que se está quieto no cae, y el que cae no se levanta limpio.
— El que se rió el viernes, llora el domingo.
— Quien de su enemigo se conduele en sus manos muere.
— Entre la carne y la mentira no cabe el bien.
— Quien es defectuoso es sospechoso.
— A. pesar de no tener hueso la lengua, rompe la mollera.
— La verdad ha de quedar encima.
— También se calla á veces.
— No lo hagas si no quieres que se sepa.
— Quien de ajeno se viste en la calle le desnudan.
— Más vale dar la lana que la oveja.
— Pecado viejo penitencia nueva.
— Lengua limpia despide al médico.
— Movimientos de manos hasta á los insectos asusta.
— Y los de los pies á los ahorcados.
— Dentro de poco te contarás entre ellos.
— Antes ciego que adivino.
— Dejémonos de disputas y ya lo verás. ¡Hola! ministros, llevaos á este hombre y colgadle inmediatamente de un árbol; advirtiendo que no atendáis á sus palabras ni súplicas, porque es un villano tan sagaz y astuto, que es imposible no tenga el diablo en el cuerpo. Vamos, conducidle sin detención y ejecutad lo mandado.
— Señor, considerad que las cosas hechas de prisa nunca salen bien, advirtió Bertoldo en tono de súplica.
— Gravísimo ha sido el crimen.
— Quien menos razón tiene grita más alto; sólo pido que me permitas alegar mis razones.
— Harto te he escuchado, sin embargo de los graves ultrajes inferidos á mi real persona.
— ¿Por decir la verdad he de sufrir la muerte? ¡Ah señor! no seas tan cruel conmigo; mira que de corazón te ruego me atiendas y compadezcas.
— No ignoras lo que dice aquel refrán: oír, ver y callar quien del mundo ha de gozar. Y el que aprecia al amo ha de respetar al ama: por consiguiente, ya he dicho que no quiero escucharte y ha de ejecutarse sin remisión el castigo que mereces. Llevadle y cumplid mi orden al punto.
— ¿Qué he de hacer? ¡Paciencia! exclamó el astuto rústico con hipócrita resignación. Bien dicen los proverbios: ó sirve como siervo, ó corre como ciervo; los ciervos no se sacan unos á otros los ojos con las astas; á quien le duele le duele; no es todo oro lo que reluce; el que no obra no yerra; palabra y piedra suelta no tienen vuelta; tengo la risa en la boca y por dentro la rabia, pues conozco que es mejor una onza de libertad que diez libras de oro; y bien dicen que un lobo á otro no se muerden ; y se cuenta del cuervo que por cantar perdió el queso, como á mí me sucede, pues por burlarme me veo ahora con la soga al gaznate, de la que no me librarán las alas de Dédalo (1), porque la palabra del rey es sagrada y ha de cumplirse aunque quien puede hacer puede deshacer. Pero ea, Bertoldo, en este trance necesitas tener ánimo y resignación, toda vez que nada puede salvarte; y dirigiéndose al rey prosiguió: Estoy pronto á sufrir cuanto has ordenado, rey y señor mío; pero antes que muera te suplico me concedas una gracia, que por ser la última espero obtenerla de tu misericordia.
— Di, respondió el rey, que no quiero ser tan cruel negándote la postrera súplica.
— Te ruego que no me ahorquen hasta que señale el árbol que sea de mi gusto, y así moriré tranquilo y contento.
— Si no pides más, desde luego lo tienes concedido. Vaya, llevadle, y no le ahorquéis sino del árbol que elija.
— Te doy las gracias por la merced, dijo Bertoldo.
— Ten paciencia, que es forzoso hacer justicia.
Y dicho esto echó á andar Bertoldo acompañado de los ministros. El rey no entendió la malicia de la súplica; mas conduciéndole los ministros por un bosque muy frondoso, ningún árbol le gustaba, teniendo que llevarle á otro cercano. Preguntáronle si allí había alguno que le agradase, y volvió á responder negativamente; por lo cual tuvieron que recorrer otros muchos, sin que nunca pudieran hallar alguno que fuese de su gusto. Enfadados los ministros de viaje tan dilatado y conociendo su astucia y gran picardía, le pusieron en libertad, volviéndose á dar cuenta al rey de cuanto sucediera, quien quedó absorto y maravillado de tal ingenio y agudeza, admirado de que cupiese en hombre de su clase tan claro entendimiento.
Pasado el enfado, el rey comprendió la razón, y mandó que fuesen en busca de Bertoldo y le trajesen á palacio, diciéndole que estaba perdonado; mas lejos de dar oídos al mensaje, respondió que no existía tesoro que pagase la libertad, y que berzas recalentadas y amor de segunda vez nunca se tuvieron por buenos. Viendo el rey que era imposible reducirle á que volviese, fue en persona á buscarle, y después de muchas súplicas contra su voluntad se lo llevó á palacio, donde se le alojó en una habitación contigua á la cámara de la reina, quien también le otorgó su perdón.
Desde entonces privó de suerte que todos le agasajaban, y mientras estuvo en palacio observóse que por su consejo todos los negocios se despachaban con rectitud; pero como nada dura en el mundo, por abandonarse al ocio y regalo á los cuales no estaba acostumbrado, le acometió una enfermedad tan grave que en pocos días le ocasionó la muerte, con suma pesadumbre de los reyes, quienes por largo tiempo no pudieron olvidarle, echando menos sus chistes, agudeza y buen consejo.
Los médicos, no haciéndose cargo de su complexión, le aplicaron remedios propios sólo á caballeros y palaciegos, sin embargo de sus advertencias y esto fue sobretodo lo que acabó su vida. Lloráronle los cortesanos y el rey dispuso lo enterraran con gran fausto y pompa, vistiendo luto la corte como en la muerte de un individuo de la casa real , y quiso perpetuar la memoria de tan preclaro varón haciendo esculpir con letras de oro en la losa de su sepulcro los siguientes versos en forma de epitafio:
EPITAFIO DE BERTOLDO.
Descansa en paz en esta sepultura
un rústico de claro entendimiento;
de rara facha y condición oscura,
aunque de ingenio y superior tálenlo;
brilló su fama á tan excelsa altura,
que alcanzó del monarca el valimiento;
pero quiso trocar su humilde suerte,
y pagó tal mudanza con la muerte.
SENTENCIAS QUE BERTOLDO ESCRIBIÓ ANTES DE MORIR.
Quien está acostumbrado á comer nabos no coma pasteles.
Quien está hecho á la azada no tome lanza.
El campesino no quiera ser cortesano.
Vencer su apetito es de gran capitán.
Del que mira al sol y no estornuda, libera nos, Domine.
El que todos los días viste de nuevo á cada hora tiene quimeras con el sastre.
Cuidados ajenos matan al asno.
Quien saluda á todos presto rompe su sombrero.
El que maltrata á su mujer, da que murmurar á los vecinos.
Quien gasta según sus facultades nunca mendigará.
El que promete en el campo debe cumplir en poblado.
Quien tema á los pájaros no siembre alpiste.
El que imite al rico estará seguro en casa.
Quien vaya de camino lleve el cayado en la mano y el pan en la alforja.
El que cree en sueños pone su pensamiento en la niebla.
Quien funda su esperanza en la tierra se aleja del cielo.
El que es celoso de sus manos no vaya al tinte.
El que te aconseja pudiendo ayudarte no es buen amigo.
Cuando se castiga la perra señal de que el perro está lejos.
Quien imite á la hormiga en verano no pedirá pan prestado en invierno.
Quien escupe al cielo, en la cara le cae.
Quien va á fiestas y no sabe bailar de nada sirve y ocupa lugar.
El que se casa por ambición, posee el capital y no la esposa.
En la casa que manda la mujer, siempre hallará alfileres á la puerta.
Quien no puede con su pellejo es una infeliz oveja.
Quien goza la hacienda mal ganada, á la hora de la muerte experimentará las consecuencias.
El que alaba á otro sin conocerle, miente á menudo.
Quien da pan á perro ajeno pierde el pan y pierde el perro.
Quien no paga el sudor del pobre no da señales de hombre justo.
Quien come á gusto de otros nada le hace provecho.
El que oculta su saber suele ser más erudito.
Quien quiera corregir á otros empiece por dar ejemplo.
Quien huye de los deleites de la tierra sólo gusta de las delicias del cielo.
El que no tiene amigos es como cuerpo sin alma.
Quien anticipa la lengua al pensamiento carece de juicio.
El que al salir de casa piensa lo que ha de hacer, regresa acabada la obra.
Quien da luego lo que promete da dos veces.
Quien peca y hace pecar á otros, sufrirá doble penitencia.
El que es malo para sí, no puede ser bueno para los demás.
Quien quisiere seguir la virtud, huya del vicio.
Quien desea imposibles, peca de loco.
El que posee buen vino tiene la bodega á la puerta.
Quien elige armas quiere pelear con ventaja.
El que navega en el mar de la sensualidad, desembarca en el puerto de las miserias.
Quien se duele del bien ajeno, otros se ríen de su mal.
El que lleva la virtud por norte va seguro en su viaje (2).
Mandó el rey imprimir estas sentencias con letras de oro y colocarlas sobre la puerta principal de palacio á fin de que todos las leyeran. Imponderable era el desconsuelo de los reyes por la pérdida de hombre tan capaz, agudo y universal. Sucedió, pues, que las personas que asistieron á Bertoldo hallaron debajo de las almohadas del lecho donde falleció un envoltorio, el cual desataron movidos de curiosidad, y encontrando varios papeles escritos, los presentaron al rey, quien después de desdoblar una infinidad de ellos, dio con el testamento que Bertoldo hizo antes de morir, y dispuso que fuera un notario para que le leyese en su presencia, por lo que llamaron al mismo que lo otorgara, quien con la debida reverencia dijo al rey:
— Aquí me tiene Y. M. dispuesto á obedecer con el mayor acatamiento sus mandatos.
— ¿Has hecho tú el testamento de Bertoldo? preguntó el rey.
— Sí, señor.
— ¿Cuánto tiempo hace?
— Unos tres meses á lo más.
— Pues tómalo y léelo, dijo el rey entregándoselo, porque los garabatos que usáis en los instrumentos públicos, no los puedo descifrar.
— Señor, me sorprende que no lo entendáis, observó el notario, porque no uso las frases de que suelen valerse otros de mi profesión, ignorando lo que significan; pues como sólo sirvo para los asuntos y diferencias de los pobres rústicos y aldeanos, ellos y yo nos entendemos con mis términos.
— ¿Cómo te llamas? preguntó el rey,
— Cerfollo de los Villanos, respondió el notario.
— Cierto que tienes buen nombre y apellido, aunque mejor te sentaría el de embrollo, porque los de tu oficio enredan al mundo entero. Lee, pues, señor Cerfollo, alto y claro para que te entendamos.
Y obedeciendo el mandato del rey, Cerfollo procedió á la lectura.
«En el nombre del buen comenzamiento y á la buena ventura, salga lo que saliere; y pues deseo sea con el mayor acierto y gozo de mis herederos y para el mayor descargo de mi conciencia, digo: que viendo y conociendo ser yo Bertoldo, hijo de Bertolazo, hijo que fue de Bertuzo de Bertin y de Bartolina de Bretaña, persuadido de que todos somos mortales y semejantes á las vejigas henchidas que á la más pequeña punzada se escapa el aire, contando ya sesenta años de edad, quiero disponer mis cosas en la mejor forma posible, haciendo testamento para satisfacer á mis parientes y amigos, á quienes confieso quedar muy agradecido; por lo que ruego al notario señor Cerfollo se sirva otorgar mi última voluntad, que es como sigue:
«Al maestro Bortola, zapatero de viejo, le dejo mis zapatos gordos de cuatro suelas, y ocho cuartos de moneda corriente, en memoria de haber tenido siempre conmigo una buena correspondencia, y á veces dispensarme la fineza de prestarme la lezna para agujerear los tacones y coserlos, y otros infinitos chismes que me convenían.
«Item, al maestro Ambrosio, barrendero de palacio, le mando diez cuartos por haberme llevado varias cosas á componer y desempeñado muchos encargos.
«Item, á Barba de Saúco, el hortelano, le dejo mi sombrero de paja, por regalarme tal cual vez por la mañana con algún manojo de puerros, comida más de mi gusto que los regalos de palacio.
«Item, al maestro Alegría, cordelero, le mando mi correa larga y mi hortera, por habérmela llenado de berzas cada vez que yo tenia necesidad, y otros muchos favores.
«Item, al maestro Martín, el cocinero, le mando mi cuchillo con su vaina, por haberme dispensado la atención de asar en el rescoldo muchos nabos, componer algunos potajes de judías con cebollas, comida correspondiente á mi complexión, más que si fueran faisanes y perdices.
«Item, á la tia Pandurra, la lavandera, la mando el jergón en que duermo, con dos sillas rotas y tres varas de estopa, para que se haga dos delantales; y esto es en pago de lavarme muchas veces la camisa y limpiarme la cátedra necesaria.
«Item, dejo mandado al marmitón de palacio, que se llama Fiqueto, veinte y cinco zurriagazos, y que sea con un buen látigo, en pena de la burla que ha hecho de mí muchas veces, colgando un cencerro debajo de la cama con intención de asustarme, sin otras que omito por no gastar papel en referir picardigüelas propias de muchachos insolentes; lo que deseo sea ejecutado cuanto antes para escarmiento de bribones.»
— Prosiga adelante el señor Cerfollo, dijo el rey, que á eso se dará el debido cumplimiento.
«Item, digo, continuó el notario, que cuando vine aquí dejé á Marcolfa mi mujer con un hijo que se llamaba Bertoldino, que al presente contará diez años, á quienes no quise jamás noticiarles dónde me hallaba á causa de su fisonomía, por no tenerla á propósito para presentarse en semejantes lugares; pero poseyendo algunas alhajuelas , autorizo á Marcolfa mi cara esposa para que disponga de todas hasta que mi hijo tenga veinte y cinco años; pues entonces es mi voluntad que sea dueño absoluto de todo, con condición de que si se casa procure no sea con mujer que sepa más que él; advirtiéndole además:
«Que no sea llano con los mayores.
«Que no haga daño á sus vecinos.
«Que coma cuando lo tenga y trabaje cuando pueda.
«Que no tome consejos de gentes perdidas.
«Que no le cure médico enfermo.
«Que no le sangre barbero que le tiemble el pulso.
«Que pague sus deudas.
«Que cuide bien de sus negocios.
«Que no se inquiete por lo que no le ataña.
«Que no se haga mercader de aquello que no entienda; y sobretodo que se contente con su estado, y no desee más de lo que le dé su suerte; que considere que tan presto va el cordero como la oveja, pues la muerte nunca suelta la guadaña y puede cortar igualmente la vida á los mozos que á los viejos: queriendo que se le graben estos documentos en la memoria, para que teniéndolos presentes no yerre en menoscabo del cuerpo y perjuicio del alma.
«Item, declaro no haber aceptado nunca nada de mi rey, quien no ha dejado de persuadirme á tomar de su mano sortijas, joyas, dinero, vestidos, caballos y otros ricos presentes, por considerar que tal vez con semejantes riquezas no hubiera vivido tranquilo, y acaso me ensoberbeciera, cometiendo mil infamias que me hicieran odioso de todos, como suele suceder á infinitos que, siendo de ruin esfera y condición, ascienden por su fortuna á grados eminentes, sin hacerse cargo de que á pesar de tanta dignidad no pueden salir del lodo en que fueron amasados, perdiéndose por su altivez y soberbia; por lo que estoy contento con morir pobre, y sepan que jamás he adulado á mi rey , sino que siempre le he aconsejado fielmente, hablándole con claridad, sin dejarme llevar de pasión alguna, y siempre en beneficio del público y mejor gobierno de sus estados: y para manifestar en mis postrimerías el grande amor que le profeso, dejóle estos breves documentos, que según confío aceptará y observará aunque proceden de un villano, los cuales son los siguientes:
«Tener la balanza en el fiel, tanto para el pobre como para el rico.
«Examinar los procesos detenidamente antes de fallarlos.
«No dar audiencia nunca á quien esté colérico.
«Bienquistarse con el pueblo.
«Premiar siempre á los hombres eruditos y de mérito.
«Castigar á los verdaderos reos.
«Desterrar á los perversos aduladores y las lenguas maldicientes, que son los incendiarios de los palacios y corles.
«No agraviar á los súbditos.
«Proteger á las viudas, patrocinar los pueblos y defender sus causas.
«Procurar que se despachen los pleitos, pues de su lentitud proviene quedar en cueros los pobres litigantes; de suerte que el que gana el pleito queda en camisa, y el que lo pierde, sin ella.
«Si todas estas insinuaciones las observare, vivirá tranquilo y contento, será gran rey para lodos, y señor justo, amado y temido de sus vasallos. Y con esto concluyo mi testamento.»
Viendo el rey los preciosos documentos que le dejaba, no pudo contener las lágrimas, mostrando la honda pesadumbre que tal pérdida le causaba, reflexionando la alta prudencia, amor y fidelidad que le había profesado durante su vida y aun después de su muerte.
Así como Alejandro Magno conservó entre sus más preciadas joyas la Ilíada de Homero, mandó este rey poner el testamento de Bertoldo entre las más ricas y preciosas piedras que tenía é indagar dónde habitaba el hijo de Bertoldo, llamado Bertoldino, juntamente con su a su madre Marcolfa, porque deseaba tenerlos en palacio para memoria de Bertoldo. Envió á este fin algunos caballeros para que les buscasen por los bosques y montañas, adviniéndoles que no regresasen á la corte sin ellos. Con esta orden marcharon los caballeros, y tanto registraron aquellas sierras, que por fin los encontraron; mas lo que les sucedió se verá en el segundo tratado. Mientras tanto, amigo lector, guarda en tu memoria, como el rey Albuino entre sus alhajas, las máximas del rústico Bertoldo, y no eches en saco roto los beneficios que de practicarlas pueden resultarte.
FIN PEL TRATADO PRIMERO.
BERTOLDINO, HIJO DEL SUTIL Y ASTUTO BERTOLDO, Y LAS AGUDAS RESPUESTAS DE SU MADRE MARCOLFA.
SIMPLEZAS DE BERTOLDINO
I
TRATADO SEGUNDO.
INTRODUCCIÓN.
Todo árbol, planta ó raíz produce su fruto según la especie, sin apartarse un punto de cuanto ha dispuesto la próvida naturaleza, maestra de todas las cosas. Solo el hombre es una planta que con el tiempo cambia y se adultera, no cumpliendo las leyes naturales, según la experiencia nos lo enseña; pues á menudo vemos que de un padre gallardo nace un hijo feo, horroroso, y otras veces de un varón docto nace un ignorante é idiota, cuyos sentidos y potencias no son para limados. ¿Por qué? Responda por mí quien lo entienda, porque no soy escolástico ni erudito para resolver semejante materia; y así voy á mi asunto, que es referir la vida de Bertoldino, hijo de Bertoldo, tan diferente de su padre como del plomo el oro, por cuanto Bertoldo era atento y cortés, y su esposa Marcolfa de claro entendimiento. ¿A quién pues no admira que de dos plantas tan buenas naciese un fruto tan simple como luego veremos? Muchas cosas se cuentan que suelen pasar por sandeces. Del hijo de Migdome dicen que acostumbraba permanecer todo un día á las orillas del mar, intentando contar las olas. De otro escriben que se levantaba al alba para ver crecer una higuera de su huerto. Empero no leerás tales cosas en esta breve historia, y sí sólo la vida y hechos de un rústico idiota muy dichoso, á quien siempre favoreció la fortuna, amiga y protectora de los tontos, según explica Ariosto diciendo: «Mala es la fortuna cuando á los tontos no ayuda, y generalmente se muestra adversa con los varones doctos, como cada día se experimenta. » Voy pues á referir las simplicidades de un bobo zafio y gracioso, rogándote, lector amigo, que lo leas con paciencia y reflexión, pues si analizas las que al parecer son tonterías y chanzas, sobre el solaz del ánimo aseguróte que sacarás utilidad y provecho.
DE BERTOLDINO.
ALEGORÍA PRIMERA.
EN LAS SELVAS Y BOSQUES NACEN SABIOS Y FATUOS COMO EN LAS CIUDADES.
Privado el rey de tan raro entendimiento como el de Bertoldo, de cuyos labios no salían sino sentencias, y cuya prudencia librara á la monarquía de graves peligros, necesitaba ya quien le aconsejase en sus dudas aliviándole la pesada carga del gobierno. La memoria de los chistes y agudezas del célebre rústico mitigaba sus pesares, y continuamente pensaba en si habría quedado alguno de su familia ó parentela, aunque no le adornasen todas las prendas que concurrían en Bertoldo, pues calculaba que á lo menos se le asemejarla en algo; con cuyas reflexiones acordábase al par de la mención que en el testamento hacia Bertoldo de su consorte é hijo Bertoldino, á quien instituía heredero universal de sus bienes, lamentando que no designase el punto de su residencia, si bien del lenguaje y porte de Bertoldo colegia que lejos de habitar en ciudad, debían ser gente rústica y criada en alguna montaña; y así, llamando á Herminio, empleado de palacio, mandóle inquirir dónde moraban, sin omitir la menor diligencia hasta encontrarles, y que los condujese á la corte con las mayores consideraciones para halagarles, manifestándoles el aprecio que su marido y padre mereció al rey, en prueba del cual y recompensa de sus servicios deseaba tenerles en palacio para que disfrutasen de las amenidades, regalos y grandezas de la corte.
Montó inmediatamente Herminio á caballo y partió acompañado de varios caballeros, no dejando villa ni aldea por recorrer, y preguntando á cuantos topaban, por si les podían dar razón; mas fueron al pronto tan infructuosas sus pesquisas , que estaban casi desesperados, acordándose del encargo riguroso del monarca al advertirles que no volviesen á su presencia sin Bertoldino y su madre.
Finalmente, tras largas fatigas determinaron trepar á la cumbre del monte más elevado de la fragosa cordillera por cuya falda caminaban, sin imaginar que allí pudieran habitar más que alimañas y fieras, pues sólo se veían asperezas y peñascos. Llegados á la cima arrepintiéronse de haber subido y volvieron riendas; mas descubriendo al bajar un llano cruzado por una vereda que guiaba al bosque, internáronse por ella notando que estaba asaz trillada de gentes y caballerías. Siguieron adelante y llegaron al corazón del bosque, poblado al Septentrión de muchos y altísimos robles, y bastante descampado al Mediodía, si bien rodeado de grandísimas peñas que cual fortaleza lo defendían. Distinguieron en el centro del bosque una humilde choza de tapia y ramaje con techo de tablas, á cuya puerta vieron una mujer feísima sobre toda ponderación, la cual estaba hilando y tomando el sol. Al ver tantos y tan lucidos forasteros entróse en la choza apresuradamente, cerrando la puerta á piedra y lodo como suele decirse, asustada por la imprevista aparición de tal clase de gente.
Tomó una tranca y se dispuso á fortificar la puerta temiendo que intentaran causarla algún daño. Era la mujer de Bertoldo que con su hijo Bertoldino allí moraba, ocupados en apacentar cabras por aquellos bosques y breñas.
Observando Herminio las precauciones que tomaba no quiso hostilizarla, aunque le fuera fácil derribar la puerta; antes llamándola con afabilidad la suplicó que abriese , asegurándola que no llevaban intención de ocasionarla daño alguno, sino de favorecerla.
Asomóse Marcolfa á una ventanita y díjoles:
— Pues ¿qué buscáis por estos andurriales?
— Abrid la puerta, señora, respondió Herminio, que no venimos sino para vuestro beneficio.
— No puede proporcionarlo á nadie quien está fuera de su casa, replicó Marcolfa.
— Aunque ausentes de la nuestra, podemos haceros bien. Salid, pues tenemos que hablaros.
— Quien desea sacarme de casa más me quiere hacer mal que bien, y así vete á la tuya, que es el mayor favor que puedes dispensarme.
— Decidme: ¿tenéis marido? preguntó Herminio.
— Quien se entromete en asuntos ajenos descuida los propios, respondió Marcolfa.
— ¡Bravo! Di me por favor si tienes marido ó no.
— Le tendría si no hubiera comido.
— ¿He? Habla más claro, que no te entiendo.
— Si no comiera pavos, perdices, faisanes, pichones y otros manjares delicados contrarios á su complexión, creyéndome á mí que le dije no se alimentase sino de castañas y demás cosas con que se criara, aun vivirla.
— Pero ¿quién era tu marido?
— El hombre más honrado y hermoso de todos.
— Y ¿cuál era su nombre?
— Ya que tanto deseas saberlo, se llamaba Bertoldo.
— De veras ¿era Bertoldo tu esposo?
— Sí, señor.
— ¡Gran noticia nos das! Y ¿Bertoldo era el más hermoso del mundo?
—A mis ojos parecía un Narciso, pues á la mujer honrada la debe gustar más su marido que todos los demás de la tierra.
— ¿Te amaba mucho?
— Tanto, que estaba celosísimo.
— Y con razón, pues cada cual debe apetecer y amar la carne de su carne; fuera de que no le faltaban motivos para tener celos, porque efectivamente posees raras cualidades.
— Cierto que la hermosura ha de estar en el rostro, pero es mil veces preferible la virtud, hermosura del alma, pues un rostro bonito se marchita como una figura gallarda se encorva con el tiempo, y las virtudes son como los árboles que nunca pierden su verdor y lozanía. Hay hombres hermosos que reúnen cualidades abominables, y al contrario, otros muy feos á quienes dotó el cielo de ciertas gracias que les granjean el aprecio y buena voluntad del prójimo; tal era Bertoldo, mi amado consorte,
— En efecto. Pero dime: ¿tienes algún hijo?
—Sí y no.
— ¿Cómo se entiende?
— Cuando está en casa le tengo; pero ahora que no está puedo decir que no le tengo.
— ¿Dónde se halla?
— Pregúntaselo á sus zapatos, que con él andan.
— Para ser criada en la montaña despuntas de aguda.
— Educóme un maestro tan discreto como bueno.
— Lo creo; pero mudando de párrafo, debo noticiarte que el rey nuestro señor os llama á los dos, porque siendo tan grande el cariño que profesaba á tu marido Bertoldo, anhela teneros á su lado; por consiguiente sal sin recelo para que hablemos más cómodamente.
—Voy, voy...
Y abriendo la puerta Marcolfa presentóse en el dintel diciendo;
— Aquí estoy. ¿Qué me quieres?
— Ante todo, ¿qué tienes para comer? preguntó Herminio.
— Quien desea saber lo que hay en la olla ajena da á entender
que está vacía la suya.
— Maliciosa eres, aunque discreta.
— Gomo estos aires son tan sutiles, no es maravilla que se aguce el entendimiento de los que aquí habitan; pero ya que deseas saber qué tengo para comer, debo manifestarte que en mi olla sólo hallarás algunas yerbecillas sin sal.
— ¡Yerbas sin sal! ¿Cómo las puedes comer así?
— El apetito es la mejor salsa para nosotros, y te aseguro que nuestra mesa es más opípara y provechosa que la del rey, pues en estos montes el hambre corresponde á la digestión, el ejercicio abre el apetito, la dieta hace la comida tan sabrosa como nutritiva,
y finalmente las aguas que tenemos nunca menoscaban la salud.
— Según te explicas, bien se conoce que has sido discípula de Bertoldo, pues jamás salió de sus labios palabra que no fuese una sentencia. Y ¿cómo veremos á tu hijo?
— Abrid los ojos cuando venga, que si no sois ciegos le veréis sin duda.
— Pues mientras viene haznos el favor de darnos de beber, porque venimos cansados de andar subiendo y bajando por estos montes sin hallar un manantial donde apagar la sed.
— Seguidme, que deseo serviros.
Llevóles á una fuente de agua cristalina que distaba de allí cortó trecho, y dijo:
— Honrados caballeros y señores míos, he aquí la bodega donde mi hijo y yo venimos á beber cada día con nuestros ganados; refrescad cuanto os dé la gana, pues nuestras cubas están siempre provistas aunque las dejamos abiertas de noche y de día, y bebiendo de este líquido no se os alterarán los sentidos, ni os atacará la gota ni perlesía, como suele suceder á los que sin tasa ni medida llenan el estómago de vinos regalados y licores fuertes, que trastornan el entendimiento al hombre, causando no pocos accidentes y desgracias, pues cuando se calientan los cascos, ejecútanse con facilidad las cosas más ilícitas y que menos favorecen , dando que reír al vulgo y que llorar á los de casa. Tales perjuicios acarrea el vicio de la embriaguez, que de lo poco se pasa á lo más, de lo más á lo mucho, de lo mucho al exceso, y del exceso á la perdición. Empero, quien sólo bebiere de este cristalino manantial estará siempre en su cabal juicio, y no se expondrá á servir de risa y mofa á las gentes.
— Cierto que es excelente tu bodega, más no temas que nadie venga á sangrar las cubas. En fin, ¿tienes por ahí algún vaso?
— Aquí carecemos de vasos, pues por lo general bebemos con la taza que nos dio naturaleza; y para que me entiendas, bebemos con las manos solamente, y si quieres apagar la sed, no tienes otro remedio que valerte de la misma taza.
— Nosotros nos amoldamos á las circunstancias. Pero dime:
¿quién es el cabrero que viene con su manada hacia este sitio?
— Mi hijo Bertoldino.
— ¿Bertoldino? ¡Oh qué noticia! Ven, acércate, hijo mió.
Asombrado Bertoldino de ver tanta gente á caballo, cosa para él de todo punto nueva, dirígese á su madre diciendo:
— ¿Qué gentes ó qué bestias son las que están aquí?
— Frescos estamos, advirtió Herminio. El primer saludo de ese montaraz es tratarnos de brutos.
— No os ha conocido. Acércate, hijo mió, que estos caballeros desean hablarte.
— ¡Ah! ¿Con que los caballeros son medio hombres y medio caballos? observó Bertoldino.
— ¡Otra te pego! ¿Con que somos medio hombres y medio bestias?
— No quiere decir tal, sino que como no ha visto en su vida caballos, se le antoja que vosotros y el caballo sois una misma cosa.
— Poco importa que se lo figure. Hazle venir acá.
— ¡Ay cuántas piernas tienen! A cada uno ya le he contado seis. ¡Zape! Y ¡cómo correrán! exclamó Bertoldino.
—Calla, tonto, dijo Marcolfa, que las cuatro de abajo son de las bestias, y las otras dos de los caballeros.
—¡Digo! ¿No ves cómo estos animales se están comiendo el hierro? ¿Si tendrán tripas de plomo?
—Sí, de estaño, dijo Herminio. ¡Habrá idiota! No, no se dirá de este: de tal palo tal astilla. ¡Lástima grande que el astuto y agudo Bertoldo tuviese un hijo tan estólido! ¿Qué solaz podrá disfrutar el rey con tal majadero? Sin embargo, no conseguiremos poco si se lo llevamos. Ea, Bertoldino, disponte á venir con nosotros.
— ¿Adonde «me queréis llevar?
— A la corte.
—¿Qué tengo de hacer allá? ¿Seré caballero lacayo?
—¡Yaya un mentecato! exclamó Herminio.
— Dime, continuó Bertoldino: esa corte ¿es macho ó hembra, está arriba ó abajo? ¿que gente ó que bestias son esas?
— Como gustes. Vente con nosotros, que serás muy dichoso, pues te espera una buena ventura.
— ¿Cómo anda vestida la buena ventura, para que la conozca al verla?
— De oro, plata y piedras preciosas; y tú también irás ricamente vestido como ella, tratarás con las damas más ilustres y con los caballeros más principales, quienes te considerarán como á igual suyo, estimándote todos porque gozarás el favor del rey.
— Y ¿podré llevar mis cabras á la sala del rey cuando quisiere?
— Sí, si, siempre que gustes. Y tú, señora, ¿cómo te llamas?
— Marcolfa.
— Pues, Marcolfa, si deseas venir empieza á liar el hato.
— Tan fácil será abandonar mi choza, aunque sea de tapia y ramas, como que los rústicos pierdan su malicia; lo que deseo es que cuanto antes te vayas de aquí sin mi hijo, porque si te lo llevas de seguro no viviré cuatro días. Además, aunque soy madre y puede cegarme la pasión, conozco que el mozuelo es un pedazo de alcornoque, y si os lo lleváis será el hazmerreír de la corte, en la cual bien sabéis que no se admiten chisgarabises ni badulaques, sino sujetos astutos, entendidos, que conozcan la aguja de marear, y no unos pobres palurdos como nosotros.
— No importa, que se le enseñará lo que ignore; pues no faltarán maestros que le instruyan en las buenas costumbres, cortesía y política: déjale venir con nosotros y nada temas.
— ¿Qué dices, Bertoldino? ¿Quieres ir ó no á la corte?
— Si vienes, me resolveré; si no, de ningún modo.
Marcolfa titubeó algunos instantes, y por fin dijo:
— Iré para que alcances la fortuna que te aguarda; pero antes de partir quiero encargar la casa á una vecina que vive cerca de aquí, para que la cuide hasta mi regreso, si Dios lo permite.
— Y ¿á quién dejaré mis cabras? preguntó Bertoldino.
— A ella también, dijo Marcolfa.
— No, no, que me las quiero llevar.
— No es necesario, pues allá las hay de sobra.
—¿Habrá también toros?
— Más que aquí, respondió Herminio. Vamos, que es lo más importante.
— Ya estoy determinado á dejarlas, puesto que por allá dices que abundan. Ea, madre, cuide la vecina las cabras, y despachémonos luego.
Marcolfa fue á casa de la vecina para confiarla el cuidado de la suya hasta la vuelta, y cogiendo luego estopa, cuatro husos, un par de zapatos viejos, la gata y la gallina que tenia, y enfaldando en las sayas lo que pudo, emprendieron el camino de la corte con los caballeros, quienes tratando de poner á caballo á Bertoldino, y no consiguiendo hacerle abrir las piernas, decidieron colocarle atasajado en la silla á guisa de fardo. Todos montados y andando á buen paso permitieron á Marcolfa que fuese á pié por complacerla. Llegaron á la ciudad, donde noticioso el rey les salió al encuentro con numeroso acompañamiento de cortesanos, y viendo un bulto sobre un caballo, empezó á reír preguntando á Herminio:
— ¿Que envoltorio traes?
—Señor, es Bertoldino, hijo de Bertoldo. Le hemos hallado entre unos montes, en un vericueto hasta para los lobos inaccesible. Al propio tiempo debo participar á V. M. que viene su madre, quien, aunque rezagada, no puede tardar, pues camina á buen paso por sus pies, habiéndose negado tenazmente á montar á caballo.
— Y este ¿por qué no viene montado como se debe?
— Porque por más que nos esforzamos no quiso abrir las piernas, viéndonos precisados á traerle de este modo. Salvo vuestro parecer, opino, señor, que más acertado fuera dejarle en su choza, pues además de ser zafio rematado, es tan bobo que se le hará creer que los asnos vuelan. Baste para graduar su necedad que se le encajó en la cabeza que había de traerse las cabras. ¡Cuánto nos ha costado sacarle de sus gazpachos y migas! ¡No se resistía poco á salir de su mísera cabaña!
— Todo se puede dar por bien empleado: bajadle con tiento, pues como no está acostumbrado á montar es natural que venga algo molido. Al ver su rara flgura, no se puede negar que es hijo de Bertoldo. Y ¿cómo se llama?
— Bertoldino; y aquella que viene es su madre, llamada Marcolfa, mujer tan perspicaz y aguda, que asombra á los más avisados; al paso que este bestia parece el reverso de la medalla de sus padres.
Llegó en esto Marcolfa á donde estaba el soberano, y doblando la rodilla dijo con el debido acatamiento:
— Serenísimo señor, el cielo te guarde, conserve tus estados y acreciente cada hora tu grandeza.
— Y á tí conceda cuanto desees, Marcolfa. ¿Vienes cansada?
— Más lo estuviera á no haber caminado.
— ¿Qué dices? Explícate, pues como hablas equívocamente note comprendo.
— Me explicaré. El que camina para obedecer á su superior como yo, nunca se cansa, al contrario del que no sirve con buena voluntad, que se fatiga aunque vaya despacio, porque ya tiene el pensamiento y la voluntad cansados antes de ponerse en camino.
— Acabas de probarme que has sido consorte de mi estimado Bertoldo, pues en llegando ya brota de tus labios una admirable sentencia.
Y dirigiéndose á los de la comitiva añadió:
—Vaya, que al punto les dispongan alojamiento y vistan lucidamente al uso de la corte, presentándolos después á la reina.
—Suplico, serenísimo señor, que me concedáis una gracia, dijo Marcolfa.
—Con mucho gusto.
—Se reduce á que no nos despojen de nuestros trapos, á los cuales estamos acostumbrados, pues de quitárnoslos nos sucederá lo que al árbol á quien se desnuda de su natural corteza, que no sólo deja de producir fruto, sino que luego se seca. Si nos adornas con ricas telas de oro y plata, aumentará nuestra vanidad, y engañado el mundo al vernos con tanta gala, imaginará que somos personas encopetadas, de lo cual se seguirá que olvidaremos pronto nuestra humilde esfera, y reinará en nuestras pasiones la soberbia con los demás vicios que la acompañan, y nos haremos aborrecibles de todos, viniendo á parar al cabo nuestras vanidades en el escarnio general. Señor, los villanos con zancos son gente muy mala; no puede hallarse otra más indómita, y todo su talento se reduce á la malicia, pues sólo han estudiado gramática parda como suele decirse, y por experiencia vemos que hallándose en pinganitos no aciertan á sostenerse, despeñándose bajo el peso de su ignorancia. Así, pues, déjanos con nuestros vestidos para que teniéndolos á la vista meditemos cada instante sobre nuestra pobreza y nos conservemos humildes, considerando que nacimos para servir y no para que nos sirvan.
—Sentencias muy grandes y dignas de consideración has pronunciado, muestra de la sinceridad de tu ánimo. Conozco que el cielo te ha favorecido con sus gracias, pero no instes sobre el particular, que deseo vistas ricos trajes y seas servida como mereces.
—Señor, te suplico oigas una fábula, que si bien no viene muy á pelo, me la contó mi marido Bertoldo, de feliz memoria, durante una de las largas veladas de invierno,
—Cuéntala, que la escucharé gustoso.
— Díjome, pues, que había oído referir á su abuelo que, pasando cierta ocasión por las tierras de Trapisonda á donde suelen llevar las patas de anguilas ahumadas, había un asno descomunal que, viendo un día caballos de regalo con arreos guarnecidos de oro y plata, frenos con rosetas y broches dorados, y gualdrapas y tapafundas bordadas, se le encasquetó que también debían enjaezarle de la misma manera, alegando que aquello no se hacia por la nobleza del caballo, pues nació para servir como los demás irracionales, y si era por antigüedad, no cedía la suya á ninguna otra. A semejantes razones respondió el amo: ¿No conoces que estás diciendo un solemne desatino? Has de saber que cuando se crearon las bestias le fue designado á cada una su destino: al buey la carreta, al gato la caza del ratón, al caballo la silla, y á ti los palos y cargas. No ascenderías á más aunque tuvieses todo el oro del mundo; siempre serias conocido por asno, y como tienes las orejas tan largas, nunca podrías ocultar, por mucho que te adornases, que eres asno dedicado á sufrir cargas y palizas. Si las orejas han de ser la pinta que me descubran, replicó el jumento, presto se puede remediar cortándomelas á la medida de las que tienen los caballos; y cuando sane de las heridas, poniéndome la gualdrapa y demás atavíos nadie me conocerá por asno; por consiguiente, que venga cuanto antes el mariscal y me las acorte. El amo, por complacerle, se las mandó cortar y curar, y después que estuvo bueno le compró galanos jaeces como los de los caballos. Era tan corpulento que todos le creyeron de regalo, y así anduvo muchos días sin ser conocido; mas como la naturaleza vence siempre, por cuya razón la cabra tira al monte, el infeliz animal vio pasar una burra por la calle, y abandonando la compañía de los caballos, echó á correr tras la hembra con tan desaforados rebuznos, que nadie podía detenerle; tiró silla y gualdrapa, rompió el freno, cometió otros mil desmanes, y despojado de los ricos aparejos, á dos por tres descubrió su borrical ascendencia; con que después de reconocer el engaño los que le tuvieran por caballo, lleváronle á la cuadra donde le zurraron muy bien la badana, reduciéndole á su primer oficio de llevar cargas, para lo cual nació (1).
Serenísimo señor, este ejemplo puede aplicársenos. Si nos haces vestir lujosos trajes y alternar con los personajes de la corte, todos nos honrarán y tendrán en buena opinión mientras callemos; pero en oyéndonos hablar conocerán que somos dos villanos rústicos y tontos, y lo que al principio merezcamos de aprecio y estimación servirá después de mofa y escarnio para nosotros; con que si quieres que vistamos otro traje dispón que no tenga oro ni seda, pues desdicen de nosotros los atavíos, y más para este hijazo que Dios me dio tan ridículo y monstruoso.
— Me has contado una fábula sentenciosa y ejemplar, y confieso que son convincentes las razones que ha sabido aducir tu claro entendimiento para refutarme. Al oírte nadie te juzgará por mujer ordinaria, pues no obstante las apariencias, en el fondo eres todo lo contrario; y no te aflijas si Bertoldino hace ó dice alguna inconveniencia, porque no ignoro que será menester perdonarle por inocente y acostumbrado á tratar con gentes de su jaez. Rozándose y departiendo con los cortesanos se le irá puliendo la inteligencia, y cuando se halle más despejado dispondré que se le instruya como es debido. En fin, Herminio, llévalos á su estancia; procura que les hagan los vestidos del paño más fino que se encontrare, y nada les falte de cuanto necesiten. Cuando hayan descansado, preséntalos á la reina, que les espera con impaciencia.
— Señor, serás obedecido. Vamos, Marcolfa, seguidme.
— ¿Adónde nos llevas? preguntó Bertoldino.
— Al cuarto de tu padre.
— Mi padre está debajo de tierra, y por lo visto nos quieres sepultar con él. ¡Ay madre! volvámonos á casa.
— No dice tal, zopenco, sino que vamos á la estancia de que era huésped tu padre cuando vivía.
— Con que ¿mi padre tenia posada?
— ¿Qué posada ni qué alforjas, sandio?
— Como diz que vamos á la de mi padre, figurábame que había sido posadero.
— Quiere decir donde habitaba. ¡Ay desdichada de mí! Y ¡qué bien dije que aquí me volvería loca con esta bestia! ¡Pluguiese al cielo que no hubiese salido de mi casa!
— Vamos, ven conmigo y no te desazones.
Y obedeciendo el real mandato acompañóles Herminio á una estancia suntuosamente adornada de tapicerías, cortinajes de tisú, techo artesonado y sostenido por elegantes columnas, dos camas con colgaduras de brocado de oro, colchas de seda primorosamente bordadas, y otros muebles y alhajas de exquisito primor y riqueza. Mandó llamar después al sastre para vestir- los con la decencia que el rey previno, y hechas las prendas á la mayor brevedad, al otro día probaron á Bertoldino las suyas; mas al ajustarle el jubón se le subió un poco oprimiéndole la garganta , y acostumbrado á llevar vestidos holgados, en su ignorancia imaginóse que al apretarle el sastre intentaba ahogarle, por lo cual empezó á poner el grito en el cielo.
— Ignoro por qué el rey ha mandado estrangularme.
— ¿Qué dices? preguntó el sastre.
— ¿No eres el verdugo?
— Soy el sastre de S. M.
— ¿Hasle estrangulado alguna vez?
— ¿A. mi rey y señor? ¡Qué barbaridad!
— Pues ¿por qué me estrangulas á mí, y á él no?
— ¿Qué hago para decir que te estrangulo?
— Tanto me aprietas la garganta que no puedo respirar.
— ¿No adviertes que el vestido debe abrocharse é ir ajustado á la garganta?
— Si me aprietas más no podré sufrirlo, pues ya siento que me van subiendo del estómago los puches que comí há poco. ¡Quita, quita, que suben sin poderlo remediar!
Y esto diciendo Bertoldino dio con lo de su estómago en la cara del sastre, quien exclamó encolerizado:
— ¡Bruto! ¡Mal torozón te dé Dios, puerco de los diablos! ¡Mira cómo me has puesto! ¡Así reventases!
— ¿Por qué me apretabas tanto, avisándote que ya no podía más? Déjame con mis vestidos viejos y holgados, que no quiero me encajes por fuerza en ese saco apretado.
—En fln, el villano en todas partes dará á conocer lo que es, y nadie por más que haga sacará á la rana del charco. Toma tu ropa, porque el ponerte otra es lo mismo que ensillar un cerdo.
Y con el hocico emplastado fuese gruñendo el sastre á su casa, lavóse bien, y salió después en busca del rey para referirle lo sucedido. Desternillábase el monarca de risa durante la narración, considerando la inocencia del uno y la formalidad del otro. Llamó á palacio otro sastre, el cual hizo el vestido ancho que Bertoldino deseaba, y á Marcolfa un jubón de paño fino; y así vestidos presentáronles á la reina, quien al ver aquellos rostros tan ridículos no pudo tener la risa. Notando Marcolfa la burla, hizo una reverencia á lo campesino y dijo:
—Serenísima señora, en cierta ocasión oí contar allá en la montaña á una vieja de hasta ciento veinte años, que cuando los grajos hablaban aconteció lo que voy á referir. Como siempre han mostrado gran predilección por los campanarios, según se observa en nuestros tiempos, un día subieron á la torre de Babilonia, desde cuya altura contemplaron los sucesos del mundo; vieron como unos engañaban á otros; distinguieron á los petardistas, embusteros, los amos desagradecidos, los criados poco fieles, las criadas desobedientes, las madres nada modestas, los padres disolutos, los hijos viciosos, las viudas escandalosas, los cortesanos vanidosos, los validos lisonjeros, los bufones descarados, los jueces injustos, las rameras falsas, los terceros malvados, en fin, el mundo enredado y revuelto, notando los hechos de cada uno. Oyeron referirse unos á otros el modo que tenían para vivir engañando al prójimo, y vieron que llegaba á tal extremo la desconfianza que ya nadie se fiaba ni siquiera de sí mismo; los negocios adolecían de mala fe, yendo todo cada día de mal en peor. En resolución, reparando los hombres que se divulgaban sus delitos por las malas lenguas de los grajos, citáronlos ante la reina de las aves, acusándolos del grave crimen de curiosidad y propaladores de sus vicios y depravadas costumbres, por cuya causa el mundo se hallaba notablemente infamado. Oyendo la reina tan fundadas quejas llamó á los grajos, reprendióles severamente, y les prohibió publicar lo que vieran desde la torre, so pena de pelarles las cabezas con agua hirviendo. Desde entonces los grajos no hablan y sólo se concretan á graznar continuamente: Crás, crás, crás, que significa mañana, mañana, mañana, porque de un día á otro esperan la facultad de hablar, y si les es concedida revelarán muchas cosas que ahora encubre la solapada malicia. Pero teniéndome embelesada la narración de esta fábula, añadió Marcolfa, la buena vieja me contó otra que referiré si lo permites, pues también cumple á nuestro objeto.
Y obtenida la anuencia de la soberana, continuó:
—Dijeron pues las aves de quienes hablábamos que, cuando los caracoles tenían pellejo, halláronse en la ciudad de las sanguijuelas algunos ratones mercaderes de higos secos, que abastecían la ciudad y lugares comarcanos.
Encaminábanse allá varios comerciantes de Indias con crecida cantidad de nueces moscada para trocarlas por higos secos; mas sucedió que hallándose un día fatigados de tan largo viaje hicieron alto al pié de una encina situada en un verde prado, en donde se quedaron dormidos, y á 1q mejor del sueño sobrevino una manada de jabalíes que á hocicadas rasgaron los sacos y comiéronse las nueces; aunque en el pecado llevaron la penitencia, pues acostumbrados á la bellota, se les revolvió de tal modo el estómago que las vomitaron con las tripas.
Muy afligidos quedaron los mercaderes al despertar, encontrándose los sacos rolos y vacíos; empero continuaron el camino, y hallando más adelante unos pellejos de ardillas, los destinaron para regalar al rey de las tencas fritas,, por cuya ciudad debían pasar, quien apreció sobremanera el obsequio, agasajándoles con gran cantidad de criadillas de tierra. Fuéronse con este presente á la ciudad de las sanguijuelas, donde por falta de segadores se vieron obligadas á segar aquel año la mies, y tuvieron proporción de hacer negocio, trocaron las criadillas por higos secos, dándoles además una partida de hongos salados. Embarcáronse y llegaron al puerto de las lagartijas, abordando á los pocos días en otro que se llamaba de los escarabajos, en el cual resolvieron descansar algunos días, á cuyo efecto tomaron tierra y llevaron los barriles á la aduana, pagando los derechos consiguientes; mas habiendo tenido harta confianza en aquellos empleados, recibieron un solemne chasco, y fue que los escarabajos idearon la pesada burla de alzarse con los higos y llenar los barriles de boñiga, dejándolos de manera que no se echase de ver el fraude.
Efectivamente, volvieron los mercaderes á ponerse en camino sin sospechar lo más mínimo, y en pocos días llegaron á su patria. Acudieron los moradores de la ciudad inmediata á felicitarles por su regreso, siendo tal el tropel y la confusión de los que deseaban comprar higos, que les tenían acorralados, deseando todos ver las mercancías. Destaparon por fin los barriles, y quedaron suspensos y mudos de asombro al encontrarse en lugar de higos las tortas excrementicias, armándose tal alboroto de palmadas, silbidos y risotadas, que corridos y avergonzados tuvieron que escapar de la plaza. Volviéronse á la aldea donde nacieron, y á los pocos días murieron desconsolados con tan imprevisto percance.
Esta fábula me contó la vieja, que viene, señora, como de molde á nuestro caso. El rey nos mandó á buscar, sacándonos de nuestro centro, persuadido sin duda de que seriamos aptos y á propósito para vivir en la corte, y á cada paso temóme que le suceda lo que á los pobres mercaderes, teniendo que sonrojarse, porque en lugar de higos dulces y sabrosos se encuentre con asquerosa mercancía, como somos nosotros, que presumo fastidiaremos en breve á todos, según ya lo han empezado á probar las sandeces de Bertoldino, que cada día van aumentando. Preferible fuera que el rey nos dejara tranquilos en nuestra choza, á mandarnos venir á ser mofa de palacio; pero ya que tal es su voluntad, estoy pronta á acatar humildemente sus órdenes.
— A no oírlo, dijo la reina, nunca creyera tu grande elocuencia y los ejemplos que tan oportunamente acabas de aducir. Apenas acierto á persuadirme de que hayas nacido en un desierto, pues tu cultura y lenguaje suelen ser dotes peculiares de quien se ha educado entre varones doctos en alguna populosa ciudad, dedicándose á la lectura de libros curiosos é instructivos. Si tu marido maravilló á la corte con sus sutiles astucias y sabias sentencias, tú asombras y confundes á los ingenios más esclarecidos que le oyen. Toma este anillo, y póntelo en el dedo como testimonio del singular cariño que me mereces.
— La viuda no debe llevar más anillo que el de desposada; me basta saber que puedo agradarte.
—Pues ¿qué te daré que sea de tu gusto?
—Nada, cuando necesitas más que yo.
—No ignoras que, como reina de Italia, poseo tantos tesoros que á nadie cedo en grandeza.
— ¡Ah! te faltan tantas cosas, señora, que...
—¿Qué me falta? Deseo que me lo digas.
—No saldré de esta corte ¡por quien soy, señora! sin conseguir que confieses lo mucho que necesitas; y como á la necesidad se sigue la pobreza, habrás de convenir en que eres más pobre que yo,
— Cuando me desengañes probándome lo que dices, convendré en que eres la mujer más grande del mundo. Ínterin, vete á descansar, Y tú, Bertoldino, espero que vengas á visitarme con frecuencia.
—¿Qué quiere decir visitar? Preguntó el simple.
—Que vengas á verme todos los días.
—¿Acaso soy algún mendrugo de pan?
—¿No lo dije, señora? exclamó Marcolfa. ¿Ves este majadero cómo interpreta tu soberano mandato?
—No importa; en las cortes todo pasa desapercibido, por la gran variedad de gentes que en ellas existe. Pues bien, retiraos y descansad.
Llegaron á su habitación que, como se dijo, estaba maravillosamente adornada y surtida de todo lo necesario, y trabaron los dos conversación, diciendo Bertoldino á Marcolfa:
—Madre, he oído decir que la reina quiere estar sobre todas las demás mujeres, y seria lo mejor que cuanto antes nos volviéramos á casa, porque si ella se pone encima de ti, has de echar las tripas por la boca, siendo más gorda que la vaca que tenemos en casa:
vámonos de aquí, porque si no, verás cómo te hace reventar.
— Mira, tonto, cuando se dice que la reina está sobre todas las mujeres, no es lo que entiendes de subirse encima de ellas, sino que como señora y dueña es más que todas, y como tal debe ser venerada.
—Sí, sí. ¡Ya verás si ella se sube encima de ti, si te da gana de reír ó de llorar!
—Calla, babieca, que no sé á quién te pareces, pues no puedo creer que de hombre de tan claro ingenio como era tu padre, haya salido un zoquete semejante.
—Pregunto: ¿quién nació primero, yo ó mi padre?
— ¡Válgame Dios! ¡Qué mameluco tan grande! ¿Cómo quieres haber nacido primero que tu padre? ¡Ay pobre de mí! ¡Que yo haya venido á la corte con este gran pollino!
— Díme, madre: ¿al rey se le da el tratamiento de amo ó de señor?
—Discurro que el que le des será bueno, pues de cualquiera suerte que hables siempre te explicarás peor. No obstante, si quieres que no se rían de ti, no abras jamás la boca.
—Y ¿si se me ofrece bostezar?
—En fin, ábrela cuando quisieres, que de todos modos la corte ya te ha conocido por un simplón, dando que reír á todos; y lo peor es que siempre te sucederá lo mismo, pues tus sandeces no tienen término.
— Con que ¿las cortes se ríen? Y ¿dónde tienen la boca?
— Calla, que viene gente, y me parece que es el rey.
— ¿Qué nos quiere ese señor?
— Cierra la boca y nada digas ahora.
— Ya la cierro; mírame bien como la tengo cerrada.
— Sí, sí. Tenla bien cerrada, hasta que yo te diga que hables.
Durante la conversación de Bertoldino con su madre estuvo escuchando el monarca con gran gusto, tanto por la inocencia del uno, cuanto por la agudeza y talento de la otra; por cuya razón les mandó llamar, y conduciéndoles en su carroza á una quinta situada en las cercanías de la ciudad, hermoseada con deliciosos jardines, vastos viñedos, espesos bosques, un bellísimo estanque con peces, y otros varios recreos, habló á Marcolfa en estos términos:
— Haciéndome cargo de que acostumbrada á tu libertad y á la vida del campo te servirá de cárcel la ciudad, me ha parecido conveniente cederte esta quinta para que disfrutes de ella y goces de sus recreos; por lo cual te hago donación de todo lo que encierra, advirtiendo que ha de ser con la obligación de que Bertoldino vaya á vérmelo menos una vez al día. Aquí hallarás todo lo necesario, y si faltare algo, dispondré que os provean de cuanto pidiereis.
— Agradezco, señor, tu generosa magnanimidad, pues no me reconozco digna de tanta honra, siendo mujer criada en rústicos pañales y nacida en agrestes lugares. No hallo circunstancias en mí para habitar en sitios reales como estos; y más me convendría vivir entre cuevas y peñascos, donde no habita la riqueza ni la cortesía, pues ya puedes considerar que tanta grandeza no se aviene con mi humilde clase, ni menos con este idiota que cínicamente sirve de risa. Cree, señor, que vivo avergonzada y corrida de ver que es la irrisión de todos, y cada día más pasmada de que de agua tan clara y dulce haya salido un pescado tan amargo; quiero decir que de un padre tan entendido y sentencioso haya nacido un hijo tan rudo y simple, cuya ignorancia llega hasta el extremo de preguntar al levantarse de la cama cuál es lo primero que hade poner en el suelo, si los pies ó la cabeza.
— ¿Es cierto, Bertoldino? ¿No respondes? ¿Por qué tienes cerrada la boca?
— Porque yo se lo he mandado.
— ¿Cómo así?
— Me preguntó la mayor necedad que puede ocurrirse, cual es la de qué tratamiento se da á tu real persona, y le respondí que de cualquier modo hablará bien, como no abra la boca.
— Pensaba que hubiese dicho otro desatino mayor, pues por eso no es justo privarle del don de la palabra que Dios le concedió; además, prefiero los inocentes por naturaleza á los tontos por conveniencia. Ea, Bertoldino, te doy licencia para hablar: abre la boca.
— Mi madre no quiere, y dice que la tenga cerrada.
—Habla, pero mira lo que dices, y reflexiona que estás delante del rey.
— Yo quisiera que se fuese de aquí cuanto antes.
— ¡Ahí pícaro, ingrato. ¿Son palabras esas para decirlas á nuestro dueño y señor, debiéndole tantos y tan grandes beneficios?
¿Por qué quieres que se vaya?
— Porque mientras está aquí no puedo ir á merendar.
— ¡Admirable atención! ¿Te parece que es buen modo ser tan descortés? No hagas caso de este necio; te doy las gracias por el bien que nos dispensas, pues no soy ingrata como este bruto, que desea te vayas de aquí para saciar su apetito desordenado.
— Tiene muchísima razón en lo que ha dicho, y ahora sostengo que no es tan tonto como opinan. Os dejo; quedad con Dios, y no te olvides de ir á verme todos los días. ¿Lo has entendido? dijo á Bertoldino.
— Sí, señor amo. Pero pregunto: ¿cuál es el día más largo, el de la ciudad ó el de la villa?
—Tan largo es el uno como el otro. Vaya, cuidado que olvides mi encargo.
— Ya escampa y á cántaros llovía. ¡Miren qué discreta pregunta! ¡Válgame Dios, qué jumento! Señor, no dejaré de enviarle todos los días por complacerte.
—Cuida de Bertoldino, Marcolfa, y hasta la vista.
—Buen viaje, señor, y concédate el cielo cuanto en mi gratitud
para ti deseo.
ALEGORÍA SEGUNDA.
LOS DISCURSOS DE LOS SABIOS COMPLACEN Y DAN FRUTO; LOS DE LOS IGNORANTES EMPALAGAN Y NO SON DE UTILIDAD ALGUNA.
Luego que se fue el rey quedaron Marcolfa y Bertoldino dueños de la quinta en virtud de la cesión que se les hizo. Estaba esta adornada de cuanto puede apetecerse para vivir con comodidad, contando entre los amenos sitios de los jardines con un estanque que contenía gran diversidad de pesca, entre la cual, como es consiguiente, so criaban ranas. Sucedió, pues, que cierto día estaba Bertoldino en el borde del estanque divirtiéndose en contemplar los peces que corrían y saltaban, cuando reparó que gran número de ranas nadaban y cantaban en desconcierto; y como parece que con su particular canto remeden las palabras cuatro, cuatro, figurósele á Bertoldino que le decían que el rey no le había dado mas que cuatro escudos, siendo así que le regaló mil; por cuya razón corrió á casa muy enfadado, tomó el cofrecillo de los escudos, se volvió al estanque y empezó á tirar puñados de ellos bacía donde cantaban las ranas, exclamando:
— Tomad, animales de Barrabas, contadlos y veréis sí son más De cuatro.
Pero como á pesar de esto redoblasen el canto, menudeó los puñados, añadiendo:
— Tomad, canalla, y veréis cómo nos ha dado el rey más de mil escudos.
Y diciendo y haciendo no sólo acabó el dinero, sino que no creyéndolo bastante para acallar á las ranas, arrojó con cólera al agua el cofrecillo, y después de denostarlas y maldecirlas, volvióse á casa furioso como un tigre. Al verle Marcolfa de tal modo, salióle al encuentro preguntando sobresaltada:
— ¿Qué tienes, Bertoldino, que vienes tan sofocado?
— Estoy trinando contra las ranas del estanque.
— ¿Por qué? ¿Te han hecho algún daño?
— Ellas lo saben.
— ¿Te han interrumpido el sueño con sus chillidos'?
— Mucho peor es lo que me ha sucedido.
— Pues ¿qué es? Acaba, dilo.
—¿No te acuerdas de que el rey nos regaló un cofrecito de escudos?
—Si, y ¿qué?
— Has (le saber que dieron en decir aquellas malditas bestias que sólo dio cuatro, y al oír tamaña mentira las arrojé un buen puñado para que se desengañaran; pero prosiguiendo en sus cuatro, cuatro, écheles otro puñado, y como persistiesen en su obstinación, les arrojé el cofrecillo para que los contasen y quedasen desengañadas. Ahora volverán á poner todo el dinero en el arca, y cuando vaya me lo entregarán y lo traeré á casa sin que falte ni un escudo. ¿Qué dices á esto, madre? ¿No he obrado como hombre de bien?
— Con que ¿has arrojado los escudos al estanque? exclamó Marcolfa.
— ¡Si decían que no eran mas que cuatro!
— ¡Ay desventurada de mí! ¡Desdichada Marcolfa! ¡Salvaje, imbécil, no se cómo no te ahogo entre mis manos. ¿Qué dirá el rey cuando sepa semejante locura? Es natural que se irrite y nos despida por culpa tuya, gran bestiaza; si te echase á galeras seria bien merecido. ¡Qué loco pudiera cometer tal desatino!
—Su señoría diga lo que quisiere; suya es la culpa; tuviera enseñadas sus ranas á que supiesen los escudos que regalaba. Y lo peor de lodo será que si prosiguen en gritar, me enfadarán de tal suerte, que las tiraré cuantos trastos halle en casa. Espero que lo verás como sigan mareándome, pues de este modo las enseñaré á que no hagan mofa de mí; y cuidado conmigo, que soy más bestia que todas ellas.
—En tu vida has dicho mayor verdad; y si cabe, eres mayor bestia que todas las bestias juntas.
—Venid conmigo, y oiréis su maldita obstinación, pues ahora hacen más ruido que nunca; quiero ir allá y arrojarles toda la casa.
— ¡Ay pobre de mí! ¿Adónde vas?
—Pues que se estén quietas y callen, porque si no...
—Cálmate, que yo haré que los pescadores las cojan con cierto bocadito, y así no te enfadarán más; espérame aquí, que voy á la ciudad para ver si los encuentro ya que has dado en ese tema; entre tanto guárdala casa.
Después que se fue Marcolfa, cometió Bertoldino otro desatino, ó mejor dicho otros dos todavía mayores que el primero. Habiéndola oído decir que las ranas se cogían con un bocado, imaginó que á fuerza ¿e bocaditos de pan lo conseguiría antes que volviese su madre. Oyó que continuaban cantando, y no pudiendo contener la cólera, fuese adonde estaba el pan, lo partió á bocados, y metiéndolos en un saco, encaminóse al estanque, al cual los arrojó todos de golpe. Sumergiéronse las ranas al caer los mendrugos en el agua, y subieron los peces atraídos por el cebo; pero como eran muchos, tropezaban los unos con los otros, de suerte que parecía que diesen una sangrienta batalla.
Por último, en breve tiempo dieron fin al socorro de los mendrugos. Viendo Bertoldino que se habían comido todo el pan, regresó á casa furioso, cargó con un costal de harina, y llegando al estanque empezó á echarla con una pala á los peces, creyendo cegarlos al darles en los ojos según fuesen apareciendo. Llevado á cabo tal disparate, volvióse á casa satisfecho de su venganza.
ALEGORÍA TERCERA.
LOS FARSANTES REDUCEN A ALGUNOS LOCOS A TAN DEPLORABLE ESTADO, QUE TARDE Ó NUNCA RECUPERAN EL JUICIO.
Al llegar Bertoldino á su casa después de lo referido, reparó en una clueca quEe empollaba huevos en un cestón, quitóla, y poniéndose en su lugar los aplastó todos. Estando metido en la cesta llamó á la puerta Marcolfa, quien lejos de ir en busca de los pescadores como dijera, fuese á ver á la reina para proporcionarla un rato de distracción con su visita. Bertoldino no respondió: llamó por segunda y tercera vez, y obteniendo el mismo resultado que la primera, empezó á dar voces diciendo: ,
—Bertoldino, Bertoldino, ven, hijo, y ábremela puerta.
—No puedo.
—¿Por qué no puedes?
—Estoy metido en el cesto de la clueca.
—Y ¿qué estás haciendo?
—Estoy sacando los pollitos.
—¿Tú sacar pollos? ¡Ay desdichada de mí! ¡Habrá aplastado los huevos! Ea, ven, abre la puerta.
— Ya he dicho que no puedo, madre, porque empiezan á nacer ahora y siento ya que uno me está picando.
—¡Habrá mujer más infeliz! ¿Qué haré con este bruto? ¡Oh, nunca hubiera venido aquí con este tonto! Bertoldino, Bertoldino, ábreme.
—Madre, poquito á poco, que la clueca me está mirando, y no quiere apartarse del cesto.
—Ven, hijo mío, y ábreme la puerta.
—Espera un poco, que ya voy.
Salió Bertoldino de la cesta y abrió á su madre, la cual, como le vio tan pringado de los huevos, empezó á gritar indignada exclamando:
— ¡Ah pícaro, traidor, infame! ¿Qué has hecho?
—¿Qué tienes? ¿De qué te alborotas?
—Grandísimo bestia, ¿qué quieres que tenga? ¿No ves qué buena la has hecho? ¡Mira qué pringado estás! Voy corriendo á pedir licencia al rey para volver á la montaña, pues con los desatinos y brutalidades tuyas no es posible vivir entre gentes. Ahora conozco la prudencia de que usó tu padre en no querer revelar á nadie que tenía hijos, pues bien preveía que le servirías de sonrojo y vergüenza. ¿Qué bestia cometiera el desatino de romper los huevos y ahogar los pollos que empezaban á nacer? Además, ¡mírate qué limpio estás! ¿Qué dirás al rey cuando te llame, y pregunte por qué estás tan asqueroso?
— Diréle que he hecho una tortilla en mis asentaderas.
— ¡Oh qué respuesta tan decente y propia de tu gran discreción! Quítate al punto esas medias, ponte otras, y vamos á comer, que debemos ir á la ciudad.
—Y ¿qué has de comer, si en casa no hay bocado de pan?
—¿Cómo que no hay pan? ¿No dejé de sobra al salir?
—Cierto.
—Pues ¿dónde está?
—¿No dijiste que las ranas se cogían con un bocado?
—Y ¿qué quieres decir con eso?
—Todo el pan que había en casa lo he echado en el estanque en bocados para coger las ranas; pero los malditos peces acudieron, y se lo comieron todo; de suerte que no han dejado á las ranas el más pequeño bocado; pero no te dé cuidado, que después los he jugado una burla que has de reír mucho: empieza á reír, ríele por Barrabas.
—¿Que me ría? ¡Ah infame! Buena cosa para reír; más seguro es que con tus tonterías me hagas llorar. Veamos qué burla ó qué chasco les has pegado. Dilo, que discurro será otra locura mayor que la antecedente.
—¿No sabes que había un costal de harina en casa?
—Sí.
—Pues como estaba tan enfadado con los peces porque se habían comido el pan de las ranas, tomé el saco de harina, y toda se la he tirado á los ojos.
—Y ¿para qué lo has hecho?
—Con ánimo de cegarlos, y creo que muchos habrán cegado, y no verán más luz en su vida; pues á paladas les tiraba la harina.
—¡Válgame Dios, qué locura! Ojalá te hubiese ahogado al tiempo que naciste. ¡Oh Bertoldo mío! Si vieras esto, ¿qué dirías? Tú que eras un manantial de sentencias, ¿qué harías al oír tales y tan extravagantes simplezas? Vaya, disponte para ir á la ciudad, porque el rey desea verte.
—¿Por qué no viene si quiere verme?
—Sí, por cierto; más razón era que el rey te viniese á ver á ti. La merced que me has de hacer es cerrar la boca, y no abrirla hasta volver á casa, y no sea como otras veces, que has desobedecido.
—Y si el rey me pregunta alguna cosa, no pudiendo abrir la boca, ¿cómo quieres que le responda?
—Calla, que yo hablaré por los dos.
—Pues ya la cierro; mira si está bien cerrada.
—Así la has de tener, y no la abras hasta que yo te lo mande, si no quieres pagarlo caro cuando volvamos.
Después de estos debates Marcolfa y Bertoldino se dirigieron a ver al rey, quien después de grandes demostraciones de cariño preguntó á Bertoldino cómo estaba; mas viendo que no desplegaba el labio, se volvió el monarca á Marcolfa y la dijo:
—¿Por qué no responde? ¿Acaso le ha dado algún accidente que le impida hablar?
—Mejor fuera, señor, que hubiese nacido mudo, pues así no hablara tan enormes desatinos ni cometiera tales locuras como las que acaba de hacer mientras estuve ausente de casa.
—¿Qué ha hecho?
—Señor, sé que con justa razón te has de enfadar cuando lo sepas, por lo que vuelvo á repetir que mejor hicieras dejádonos en nuestras montañas, que conduciéndonos aquí; donde todo el mundo conocerá las tontadas de este necio.
—Pero ¿qué es ello, que según lo ponderas das á entender ha cometido algún gravísimo delito? Dilo presto y no te aflijas, que aunque sea el más grave que se puede cometer, queda perdonado.
Contó Marcolfa lo sucedido con Bertoldino, y el rey en lugar de reprenderle empezó á reír de tal manera que se vio obligado, por no poder más, á tirarse sobre los almohadones por largo rato, hasta que reprimiendo la risa volvióse á Marcolfa diciendo:
—¿Esas son las graves faltas que me ibas á participar? Lo creía cosa de más entidad; bien hizo en enseñar á las ranas cómo han de hablar: no te aflijas, que no te faltará dinero, ni pan, ni cuanto hubieres menester.
— Señor, ya que te complaces en sus barbaridades, no diré esta boca es mía. Yo viendo que este ignorante no guarda el respeto y comedimiento debidos á T. M., le he mandado que no abra la boca sino en casa, porque tiemblo no prorrumpa en tonterías indignas de pronunciarse en tu presencia.
—Pues yo le doy licencia para que hable cuanto quisiere; llévale á la cámara de la reina para que tenga un rato de diversión. Y tú, Bertoldino, aunque haya delante damas y caballeros, habla con toda libertad, y lo que te parezca, sin ningún temor, reparo ni sujeción.
Penetraron Marcolfa y Bertoldino en la habitación de la reina, que les recibió con vivas expresiones de cariño; mas como el rey había permitido á Bertoldino que hablase con entera libertad, tomó este vocablo por el nombre de una camarista de la reina que se llamaba Librada, quien se hallaba presente, y en vez de llamarla por su nombre, empezó á saludarla con los mayores disparates y desvergüenzas que su corto entendimiento le dictaba, y en términos rústicos la dijo:
—Libertada, ¿cuánto darías por ser bien apaleada?
—Y ¿por qué había de serlo? Los palos se emplean en los burros como tú, replicó la camarista.
—Yo seria burro si tú fueras mi mujer, pues hablando con verdad, tu presencia es de burra vieja.
—¿Quién te ha dado libertad para ser tan desvergonzado con una dama de mis circunstancias y linaje? Vete á tu aldea, villano, á guardar cabras monteses, que es más propio para ti que tratar con racionales.
—¿Qué mejor cabra que tú? Te pareces á ellas hasta en el rumiar cuando comen sal.
—Guárdate de mí, insolente, que si te cojo te he de romper ese hocico de lechón.
—Si me rompes los hocicos, te aplastaré esa nariz de lechuza.
—Calla, Bertoldino. ¿Quién te ha mandado decir semejantes picardías á esa dama? exclamó la reina.
—El rey; y si no, pregúntalo á mi madre.
—¿Es cierto, Marcolfa?
—Serenísima señora, varias veces he protestado al rey que este muchacho no conviene en la corte, pues no todos se hacen cargo ni reflexionan que es tonto, y ya tiene agraviados á muchos. Porque no dijese algún desatino delante del rey, le mandé que tuviese la boca cerrada hasta volver á casa; pero no sólo le ha dado licencia vuestro esposo para que hable, sino que permitió lo hiciera como le pareciera sin sujeción alguna; y como este bruto todo lo entiende al pié de la letra ó al revés, habiendo oído llamar á vuestra camarista con el nombre de Librada, ha pensado el gran salvaje que el rey le autorizaba para decirla lo que se le viniese á la boca.
Cuando la reina oyó semejante tontería se echó á reír á carcajada suelta, en cuyo punto llegó el rey, y como le refiriesen lo sucedido, renovósele la risa, y cuando se le apaciguó regalóle ¡qué fortuna en un villano indiscreto! Cincuenta escudos de oro, y mandó se volviese á su casa; pero antes de despedirse la reina le dio una buena reprensión, diciéndole que en adelante no se desvergonzara más con sus damas; que mirase bien lo que hacia, si no quería como descortés y desatento experimentar un riguroso castigo, y se amparase de la modestia, que era en la corte la mejor prenda. Callando á todo Bertoldino, correspondió con una gran cortesía al uso de la montaña, prometiendo á la reina hacer lo que le mandaba, y partieron á su caserío.
Llegados allí, Bertoldino encontróse con la mujer del hortelano que se llamaba Modesta, y creyendo que el dicho de la reina se referia á la tal, se arrojó sobre ella sin andarse en rodeos, sujetándola por el guardapiés y llevándola á tirones como el lobo á la pobre oveja. Era tanta la violencia con que la empujaba, que casi púsole las faldas á la cabeza, viéndose obligada por los desmanes de aquel loco, que así es justo se le llame, á proferir grandes voces, á las que acudió precipitadamente su marido con un garrote, el cual se abstuvo de descargar sobre sus costillas por consideración al rey, contentándose con arrancársela de las manos con gran trabajo, diciendo:
—Bestia, ¿quién te ha enseñado á usar con las mujeres acciones tan rústicas y villanas?
—La reina.
—¿La reina? ¿Qué daño ha causado á la reina para mandarla arrastrar de esta suerte?
—Ve á preguntárselo, que te lo dirá.
—Iré para averiguar esta infamia.
—Anda, y vuelve presto, para que pueda aprender cortesía, que también me encargó la estudiase.
Partió sin dilación y ciego de cólera el hortelano, y echóse á los pies de la reina, refiriéndole el caso, y rogándola le manifestase si había sido su voluntad que Bertoldino cometiera la infamia de arrastrar á su mujer públicamente, levantándola los vestidos sobre la cabeza, con otras indecencias. Respondió la soberana negativamente, añadiendo que antes bien le había reconvenido y exhortado á que aprendiese el modo de portarse en la corte, y que tuviese siempre presente la buena correspondencia, para lo cual le convendría abrazarse con la modestia, único camino para adquirir buen concepto; pero ni le he dicho, ni le he mandado, ni me ha pasado por las mientes que ofenda á tu mujer, ni se abrace con ninguna otra.
— ¡Ay señora, que mi mujer se llama Modesta! exclamó el hortelano.
—¿Se llama Modesta tu esposa?
—Sí, señora.
—Comprendo pues que ha sucedido lo mismo que con mi camarista Librada. Díjole el rey que hablase con libertad, y pensó el majadero tener licencia para desvergonzarse con ella, de suerte que fuera menester valerse de la fuerza para refrenarle.
—Esto ha sido mayor bestialidad, y siento que el nombre de mi mujer haya sido la causa de tal desorden: ya suponía que una señora de vuestras prendas y prudencia no era capaz de estimular tan indecorosa acción: permitid, pues, que me retire porque estoy con zozobra, temiendo que aquel bestia haga algo peor que lo pasado.
—Retírate, y di á Marcolfa que venga cuanto antes, pues tengo precisión de hablarla.
—Señora, quedaréis al punto obedecida.
Encaminóse el hortelano á su casa, y encerró á su mujer en un cuarto, temeroso de que cometiese alguna otra fechoría aquel salvaje á quien aquietaron no sin trabajo.
El hortelano cumplió el encargo de la reina, y Marcolfa fuese en seguida á la corte, donde la recibió su soberana cariñosamente, y haciéndola sentar á su lado la dijo con rostro afable y bondadoso:
—Querida Marcolfa, te necesito como jamás hube menester á ninguna otra persona del mundo.
—El haber menester nace de la necesidad, la necesidad viene de la pobreza, y la pobreza de la carencia; por consiguiente eres más pobre que yo, pues no teniendo yo necesidad de ti ni de tus riquezas, queda probado que por grande y poderoso que cualquiera sea siempre ha menester de los demás (1).
—Es verdad; y con tan concluyentes razones, te aseguro que nunca más me alabaré de ser tan feliz que no necesite de nadie; pero dejemos por ahora este discurso, y vamos á lo que más importa, pues deseo que me ayudes en una cuestión importante.
—Como sea cosa que ataña á tu persona, aquí me tienes pronta para servirte.
—A no incumbirme, no te hiciera venir con tanta instancia. La noche pasada estuvimos de fiesta, con música, canto y baile, dando fin con un juego entre las damas y caballeros, en el cual quien perdía pagaba una prenda, imponiéndose varías penitencias para rescatarla; á unos se les hacia representar, á otros improvisar una décima, á estos recitar versos heroicos, á aquellos escribir cartas amorosas, etc., según el capricho del depositario de las prendas; y habiéndome también tocado pagar una, di un solitario, el cual no me será devuelto sino en el caso de que esta noche descifre un enigma que por pena se me impuso. El enigma es este: No tengo agua y bebo agua; que si tuviera agua bebería vino. Después de quebrarme la cabeza largo rato, no he podido sacar nada en limpio, y cuanto más pienso en ello, menos acierto; por cuya razón mi diamante corre gran peligro. Sé muy bien que Dios te dio un ingenio agudo y sutil, y recuerdo que en cierta ocasión me explicaste este misterioso enigma; pero se me ha olvidado y es menester que des tormento á tu ingenio para que yo pueda rescatar mi prenda.
—Si sólo es eso, lo saben hasta los pastores de mi tierra.
—¿Cómo es posible? Y ¡la tengo yo por tan dificultosa!
—Voy á descifrártelo al instante.
— Mucho me place.
— El enigma se refiere al molinero, el cual se halla en un molino que no tiene agua bastante para moler; y como no muele no gana para poder comprar vino; siéndole preciso beber agua por necesidad, porque si tuviera agua para moler, tendría dinero para comprar vino, y no se hallaría reducido á beber agua. ¿Estás enterada?
—Conozco en efecto que esta es su interpretación, la cual nunca adivinara, y estoy segura de recobrar mi prenda: por lo tanto sigamos hablando sobre otra materia para distraerme, pues tu conversación me es gratísima,
—Malo es que el río salga de madre; pero peor cuando están de mal humor los poderosos.
—¿Por qué?
—Porque el río solamente perjudica los campos inmediatos, al paso que el poderoso malhumorado atemoriza á sus súbditos.
—Es verdad; mas eso seria cuando el humor procediese de alguna causa grave como de un ultraje y la sed de venganza, ó de desear alguna empresa y no poderla lograr; empero yo ignoro el motivo del mal humor que me aqueja.
—Quien tiene mal humor, no tiene sabor.
—No te entiendo.
—Hablaré de manera que me entiendas. El agua ¿por qué dicen que es húmeda?
—Porque moja.
—Dices bien, pero cuando se bebe, ¿qué sabor deja en la boca?
—Ninguno, porque es insípida.
—Pues he ahí por qué el que está de mal humor no tiene sabor alguno, y suele causar enfado á cuantos le tratan; aunque es verdad que hay humores diferentes, alegres, melancólicos, pacíficos, gustosos, enfadosos, falsos, ligeros y tontos, como se ve en mi hijo Bertoldino, quien por ser tan gran bestia ocupa el primer lugar entre los imbéciles.
—No extraño que sea tonto; lo que me maravilla es que de padres tan agudos haya salido un hijo tan escaso de juicio.
—Ya sabes, señora, que las mujeres embarazadas son antojadizas, habiéndolas que apetecen cuanto ven, y no ha faltado quien deseara comer sesos de liebre y mollejas de mosquitos, de suerte que si unas desean cosas que fácilmente se encuentran, otras por al contrario raras y extrañas; por lo tanto, no te asombre lo que me sucedió cuando llevaba en el seno ese zángano que tantos disgustos me cuesta. Se me antojaron los sesos de un ánade, y como el antojo nació de mi pasión y delirio, ha sacado la cabeza con sesos de ánade (2), que es uno de los animales más tontos que Dios crió en este mundo, careciendo tanto de instinto, que por la noche no atina á dar con el nido: esta es la causa de que sea Bertoldino tan necio, siendo tan agudo su padre, y yo nada tonta.
—Es preciso tener paciencia, que otros son más fatuos, mayormente cuando sus cosas son tolerables. Ahora vete y dale de merendar, que ya es hora.
— Voime á casa, donde de seguro me espera alguna novedad.
—Te encargo que vengas á verme más á menudo.
ALEGORÍA CUARTA.
LA SABIDURÍA NO SE HERMANA CON LA PRESUNCIÓN, COMPAÑERA DE LA IGNORANCIA.
Ínterin la reina departía con Marcolfa, fuese Bertoldino á casa, y entrando en el corral vio volar una infinidad de grullas, y al punto imaginó que podría cogerlas, pues reparó que bajaban á beber en una artesa que había para el uso del ganado. Discurrió varios medios, y no halló otro más hacedero que el de ver cómo las emborrachaba; por lo que fuese á la bodega, tomó un barril de vino generoso que el rey regalara á su madre, y lo vació dentro de la artesa; después se escondió en un rincón para ver beber las grullas y el efecto que les causaría el vino. Apenas lo ejecutó cuando se posaron todas al rededor de la artesa, y empezaron á gustar de tan grata bebida, y tanto bebieron que se embriagaron cayendo todas como sin vida. A tal espectáculo, Bertoldino acudió con grande alborozo, y cogiéndolas una por una las ensartó al rededor de su cinto para llevárselas á su madre cuando viniese, creyendo haber ganado un gran trofeo. Distinguióla á lo lejos, y brincando de alegría empezó á dar voces diciendo:
— ¡Mira las grullas, mira las grullas!
Quiso la fatalidad que con el movimiento, el aire y el tiempo trascurrido las grullas comenzaran á sentir la opresión del cinto; y viéndose oprimidas con mortales y terribles angustias, principiaron á sacudir las alas esforzándose para escaparse de aquel lazo. De tal suerte las batieron, que como eran muchas no pudo resistirlas, y las grullas consiguieron levantarle á cierta altura.
Reparó Marcolfa que Bertoldino andaba por el aire, y no sabiendo el motivo de cosa tan extraña, trémula y confusa empezó á clamar:
— ¡Ay pobre de mí, qué veo! Bertoldino, ¿qué te ha sucedido? ¿Adónde vas?
— A cenar con las grullas: sosiégate, que presto volveré.
— ¡Desdichada de mí! ¡Bertoldino, Bertoldino!
— Ya no soy Bertoldino, sino grulla.
— ¡Ay de mí, que las grullas se llevan á mi hijo! Dios sabe si le veré más! Ven, muerte, y acaba conmigo, que no quiero estar más en este mundo; ven, y me quitarás tantos disgustos como paso.
ALEGORÍA QUITA.
QUIEN MEDRA CON EL SUDOR AJENO, LABRA SU PERDICIÓN, INSPIRANDO LASTIMA A LOS CIRCUNSPECTOS Y PREVISORES.
Mientras Marcolfa se quejaba de su desdicha, las grullas emprendieron el vuelo hacia donde habían bebido, y casualmente sucedió que, cruzando un estanque abundante de pesca, se rompió el cinto que las sujetaba; y el pobre, á imitación del infeliz Icaro, cayó de cabeza con las piernas hacia arriba, dando con su cuerpo en el agua, de suerte que con el estruendo los peces salieron á la orilla; mas como la fortuna sólo favorece á los tontos (1), después de zambullirse varias veces salió sin lesión alguna. Llegó Marcolfa, y viéndole en estado tan lastimoso, le preguntó lo que le había sucedido, diciendo:
— ¡Pobrecito mío! ¿Cómo le llevaban por el aire las grullas?
— Las emborraché con el vino que nos regaló el rey.
— ¡Ay desdichada de mí! ¿Qué has hecho, majadero, infame, tonto?
— No hice más que vaciarlo en la artesa del ganado, bajaron las grullas al olorcillo, y se lo bebieron todo; después que estuvieron embriagadas cayeron en el suelo como muertas; yo que las vi así, las fui cogiendo y sujetando al cinto. De este modo iba á recibirte, cuando al llegar cerca de la puerta empezaron á volver de su letargo, aleteando con tal violencia, que pudieron más que yo y me levantaron en el aire, como viste. Quiso mi desgracia que se rompiese el cinto, que si no, yo volaba como ellas, y me llevaran á la casa de la luna, y desde allí al país de Gulicotidonia, tierra donde son hembras las mujeres.
— No, que serán machos. Bruto, ¡qué pan tan mal empleado el que comes! Vamos á casa y te mudarás el vestido. ¡Qué bien dice aquel proverbio: Nada les importa á los locos que se hundan las estrellas del cielo! Mírese por experiencia este, que á pesar del peligro en que se ha hallado, lo toma á risa; no sé qué me haga con este jumento, pues cada día comete mayores disparates.. Ea, anda á casa.
— No quiero ir, que aquí me secaré al sol; anda tú y tráeme un cesto, que quiero llenarlo con los peces que salieron del agua cuando caí dentro, para regalos al rey, que lo agradecerá, y mucho más cuando le cuente la estratagema de que me he valido para cogerlos. ¡Vaya si reirá con esta nueva moda de pescar!
—Cierto que sí. Simplón, ¿no conoces que has perdido el juicio, y que no tienes más sesos que una mosca?
— Así los tuvieras tú y cuantos hay en el mundo; pues todo iría mejor. Si no, dime: cuando me crió Dios ¿estaba yo presente?
— Quítate de delante, que no puedo sufrir tantas simplezas, y repito que vayas á casa al punto.
— Ya he dicho que quiero coger los peces, y que me traigas una cesta; si no, me los pondré en los calzones, y se los llevaré así al rey. ¿Estamos?
— ¡Ay infeliz de mí! Este bruto lo hará como lo dice. Espera,
que te traeré la cesta y el vestido para complacerte.
ALEGORÍA SEXTA.
CONTRA LA PRESUNCIÓN, ACHAQUE DE TONTOS, EL ENTENDIMIENTO OFRECE EL VERDADERO ANTÍDOTO, INEFICAZ CUANDO ES TARDÍO.
Mientras Marcolfa iba á buscar la cesta y el vestido, Bertoldino quedóse en cueros para que se enjugara la ropa al sol; pero como era en lo más ardoroso del raes de julio y la hora de medio día, se le empezaron á pegar las moscas de suerte que le acribillaban, sin poderse librar de su furor; unas le picaban en la espalda, otras en el brazo y en el pescuezo, dándole tal asalto que llegó á enfadarse, y cogiendo un manojo de mimbres y otro de cambroneras, compuso dos como escobas, y las empezó arelar á sangrienta batalla; pero como se le pegaban, Bertoldino se daba en el cuerpo, y mientras sallaban de un lado á otro, él segundaba con furia en donde se le posaban. Tanto se sacudió que se llenó de llagas; mas viendo que no podía librarse de la plaga, empezó á llamar á su madre para que viniera á defenderle, diciendo á las moscas:
—Esperad, que ahora vendrá mi madre y os dará el pago que merecéis. ¡Madre, corre, que las moscas me quieren comer!
A estas voces salió Marcolfa, imaginándose que le había sucedido alguna desgracia, y viendo que con tan blandos algodones se desollaba vivo, se los quitó de las manos, cubriéndole las ensangrentadas carnes; llevóle á la cama, porque no podía tenerse en pié, ya por la calda en el estanque, ya por lo aporreado que estaba, y también por haber estado tanto tiempo sufriendo el rigor del sol; de manera que se hallaba tan fatigado, dolorido y ensangrentado, que movía á lástima. Dirigióse Marcolfa al punto en busca de un médico, y de camino pasó á visitar la reina. Entró en su cámara saludándola como acostumbraba: y extrañando la soberana fuese á hora tan intempestiva, la dijo:
— ¿Qué buena suerte te trae, Marcolfa, á estas horas y con tal calor?
— No es mi buena suerte, sino la mala.
— ¿Qué te ha sucedido? ¿Se ha muerto acaso Bertoldino? Parece que vienes afligida.
— Señora de mi vida, ¡ojalá se hubiese muerto!
— ¿Por qué? ¿Qué te ha hecho?
Marcolfa refirió lo ocurrido á Bertoldino, y la reina, después de desternillarse de risa, le dijo:
— Tienes razón, y siento infinito tus desazones. Pero dime: ¿dónde le dejaste al salir de casa?
— En la cama molido y hecho una lástima, pues por defenderse de las moscas se ha vapuleado.
— Es menester que vaya el médico y recete lo necesario, porque estando como dices, será preciso echarle ventosas ó sangrarle, ú otro remedio adecuado á su mal: búsquenle y sin dilación visite á Bertoldino, y le ponga luego en cura, pues importa mucho su salud. Tú, Marcolfa, ve á ver lo que ordenare el médico. Consuélate, que espero no sea cosa de cuidado, y cuanto se ofreciere se aprontará al momento; con que no te acongojes, que los golpes poca mella causan en los muchachos. Cuando el rey se entere tendrá un buen rato, que aguará el pesar de verle malo.
— Ya sé, señora, que los locos dan gusto y divierten á los extraños, pero no á los propios. Me voy, aunque dificulto permita que el médico se le acerque, porque creerá que le va á matar; no obstante, deseo que le visite para que me diga lo que se ha de ejecutar, y lo haré, pues de ese modo nada recelará; y así, señora, queda con Dios.
— Él te guíe.
Cuando Marcolfa penetró en el cuarto de Bertoldino, este estaba durmiendo; por lo que abriendo el balcón se aproximó al lecho y llamóle repetidas veces, pero como estuviese á lo mejor del sueño, no respondía; á cuyo tiempo llegó el médico, y acercándose, lo descubrió un poquito para reconocerle las heridas, y hallándole bastante maltratado, dijo á Marcolfa:
— Mira si le puedes despertar para reconocerlo mejor.
— Despierta, Bertoldino. Bertoldino, ¿no oyes?
— No puedo despertar, respondió.
— ¿Cómo que no puedes?
— ¿No sabes que estoy durmiendo?
— Vaya, despierta; mira que si no te echo al suelo.
— Anda á hilar, y no me enfades. ¡Vaya una salida! Estoy durmiendo como un tronco, y ¿quieres que despierte?
— ¡Válgame Dios! exclamó el médico.* Está hablando y dice que duerme; no he oído mayor tontada en mi vida.
— ¿Quién es ese hombre barbudo que está contigo? preguntó Bertoldino. Algún pícaro. No importa, pues no me asusta. Señor figura, quítese de delante de mí, porque... Agradece que estoy durmiendo, que si no, me había de levantar y daros tantos palos como puede llevar un borrico de yesero.
— Sólo esto me faltaba; vaya, duerme, duerme, que para mí es fortuna que no estés despierto. Marcolfa, ya conozco la enfermedad; te enviaré cinco píldoras capitales, con las que se le descargará la cabeza; y aunque deseara le echaras una lavativa, por la dificultad que ofrece el que permita se la administren, le pondrás una cala, y por tres mañanas consecutivas le darás unos pedacitos de cañafístula, con lo cual espero que en breves días sanará.
— Agradezco tus favores, y perdona que en este momento no me sea posible obsequiarte, respondió Marcolfa.
— Agradezco mucho tu atención: pero nada necesito. A Dios, y déjale dormir cuanto quisiere.
Despidióse el médico, riendo de la gran simpleza de tan solemne majadero, que aun se quedaba gruñendo y decía que dormía. Llegó á palacio, refirió á los reyes el suceso, los cuales soltaron la carcajada sin que por largo rato les fuese posible contenerla, y mandaron que al punto llevasen los medicamentos á Marcolfa, quien luego que los recibió llegóse al lecho de Bertoldino, diciendo:
— ¿Duermes todavía, simplón?
— Sí, duermo. ¿Qué me quieres?
—Te traigo una medicina que ha recetado el médico, quien asegura que luego te pondrás bueno.
— Duermo, duermo. Tómala tú por mí.
— Vamos, siéntate, tomarás un poco de casia (1), y después te daré en las espaldas con el ungüento de dialtea y verás cómo al punto te curas.
— ¿Qué has dicho? ¿Qué me coma una casa? Que se la coma el médico si tiene hambre.
— No digo casa, tontón, sino casia; tómala á bocaditos, y si no te gustase así, te la daré en la caña, ó desleída en vino, ó del modo que prefieras.
— ¿Cómo quiere el bárbaro que pueda tragar una casa y cañas enteras? Más valiera que me hubiese recetado unas puches. Sin duda el tal médico es un grandísimo ignorante.
— Yo te haré las puches después de tomar la medicina; y si no quieres casia, tomarás estas cuatro píldoras, y luego te pondré esta cala, que te descargará la cabeza.
— Bien está, haré lo que quisieres, con tal que me hagas las puches.
— Te lo prometo: toma las píldoras ahora, que la cala te la pondré después.
— No, no; dámelo todo, que ya entiendo lo que me dices, y lo haré como deseas.
— Pues tómalo todo, y ten buen ánimo, hijo mío.
Pero lejos de seguir las indicaciones de su madre, Bertoldino se traga la cala y se aplica las píldoras al ano.
—¿Qué haces, bestia? dice Marcolfa. Espera, que eso es al contrario. ¡Desdichada de mí! Lo que ha de tomar por arriba se lo aplica por abajo.
— Déjame. ¿Piensas que soy lerdo? Tú eres la que no has entendido al médico. ¿Quieres que me ponga abajo este tarugo estando bañado en miel? Buen tonto seria: esto se debe tomar por la boca, y estas bolas por abajo. ¡Si sabré lo que me pesco!
Y por más que gritara Marcolfa, tragóse la cala, y se esforzaba para encajarse las píldoras por detrás. Bien le pesó al desdichado la toma de la cala, pues como estaba tan enmelada se le atarugó en la garganta de modo que no podía tragarla, y llegó casi á términos de ahogarse, causando á un tiempo lástima y risa sus visajes y gestos. Viendo Marcolfa tan lastimoso suceso envió á llamar al médico, quien vino prontamente por orden de la reina, y hallándole con temblores convulsivos, le dio un vomitivo que le hizo arrojar lo de la garganta. El pobre médico no se desvió á tiempo, y recibió todo el vómito en la cara: así es que después de limpiarse con bastante trabajo, fuese á su casa furioso y colérico, maldiciendo de los insensatos y de quien le enviara á visitar tan gran bruto.
Apenas quedó Marcolfa sola llegóse al lecho, del cual se separara para acompañar al médico, y preguntó:
— ¿Cómo estás, Bertoldino?
— Bueno, y estaré mejor cuando traigas las puches que me ofreciste.
— Cierto que por tu habilidad las mereces, pues has dejado casi ciego al médico con la cala que le arrojaste como si fuera una bala.
— Para él ha sido el daño, y es razón que quien tal hizo tal pague, pues yo no le llamé.
— Ya sé que no le llamaste, pero tampoco podías, porque la cala te impedía hablar.
— Mejor estaba cuando tenía aquel bocado en la garganta, pues con él no me había de morir de hambre como ahora me sucede; y si quieres que viva hazme luego una grande artesa de puches, porque me siento tan debilitado, que apenas puedo hablar.
— Voy á hacértelas al momento, ya que mi desgracia así lo quiere.
— Despacha presto para sacarme de esta aflicción y desmayo.
Coció Marcolfa una buena cacerola de puches, las que comióse Bertoldino con descompasado apetito, yendo después á aligerarse del peso al pié de un olmo, donde se quedó dormido.
Noticioso de aquel percance el rey, lo envió á buscar con un coche, y cuando llegó á su presencia preguntóle:
— ¿Cómo estás, Bertoldino?
— De pié, respondió el bobo.
— Ya lo veo; pero deseo saber cómo te sientes.
— Siento tocar las campanas.
— Lo que pregunto es si te sientes malo ó bueno.
— Pues si ya he dicho que siento tocar las campanas, ¿no siento bien?
— ¡Me gusta la respuesta! Ea, pues no quiere responder, conducidle á la cámara de la reina, porque deseo que le vea.
— Traédmela aquí.
Y empezó á resistirse, teniendo que llevarle poco menos que á la fuerza; y luego que le vio la soberana, con gran risa dijo:
— ¡Oh! ¡Aquí tenemos á Bertoldino! ¿Qué hace Marcolfa?
— Las que hacen son vacas, y no yo, señora reina.
— Dime: ¿te encuentras aliviado de tu indisposición, pues he tenido noticia que has estado enfermo?
—Hasta ahora no he salido de casa, con que mira cómo puedo haber estado en el infierno, ni tampoco tengo noticias donde está: lo que te estimaré es que me digas si es palomar ó pajar ese infierno.
— Sí, sí, palomar es. Pero dime: ¿qué se ha hecho tu madre?
— Cuando yo la dejé estaba dando de beber á los polluelos de nuestra clueca, que ha tenido hasta treinta.
— ¿Tu clueca tiene hijuelos?
— Ya se ve que los tiene. Y ¿por qué no los tienes tú? ¿Te falta por ventura un buen gallo?
— ¿Soy yo gallina acaso?
— Mi madre dice que sin un buen gallo las gallinas nunca empollarían. Y las gallinas ¿no son hembras como tú? Pues si deseas tener hijos, yo te buscaré un buen gallo, y si no, te llevaremos el nuestro.
— Ningún gallo he menester, y te agradezco el cuidado. Ho- la, criados, llevad á merendar este cuitado.
— Antes de merendar dispón que me lleven á hacer mis necesidades, que es lo que más me urge ahora.
— Tienes sobrada razón. Filandro, ven.
— Aquí estoy, señora. ¿Qué mandáis?
— Lleva este pobrecillo adonde él te diga, y cuanto antes, no sea que le suceda algún trabajo.
— ¿Adonde quieres que te lleve? preguntó Filandro á Bertoldino.
— A hacer aguas mayores.
— Me figuro que este descomulgado ha de soltar la carga antes de hora. Ea, ven conmigo. ¡Qué bravo leño me han entregado! No sé qué gustos tan raros tienen estos príncipes en tolerar esta casta de bufones, y más este, que es un bruto. Hoy día más se aprecian, protegen y patrocinan semejantes gentes, que un hombre erudito, cansado de quemarse las cejas estudiando (2): son los que se premian, y á este bruto le colman de ricos vestidos y regalos exquisitos, sucediendo todo al contrario con los sujetos de mérito, como acontece en palacio con muchos criados antiguos y envejecidos en el servicio, sin recibir jamás la menor gratificación por sus dilatados méritos, manteniéndose estos pobres de humo y vana esperanza, en la que acaban sin más ascenso que su miseria. Todos se afanan por la corte, y en ella se hallan cortas recompensas y prolongados deseos, y si estos no vivieran con esperanza, más presto correrían á buscar su muerte que pasar á la corte. Yo soy uno de tantos que después de servir en ella muchos años con la mayor fidelidad y celo, no he alcanzado la menor recompensa; y ahora para colmo de desgracia tengo que llevar á descomer á este bruto.
¡Buen pago, por cierto, después de tantos servicios! ¡Hallarme reducido á ejercicio tan bajo é indecoroso! ¡Oh pobre Filandro! Vamos, descomulgado.
— ¿Adonde me quieres llevar?
— Adonde hagas tu menester.
— Llévame al campo, y déjame allí.
— Vamos, que te llevaré adonde desees, ya que mi corta fortuna así lo dispone. Por esta vez me han pillado, pero no me hallaré en otra. .
Condújole Filandro á lo último del jardín, donde hizo su menester; y luego lo llevó á la despensa, dióle pan y un pedazo de salchichón, con un buen trago de vino, llevándole después de merendar á donde estaba la reina, quien le preguntó:
— ¿Has merendado bien?
— Sí, señora.
— Y ¿qué te han dado de bueno?
— Pan y lasarao.
-¿Qué?
— ¿No he dicho que sámalo?
— No te entiendo.
— Quiero decir malaso.
— Peor que peor.
— He comido lamaso, ¿entiendes? Pues bien claro me explico; y para que me entiendas mejor, repito que se llama másalo.
— ¿Qué desatinos estás diciendo? ¿Qué infierno de nombres son los que dices delasamo, sámalo, malaso, lamaso y másalo? No entiendo lo que pretendes decir. ¿Qué le has dado á merendar, Filandro?
— Salchichón, señora; vea V. M. qué buena cabeza tiene, pues de cinco veces no ha acertado á nombrarlo, como si se tratara de la mayor dificultad.
El lector podrá presumir lo que la reina reiría. Llegó el rey á la sazón, y se reprodujo la risa al contarle el referido lance, que divulgado por palacio causó la de todos, durando largo tiempo sus comentarios; pues quedaron tan impresas en la memoria de los cortesanos las cinco palabras de lamaso, sámalo, malaso lasamo, y másalo, que cuando llegaba ocasión de poner en la mesa salchichón, ninguno acertaba á llamarle sino con los nombres extravagantes ya dichos. Mandó finalmente la reina que llevasen á Bertoldino en carroza á su casa, y así que llegó le preguntó Marcolfa:
—¿Qué has visto en la ciudad que sea de tu agrado?
—La olla de la cocina del rey.
—¿Qué particularidad tiene?
—Que caben en ella más de mil tazas de sopas, porque es muy alta y barriguda.
—¡Siempre estás pensando en comer!
—Quien no piensa en comer no piensa en vivir; y si no comiera me moriría.
—Gran verdad; pero ahora deseo me digas: ¿qué has aprendido de bueno en la corte?
—El andar subiendo y bajando escaleras.
—Cierto que eres gran sujeto, y das muestras de tu gran discernimiento.
—Pregunto: ¿los gansos son ánades?
—Bueno va. Si, con tal que me dejes.
—Otra cosa te quería preguntar y se me ha olvidado.
—Tal seria ella.
—Ya, ya me acuerdo. Dime: cuando me concebiste ¿estabas presente?
— ¡Ay pobre de mi! Ya te he dicho que no me rompas más la mollera con tus desatinos, pues tanto me enfadas que ya te aborrezco.
— No te enojes. Escúchame; te contaré lo que he observado. Estando en el cuarto de la reina he visto que no tiene sino dos piernas, lo cual me ha maravillado, porque nuestra vaca tiene cuatro. ¿Qué te parece? Responde.
—¿Qué quieres que responda? Que en vez de concebirte valiera más hacer una torta.
—¡Mejor! Así me hubieras dado un cachito.
ALEGORÍA SÉPTIMA.
DONDE SE INDICAN LOS MEDIOS DE CONSERVAR LA SALUD.
Era ya tarde y dando punto á la plática fueron á acostarse. Levantáronse al romper del alba, y como Marcolfa tuviese que ir á la ciudad para algunas compras indispensables, encargó á Bertoldino el cuidado de la casa y sobretodo que vigilase á los polluelos que andaban sueltos por el corral, para que el gavilán no se los llevase. Fuese Marcolfa, y cual si á su hijo le hubiesen mandado entregarlos al gavilán, ensartólos todos empezando por uno blanco y atándolos por la pierna, y de tal suerte los subió al tejado, donde los dejó, bajando en seguida á una azotea para ponerse de observación. Sucedió, pues, que un gavilán, que de continuo revoloteaba al rededor de la casa, arrojóse sobre ellos, y comenzó á picar el blanco, que era el primero de la sarta levantándolo en el aire con los demás. Echóse á reír Bertoldino diciendo:
— ¡A1 blanco, al blanco! Tira bien del blanco y te llevarás los otros.
Así aconteció.
Al regresar Marcolfa de la ciudad, salió Bertoldino á recibirla soltando recias carcajadas.
— ¿De qué te ríes? preguntó la madre. ¿Ocurre algo nuevo?
— ¡Ay madre mía! ¡Cuánto me he divertido! Te aseguro que cuando sepas el motivo te reirás también. ¡Ay qué gusto! No se puede dar mayor.
— Tonto, ¿por qué quieres que me ría si no lo dices?
— ¿No me encargaste los pollos?
— Sí; prosigue.
— Pues le he pegado un gran chasco al gavilán.
— ¡El cielo me ampare! Y ¿qué chasco es? Dilo presto.
— Los até en una sarta, vino el gavilán, y todos se los llevó de una vez; pero no puedo ponderarte el trabajo que le ha costado; pues aunque le gritaba que agarrase primero al blanco para que le costase menos trabajo llevarse los demás, no me entendía, hasta que por último se esforzó é hizo lo que le decía. Te hubieras desternillado de risa al ver que aquel pájaro tan grande apenas podía llevar una manada de pollos. Dime: ¿no le he pegado buen petardo al pajarraco?
— Tú lo eres, bestia indómita; no sé cómo me detengo, pues me están dando impulsos de agarrarte por el pescuezo y ahogarte entre mis uñas. ¡El rey Albuino! Ya decaíste de mi concepto, viendo que te pagas y complaces con los desatinos de este loco, que no tiene ni aun visos de racional. Es cierto que cada uno en este mundo posee su venita de loco; pero á tal exceso es insufrible. ¿Qué remedio tiene, ni cómo ha de dejar de cometer insolencias, si cuando sepa el rey este desatino, en lugar de reprenderle lo celebrará haciéndole algún regalo en premio? ¡Ah pobres filósofos! Aprended con este ejemplo: aplicaos, sudad, trabajad, perdiendo la vida en el estudio, que por más que hagáis, pobres viviréis y pobres moriréis, pues en esta corte más protegido está y mejor premiado un loco ignorante, que cien eruditos por muchos méritos que tengan. Este pago acostumbra á dar el mundo. Y dime, bruto, ¿dónde está la gallina?
— Encerrada en el gallinero, para que no impidiera al gavilán llevarse los hijuelos: ¿piensas que soy tan tonto?
— Paciencia: á lo hecho pecho. Entra en casa, que ya estoy satisfecha de que eres un mozo muy discreto. Pero dime: si esto llega á oídos del rey, ¿qué dirá? Se enojará teniéndote por necio, ignorante y mentecato.
— Y ¿quién quieres que se lo diga al rey?
—¿Te parece que no hay orejas que todo lo están oyendo?
—Yo no veo otras que las del burro del hortelano; y ciertamente creo que está aquí cerca para observar lo que pasa; repárale bien, y verás qué tiesas las tiene. Yo le aseguro que pronto tomaré la debida providencia.
ALEGORÍA OCTAVA.
LA CURIOSIDAD DEBE SER CASTIGADA.
—¡Alto! ¿Qué vas á hacer?
—A cortar las orejas á este pollino, que está escuchando cuanto hablamos, y ha de pagar la curiosidad para que aprenda cortesía.
Y antes de que Marcolfa pudiera estorbarlo, Bertoldino puso por obra su bárbaro intento.
— ¡Ay infeliz de raí! exclamó Marcolfa. ¡Ya cortó las orejas al borrico del hortelano! ¿Qué dirá ahora? Si va á querellarse al rey, nos envía en hora mala con justa razón. ¡Ah pícaro!
—El pícaro traidor es el borrico, que la da en escuchar lo que pasa entre nosotros; pero yo le aseguro que ya no oirá más en su vida.
— Ea, ya viene el hortelano, y pues su borrico no oye, oirás lo que no quisieras; y le sobrará razón para obligarte á que se lo pagues.
En efecto, atraído por los rebuznos del desorejado rucio, el hortelano acudía más que de paso, temiendo alguna nueva fechoría; y conteniendo apenas la cólera en vista del inesperado desastre, exclamó:
—¿Quién ha cortado las orejas á mi borrico?
—Yo, respondió con la mayor naturalidad Bertoldino.
—¿Por qué motivo?
—Porque estaba escuchando lo que parlábamos.
— Aquí no necesitamos bufones: págame al punto el borrico; sino, me voy á querellar al rey para que me haga justicia.
— Escucha; aguarda; no vayas, que yo te satisfaré el valor del borrico; déjalo á mi cargo, que todo se compondrá.
— No, no; quiero que el rey lo sepa, pues ya sucedió lo que sabes con mi mujer, y no quiero dar lugar á que algún día se le antoje hacer otra locura mayor, que me dé más que sentir, si tanto se tolera; por consiguiente, voy corriendo á la ciudad á quejarme al rey.
Y sin más razones el hortelano se encaminó á palacio, donde expuso sus quejas al monarca, quien mandó inmediatamente llamar á Bertoldino, al cual viéndole comparecer con las orejas del burro que le asomaban por entre el jubón, dijo:
— Ven acá, Bertoldino.
— Aquí estoy, señor amo.
— Acércate más, hortelano.
— Serenísimo señor y rey mío, aquí estoy, dijo el hortelano aproximándose.
— ¿Cuál es la queja que traes? preguntó el monarca.
— Señor, que este majadero me ha estropeado el borrico, y vengo á pediros justicia.
— ¿Es verdad, Bertoldino?
— Es verdad, porque el asno, señor... dijo Bertoldino.
— Lo eres tú: prosigue.
— Estaba con las orejas tiesas para escuchar lo que hablábamos mi madre y yo; y porque no oyera jamás negocios de otros, le he cortado las orejas, y para que te enteres de la verdad, las he traído conmigo; tómalas, y llama quien se las ponga de nuevo, que mi madre pagará la compostura.
A estas razones se puso el rey á reír, de suerte que apenas podía respirar, hasta que se sosegó y dijo:
—Hortelano, ya sabes que Bertoldino es hombre de bien, y si te ha estropeado el borrico no quiere deberte nada; toma tu prenda que son las orejas del asno, y mando, para escarmiento y castigo de tal delito, que Bertoldino monte en el borrico desorejado, acompañándole tú hasta casa. Dime; ¿estás satisfecho de la sentencia?
—Señor, ese es un castigo que redunda más en detrimento mió que suyo ; lo que pido es que me abone el valor del borrico, y después monte en él quien quisiere, que yo sólo deseo lo justo, porque no es razón que yo pierda lo que me costó.
—Dices bien: ¿cuánto quieres por el asno?
—Yo, señor, no deseo ganar ni perder nada; el año pasado me costó ocho ducados.
—Bien está, se te pagará al punto. Herminio, ven acá.
—Mande V. M.
—Dale á este hombre ocho ducados; y tú, Bertoldino, toma el borrico, que quiero regalártelo, para que te lleve á casa. Pero andad juntos, y correspondeos como buenos vecinos y amigos.
— Así lo haremos, señor. Vamos, Bertoldino, monta y volvamos
a casa.
Y caballero Bertoldino en el rucio, el hortelano cogió el ronzal diciendo:
—¡Arre! Chó, ¿Qué diablos haces que te vas cayendo de la otra parte?
—Es que me pesa más la cabeza que el tafanario. Ten bien: anda, toma, arre allá, hombre de los diablos, déjame la brida. Arre, anda, camina. A Dios, señor.
Pero tales fueron las trazas que dispuso para atormentar al pobre borrico, que este á la mitad del camino dio con el bárbaro jinete en el suelo, hundiéndole una costilla.
Comprendió Marcolfa al verle tan malparado que era preciso poner término á los disgustos que su célebre hijo la causaba, y fuese á presentar á los reyes con ánimo de consultárselo, á quienes encontró riéndose todavía de las simplezas de Bertoldino. El monarca así que la vio dijo:
—Querida Marcolfa, ¿qué buena ventura te trae por acá?
—No la tengo; al contrario.
—¿Por qué? ¿Te ha sucedido alguna desgracia?
—¿Qué ha de ser? Bertoldino que ha caído del borrico, y quebrándose una costilla, y vengo á buscar una bizma para curarle. Mientras me despachan tendré tiempo para contar una novela que viene muy adecuada al caso, si me das permiso y gustas escucharla.
—En hora buena; empieza, pues nos complaceremos en oírla.
—Cuando los hormigones iban á caza de chinches, hallándose en la ciudad de Berlinches una mosca recién viuda y una homicida lombriz con una vara larga de torear que había quitado á un moscón de campo que iba á la conquista de la miel de la Alcarria, año muy señalado porque se vieron muchos alcarreños en aquella tierra, sucedió que yendo á la casa de la mosca una grandísima araña macho vio asomada á la ventana la mosca, que como era domingo se había compuesto, y tenia la cabeza puesta, como se suele decir, de veinte y cinco alfileres; tan bonita le pareció al araña, que enamorada de su hermosura la hizo una guiñadita, y como le tocara en el corazón la flecha de Cupido, empezó á pasear la calle arriba y abajo, hecha un petimetre. La desdeñosa viudilla conoció la intención de su galán, y haciendo la desentendida se retiró, escondiéndose como suelen hacer las viudillas zalameras. Una vez se asomaba y hacia un gesto, otra una guiñada; todo para chasquearle, de manera que el pobre arañón se dejó llevar de su cariño, quedando abrasado con el fuego que le devoraba; mas no pudiendo resistir á su amoroso incendio, buscó traza de entrar por la ventana: púsolo por obra, y empezó á trepar por la tapia imaginando que era alguna de las de vida airada. Prosiguió la empresa con ánimo de alcanzar su fin, y después de lograrlo volverse por el mismo camino. Con estas cuentas subía muy alegre el galán, cuando ella se asomó, y viendo tal atrevimiento y desvergüenza, fue corriendo á buscar una caldera de lejía, dispuesta para lavar los calzones de un piojo que tenía en su casa de huésped, y apenas observó que echaba las garras al balcón, se la encajó hirviendo sobre la cabeza, á fin de castigar su osadía; pero el araña era muy pícaro, y conociendo la intención se puso por yelmo una cáscara de nuez. Luego que vio el diluvio de agua hirviendo sobre sí, colocóse de suerte, que si le cayera alguna fuese sobre la cabeza, defendida por el yelmo; de modo que poco fue el daño que recibió, librándose del primer golpe; pero como duró más tiempo el chorro de lejía del que empleó para caer al suelo, quiso la fatalidad que con la caída se le quitase el yelmo, y le cogió la cabeza el agua, cociéndole los sesos, que se le pasaron á otra parte; y desde entonces han tenido siempre las arañas los sesos atrás, por lo que hicieron juramento de vengarse de hecho tan afrentoso: y por eso andan siempre las arañas á caza de moscas, resentidas del ultraje que recibieron de la viudilla, tendiendo en todos los desvanes, rincones y agujeros sus redes homicidas, siendo muy común cuando prenden á una descabezarla y dejar el cuerpo.
Lo mismo creo ha sucedido á mi hijo, á quien le aconteció que una vez que iba corriendo tras una cabra por una empinada cuesta, se cayó de espaldas; y rodando dio con la cabeza en un tronco de saúco, de cuyas resultas se le fue el juicio á la parte posterior, quedando tan ligero de cascos como el saúco, y dedicándose desde entonces también á coger moscas. Con que así VV. MM. harían una acción loable en darnos licencia para regresar á nuestra choza; porque presumo que se ha de cumplir la sentencia de mi marido Bertoldo (de felice memoria), que dijo: Quien esté acostumbrado á cebollas no busque pasteles; y siendo nosotros nacidos y criados en lugares rústicos é incultos, no debemos pretender, ni es razón, salir fuera de nuestro centro. En la corte el cortesano, y en la aldea el labriego.
— Has dicho bien, Marcolfa; mas quien ha bebido en la mar, puede también hacerlo en un río. Te aseguro que siento la simplicidad de Bertoldino, aunque opino que permaneciendo en la corte quizá llegue á tener más juicio.
— Quien nació loco nunca sanará.
— Quien mal baila bien enfada.
— Genio y figura, hasta la sepultura.
— El que no tiene cabeza tenga pies.
— A. la muerte no vale médico ni medicina.
— Más vale pájaro en mano que ciento volando.
— Más vale ser pájaro libre que regalado en la jaula.
— Todo derecho tiene su revés.
— No todas las cabezas que tienen pelo, suelen tener sesos.
—Todo se puede sobrellevar, excepto el mal tiempo.
—Nunca se hizo colada sin que lloviese.
— Una hora de buen sol seca mil coladas.
— Quien no tuerza bien la ropa, no la secará en tres días.
—Habla más claro, que no te entiendo.
—No hay peor sordo que el que no quiere oír.
—Prosigue, que ya te escucho, y como cuentes otra fábula de suerte que me persuada con razones concluyentes, daré licencia para que os retiréis á vuestra aldea, prometiéndoos no impedirlo, si bien lo sentiré y dispondré que nada os falte mientras viváis.
— Ya que VV. MM. me prestan atención, habrán de saber que cuando las luciérnagas eran mercaderes de linternas, un caracolazo de los que tienen cuatro astas se enamoró de una babosa. Era esta muy graciosa, y habiéndola caído encima el rocío una noche de abril, estaba todavía más lustrosa y bella. Sucedió, pues, que en aquella misma noche la vio el caracol, diéronse palabra de esposos, y la condujo á su casa obsequiándola con un suntuoso banquete, al cual concurrieron todos los deudos y amigos. Fueron varias las habilidades que se hicieron, distinguiéndose cuatro cangrejos de buen porte y mejor traza que tocaron la viola: seguíase á estos un galápago que tocaba el arpa con perfección; dieron un poco de música, ínterin llegaba la hora de la cena, después de la cual se renovó la diversión, cantando una mariposa unas tonadillas graciosas acompañándose con la guitarra; pero como estaba un poco resfriada no pudo dar al auditorio toda la satisfacción que deseaba. En seguida acordóse que saliesen algunos á bailar; y á una señal, todos los instrumentos empezaron á sonar, dando principio al baile un galápago y una mariposa, que encantaron con sus habilidades; pero salió otra pareja que fueron un grillo blanco y una chicharra, é hicieron raya, como suele decirse, bailándola españoleta con tal destreza, que maravillaron á los concurrentes.
Acabaron el baile, y molidos y cansados propusieron juegos, delegando la dirección á una pulga decidora y jocosa. Aceptó esta el encargo sin hacerse de rogar, é inventó varios y bellísimos juegos de prendas, para cuya restitución impuso al que perdía penitencias, que consistían en sentencias agudas y discretas, motes, preguntas y respuestas elegantes, etc., etc. Pero el inconveniente que tuvo la diversión fue haber sido tan larga, que muchos de cansados se durmieron, y otros se fueron molidos. Así pues somos nosotros, que con la fiesta se pasó bien el tiempo; pero el juego no solamente no se acaba, sino que cada día se va dilatando; siendo cierto que si dura, Bertoldino se quedará cada día más dormido. Por esto, señores, será mejor que mudemos de clima, pues puede suceder que le haga despertar el aire de la montaña, aunque sea dificultoso. Además, siempre oí decir que todo pájaro canta mejor en su nido que en el ajeno; y así deseo volver este pájaro al suyo, y tocante á mí, quiero vivir en mi cabaña del modo que más me convenga, sin fastidiar á nadie. Por lo cual, serenísimos señores, suplico con el mayor respeto que nos concedáis licencia para marcharnos, porque ya no habéis de sacar ningún partido de uno ni otro, pues aunque Bertoldino sea mi hijo, razón no quita conocimiento.
— Deseamos complaceros, respondió la reina. El tiempo que has estado en la corte hemos disfrutado con tu agudeza, que es tanta que antes bien se te puede llamar oráculo que mujer rústica y criada en el desierto. Ciertamente mereciste estar empleada con un hombre de altas circunstancias como Bertoldo, cuyas sentencias las tengo esculpidas en letras de oro encima de la puerta de palacio para perpetuar su sabiduría; pero ya que es preciso condescender á tus ruegos, Herminio, ve á mi despacho y toma el cofrecito cubierto de terciopelo negro, en donde hay dos mil escudos de oro, y tráemelo para dárselo á Marcolfa, y después pasarás á casa de algún mercader de paños, y le dirás que te entregue cuatro piezas de paño fino y doscientas varas de lienzo para ropa blanca, y harás que dispongan una litera, en la que les conduzcan á su lugar con el mayor cuidado. En seguida les enviarás doce costales de harina, doce barriles de vino y cuanto les haga falta para el viaje y vivir con quietud y sosiego en su albergue. Ea, Marcolfa, puesto que ya se te ha concedido la gracia de regresar á tu casa y vivir en ella á tu gusto, te agradeceríamos que aunque fuera de tarde en tarde vinieses á vernos. Ya te he significado el grande sentimiento que nos causa tu partida; pero como no deseamos sino lo que apeteces, no opondremos ningún obstáculo.
— ¡Magnánimos señores! exclamó Marcolfa: me falta lengua para daros las debidas gracias por tantos y tan singulares favores como he recibido de la piadosa clemencia de VV. MM., por lo que os suplico encarecidamente me perdonéis, confiando que en cuanto hubiésemos faltado y en adelante podamos faltar, lo supláis con vuestra innata piedad.
Deseo que Dios os conceda gracia para conservaros en vuestro reino en paz y con la mayor felicidad; valor y fuerzas contra vuestros enemigos; que veáis cumplidos vuestros deseos, y que os otorgue las mayores satisfacciones. No cesaré de rogar al Señor os galardone con la bienaventuranza, y heme aquí rendida á vuestros reales pies pidiéndoos humildemente perdón de todo; y si por ignorancia hubiese incurrido en alguna culpa, vuelvo á suplicaros me perdonéis, y así partiré con el consuelo de que siempre me tendréis por humilde sierva y apasionada vasalla vuestra.
Con las expresiones y razones tan humildes y discretas de Marcolfa el rey ni la reina no pudieron disimular sus lágrimas, y luego que se despidió, se retiraron á sus gabinetes, en donde dieron rienda suelta á la tristeza y melancolía por la ausencia de
Marcolfa, que partió con Bertoldino cargada de escudos y otras dádivas.
Los condujeron en la litera hasta dejarles en su mísera choza natal. Acudieron á su llegada los vecinos á darles la bienvenida, y se hicieron fiestas durante algunos días en aquellas sierras al estilo del país.
Como todo acaba en esta vida, también terminaron los festejos de aquellos rústicos, viviendo los dos cortesanos en la montaña muy tranquilos y alegres lo restante de su vida, sin tener nada que desear. Bertoldino entre palurdos era el hombre más discreto y político de todos. En fin, como hombre ya práctico en la corte dio diversos chascos á aquellas pobres y agrestes gentes; mas como en aquellas asperezas no había quien supiese escribir, no es posible mencionarlos, ni lo que después le sucedió. No obstante, por raros conductos se vino á saber que cuando Bertoldino llegó á la edad de treinta años, la rudeza de su entendimiento se disipó de manera que parecía absolutamente otro hombre, dotado de una sagacidad y discreción tan admirables, que no daba muestras de haber sido tan gran tonto como queda referido.
De mí sé decir que á duras penas lo creo, porque aunque Dios, como Todopoderoso, puede hacerlo, vulgarmente se dice que las tres cosas más difíciles de curarse son la locura del tonto, las deudas del tramposo y la gangrena.
FIN DEL TRATADO SEGUNDO.
VIDA DEL SIMPLE BERTOLDINO.
VIDA DE CAGASENO.
TRATADO TERCERO.
INTRODUCCIÓN,
El astuto Bertoldo y la sagaz Marcolfa su esposa, sin embargo de haber nacido y criarse en lo más fragoso de la montaña, no sólo maravillaron con sus dichos, sentencias morales y agudas respuestas á los particulares que los oían, sino también al rey Albuino y á su espósala reina Ipsicratea, de quienes eran vasallos; por lo que recibieron de estos soberanos numerosas mercedes y dádivas correspondientes á su grandeza. Alcanzaron dichos rústicos la dicha de concederles el cielo un hijo. Varios eran los motivos de alegría de ambos esposos, siendo el mayor imaginarse que el hijo se parecía á su padre Bertoldo, y para que la semblanza fuese completa tomaron la nominación paterna y le pusieron por nombre Bertoldino; pero frústreseles la esperanza, pues ya crecido, todo lo que Bertoldo tenia de agudo y sagaz sacó aquel de simple, aturdido y bruto. Viendo el pobre padre tal contrariedad, y no pudiendo sufrir las tontadas de su hijo, se fue á la corte, donde como vimos acabó sus días, quedando Marcolfa viuda con Bertoldino. Tuvo noticia de ellos el rey, y les mandó buscar, sucediendo que cayesen tan en gracia las inocentadas de Bertoldino en la corte, que cuando se retiró de ella, el rey le regaló dos mil escudos de oro con otras innumerables cosas de valor y precio. Vendió estos presentes Marcolfa, y con el producto compró fincas para pasar cómodamente el resto de sus días. Después se casó Bertoldino y tuvo un hijo que se llamó Cacaseno, de quien referiremos la graciosa vida.
ALEGORÍA PRIMERA.
ES PROVIDENCIAL QUE LOS RÚSTICOS SEAN APTOS PARA LA PROPAGACIÓN,
TAN NECESARIA PARA LA CONSERVACIÓN DEL GÉNERO HUMANO.
Partió Herminio con un criado á desempeñar una misión política en las provincias de la monarquía, y pasando casualmente por la falda de una montaña en que moraba la memorable Marcolfa con el célebre y nunca bien alabado Bertoldino , juzgó hacer una cosa muy grata y meritoria si llevaba á los reyes noticia de ellos, y determinó verlos. Emprendió la ascensión á la montaña, y llegado á la cumbre observó la buena situación del país y una casa de buena apariencia. Llamó á la puerta, se asomó á la ventana Marcolfa, y conociendo á Herminio se apresuró á abrirle recibiéndole con grande regocijo. Hízole muchos agasajos, y entre los varios asuntos de que habló contóle que su hijo Bertoldino había casado muy bien gracias al dinero y alhajas que le dieron los reyes, aunque cuando ellos fueron á la corte ya poseían algunos bienes para poder subsistir. Añadió que Bertoldino, después que pasó los años de su mocedad, había cambiado de tal modo que estaba desconocido por su discreción, viviendo alegres y tranquilos, con la única desazón de que después de tanto tiempo como hacia que Bertoldino se casara, no tenia mas que un hijo, ya de siete años cumplidos, y con el desconsuelo de haber salido más simple y necio que su padre. Tuvo Herminio gran gozo con esta conversación, y resolvió llevar noticia á los reyes de cuanto Marcolfa le refiriera, preguntándole:
— Dime, Marcolfa: ¿dónde está Bertoldino y su hijo?
— Han ido cerca de aquí á la choza de un pastor nuestro, y discurro que no tardarán en volver, pues se acerca ya la hora de amasar.
— Y el hijo que dices, ¿cómo se llama?
— Arsenio; pero como estos montañeses siempre inventan, añaden y quitan nombres, los propios no suelen servir, sucediendo que si uno se llama Antonio por ejemplo, y es de estatura elevada, le llaman Toñon; si de baja, Toño; si más diminuta, Toñeto; si pequeño y gordo, Toñolo; si pequeño y flaco. Tonino: de modo que trastornan tanto el nombre de Antonio, que no se conoce, como al presente sucede á mi nieto, que llamándose Arsenio, como es pequeño y algo simple, le han puesto el ridículo nombre de Cacaseno.
Cuando oyó Herminio tan extravagante nombre, se le encendió más el deseo de conducirle á la corte. Mientras discurría sobre los medios para llevárselo, oyó á Dominga, mujer de Bertoldino, que venia cantando esta coplilla:
ESTRAMBOTE.
Todos dicen que soy tan linda y bella
Que de algún gran señor hija parezco;
Uno me llama de Diana estrella.
Otro que amor flechero ser merezco;
Todo el lugar me dice sin querella
Que en mi frente las flores reverdezco;
Y un mancebo anteayer al verme clama:
No en vano tienes de hermosura fama.
A cuya sazón llegó Bertoldino, y después Dominga y Cacaseno con manojos de espárragos, fresas y requesones, que traían de su cortijo; hiciéronse muchos cumplimientos unos y otros, y Herminio dijo:
—¿Eres tú la mocita que cantaba?
—No, señor, que era una pastora nuestra.
— ¡Ah embustera! dijo Marcolfa; mira que no parece bien decir
mentiras. Si, señor, ella era, y sabe cantar muchas coplillas graciosas.
— Dominguita, hazme el favor de volverla á cantar, ó lo que sea de tu agrado.
—¿De veras? No puedo cantar, porque estoy ronca.
—Varaos, canta. ¿De qué tienes miedo"? dijo Bertoldino.
—Ciertamente que no puedo, y ahora de ninguna me acuerdo.
—Yaya, ¿quieres hacerte de rogar y dejar desairado á este caballero?, añadió Marcolfa.
—No hacen más las grandes músicas, observó Bertoldino, que se hacen de rogar mucho, y cuando cantan ya tienen enfadado al auditorio. Ea, Dominguita, canta, canta.
—Por lo mismo que tratas de sonrojarme, no quiero cantar.
— No te enfades, Dominguita , que tu marido se chancea, dijo
Herminio.
—Canta, hija, que no sienta bien hacerse de rogar tanto.
—Cantaré, pero no aquí.
—Con tal que cantes, sea donde quisieres, dijo Herminio.
Marcolfa y Bertoldino se despidieron para ir á disponer la comida, á cuyo tiempo Cacaseno venia de almorzar, y Herminio le tomó de la mano, mientras que Dominga cantaba el siguiente
ESTRAMBOTE.
Si te vienes conmigo, prenda mía,
A caballo vendrás en mi pollino.
Verás hecha un espejo mi alquería.
Todo su ajuar, el gallo y el cochino.
Del jilguero oirás la melodía
Cuando el albor asoma matutino;
Y tendrás el contento duplicado.
Tordos cazando y mirlos en el prado.
Así que acabó de cantar Dominga preguntó Herminio á Cacaseno:
—Niño, hermoso, ¿qué haces?
—En este instante acabo de almorzar.
—Buen principio. Dime: ¿cuál es tu nombre?
—No, señor, no soy hombre, que soy muchacho.
—No te pregunto si eres hombre; te pregunto cómo te llamas.
—Cuando me llaman respondo.
—Y si yo hubiese de llamarte, ¿qué tengo de decir?
—Lo que quisieres; pero ten las manos quietas, que parece me quieres sacar los ojos, y no me enfades de suerte que te sacuda con este garrote, pues no sabes aun quién soy.
Es menester advertir que mientras Herminio hablaba con él hacia varios ademanes, y creyendo Cacaseno que le quería sacar los ojos, se enfadó, alzó el palo, y le iba á descargar en la cabeza, cuando llegó Marcolfa y le sacudió un recio bofetón, con lo que le hizo presto bajar el palo. Empezó á gritar Cacaseno, de suerte que parecía un lechón cuando le degüellan, no pudiendo acallarlo hasta que acudió su madre.
ALEGORÍA SEGUNDA.
LAS MUJERES SE PAGAN DE APARIENCIAS.
Llevóle Dominga un gazpacho para sosegarle, y le preguntó:
— ¿Qué tienes, Cacaseno mío, que tanto chillas?
— Ü, ú, ú, la abuela me ha pegado porque me he defendido, ú, ú, ú, de este hombre que me quería sacar los ojos con los dedos, á, á, á.
— Calla, Cacasenito mío, que obligaremos k la abuela á que duerma descalza. ¿Sí, sí, hijo mió? Ea, escupe, y verás cómo la casco.
— No es cierto lo que dice, pues no intentaba sacarle los ojos, exclamó Herminio. Vamos, hijo mió, toma un tres, y hagamos las amistades.
Viendo Cacaseno el tres, es decir, el cuarto, se sosegó, y Dominga le dijo:
— Haz un besamanos á este caballero, y besa la mano á la abuela.
Herminio estuvo observando los movimientos que hacia, no pudiendo contener la risa, considerando el gusto que tendrían los reyes al ver su extravagante figura, pues era sumamente grueso, de frente aplastada, ojos saltones, cejas largas y cerdudas, narices chatas, y boca tan puntiaguda, que parecía gato montes.
Llegada la hora de comer todos se lavaron las manos y se sentaron á la mesa. Y aquí dejo á la consideración del curioso lector lo que sufriría conteniendo la risa el pobre Herminio por no disgustar á aquella buena gente.
Pero con la mira de llevarse á Cacaseno á la corte, les dijo:
— Habéis de saber que comprando unas cabritas en la plaza la otra mañana el proveedor de palacio á uno de esta serranía, que discurro le conoceréis, estuvo contando cómo os tratabais, dando noticia de Cacaseno, lo cual llegó á oídos del rey, quien me ha mandado venir para que le lleve á su presencia, pues anhela verle, y tenéis obligación por respeto y agradecimiento de manifestarle vuestra buena voluntad y fiel afecto.
— ¡Cómo se entiende! No, señor, no puede ser, porque mi hijo es tan simple y bruto, que si va á la corte de seguro le ha de suceder algún trabajo.
— Nuera querida, no tengas miedo, que yo le acompañaré; y has de tener entendido que los brazos de los soberanos son muy argos, y llegan á lo más remoto del mundo; y considerando esto, es menester obedecerlos con razón ó sin ella, y sobretodo por las mercedes que nos han dispensado.
— Y en particular al rey Albuino, á quien debemos cuanto tenemos, añadió Bertoldino; con que así, Dominga, tranquilízate, que esta es nuestra mayor fortuna.
ALEGORÍA TERCERA.
LOS HIJOS COMÚNMENTE SIGUEN LAS HUELLAS DE SUS PADRES, PROCURANDO CONSERVAR LA HONRA Y GLORÍA DE SUS ABUELOS.
Con las razones de Marcolfa y Bertoldino no replicó palabra Dominga; vistió á SU hijo con el traje de los días de fiesta, entregóselo á SU abuela Marcolfa, y después délas caricias paternales propias del caso, se despidieron, quedándose Bertoldino y Dominga para cuidar de la casa. Herminio, Marcolfa y Cacaseno bajaron la montaña y tomaron el camino de la corte. Herminio así que llegó á la primera posada mandó desmontar á su criado y despachóle por la posta á participar á sus soberanos lo que ocurría. Quedó el caballo del criado sin jinete, y Herminio se volvió á Marcolfa que llevaba á Cacaseno, y le dijo:
— Marcolfa, me parece más conveniente que Cacaseno monte a caballo ya que estamos en llano que de este modo no se cansará.
— Dices bien; ya que este caballo no lleva carga, bueno será que le ocupe Cacaseno: vamos, te montaré en él.
— No quiero, que me morderá.
— ¿Por qué te ha de morder?
— Ya he dicho que no quiero. ¿ves como me enseña los dientes?
— Espera, Marcolfa: me apearé y le pondré de suerte que vaya bien. Ea, no tengas miedo; abre las piernas, y siéntate encima de la silla. ¡Ah qué bravo mozo! Tómala brida en la mano, déjale que siga á mi caballo, y yo respondo de que no te caerás.
ALEGORIA CUARTA
LA EXPERIENCIA ES LA MAESTRA DEL HOMBRE, IPOR CUYA RAZON EL RÚSTICO NO DEBE IMITAR AL CORTESANO.
Antes de volver á montar á caballo, Herminio previno á Cacaseno que tuviese las riendas bien sujetas, y él comprendió que debía tirar de ellas. Así lo ejecutó, y el caballo se encabritó, con lo que cobró tanto miedo que exclamaba á grito herido:
— ¡Ay que me mata! ¿No habrá quien me favorezca? Porque esta bestia me quiere llevar por los aires y romperme los cascos. A tan descompasadas voces volvióse Herminio y díjole:
— Afloja, afloja las riendas.
El pobre Cacaseno, que no entendía lo que le decían, las soltó del todo; por lo que el caballo se desbocó y le tiró al suelo; pero tuvo la fortuna de caer en un arenal, por cuya razón no se hizo daño. Asustóse Marcolfa, creyendo le hubiese acontecido alguna desgracia, y empezó á llorar clamando:
— ¡Ay desdichada de mí, que el muchacho se ha estropeado! Bajad presto.
—¿Qué es esto, Cacaseno? ¿Te has hecho daño? dijo Herminio apeándose.
—Bien ó mal, quiero volverme á casa.
—Vamos, hijo, monta á caballo, te pondré la brida en la mano, y le dejarás caminar como quisieres, replicó el cortesano.
—Si quieres que vaya, déjame montar á tu manera.
—Muy bien, yo tendré el caballo, y para que alcances mejor á los estribos, súbete encima de esta piedra, y montarás más cómodamente.
Montó Herminio á caballo, y encargó á Marcolfa que tuviese las riendas del de su nieto; pero Cacaseno se adelantó y puso el pié izquierdo en el estribo derecho, quedándose con la cara á las ancas del caballo. Cuando Herminio se volvió y reparó en tal disparate, no pudo contener la risa, y le instó para que se apease; mas no fue posible de ningún modo, respondiendo que aquella era la manera de cabalgar.
ALEGORÍA QUINTA.
EXISTEN SERES EN EL MUNDO QUE SÓLO SIRVEN PARA DIVERSIÓN DE LOS DEMÁS.
Tenaz Cacaseno en su tema no hubo medio de convencerle, por más que Herminio repitiera:
—Bájate, que has montado al revés.
—Nunca podré estar mejor. Además, ¿no dijiste que el rey te ha enviado para conducirme?
—Cierto. Pero ¿qué infieres de eso?
—Que tomes la brida del caballo y me conduzcas; así obedecerás á tu amo, y no veré los peligros que debo pasar.
—¡Buena la hemos hecho! Ya he llegado á lazarillo de caballo en lugar de serlo de un ciego. ¿Qué tal la salida de este marmota en figura de camueso?
LLEGA A LA CORTE CACACENO.
Estando en estas razones acertó á pasar un labriego que iba á la corte, y llamóle Herminio para que llevase de las riendas el caballo de Cacaseno hasta la puerta de palacio, donde le previno que le esperara, ordenándole que al entrar en la ciudad pidiese auxilio á la guardia, por si los muchachos apedreaban á Cacaseno ó le tiraban naranjazos. Picó espuelas, llegó á palacio y halló á los reyes en un balcón esperando la entrada de Polan, cuya noticia hablan recibido por su criado. Mientras Herminio les refería las aventuras ocurridas por el camino con Cacaseno, vieron venir á Marcolfa, al labriego que conducía el caballo de Cacaseno, y á este montado al revés, llevando detrás tal golpe de gente, armando tal algazara con sus silbidos y gritería, cual si fuese día de carnestolendas. Cayó tanto en gracia á los reyes la bulla, que no se puede ponderar. Llegaron á palacio, subieron y entró primero Marcolfa, y después de hacer una gran reverencia, la dijo el rey:
—Bien venida seas, Marcolfa, pues no creíamos que vivieses después de tanto tiempo.
—Todavía vivo para servir á T. M., de quien seré siempre esclava.
—Marcolfa, ¿no me conoces ya? ¿No te acuerdas de mí? —preguntó la reina.
—Señora, son tantas las obligaciones, gracias, mercedes, favores y dádivas que recibí de vuestra liberal mano mientras estuve en la corte con Bertoldino, que tengo siempre delante de los ojos las imágenes de los dos; y no lo digo por adulación, pues aunque pobre montañesa, nunca la gasté y siempre dije la verdad desnuda: este modo de portarme y el ser agradecida lo aprendí de Bertoldo, agudo y sentencioso en sus proverbios, los que bien entendidos pueden servir de enseñanza al que atento los leyere; muchos dijo, y entre los que le oí recuerdo estas sentencias:
El pobre soberbio es veneno acerbo.
El pobre que se humilla es sincera avecilla.
El pobre tramposo es peor que el oso.
El pobre verdadero es como el cordero.
—Cierto que son dignas de meditarse, dijo la reina; pero dejando esto por ahora, ¿dónde está Cacaseno?
—Señora, conmigo venia, pero no le veo. ¡Pobre de mí! ¿Dónde se habrá quedado?
Oyendo lo cual un ujier alzó una cortina é hizo entrar á Cacaseno, que traía una puerta arrastrando; los reyes soltaron la risa al ver tan buena entrada, y el ujier descifró semejante extravagancia diciendo:
—Sepan VV. MM. que al tiempo de subir la escalera de palacio mientras Marcolfa entraba en la cámara, este salvaje le dijo á uno de vuestra servidumbre que tenia ganas de hacer aguas; lo llevó al excusado, y al entrar le dijo: Tráete la puerta hacia ti. Y el gran bruto así lo ha hecho, pues la ha desgoznado y la trae arrastrando, y de esta suerte le acompañamos para que le veáis.
— Dime, Cacaseno: ¿por qué traes arrastrando esa puerta? preguntó el rey.
—Y ¿qué se te da á ti?
—Mucho, pues como dueño de casa quiero saberlo.
—Si eres el dueño de casa, tuya será esta puerta, y me dirás lo que tengo de hacer con ella.
—Sí, suéltala, dijo el rey.
—Puerta, ya te suelto, que el dueño de la casa te da licencia, exclamó Cacaseno; anda, anda, que pesas demasiado y no te puedo sostener; obedece, puerta, que si no te cascará el amo de casa.
Con semejante simpleza llegó Marcolfa muy enfadada y se la quitó mandándole que hiciese una cortesía á los reyes, y postrándose de rodillas les besase las manos. Obedeció Cacaseno, pero fue poniéndose á gatas y diciendo:
—¡Oh señores míos! Ya veis mi reverente cortesía, tirándome por el suelo como mi abuela me lo mandó; ya no falta sino que me metáis el dedo en la boca para besaros la mano: venid, que os estoy aguardando.
—¿Qué haces, jumento? exclamó Marcolfa.
—Pues ¿no me has dicho que les haga la cortesía y les bese la mano de rodillas? Ea, pues, ya estoy con las rodillas en el suelo; diles que vengan, les besaré, que ya tengo ganas de merendar.
Los reyes celebraron mucho tamaña sencillez, le mandaron levantar, y llamando á un caballero que se llamaba Atilio, le ordenaron le llevase á merendar. En el ínterin quedóse Marcolfa disculpando al inocente Cacaseno de esta suerte:
— Serenísimos señores, debéis considerar que Cacaseno no es menos ignorante que su padre Bertoldino; en fin, de tal árbol tal fruto; por lo que os ruego no extrañéis sus simplezas. Le he traído á la corte gustosa en muestra de que obedezco los mandatos de mis soberanos; mas espero vuestro permiso para volverme á casa, que sólo he abandonado por complaceros.
—Está bien. Y Bertoldino ¿vive todavía? dijo el rey.
—Sano y rollizo, respondió Marcolfa. Cuando tuvo más edad, empezó á tener razón y juicio, cosa que parece fabulosa, y después se casó, naciendo de este matrimonio Cacaseno; y te aseguro que con la boda y otros infinitos gastos, nunca hubiéramos podido sostenernos á no ser por vuestra real munificencia que dispuso, que á pesar de todo nos quedase lo suficiente para pasarlo medianamente según nuestro estado.
—¿Es cierto lo que dices de Bertoldino? preguntó el monarca.
—Cierto, pues no diría una mentira á mi rey y señor, aunque me costara la vida; y si no te causa enfado, quisiera contarte un caso de los que al intento refería Bertoldo, de uno que por mentir á un príncipe perdió mil pesos (1).
—Tendré especialísimo gusto en oírlo.
— Había un príncipe que tenia un criado muy querido, y sucedió que, viendo cierto hidalgo la familiaridad que le dispensaba su amo, trató de elevar por su conducto una pretensión, ofreciéndole mil pesos si la lograba: el sonido de tan codiciado metal abrió las puertas de la avaricia, y prometióle que haría lo posible para que se le despachase favorablemente. No tardó el criado en recurrir al príncipe, suplicando que le concediese la tal gracia; y para alcanzarla se valió de una mentira, diciendo que era para un hermano suyo. El príncipe respondió que lo consultaría con el ministro y le daría la respuesta.
Como las mentiras no tienen alas y el embustero necesita gran memoria, á los pocos días el príncipe recordó que en cierta ocasión le había dicho su criado que no tenía hermano alguno, por lo que para aclarar la verdad quitóse de cuentos y secretamente hizo llamar al hidalgo pretendiente. Llegó á la audiencia y el príncipe le dijo:
—Si no confiesas la verdad te retiraré mi gracia.
Respondió el hidalgo que nada ocultaría de cuanto supiese, por lo que preguntó el príncipe:
—Fulano ¿es hermano tuyo?
El hidalgo respondió negativamente.
—Pues ¿por qué te ha prometido apoyar tu pretensión? replicó
el príncipe.
—Señor, respondió el hidalgo, hele ofrecido mil pesos si se despachaba favorablemente.
—Pues dame los mil pesos, ya que yo te concedo la gracia que solicitas, y te prohíbo que lo digas á tu amigo.
Ajeno el criado á lo acontecido entre su amo y el hidalgo, cierto día que estaba el príncipe de buen talante le hizo memoria de la gracia que le había suplicado para su hermano, á lo cual respondió con agudeza:
—Puedes buscar otro hermano, pues el que te imaginabas serlo tuyo lo es mió.
— Respuesta pronta y graciosa invención, dijo el monarca. Pero volviendo á nuestro asunto, ¿por qué has omitido darnos noticias de tu persona, cuando todos los años hubiéramos tenido el gusto de enviarte algún regalo?
— Indiscreto es quien no se contenta con lo preciso; bastante hemos disfrutado de vuestra real magnanimidad con tanto como nos disteis al tiempo de nuestra partida. Con su importe hemos comprado muchas tierras, de suerte que con lo que poseemos vivimos mejor que otro de mayor esfera (2).
— ¿Por qué no te has vestido del paño fino y lienzo delgado que llevaste? preguntó el rey.
— Porque nuestra infeliz montaña requiere vestidos toscos, pan mezclado con centeno, y agua pura y cristalina, con cuyos alimentos se mantienen los cuerpos sanos y robustos.
— El que se contenta con su estado es dichoso; pero me parece una gran simplicidad mantenerse de vegetales y beber agua, pudiendo comer bien y beber mejor.
— No hay peor cosa para la salud que beber vino quien no lo tiene acostumbrado; y en prueba de eso desearla contaros un suceso acaecido á un caballero alemán, que mi marido refería como cosa cierta, y que viene á propósito hablando de los aficionados al vino.
— Puedes empezar cuando quieras.
— Cierto caballero alemán determinó salir de su patria para ver la maravillosa ciudad de Roma, y recorrer el delicioso reino de Nápoles. Púsose en camino con un criado de su confianza, y práctico en tales países, y llegados á Bolonia, el caballero mandó al criado que se adelantara y parase en todas las tabernas de las ciudades, villas, lugares y ventas que hallase por el camino, y probara el vino escribiendo sobre la puerta de la taberna donde lo encontrase bueno, el mote latino Est. Cumplió el criado la orden, y donde el amo veía Est, se paraba un día, tanto por la curiosidad de visitar la población, como para gustar de tan deliciosa bebida. Fueron caminando por la Romanía; llegó el criado á un lugar de la Toscana, situado entre Florencia y Sena, que se llama Pogibonce; se paró en una hostería, llamada de las Llaves, donde encontró tres clases de vinos, moscatel, verdea y treviano, y con tan buen hallazgo el criado puso tres veces Est, Est, Est. Llegó su amo, dispusiéronle la comida y mandó que le sacaran de los tres vinos; los cató, y cada uno le gustó á cuál más, deteniéndose allí tres días sin saciarse de beber, y con tanto exceso, que le sobrevino una sofocación repentina que en pocas horas le llevó al sepulcro. Noticioso el criado del suceso, volvióse atrás afligido con tan funesta noticia, para participarla á los parientes de su amo y á todos sus amigos, á quienes, al preguntarle de qué había muerto su amo, respondía: EST, EST, EST. Propter nimium est, vominus meus mortus est.
Con que, aplicando el cuento, vuelvo á repetir que el vino es muy nocivo y engendra infinitos desórdenes y enfermedades; lo que no sucede en las montañas, en donde nadie ni siquiera lo cata, pues más apetecemos las aguas cristalinas que susurrando se despenan de las fuentes, las cuales cuando las bebemos llegan tan delgadas y apetitosas, que nos libran de toda suerte de indigestiones.
— Cierto que ha sido muy graciosa y adecuada la historia; pero por cuanto me hago cargo de que estarás muy cansada del viaje, vete á descansar, y después volverás con Cacaseno.
Llamó el rey al mayordomo y le mandó que acompañase á Marcolfa al cuarto que se le había destinado, en donde encontró á Cacaseno tendido en el suelo gritando:
— ¡Ay, ay, ay!
— No le puedo hacer callar, dijo un criado que allí estaba.
— ¿Qué ha sucedido? preguntó Marcolfa.
— Has de saber, respondió el sirviente, que después de merendar me dijo que quería dormir; y juzgando que no fuese tan simple, le dije que se subiese sobre esa cama, y él se agarró con manos y pies de una de sus columnas de tal modo, que cuando llegó al remate se rompió la columna y dio en tierra con su cuerpo como le ves.
— No te maravilles de esto, porque como en la montaña no se usan camas de esta moda, se ha imaginado que el cielo de ella era en donde se había de acostar. Y llegándose á él exclamó: ¡Ay desdichada de mí! ¡Qué veo! No habla. ¿Cacaseno? ¿Cacaseno?
— Déjame, no me despiertes, que estoy durmiendo, respondió al fin.
Marcolfa le levantó del suelo rendido de sueño, le tendió en la cama, cerró los postigos y le dejó durmiendo. En este intermedio
el criarlo fue á dar cuenta á los reyes del suceso, que se quedaron admirados de semejante simpleza, maravillándose al mismo tiempo de la memoria tan feliz que conservaba Marcolfa de todos los dichos de Bertoldo. Volviendo de nuevo á hacer conmemoración de cuando Cacaseno se agachó esperando que le diesen la mano para besársela, y excitándoles la risa tan rara sencillez como querer subirse al cielo de la cama, hiciéronle contar nuevamente la historia, celebrándola siempre en gran manera. El rey le mandó luego que tornase á ver lo que pasaba y le diese cuanto antes noticia de las novedades que sobreviniesen con el inocente Cacaseno. Mientras estaba durmiendo, Marcolfa, cansada del viaje y bien comida, se fue á descansar; pero á lo mejor del sueño la despertó el gran golpazo que dio Cacaseno de la cama abajo, el cual empezó á clamar:
— ¡Ay de mí! ¡Ay infeliz de mí! ¿Dónde estoy?
— ¿Qué ruido es ese? ¿Qué te ha sucedido? preguntó Marcolfa.
— ¿Qué ha de ser? Que me he caído de la cama y se me han saltado los ojos.
— ¡Habrá mujer más desventurada que yo! ¿Qué dirán Bertoldino y Dominga cuando sepan que estás ciego? ¿Adónde estás?
— Si estoy ciego, ¿cómo quieres que lo vea?
— Espera, abriré los postigos.
— Alegría, alegría, abuelita, que ya me han vuelto los ojos.
— Salvaje, ¿cómo puede ser que estuvieses ciego? Seria que los postigos estaban cerrados. Levántate de ahí. ¿Te has hecho daño?
— Bastante, porque siento un gran dolor en las espaldas; pero se puede dar por bien empleado por el hallazgo de mis ojos.
Estando Marcolfa y Cacaseno en estas razones, el criado, á quien había enviado el rey para averiguar lo que sucedía, se estuvo escondido detrás de una mampara, y cuando oyó lo referido, se apresuró, sin poder moderar la risa, á participárselo al rey, contándolo con tanta gracia y chiste, que los monarcas soltaron la carcajada.
Mandó después la reina al criado que pasara recado á Marcolfa diciéndola que la precisaba hablarla inmediatamente sobre un asunto de su incumbencia, pero que fuese ella sola dejando á Cacaseno en su cuarto. Recibió Marcolfa el recado y dijo á su nieto:
— Hijo, la reina me ordena que vaya á verla, pero sola; por lo tanto quédate aquí hasta que vuelva.
— Yo también quiero ir, porque temo que si me quedo solo vuelva á perder los ojos.
— No sucederá; quédate, que vendré lo más pronto que pueda.
Marcolfa cerró la puerta con gran prisa á fin de que Cacaseno no se escapase tras ella; pero empezó á gritar de tal modo que parecía un becerro, no callando hasta que encontró unos juguetes con que divertirse.
Llegada Marcolfa delante de la reina, la dijo:
— Serenísima señora, aquí me tienes á tus órdenes.
— Querida Marcolfa, recuerdo que cuando estuviste la otra vez en la corte con Bertoldino, me descifraste ciertas dudas enigmáticas, acaecidas en un juego en que me hallé con unas damas y caballeros; y como tengo mañana á la noche otra diversión semejante, quisiera que me enseñaras un juego de tu agrado.
— ¡Oh señora! las plantas silvestres nunca crían fruto doméstico. Yo, que vivo en una montaña, mal puedo inventar cosa que corresponda á la persona de una reina como tú: los que sé no serán como yo desearía.
— No importa, dime uno, que estaré contenta y satisfecha siendo tuyo.
— Debo obedecer y dar gusto á T. M., pues no ignoro que lo que en mí seria común y ordinario, saliendo de tus labios se apreciará y celebrará infinito, enseñándonos la experiencia que, aunque los caballeros digan algún desatino, se acoge como si lo pronunciara un oráculo, y lo interpretan por una sentencia muy docta (3); sin embargo, te suplico me concedas tiempo para pensar el enigma del juego que deseas.
— ¿Una persona tan capaz como tú necesita tiempo para pensarlo? Creo que te burlas de mí.
— ¿Yo? ¡Líbreme Dios! Soy muy agradecida, y como dije poco há en presencia del rey, siendo yo una pobre infeliz, tengo presente que con tus dádivas he llegado á gozar grandezas correspondientes á mi clase.
— ¿No sabes aquel proverbio que dice:
Este mundo es escalera, que uno acierta y otro yerra?
— Mi marido Bertoldo solía decir, hablando del mundo:
La carne en el garabato huele el perro y maúlla el gato.
Y para decirlo más claro, unos arriba y otros abajo; y á este propósito se me ocurre una moraleja de la zorra y el oso.
— Deseo que la refieras, y después volveremos á nuestro asunto.
— Pasando casualmente un día la picara y astuta de la zorra por un patio de cierto caballero, se subió sobre un aljibe casi enjuto, púsose á mirar al fondo, y descubrió gran cantidad de pececillos que se mantenían con la humedad que había quedado; llevada de su glotonería quiso descender abajo; vio que había una cadena con dos cubos, se abalanzó á uno de ellos, y con su peso bajó prontamente, y se hartó de pesca, como se suele decir, hasta la garganta. Cuando estuvo saciada acordóse de como había bajado, y se persuadió que seria lo mismo para subir; pero se equivocó de medio á medio, porque no pudo subir de ningún modo. Hallándose en esta aflicción empezó á quejarse amargamente exclamando:
— ¡Ay infeliz de mí, y qué he hecho! Creí hacer una cosa buena, y me ha salido muy mala. ¡Desgraciada de mí! ¿Qué haré? ¿Quién me librará de este cautiverio? Si los dueños vienen y por desgracia me hallan aquí, dirán que me he comido la pesca y me la harán echar á palos del cuerpo, como suelen decir; que el que se comió las velas vomite los pabilos, y si vienen á limpiar el aljibe pereceré sin duda.
Mientras la zorra hacia esos extremos pasó por allí un oso pariente suyo que la conoció en la voz; acercóse, se asomó y viéndola allá abajo la dijo:
— ¿Por qué te quejas? ¿Te has caído, ó no puedes subir? Cuéntame lo que te ha sucedido, que deseo ayudarte en tan gran necesidad.
Entonces estuvo pronta á la astucia la maliciosa zorra, y explicóse en estos términos:
— Querido pariente, ¿sabes por qué me quejo? Por el caldo que está demasiado gordo; quiero decir que he bajado aquí y comido tantos peces que estoy harta hasta los ojos.
— Y ¿por eso te quejas? replicó el oso.
— No me quejo de lo que he comido, añadió la zorra, sino que siento lo que dejo.
— ¿Hay mucho? preguntó el oso.
— Se pueden cargar diez acémilas, respondió prontamente la zorra.
Oyendo el oso esto, dijo:
— Pues también voy á bajar y sacaré la barriga de mal rato. ¿Cómo bajaste tú?
— Ásete de ese cubo, dijo la zorra, y verás con qué ligereza bajas; pero no sueltes las manos.
Tan presto é incauto fue para acoger el consejo de la zorra, que sin otra consideración asióse al cubo, al mismo tiempo que ella se metió en el que estaba abajo, subiendo con más velocidad arriba cuanto más pesado era el oso, al cual, cuando se vio en salvo, dijo:
— A Dios, amigo, hasta la vista, que creo no será nunca. Por lo que aplicando el cuento, digo que muchas veces cuando una persona se halla en la mayor pobreza asciende á las felicidades mayores, como sucedió á la zorra, que después de haber saciado su apetito salió victoriosa, al paso que otros experimentan lo que el pobre oso, que dejándose engañar, llevados de una vil golosina, acaban su vida en la mayor necesidad.
— Me has proporcionado un buen rato con la fábula, y sola tu agudeza pudiera traer las cosas tan prontas y adecuadas al caso. Pero volviendo á nuestro asunto, quiero que me enseñes un juego de prendas, en que el que perdiere la pague, y para volverla á cobrar tenga que descifrar algún enigma ó cumplir cualquiera otra penitencia discreta.
— Pues voy á enseñarte uno, que espero será muy aplaudido de todos los concurrentes, el cual vio Bertoldo hacer a unos caballeros, cuyo título es:
LA ORQUESTA.
EXPLICACIÓN DEL JUEGO.
Los jugadores han de ser doce, y cuando menos ocho; cada cual ha de tomar uno de los infrascritos instrumentos que imitará con la boca ó con las manos, reemplazándolo después con otro de los compañeros.
NOMBRES DE LOS INSTRUMENTOS.
Primero Espineta.
Segundo Archilaúd.
Tercero Guitarra.
Cuarto Violín.
Quinto Bajón.
Sexto Chirimía.
Séptimo Trompeta.
Octavo Tambor.
Noveno Corneta.
Décimo Flauta.
Decimoprimero. .... Viola.
Decimosegundo. . . . Trompa.
El que hiciere el juego dirá, por ejemplo, dirindin con tu espineta. El de la espineta responderá con su instrumento, y después tocará uno de los otros, el que le pareciere, diciendo:
— Dirindin con mi espineta y trapatá con tu tambor.
El que tuviese el tambor responderá al instante:
1.°
Dirindin
2."
Tronc, Troiic. . .
3.»
Trine, Trine. . .
4."
Sirisi, sirisi. . . .
5.''
Viriví, Virivi. . .
6.°
Taran, tarantan. .
1."
Tara, tara. . . .
8.»
Trápala
9."
TuricM
10.
Fis, fis, fis. . .
11.
Vion, vion, vi. . .
12.
Fu, fu, fu. . . .
la mía, ó tu espinela,
el mío, ó tu archilaúd.
la mía, ó tu guitarra,
el mío, ó tu violín.
el mío, ó tu bajón,
la mía, ó tu chirimía,
la mía, ó tu trompeta,
el mío, ó tu tambor,
la mía, ó tu corneta,
la mía, ó tu flauta,
la mía, ó tu viola,
la mía, ó tu trompa.
El que fallase pagará prenda del modo siguiente:
Cuando le llamasen, si no responde presto con su instrumento, pierde: esto es, si falla á lo prescrito diciendo tuyo en vez de mió, y no imita con la voz ó las manos, según corresponda, los instrumentos, pagará prenda.
Pero como, según dice el proverbio, todo cansa en este mundo, es tanto más agradable el juego cuanto más breve sea: por consiguiente, conforme se vayan depositando las prendas van saliendo los jugadores del juego, y cuando se han perdido seis, se adjudican á los vencedores, siendo preciso para recobrarlas que otro de los que no han salido llame á su instrumento, en cuyo caso vuelve al juego, y el que ha errado entrega la prenda y sale.
— Quedo enterada; y para que veas si es cierto lo explicaré. El que dirige el juego debe cantar con la boca, imitando el instrumento con las manos; y cuando los jugadores oigan designar su instrumento, responderán en seguida, debiendo el indicado proponer otro, el que le pareciere; y de esta manera se seguirá con las demás condiciones que me has dicho, las cuales conservare en la memoria. Pero si acaso llegase yo á ser uno de los vencedores, quisiera que me enseñases una dificultad para proponerla al dueño de la prenda.
— Está bien: ¿cómo haría T, M. para partir veinte en cinco partes, y que cada una de ellas quedase en número impar?
— También he estudiado algo la aritmética; espera que calcule, á ver si me sale. 1358, sobran 4; no sale: 3333, sobran 8, peor: 3573, sobran 2, tampoco. Cuatro por cinco veinte, pero son pares: no es posible partir en cinco partes, y que sean nones.
— Véase pues con qué facilidad: para partir veinte en cinco partes, que sean nones, ha de dividirse la palabra veinte en esta forma:
Ya ves cuan fácilmente está resuelta la dificultad, y creo que es bastante enigmática.
— Cierto que es muy discreta, y me ha gustado: quedo enterada, persuadiéndome que saldré airosa de mi empresa, y te daré las gracias. Ahora puedes irte á ver á Cacaseno, porque el pobrecillo te estará esperando impaciente.
ALEGORÍA SEXTA.
DEBEMOS HUIR DE LA GULA Y AVARICIA, PORQUE DEGRADAN A LA HUMANIDAD.
Con la mayor veneración y respeto despidióse Marcolfa de la reina.
Mas volviendo á Cacaseno, como quiera que su abuela le dijo al ir á ver á la reina que se entretuviese hasta que volviera, un criado, viendo que estaba solo, se escondió en un rincón del cuarto para observar lo que hacia, manteniéndose allí hasta que hizo una de las suyas, y sin poder contenerse fue corriendo á dar cuenta al rey, quien mandó que se le trajese. Volvió el criado y sacóle del cuarto con el pretexto de que le llevaba á beber, y le condujo delante del rey, quien mirándole la cara, que traía toda engrudada, preguntó á Atilio, que así se llamaba el criado:
— ¿Qué le ha sucedido al pobre Cacaseno, que trae la cara tan sucia?
— Señor, un mozo de la repostería puso á la lumbre un perol de cola para pegar los cristales de los ramilletes, y pareciéndole cosa de comer, agarró el perol y se le puso entre piernas, comiendo una porción de cola, con la cual se debe haber estregado la cara; de suerte que dificulto que Barrabas le pueda limpiar.
— Dime, Cacaseno, preguntó el rey; ¿has comido cola?
— Mi abuela me dijo cuando se fue que me entretuviese; y como no hallé otra cosa, me he divertido con aquel perol de puches; y este cara de judío me ha traído delante de tí, en lugar de llevarme á beber.
El rey, oyendo razones tan inocentes y mirando su cara, soltó la carcajada y mandó, al criado que le llevase á beber; pero como deseaba que la reina fuese sabedora de tal simplicidad, le hizo seña de que le condujera á su cuarto, lo que obedeció puntualmente.
— ¿Cómo vienes con esa cara engrudada? preguntó la reina al verle.
— Es que he merendado y se me habrá pegado alguna grasa; pero quisiera que me hicieses el favor de mandar darle á este veinte y cinco palos, porque el rey ha dispuesto que me lleve á beber, y no ha querido; así haz que traigan agua porque me siento hinchado como vejiga de puerco.
— A decir la verdad te le pareces en todo, y tu cara no es de otra cosa que de lo que acabas de nombrar.
Mandó que la refiriese el suceso que celebró infinito, y después ordenó que lo llevaran á beber.
Llegó Marcolfa á su cuarto, y no hallando á Cacaseno inquietóse de tal modo, que iba á buscarle sumamente enfadada, cuando llegó Atilio con Cacaseno, y después que supo lo ocurrido empezó á clamar:
— ¡Pobre de mí! Este bruto tiene la culpa de yerme avergonzada en esta corte.
Procuró lavarlo, pero fue en vano, pues tan dura y tenaz estaba la cola, que no había fuerzas humanas para despegársela de la cara y manos, siendo preciso calentar agua para podérsela quitar. Enfadada de sus bestialidades y desesperanzada de su enmienda, determinó pedir licencia á los reyes para retirarse á su montaña: los halló juntos, y con una reverencia humilde y profunda dijo:
— Serenísimos y piadosos señores, ya que tengo la fortuna de hallaros juntos, acaeciéndome lo que varias veces suele suceder al cazador que pone la red para un pájaro y coge dos á un mismo tiempo, con el mayor rendimiento vengo á suplicaros me concedáis licencia para volverme á casa.
— Conozco que es perjudicial á los intereses y gobierno de tu casa tu ausencia, y te concedo permiso para irte, aunque te aseguro que desearíamos que te quedases.
— En todo asunto, oración, argumento y goce de favores, gusta siempre la brevedad; por otra parte no parece bien que un súbdito se familiarice con su príncipe largo rato, porque tal vez cuando menos se piense no le hallará de gracia, y le sucederá lo que al ratón con el gato, que después de jugar con él largo tiempo, se cansa, y le despedaza la cabeza para concluir su alegría. Mi marido solía decir que la amistad de un príncipe es como el fuego, y así es menester precaverse y no acercarse demasiado, que queme, ni alejarse tanto, que no caliente, sino mantenerse á prudente distancia.
— Confieso que tal vez con muchos suele suceder lo que dices; mas contigo no habíamos de desconocer el mérito y las relevantes cualidades que te adornan; pero supuesto que estás decidida á irte, tienes mi permiso, con condición de que sea del agrado de la reina.
— Yo se lo concedo, aunque con la obligación de venir con Cacaseno á verme una vez al año; si bien seria mayor mi gusto si te quedaras á vivir en la corte.
— Piadosísima reina, debes tomar en consideración dos cosas: la primera es, que si yo dejara los aires puros de mi montaña y me faltasen aquellas aguas sutiles, aquellos alimentos tan saludables, y me quedase en la corte, con exquisito vino, viandas delicadas y demás regalos que aquí se acostumbran, en breve pienso que me morirla; la segunda, que habitando en la corte, á título de mujer que procedo en todo con claridad y enemiga capital de la lisonja, no pudiera sufrir á algunos que presumen de cortesanos y sólo son ambiciosos y aduladores, con índole de avestruz.
— ¿Conoces á esos tales? preguntó el monarca.
— Los conozco por unos versos que escribió mi marido cuando estuvo en la corte.
— Pues quiero que los digas.
— Yo también, que discurro serán como suyos, apoyó la reina.
— Los diré, deseando que se queden impresos para siempre en vuestra memoria como en la mía.
DEL VIRTUOSO CORTESANO Y DEL AMBICIOSO.
En vez de corte puso la voz muerte
Un poeta, y no es mucha la ignorancia;
Porque de corte á muerte, si se advierte.
Es muy poca ó ninguna la distancia.
O ya á la muerte, pues, ó ya á la corte.
Regulando á su modo traje y porte,
Concurre el virtuoso:
A este opuesto, le sigue un ambicioso;
De ceremonias viene prevenido,
Con su hebilla y zapato presumido:
Don Simón ser pretende al que llegare;
Pero un tonto será el que así lo usare,
Porque en su trato y en su vil porfía
No será don Simón, sí simonía.
Al virtuoso, si á medrar se aplica.
Que es muy difícil se le significa:
Su esperanza desde hoy pasa á mañana,
Y por mucho que estudie, siempre afana.
Al ambicioso en todo entremetido,
Con falsa adulación, labio fingido,
Si en la lisonja funda la alabanza,
Siempre la corte da buena esperanza.
Corre pronto al halago, al fingimiento,
Y es más aleve cuando más atento;
Pues con la risa falsa en sus razones
Corre bellaco á las sublevaciones.
Oye uno de estos á su dueño, acaso,
Que tiene hambre, y está la mesa al paso:
Si ya no tiene gana, lo mejora.
Pues le dice muy presto que no es hora.
Si otro día á tal punto está presente,
Y el valedor con gana no se siente,
Le responde con mucha cortesía:
No es tiempo de comer, no es medio día.
Si el patrón dice ¡hola! ya está listo,
Ligereza mayor jamás se ha visto;
Y aunque sea muy tarde ó muy temprano,
Se le presenta con sombrero en mano.
Si acaso escupe, como esté delante,
Va y con el pié lo limpia en un instante;
Pero basta: la hoja aquí doblemos
Y el discurso á otro punto traslademos.
Que un útil pensamiento en esto se halla,
Y es quitar de la oreja tal canalla.
Esos versos escribió Bertoldo, bien enterado de lo que es la corte; y dejar de hablarles claro no fuera en mi mano, con lo que era preciso ser mal vista.
—No hay duda que aunque malos merecen atención por su profunda moralidad, dijo el rey; pero volviendo á la cuestión, repito que tu conversación nunca nos puede fastidiar.
— Dime: ¿no me has ofrecido que volverás á vernos? preguntó la reina.
— Si Dios me lo permite no tendré dificultad en cumplir tan debida obligación.
El rey llamó al mayordomo y le mandó que trajese doscientos escudos para Marcolfa, disponiendo al mismo tiempo que por la mañana temprano previniese una litera para conducirla á la montaña. El mayordomo se apresuró á obedecer la orden, pero de tan mala gana, echando tantos entripados y juramentos como el marinero en tempestad, que salió de la estancia murmurando:
— ¡Oh qué sinceridad la de algunos señores en apoyar desatinos, proteger tontos y dar alas á bufones, como se ve con este señor, que manda dar doscientos escudos á estos monos, irrisión de la corte! Mejor premiarán á semejantes gentes que á un hombre erudito y aplicado, que se descalabre el entendimiento dedicándose á perfeccionar alguna obra, y después de tanto desvelo y trabajo la presenta con el fin de obtener la justa recompensa, y lo único que saca de su afán es que ni siquiera le den las gracias. Tales son las que alcanzan los eruditos y doctos después de tan malos ratos y penosos estudios.
Mientras fueron á tomar el dinero el rey envió la orden al literero para que al romper el alba estuviese pronto para conducir los dos grandes personajes á su tierra.
En este intermedio Marcolfa hizo á los reyes sus cumplidos de despedida en la siguiente forma:
— Ahora conozco que VV. MM., son nuestros amos y señores, y amigos verdaderos.
— Puesto que dices que nos reconoces por verdaderos amigos, dime: ¿qué entiendes por la palabra verdaderos? preguntó el monarca.
— Señor, es que también hay amigos falsos.
— Pues aclárame esa diferencia.
— Escúchalo en esta
OCTAVA.
Tanto me sirve el bien que no aprovecha
Cuanto el mal que no daña: ¡hola! cuidado,
De amigos de promesa hay gran cosecha,
Que el bolsillo te ofrecen con agrado;
Mas si á la prueba vienes, la desecha,
Que es cháchara y parola te ha mostrado;
Sólo es amigo el que en grandeza alguna
Favorece al de mísera fortuna.''
— Pues ¿cómo se ha de gobernar el hombre para granjear amigos verdaderos?
— Las amistades verdaderas son las que están fundadas en acciones y costumbres virtuosas; porque las cimentadas en el vicio duran muy poco, pues los amigos se convierten en pérfidos enemigos. De las amistades que uno llega á conocer que son perjudiciales, debe huir para no caer en el peligro, al que sigue el precipicio; y es práctica conocida que si un hombre dócil trata de continuo con otro de malas costumbres, adquiere la fama del compañero. Vulgarmente se suele decir: dime con quién andas, te diré quién eres; y también: quien con lobos anda á aullar se enseña; y por lo general semejantes amistades suelen ocasionar después de tan grande amor, doblado, tenaz é intenso odio, de suerte que aunque pase mucho tiempo y vuelvan las amistades, nunca llega á ser lo que antes; pues el vicio del odio es de tan mala inclinación, que el vengativo en lo exterior parece que perdona, siendo al contrario, porque nunca olvida, y en lo interior reserva el veneno. Por consiguiente, lo mejor es que ninguno se mezcle en lo que no le toca, pues nunca saldrá bien, y se arriesga á muchas contingencias; y como yo no tengo ojeriza ni odio á nadie, quiero decir á vuestras majestades una moraleja que viene adecuada á nuestro asunto.
— La escucharemos con atención, mientras viene el mayordomo con los doscientos escudos.
— Cuando las gallinas hilaban lana y tejían paño para hacer calzones á los gallos, refiere Esopo y otros autores que hablaban los animales, y por consiguiente tenían entre ellos sus amistades, quimeras y pleitos, y trataban y contrataban en todo lo que les era preciso para vivir. En la misma época hallábanse las zorras odiadas generalmente, por haber engañado á todo el mundo con sus astucias y maliciosos latrocinios. Sin amigos, y perseguidas en extremo, encontróse por casualidad cierto día una con un perro mastín, el cual así que la vio se abalanzó á ella para matarla; con el sobresalto y temor de su próximo fin, procuró ponerse en salvo, como en efecto lo consiguió; y fue su suerte que hallando un agujero, se escondió, de modo que no le era posible al perro entrar y conseguir su intento. No obstante, viéndose asediada y siempre con el mismo peligro si salía, ideó una nueva astucia, que fue hablar al perro con palabritas melosas, diciendo:
—Hermoso, querido, amado perro mió, ¿por qué me quieres matar? Sabrás que yo venia deseosa de hallarte y conferenciar contigo sobre un asunto que ha de redundar en beneficio tuyo; depón tu enojo, y escúchame.
Oyéndose alabar y tratar con tanta blandura y halagado por el interés del negocio favorable, respondió el perro, que la escuchaba complacido.
— Ya sé, perro mío, añadió la zorra, que tienes noticias de mis picardías, pero te prometo por quien soy la enmienda; que estoy tan arrepentida , que en adelante viviré sin hacer mal á nadie; por lo que te vengo á buscar , persuadida que entre todas las bestias del mundo, tú solo mereces ser símbolo de fidelidad, y espero que la uses conmigo , pues no te puedo expresar la gran lástima que me causa el estado infeliz á que estás destinado, teniendo que vigilar día y noche la casa de tu amo para cumplir con tu obligación y vivir con la miseria de lo que te quieren dar, que no sirve para nadie, y la recompensa es trabajar sin descanso de día y de noche. ¡Pobrecito mío! Te aseguro que se me parte el corazón de dolor por la lástima que te tengo; y así te vuelvo á decir que estoy arrepentida de todas mis iniquidades, y sólo me falta para ser buena en adelante un fiel compañero; por lo que deseo tener amistad contigo, y llevándome en tu compañía te aliviaré en algún modo de tanta sujeción, y haré centinela como tú en casa de tu amo: tú harás la guardia de día, y yo de noche, y con esto empezaré á hacer méritos, ínterin que tú te empeñas con el amo, insinuándole que me reciba para mayor seguridad de su casa.
Entonces el perro, cuadrándole tan buenas proposiciones, sin considerar que el trato y amistad de una bestia tan infame se le había de convertir en daño y perjuicio hasta su muerte, la dijo:
—Sal de ese agujero, que yo te daré la pezuña de bestia honrada y palabra de no ofenderte y hablar á mi amo para que te reciba para guarda de su casa y ganado.
Salió fuera la zorra liada en su palabra, y juntos los dos nuevos amigos marcharon á casa del perro. Así que el dueño vio la zorra, tomó una estaca y fue corriendo á matarla; mas en vez de huir tendióse con gran mansedumbre panza arriba.
Viendo el perro acción semejante, se compadeció y puso en medio para que el amo no la quitase la vida, insinuándole que la recibiese para mayor gobierno y seguridad de la casa: el amo condescendió y prometió al perro mantenerlos á los dos, consignándoles cuatro panes diarios para cada uno, una artesa de agua, huesos y demás regalías y emolumentos que se proporcionasen. Quedó hecho el pacto por dos ó tres días, y satisfecho el amo del perro y de la zorra, malicioso animal acostumbrado á comer gallinas, pollos y capones hurtados por sus uñas; y no pudiendo habituarse á comer el pan bazo mezclado de centeno y salvado que se amasa para los perros, pensó una maña; y hallándose un día en conversación con el perro, le empezó á decir:
— Perro mió, fiel compañero, querido, amigo de mi vida, ya que estamos solos quiero decirte cuatro palabritas, que te aseguro redundarán en favor nuestro; pero con la condición de que me has de dar palabra de no oponerte á mis designios tan favorables á nuestro mayor bien.
— Te doy palabra, respondió el perro, de escucharte, como verdadero amigo y vivir unánime contigo, sin que revele á nadie el secreto: con que bajo este supuesto bien puedes libremente descubrir tu pecho sin el menor recelo.
— Perro mío, replicó la zorra, ya puedes considerar nuestro mísero estado (no lo digo por el amo, que no dudo cumplirá lo prometido), sino mira de la suerte que nos hemos puesto comiendo perruna; estamos flacos como dos linternas y negros como sartenes; y no es porque tú seas feo, antes bien eres galán y hermoso; pero la falta de carnes te pone horrible. ¡Oh pobrecito! ¡Si te vieras observarías que se te pueden contar las costillas! Así, pues, quisiera que te aprovecharas á tiempo de mi consejo: yo sé muy bien que eres práctico en esta villa, porque cuando sales con el amo tienes conocidas todas las casas de los vecinos, de modo que no ignoras sus entradas y salidas, y las pocas que no conozcas las puedes recorrer de día y enterarte; y de noche, mientras el amo duerme, podemos ir hoy á una casa y mañana á otra á buscar un par de gallinas, que enseñándome tú el gallinero, te quedarás para guardarme las espaldas y yo con gran destreza daré el golpe, y de este modo cada noche mudaremos de sitio, viviendo alegremente muchos días sin que ninguno lo conozca, porque tú no eres sospechoso.
Consintió el perro dejándose seducir de las malditas astucias de la zorra; y poniendo el plan en ejecución, se regalaron á costa de los vecinos del lugar, pues ningún gallinero quedó salvo. Pasados algunos días, estando en conversación varias mujeres, dijo una:
—¿No sabéis que esta noche me han hurtado un par de gallinas?
—A mí me ha sucedido lo mismo anteayer, respondió otra.
Y así sucesivamente fueron todas refiriendo lo mismo, por lo que determinaron poner una trampa en uno de los gallineros, y estar á la vista por ver si podían descubrir al ladrón.
Mientras esto se trataba entre ellas, el perro, que andaba rondando y espiando la caza, oyó los preparativos que disponían y fuese corriendo á dar aviso á la zorra, á la cual dijo:
— Amiga, ya que por fortuna hemos engordado, no volvamos á hurtar.
Sin duda el perro miraba primero por la vida que por la golosina; pero la viciosa zorra, que no podía acostumbrarse á la perruna, halló otra nueva astucia: iba por la noche al gallinero de su amo y se comía una gallina, perseverando en esta infamia hasta unos seis días, y haciéndose sus cuentas de lo que podía resultar, dijo:
— Ya no es tiempo de estarnos con las manos quedas, porque si el amo pasa revista á sus gallinas, me culpará, y mi vida correrá grave riesgo.
Después que echó sus cuentas se fue á casa del amo y le dijo:
— Señor, es cierto que estoy muy satisfecha de los grandes favores y del buen trato que me has hecho, y como agradecida vengo á descubrirte una infamia que se comete todas las noches en tu gallinero.
— ¿Qué infamia es la que se comete? preguntó el amo.
— El picaron de tu perro, respondió la zorra, en quien tanta confianza tienes, es el ladrón que cada noche hurta una gallina, ignorando lo que hace con ella.
— ¿Es verdad lo que me dices? replicó el amo.
— Si quieres desengañarte vete al gallinero, cuenta las gallinas y conocerás la falta; y para convencerte, esta noche te enseñaré al perro con el hurto entre las manos.
Airado el amo contra el perro convino en cerciorarse por sus propios ojos; por lo que despidióse la zorra, y yendo á encontrar al perro, le dijo en secreto:
— Amigo, es tanto el amor que te profeso, que no puedo estar un instante sin verte. Y añadió: Sabes que comprendo que esto de andar por los gallineros no es muy bueno, pues puede suceder que un día ú otro caigamos en la trampa y lo pague nuestro pellejo; no obstante, me hallo con ganas de que nos comamos un par de gallinas.
— ¿De las del amo? preguntó el perro.
— Sí, de las mismas; yo las mataré, y tú las sacarás fuera de casa y las esconderás en un barranco, donde nos las comeremos después.
El perro mostró alguna repugnancia á tan depravada proposición; pero la zorra lo enredó de tal modo que consintió. Y en efecto, por la noche hizo que el amo viese al perro con las gallinas en la boca, é indignado de tal infamia, al día siguiente le mató mientras dormía. Cuando la zorra vio tal castigo, tomó en cuenta aquel refrán que dice: cuando la barba de tu vecino vieres pelar pon la tuya á remojar, y calculó que no la tenía mucha cuenta estar en semejante tierra, temblando de que la sucediese lo mismo que al perro. Fundados eran estos juicios, pero hallaba difícil escaparse; no obstante, el amo vino en su ayuda dicíéndole al cabo de algunos días:
— Ahora ya he quitado el perro de tu compañía, que era el ladrón de las gallinas; discurro tendrás conocida la gran confianza que me has merecido, por lo que deseo que sirvas de perro.
La zorra con gran solapa replicó:
— Con mucho gusto obedeceré tus mandatos, pero deseo que desuellen el perro y cures el pellejo, y por la noche me lo pongas al rededor del cuerpo, para que se figuren los ladrones que soy el perro y tengan miedo de mí, aunque no hago ánimo de ladrar, que será lo más acertado, pues dice el proverbio: perro ladrador nunca ha sido buen mordedor; y de este modo disimularé la invención, y quedarán engañados creyendo que soy tu perro.
Parecióle al amo el partido más seguro y aderezó el pellejo como se lo había propuesto la zorra, que se lo vistió fingiéndose perro; pero la infame, maldita y maliciosa bestia, cuando la casa estaba en silencio, se fue al gallinero y comiese dos gallinas, y disfrazada con el pellejo del perro se escapó del lugar. Se levantó por la mañana el amo, y no hallando á la zorra y viendo la falta de las gallinas, comprendió la estratagema, por lo que dijo en alta voz:
— Me está muy bien empleado y merezco lo que me ha sucedido.
Tal acontece á todos los que lidian con gente viciosa, con quienes siempre se pierde: estoy persuadido de que el pobre perro ha muerto inocente, y su desgracia ha dimanado de sus relaciones con la maliciosa zorra.
Y aquí termina la fábula que he prometido contar á VV. MM.
— No hay duda que la fábula no sólo es ingeniosa, sino de grandísimo ejemplo para los que frecuentan malas compañías y tratan con gente soez y viciosa, la cual hace verídica aquella sentencia que dice que las malas compañías pierden al hombre. Y volviendo á lo pasado, digo que el mayordomo te entregará doscientos escudos que deseo regalarte; encargándote que vengas á vernos como lo has prometido. Mañana temprano partirás en la litera que ya tienes prevenida á tu casa, en donde imagino te estarán esperando con grande ansia Bertoldino y su mujer.
Dejó de hablar el rey y la reina dijo:
— La fábula es muy graciosa, y puede servir de mucho, particularmente á los niños; mas deseo saber una cosa: ¿de qué procede que los príncipes tienen tantos amigos?
— A los grandes todos se les muestran amigos, unos por interés, otros por adulación, otros por miedo, y los más sencillos por obligación y respeto; sin embargo, os suplico notéis estas sentencias pastoriles:
Quien delante te alaba majestuoso,
En ausencia te vende acelerado.
Con el ánimo infiel y escandaloso
Te afecta su cariño desalmado.
Si de sus gustos triunfas dadivoso.
Te corona por hombre celebrado;
Y si de estos te libras con bonanza.
No fundes más en ellos tu esperanza.
Llegó el mayordomo y entregó á Marcolfa los doscientos escudos, y quitándose la reina del dedo una sortija de esmeraldas diósela para que en su nombre la regalase a Dominga ó Menguina, que así se llamaba en la aldea. Después que recibió lo expresado, la astuta Marcolfa dijo á los reyes:
— Serenísimos y piadosísimos señores: habéis de saber que entre las muchas y lindas cosas que contaba mi marido, me parece adecuadísimo en este momento la siguiente. Decía de Alejandro Magno que un día regaló gran cantidad de oro á un filósofo y este rehusó admitirlo. Fue una acción sumamente alabada de todos; pero no así la de Alejandro, cuyas prodigalidades desaprobaban muchos, porque los bienes y riquezas que Dios concede a los reyes no deben derrocharse, pues sólo han de servir para las urgencias precisas; atender á los gastos del estado, y con lo sobrante practicar actos de caridad, será lo más grato á los ojos de Dios. El filósofo, pues, esquivándose para no admitir la dádiva, ofendió á Alejandro, prefiriendo quedarse en su miseria á recibirla. No obstante doy á VV. MM., las más debidas gracias por los favores tan grandes que os habéis servido hacerme; y ahora sólo espero me deis vuestras últimas órdenes, deseándoos larga vida, colmada de las mayores felicidades, y que siempre goce vuestro reino la paz y tranquilidad más envidiables.
Los reyes quedaron maravillados de la elocuencia de Marcolfa, porque en sus conceptos no parecía mujer nacida entre montes, antes al contrario tan sagaz, que podía vender discreción, en lo cual demostraba haber sido consorte de Bertoldo, hombre tan celebrado en el mundo.
Por la mañana temprano trasladáronse en litera hasta su casa, y á la vuelta el literero dio noticia á SS. MM. del alborozo que mostraron Bertoldino y Dominga al verlos, añadiendo que les hicieron grandes regocijos, juntándose los labradores de aquellas montañas en su cortijo; pero mayor alegría dice que tuvo Bertoldino cuando oyó el sonido de los escudos, como también Dominga con el regalo de la esmeralda (que es tan bueno recibir, que hasta á los tontos agrada), y con doble alegría no se saciaba de hacer infinitos cariños á su hermoso Cacaseno.
Marcolfa y Cacaseno llegan á su cortijo.
Como Marcolfa sabía leer y escribir, al tiempo que el literero emprendía la vuelta le entregó una caria para el rey. Llegó á palacio, presentó el pliego á S. M., quien pasó inmediatamente á la habitación de la reina, participándola que había recibido carta de
Marcolfa. Abriéronla con grande ansia y mayor gusto, y leyeron su contenido que decía:
CARTA DE MARCOLFA Á LOS REYES DESDE LA MONTAÑA.
Señores: cumpliendo con lo prevenido por VV. MM., os participo mi arribo á esta humilde choza, valiéndome de la ocasión del retorno del literero á esa corte. Hemos sido recibidos con grandísimo aplauso de Bertoldino y Dominga, habiéndoseles acrecentado mucho el alborozo con los regalos con que nos honrasteis, de lo que os damos todos juntos rendidas gracias. No escribo cosa particular de Cacaseno, porque el literero sale hoy por la mañana muy temprano y todavía está en la cama, y así esta servirá de reconocimiento, mientras yo y toda mi familia deseamos á VV. MM. las mayores dichas .
FIN DEL TRATADO TERCERO.
APÉNDICE.
HISTORIA DE CACASENO,
CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA DE CACASENO.
ALEGORÍA PRIMERA
LAS COSTUMBRES SENCILLAS DE LA ALDEA POSEEN EL ENCANTO DE LA
VERDAD.
Luengos años hacia que Marcolfa y su nieto Cacaseno obtuvieron permiso del rey Albuino y la reina Ipsicratea para volver á sus queridas montañas; y en los desiertos lugares, donde antes sólo se levantaba la casa de nuestros insignes personajes, se distinguían cinco ó seis rústicos albergues que la rodeaban, cual manada de polluelos junto á la altiva cuanto celosa madre bajo cuyas alas se abrigan. Gracias á la munificencia de los soberanos los descendientes de Bertoldo progresaban de día en día en tierras y ganados, y á la sazón podían ya casi adjudicarse títulos señoriales aldeanescos, que aldea más bien que cortijo parecía el grupo de cabañas que en torno de su morada habían ido aglomerando los pastores y labriegos que bajo la dependencia de su hacienda vivían.
Consecuente con la palabra que á la reina empeñara, Marcolfa no dejaba de hacer su visita á la corte cada año, con lo cual menudeaban los regalos y crecían cada vez más su valimiento con los suyos y la estimación de los monarcas, sin que su prudencia y buen discurso cesaran de recordarle el origen y estado á que pertenecía, como suele suceder con muchos que, salidos del polvo de la nada, se dejan llevar de la soberbia al verse encumbrados por la fortuna, sin considerar que la locura de esta es como el capricho de los tiempos, que lo que hoy edifica mañana lo destruye.
Tranquilos y apacibles, pues, corrían los días de aquella familia, cuya bienandanza pudiera compararse con la de los sencillos moradores de la antigua Arcadia, tan decantada de los poetas, consistiendo los principales goces para endulzar sus cotidianas faenas en los inocentes pasatiempos de sus veladas, en que, reunidos todos, ora la sentenciosa Marcolfa narraba cuentos y contaba fábulas que deleitaban á la par que instruían, sirviendo su moraleja como de fructífera semilla para los rústicos oyentes que la escuchaban con la boca abierta cual si fuera un oráculo, ora al compás del caramillo y la zambomba entonaba Dominga sus cantinelas, ó se ensayaban graciosas danzas á la claridad de la luna, ó al amor de la lumbre se descifraban acertijos, proponían juegos, inventaban habilidades, reía, hablaba, bebía, y refocilaba, en fin, con tal orden y mesura, que no tuvo que lamentarse jamás lo más mínimo que turbase la fraternal armonía que entre ellos reinaba.
No se eximia Cacaseno de lomar parte en todas esas diversiones, causando con sus estupideces la risa de los unos y el disgusto de los otros, pues Marcolfa, Dominga y Bertoldino, de quien ya se dijo el cambio que con los años se había efectuado en su juicio, no podían ver ninguna de las simplezas de su hijo ó nieto sin tomar una rabieta ó sentir honda mortificación.
Próxima la época en que Marcolfa solía visitar la corte manifestó á Dominga los vivos deseos que en varias ocasiones mostraran los monarcas de conocerla, por lo mucho que no cesaba de ponderarles Herminio su gracia para cantar, diciéndola que se había visto precisado á prometerles llevar consigo á ella y Cacaseno, la última vez que estuvo en palacio.
Varias y no infundadas objeciones puso la nuera, que combatió la suegra con la cordura y atinado juicio que tanto la adornaban.
— Ninguno de los vicios es tan despreciable como la ingratitud, replicó al indicarla cierta oposición á la voluntad de los soberanos, y ya sabéis las mercedes que á nuestros reyes y señores debemos. No hagas como el escorpión que cuando se ve criado mata a los que le dieron el ser, que es á quien se asemejan los que al considerarse poderosos desconocen la mano que los ha enriquecido.
— No te inquietes, añadió Bertoldino, porque en la corte de nuestro rey y señor no acontece como en la de muchos príncipes donde no reina mas que la adulación y la intriga, siendo objeto de mofa y desprecio la sencillez de nuestras costumbres y la inocencia de nuestras obras.
— Hartos por las suyas discurro, dijo Dominga, que es muy cierto lo que decís; sin embargo, no se me oculta que nunca puede convenir la rusticidad de nuestra naturaleza con la cultura de las gentes criadas en las ciudades y palacios, teniendo por precisión que parecerles contrarios á sus gustos nuestros méritos y habilidades. Lo digo porque si los deseos de los soberanos son lo que me habéis significado, grande ha de ser su desengaño cuando oigan en mis cantares lo que tan lejos está de su grandeza.
— Nada es tan cansado como el caminar por un desierto arenoso, replicó Marcolfa, donde la vista no encuentra ninguna especie de plantas ni diferencias de cosas en que recrearse, ni nada empalaga tanto como el comer siempre lo mismo: por exquisitos que sean los placeres cortesanos, todos se parecen entre sí, confundiéndose como las gotas de agua en un estanque; por cuya razón apetecen de cuando en cuando lo que está fuera de su estado y condición, una planta silvestre que amenice el arenal por donde viajan, ó algunos tordos que reemplacen la perdiz que diariamente adorna su mesa.
— Pues á mí me gustan mucho más las perdices que los tordos, abuelita, dijo Cacaseno que estaba en un rincón del zaguán con una cacerola de patatas entre piernas y un pedazo de torta en la mano.
— Siempre has de salir con tus majaderías, exclamó con enojo Marcolfa.
— No que no, replicó Cacaseno sin dejar de mascar á dos carrillos. ¡Como si los tordos valieran tanto como una perdiz, y una perdiz tanto como un venado!
— ¡Como tú! (lijo con enfado Dominga.
Los sonidos de una esquila que en aquel momento dejáronse oír á lo lejos dieron otro giro á la conversación.
— ¡Mira, madre, mira cómo viene triscando la chota delante de todas! exclamó Cacaseno desde el dintel á donde se puso de un brinco tan pronto como descubrió el ganado. ¿No la ves? ¿No la ves?
— ¿Dónde? preguntó Dominga que con Marcolfa y Bertoldino se reunieron en la puerta.
— ¡Toma! Pues ¿no reparas donde te señalo con el dedo?
Y extendiendo el brazo dio con tal fuerza en el rostro de su abuela que en aquel mismo tiempo se volvía para mirar donde su nieto indicaba, que la causó un gran dolor, hasta el punto de que las lágrimas impidieran, por algunos instantes á ella y á los otros, satisfacer el deseo que las ocasionara.
— ¡Ay que por poco me salta un ojo este bruto! exclamó Marcolfa.
— Pues ¿no se me saltaron á mí los dos, y me los pusiste? ¿De que te asustas saltándote solo uno?
— ¡Calla, animal, sí no quieres que te crea más bestia de lo que eres! replicó Marcolfa encolerizada,
— Yo soy hijo de mí padre, y mí padre es hijo tuyo, y tu eres mi abuela, y. . .
— Nadie lo creería por lo grandísimo bestia que has salido, le interrumpió Marcolfa, á no tener en cuenta que quien hizo el sol y las estrellas y demás maravillas del mundo universo, pudo también hacer que del roble nacieran peras muy sabrosas, y del peral bellotas ásperas, como sucede contigo, que de un árbol tan hermoso y de fruto tan delicado que adornaba la mesa de los soberanos, ha nacido un silvestre madroño.
— Y dime: ¿por qué quieres que vaya á la corte sí dices que soy madroño silvestre?
— Porque los cortesanos tienen capricho de divertirse con los bufones como tú.
Antes que concluyera Marcolfa de pronunciar estas palabras echó á correr Cacaseno, arrojando la cacerola que en medio de todo no abandonó un sólo instante, hasta aquel en qué parecía como si de la mano del alfarero saliera, por lo relamida y limpia que quedaba.
Denuestos y diatribas sin cuento brotaron de la boca de Bertoldino, quien á no impedirlo su madre y Dominga escapara tras él con ánimo de zurrarle de lo lindo, y sin embargo Cacaseno no aflojaba en su carrera, no escuchando más razones que los balidos de la chota, que como dijo se adelantaba triscando por los vericuetos.
Guiado por un zagal, mancebo como de diez y nueve años, avanzaba el rebaño por la falda de una colina cortada en su base por varios peñascos, que formaban grave á la par que hermoso contraste con la faja de maleza en la cual como en lecho de verdura se re- costaban.
— Pues ¿es Lelio? dijo Dominga apenas los ecos de una voz dulce y simpática cual de virgen resonaron.
— Así parece, afirmó Bertoldino,
— Escuchad, escuchad, exclamó Dominga con interés á tiempo que el joven pastor empezaba á repetir las siguientes coplas:
Cuando al aire mis cantares
Doy del bosque en la espesura,
Roba el aire mi ventura
Y me deja los pesares.
Quiso mi negra fortuna
Tratarme con tal mudanza.
Que fue á poner mi esperanza
En los cuernos de la luna.
En las más duras encinas
Tu nombre yo grabaré,
Pero debajo pondré
Que no hay rosa sin espinas.
Apenas se perdieron en el espacio las últimas notas de esta música sencilla, cantada con más gracia que arte, y por lo mismo más grata al oído y al corazón, pues suele suceder que lanío más nos place y deleita una cosa cuanto menos se engalana con lo que no corresponde á su naturaleza, la sensata Marcolfa empezó á deshacerse en alabanzas en pro del cantor.
— Oí en varias ocasione? decir á mi esposo y padre vuestro, honra de la corte y prez de estas montañas que fueron su cuna, que los que como Lelio tenían el don de componer versos debían merecer la consideración de los humanos; pues eran los elegidos de
Dios en este valle de lágrimas para endulzar con sus cantigas las desdichas de los hombres, y qué sé yo cuántas cosas más, que casi casi les ponía en los cielos.
— Pero mira que es particular gracia la del mancebo, dijo Dominga, eso de sacarse de la cabeza en el instante mismo que quiere cuantos versos se le antojan, que sienten bien á lo que desea aplicarlos.
— Notorio es que el poeta nace y no se hace, replicó Marcolfa, y no debes extrañar que ese mancebo haya recibido de Dios tal habilidad cuando tú misma la posees de cantar como nadie.
— Tiene razón madre, añadió Bertoldino, pues no hay nadie que deje de alabar tu voz y gracia.
Desaforados clamores que se oyeron en la maleza inmediata atajaron la conversación de los montañeses, que acudiendo encontraron á Cacaseno con el vestido destrozado por los dientes del perro de Lelío, y el rostro hecho una sangría por los arañazos de las plantas espinosas que allí abundaban.
El joven pastor que en balde se esforzaba para acallarle contóles como habiéndose empeñado en que el perro no corriese á las ovejas que se separaban del hato, pues decía ser esta la causa de que no pudiese coger á su chota, emprendióla á pedradas con el mastín, el cual revolvióse contra él, tirándolo al suelo y ensañándose de tal suerte , que á no acudir en su ayuda indudablemente le despedazara.
Lleváronle á casa sin que dejase de continuar bramando como un becerro, y para sosegarle fue menester apelar al único medio agasajándole con una buena cacerola de puches, que como sabemos era su mayor regalo.
ALEGORÍA SEGUNDA.
LA BELLEZA DE LAS COSAS ESTRIBA EN SU PROPIA NATURALEZA.
Incomparable panorama ofrecían aquellas montanas cuando pasaba lo que acabamos de narrar: hora solemne impregnada de religiosa armonía; hora en que el alma se siente bañada en un fluido misterioso que la anega en vagas y dulcísimas fluctuaciones para sublimarla; hora, en fin, en que la natura entera parece hallarse poseída de un sentimiento profundo y melancólico que la embellece con los encantos de una majestad divina. El sol tenia de púrpura y escarlata los términos del Occidente, bañando con su último rayo las erguidas frentes de los montes, que aparecían como coronadas de nubes; las canoras aves entonaban himnos de agradable melodía; las plantas exhalaban sus perfumes, las flores sus aromas, la tierra sus vapores que se perdían en lo infinito como las espirales del incienso en las sagradas bóvedas del templo, y los blandos céfiros vibraban en el espacio ecos misteriosos, delicadas notas que modulaban una plegaría al supremo Hacedor de tanta maravilla.
Graciosas zagalas y gallardos mancebos, pastores y mozos de labranza, estos con sus aperos, aquellos con sus rebaños, acudían por distintos lados á gozar del descanso reparador con que la próxima noche les brindan.
Las chimeneas de las cabañas semejaban otros tantos pebeteros elevando sus columnas de humo hacia el firmamento, como si correspondieran á la ofrenda que toda la creación se apresuraba á rendir al Dios de las alturas.
Marcolfa y su familia contemplaban aquel grandioso espectáculo con el recogimiento y el éxtasis de las almas cristianas, esperando que unos y otros, pastores y labriegos, pusieran término á sus respectivas y últimas obligaciones, para que, reunidos todos como de costumbre, dieran gracias al Omnipotente por haberles permitido gozar un día más de los beneficios de una vida tranquila y llena de las dulzuras de sus conciencias sin mancha.
Divididos hombres y mujeres y colocados en orden detrás de Marcolfa y los más ancianos, de hinojos todos y con las cabezas descubiertas ante la imagen de la inmaculada Virgen, colocada en un nicho del lienzo interior de la casa, entonaron la oración de a tarde, cuyos ecos, llevados en alas de los céfiros, resonaron en las regiones del éter para confundirse con las salmodias de los ángeles y serafines bajo la inmensa bóveda de los cielos.
Concluido aquel religioso acto cada cual dirigióse á su cabaña, donde les aguardaba la frugal cena, compuesta generalmente de legumbres y frutas secas, que el apetito hacia más sabrosa que los manjares delicados que cubren la mesa de los poderosos.
Empezaba á cerrar la noche cuando iban acudiendo para pasar en tertulia el mejor rato de solaz que disfrutaban, que, como se ha dicho, era el de las veladas.
La satisfacción y el contento se pintaban en todos los semblantes, menos en el de Cacaseno, que agazapado en un rincón miraba con torvo ceño á cuantos entraban, poniéndose de un brinco en medio del zaguán al ver á Lelio seguido de su perro, que nunca le abandonaba, gritando desaforadamente al paso que esgrimía con ademán furioso un recio garrote:
— ¡Me la has de pagar, perro judío! Te he de romper las palas como tú me has rolo los calzones.
Con semejante sorpresa nadie pudo contener la risa por los gestos extraños y la figura ridícula que ponía, excepto Bertoldino que montando en cólera se abalanzó á él para quitarle el palo y darle una buena corrección; pero Lelio se había apresurado á desarmarle, y Marcolfa á interponerse exclamando:
— ¿Qué intentas, majadero? ¿Te has vuelto loco de atar para no discurrir que, como dice el adagio, el olmo no puede dar peras?
— Pero á borrico tonto arriero loco, replicó Bertoldino.
— ¡Insensatos de los que imaginan que por su sola voluntad y á la fuerza han de sacar las cosas de su propia naturaleza y estado! Podrá el arriero darle tales palizas al asno que al fin logre matarlo; pero nunca, por mucho que se desahogue sobre sus costillas, conseguirá que deje de ser lo que una voluntad más poderosa que todas las humanas ha decretado que sea. Depón, pues, tu cólera, y deja á Dios que llene de entendimiento la cabeza hueca de ese imbécil, si bien procura por medios prudentes y racionales que sus barbaridades no causen perjuicio á tercero, que es lo único que puedes hacer y estás en la obligación de remediar.
Ninguno dejaba de prestar atento oído á la sentenciosa Marcolfa, excepto Cacaseno que no cesó de gruñir, murmurando amenazas contra el perro y su amo que le impidió tomar venganza.
— Tiene razón Marcolfa, dijo Lelio, pues nosotros lo experimentamos cada día con las ovejas, que á la que sale zurda y de mala querencia de nada le sirve la piedra ni el cayado.
— Como el árbol que nace de mala ley, añadió otro, que por más que se le pode siempre da poco fruto.
— Bien, pero toda mi vida he oído decir que el arbolillo se ha de criar derecho, replicó Bertoldino.
— ¡Ay! que por más que haga la medicina con el cojo de nacimiento nunca conseguirá que no cojee, dijo Marcolfa.
— Pero cojeará menos.
— Como hará menos barbaridades tu hijo con el tiempo, si poco á poco y usando de correctivos eficaces procuras enmendarle; mas no por eso conseguirás que tenga bien sentada la mollera.
Acababa de pronunciar Marcolfa estas frases, cuando se percibió en la cocina un gran estruendo acompañado de las voces de Cacaseno que decía:
— ¿Pensabas que no me las habías de pagar, bestia feroz y perversa? ¡Toma, toma el premio de tus mordeduras y bárbaras fechorías!
Y seguía á este razonamiento tal batahola de aullidos, golpes y gritería, que no parecía sino que una legión de demonios alborotaba el cotarro; por lo que acudieron en tropel los que fuera estaban, no siendo poca la sorpresa al encontrarse con la escena más chistosa que imaginarse puede, á la cual ni la autoridad de Marcolfa, ni las amenazas de Bertoldino, ni la intervención de todos juntos, hallaban medios de poner término; pues Bertoldino le daba á Cacaseno, Cacaseno al perro, el perro al gato, el gato á cuanto por delante encontraba, y allí era el aconsejar, gruñir, maullar, embestir, morder, arañar, sacudir, exclamar, romper y chillar, armándose tal confusión y algarabía, que nadie acertaba á entenderse.
Por fin logró escabullirse el gato y en pos el perro, quedándose el héroe de la jornada de pié sobre una mesa á donde se había subido para poder alisar á su sabor y á mansalva, como guerrero parapetado en inexpugnable fortaleza, después de dar origen á tan singular pelea tirando el gato á los hocicos de su mortal enemigo, el mastín de Lelio.
Este estaba desesperado lamentándose de la manera lastimosa que el gato puso á su perro.
— ¿No me he de inquietar, respondió á las reflexiones que uno de sus compañeros le dirigía, si me lo ha desollado como hubiese podido hacerlo un tigre? ¡Maldito idiota, bárbaro y montaraz, que no ha nacido sino para descrédito de los suyos y menoscabo de los ajenos!
— Modérate, Lelio, dijo Marcolfa, pues debes tener en cuenta lo que antes tú mismo apoyaste.
— Sí, pero...
— La ira es uno de los consejeros que ofuscan la razón hasta el punto de que lo blanco lo veamos negro, y como todos los vicios, nos saca de nuestro natural estado, convirtiéndonos en fieras desposeídas de templanza y demás condiciones que Dios se dignó conceder á los racionales.
— Ya ves que me quejo con justicia, y el caso no es para menos después de lo que pasó esta tarde y momentos há, dándome á conocer su mal intento y tenaz rencor, que á poco que me descuide me va á dejar cualquier día sin perro, que además de la voluntad que le tengo por lo fiel y leal que siempre ha sido, no podría encontrar otro que tuviese sus buenas cualidades para el ganado, tanto para evitar el descarrío de las reses, como para reñir valerosamente con el lobo más feroz que hayan podido criar estas serranías.
— Nada debería oponer á tus razones si no mediase la cuestión que antes tocamos. Pero ¿cómo es posible que el río corra monte arriba, ni los cuadrúpedos vuelen, ni lluevan albardas? Con tu buen discurso comprenderás que es locura pretender cambiar el orden de las cosas, pues cada una de ellas sólo sirve para lo "que Dios la ha destinado; y así acontece con ese estúpido, de cuyas barbaridades nadie con más legítimos títulos que yo tiene derecho á lamentarse.
Esto diciendo, Marcolfa tuvo que acudirá donde Cacaseno se hallaba sin temerá rey ni á roque, con un berrinche que le llevaba pateta, como suele decirse, y amenazando con un tizón que había tomado del hogar á todo bicho viviente que le dirigía la palabra en cualquier sentido que fuese, ó tratara de aproximársele para disuadirle de sus hostiles intentos contra el mastín.
— "Vamos, Cacasenito, le dijo Marcolfa con la mayor suavidad y blandura, ya sabes que la abuelita te quiere mucho...
— Sí, sí, la interrumpió Cacaseno lloriqueando, menos cuando me pone como nuevo llamándome con mil nombres brutales, ó me zurra la badana de lo lindo.
— Es la mejor prueba de que te quiero, porque como dice el refrán, quien bien te quiera te hará llorar.
— Y por eso el endiablado mastín que causa mi lloro, y que si me descuido esta tarde me despedaza, debo decir que me quiere bien.
— No, hijo mío, no, replicó Marcolfa: entiende que lo del adagio se refiere al que corrige nuestros defectos valiéndose de los medios que manda la religión y buenas costumbres; no al feroz perrazo, al cual te prometo castigar según merece.
— Sí, sí, ¡que lo maten, que lo maten! exclamó bramando de cólera Cacaseno.
— Lo mataremos, dijo Marcolfa; pero por la Virgen Santísima deja el tizón, tranquilízate, besa la mano á tus padres en señal de que les pides perdón por lo que con tu cólera les hayas ofendido, conforme deben hacer los buenos hijos, y haz las paces con todos.
— Y así ¿me prometes la muerte del pícaro perro?
—Sí.
Reacio se mostraba Cacaseno á pesar de la promesa, á la cual tuvo que unir el mismo Lelio la suya para que desistiera de su terquedad y cumplimentase lo que su abuela acababa de prevenirle.
Volvió con esto á reaparecer la alegría en el semblante de chicos y grandes, hombres y mujeres de los que componían la reunión, y pronto cambió de aspecto la que antes parecía segunda Troya.
Los chistes, cuentos, agudezas, chascarrillos, bromas y risotadas menudearon que fue un prodigio, esforzándose cada cual para lucir sus dotes particulares, aunque llevando siempre la palma la discreta Marcolfa como reina y señora de la rústica colonia, cuyos individuos se miraban en ella, cual agradecidos súbditos en su bondadosa soberana.
Cacaseno, con lo molido y fatigado que le dejaron las dos batallas que tan desaforadamente había sostenido, no tardó mucho en sentirse acosado por el sueño, y antes de la hora acostumbrada quedóse dormido en un rincón, excitando más de una vez la risa de la concurrencia con la descompasada música que con sus ronquidos producía.
Dispersóse por fin la reunión después que uno de los pastores dado al estudio de los astros, anunció que debían ser las diez, y el silencio, hermano inseparable de la noche, envolvió aquel recinto en su misterioso manto.
ALEGORÍA TERCERA
EL VERDADERO MÉRITO SE OCULTA COMO LA HUMILDE VIOLETA.
Vino el día siguiente, y apenas el lucero del alba brillaba en la elíptica del firmamento, el reposo huía en tropel de aquellas cabañas que se apresuraban á abrir sus puertas al trabajo.
Pronto las inmediaciones se vieron pobladas de rebaños, las tierras abriendo sus fecundas entrañas al arado, el hacha hiriendo las secas ó inútiles ramas de los árboles, y todo, en fin, animado por el poderoso aliento de la actividad.
Cacaseno era el único que permanecía saboreando el calor de la cama, resentido todavía del cansancio de la víspera, ó más bien arrullado por la pereza como pudiera serlo uno de los más exagerados sibaritas.
— ¡Válgame Dios! decía Dominga después de haber entrado doce veces en el cuarto por ver si se levantaba. Este muchacho nos hará perder la cabeza desde el primero hasta el último.
— Y ¿eso? preguntó Marcolfa.
—Ha dado en la manía, el imbécil, que no tiene piernas.
— ¿Cómo así?
— Dice que desde que ha despertado que no se las siente; y por más que le he hecho notar que era aprensión suya haciéndoselas tocar y hasta pellizcándole, se mantiene en sus trece, replicando que le pasa lo mismo que á cierta noble y hermosa dama encantada, que no se desencantaba hasta que mataban al gigante que la guardaba; y por consiguiente, que él no recobrará las piernas hasta que maten al perro de Lelio y le traigan el pellejo.
— ¡Abrase visto igual sandio! exclamó Marcolfa.
— ¿Sabes lo que he pensado? añadió Dominga.
— ¿Qué? preguntó la suegra.
— Ver si alguno de los pastores tiene una piel de cabra gris, que es la pinta del mastín, y traérsela como si fuera la que pide.
— Nunca seria posible imaginar mejor astucia, y desde luego vaya Bertoldino á recorrer las cabañas, que de seguro encontrará en alguna la piel que se desea.
Puso Bertoldino manos á la obra, aunque no de muy buena gana, mientras Marcolfa y Dominga entablaban nueva conversación sobre diferentes asuntos de la casa.
Empero á lo mejor un nuevo accidente vino á interrumpirlas haciendo que ambas echasen á correr asustadas al cuarto de Cacaseno.
Deshacíase este en exclamaciones, porque con la manía de que le habían quitado las piernas, á causa de encontrárselas al despertar dormidas, como se dice vulgarmente, fue á coger cierto objeto del suelo, y tanto inclinó el cuerpo fuera de la cama, que cayó de cabeza, faltando poco para que se desnucara, si bien se hizo un chichón de gran calibre.
Abuela y madre le hallaron en tal postura, que nadie creyera sino que era preciso administrarle los santos sacramentos.
Como la ternura maternal es el mayor sentimiento de cuantos Dios ha concedido á las criaturas, llegando al extremo de que las fieras amamanten sus hijos hasta dos días después de muertos, según se observa en el hipopótamo, Dominga se abalanzó á Cacaseno, trémula y helada de espanto, pudiendo apenas exclamar:
— ¡Hijo mío!
— ¡Cacaseno! ¡Cacaseníto! añadió Marcolfa cogiéndole una mano y dándole tirones con suavidad.
— ¡Ay, que se ha muerto! ¡Santísimos cielos! ¡Hijo de mis entrañas!
—Vamos, Cacasenito, responde: ¿qué tienes? insistió Marcolfa.
— ¡Si está muerto! repitió Dominga.
Y en tales sollozos prorrumpió la desolada madre, que Bertoldino, que en aquel momento salvaba los umbrales, precipitóse dentro del cuarto, aturdido y tembloroso como un azogado.
— ¿Qué es esto? ¿Qué sucede? dijo apenas ofrecióse á su vista aquel cuadro.
— ¡Ay! el hijo de mi vida...
— Calla, mujer, interrumpió Marcolfa que más discreta que su atolondrada nuera, rato hacia que le tentaba el pulso.
— Pero... fue á replicar Dominga.
— Comprende, dijo Marcolfa, que tus llantos, gritos y lamentos " de nada servirían si tu hijo se encontrase en el estado que crees. El aturdimiento oscurece el juicio resultando que veamos el mal donde no existe y nos salga torcido lo que quisiéramos fuese derecho; así pues, antes de dejarnos llevar de nuestras impresiones, preciso es que consideremos si son verdaderas ó no, y si la causa que las produce es perniciosa ó buena. ¿Cuántas veces sucede que vemos una sombra que pasa rápida por delante de nosotros, ó distinguimos allá á lo lejos un objeto, y la sombra que se nos figura un conejo que corre escapado en busca de su madriguera es un gato que cruza por el alero del tejado, y el objeto que nos parece un hombre es una peña encima de otra , ó los renuevos que brotan del tronco de algún árbol, ó cualquier otra cosa semejante? Serenaos conforme es debido, y reflexionad que vuestro hijo todo lo que tiene de simple tiene de marrullero, y en prueba de esto, su pulso late con la fuerza del de un toro, y excepto vosotros, que el atolondramiento os saca de quicio, cualquiera diría que su respiración es el resoplido de un fuelle, mayor que el de la fragua de Vulcano.
— ¿Será posible? dijo Dominga entre alegre y sentimental, sin acertar á explicarse lo que oía.
— Merecerla, si tal sucediera, que se le obsequiase con una que fuera sonada, añadió Bertoldino; porque el loco por la pena es cuerdo, y ya pasa de Casenito oscuro; y cuando se llega hasta tal punto...
Y cortando de pronto su locución, acercóse á donde permanecía Cacaseno estirado y ungiéndose cadáver, con ánimo de ponerle en movimiento más que de prisa; pero se interpuso Marcolfa, diciendo:
— ¿Qué adelantarás empleando la violencia con quien sabes que la falta de entendimiento le ha de impedir la enmienda?
— ¿De modo que porque á él le dé la gana será preciso que suframos las consecuencias de sus barbaridades?
— Y ¿qué vas á remediarle, si aunque la mona se vista de seda, mona es y mona se queda? Dios ha decretado que suframos la carga de las sandeces de ese imbécil, y no hay más que llevarlo con paciencia. ¿Quién está exento en este mundo de su cruz? Consuélate, que la tuya es muy ligera comparada con la de otros muchos que padecen mil privaciones y quebrantos, y da gracias á la divina Providencia que se ha dignado mostrarse con nosotros tan misericordiosa.
— Confieso, madre, que tienes razón; pero considera que al paso que vamos el mundo es un comino: quiero decir, que si siempre se le dispensa, nunca cesará de cometer faltas, viniendo un día en que se desee poner remedio y la enfermedad no tenga cura.
— Confío que no suceda así; dejadme obrar, que aunque no soy médico, me prometo encontrar la medicina para la dolencia que padece vuestro hijo, que por cierto no es floja, ayudada por el tiempo y la prudencia.
Cansado Cacaseno de conservar durante tanto rato aquella violenta postura, hizo en este instante un movimiento, que observado por Dominga, que no se había separado de junto á él, la arrancó un hondo suspiro, preguntando luego:
— Cacaseno, hijo mío, ¿qué tienes? Dime: ¿qué te hace mal?
— Nada, respondió por fin el imbécil.
— ¿Lo ves? dijo entonces Marcolfa á su nuera. Mira si con sobrada razón decía que cesaras en tus lloriqueos y pesadumbre, y os tranquilizarais.
— ¿Cómo que no te hace mal nada? continuó Dominga; pues ¿á qué vinieron aquellas voces, y el no responder ni una palabra, permaneciendo de conformidad que parecías cadáver?
— Es que como me quitaron durmiendo las piernas, dijo Cacaseno, fui á coger desde la cama los zancos, y tanto eché el cuerpo afuera, que caí de cabeza y estoy desnucado.
— Pues ¿para qué necesitabas los zancos no teniendo piernas? observó Bertoldino.
— Ya he dicho que estoy desnucado, y no puedo hablar; si no, te responderla que como he oído decir muchas veces que andaba el mundo trastornado porque la mayor parte de las gentes discurren con los pies, deseaba ver si se me había vuelto lo de arriba abajo, y metiéndome los zancos en donde en tal caso estaban los pies del discurso, podía andar.
— Por mi fe que no te faltaba otra cosa, dijo Marcolfa, que llenar tu caletre con tan flexible materia como la de los zancos. Vaya, levántate y vente á tomar el desayuno...
— Mal puedo levantarme cuando no tengo piernas y me he desnucado.
— Yo sí que te he de romper la nuca y cuantas costillas sean menester, gritó Bertoldino, si continuas con tu bestialidad.
— No, que si está muerto como se empeña en sostener, replicó Marcolfa, lo mejor será que le enterremos para que lo coman los gusanos. Ve á mandar que caven la hoya, Bertoldino, y pronto estaremos fuera del paso.
— Al momento voy.
Y como viese Cacaseno que su padre se disponía á salir para ejecutar lo que su abuela propusiera, pues le creía capaz de ello, soltó un lloro que resonó en toda la casa, al propio tiempo que de un brinco se subió á la cama exclamando:
— ¡Gentes de malas entrañas, que queréis soterrar aun hijo que Dios os ha dado!
— ¡Hola! con que ¿tú eras el que no tenia piernas y estaba desnucado? dijo Bertoldino frunciendo el ceño con ademán amenazador.
— Y en tal estado permaneciera aun si no hubieses traído la piel del perro, replicó Cacaseno señalando una de cabra que su padre arrojó en medio del cuarto al entrar.
Los tres soltaron la carcajada, asombrados, sin embargo, de la poderosa influencia que muchas veces suele ejercer en el ánimo la preocupación.
— Ya verás, bestia, incapaz, si agarro una tranca cómo te quito esos resabios que tanto tormento nos dan, despabilándote de tal modo que no te quede hueso sano en todo el cuerpo.
Nuevos berridos, rabietas y pataleo ocasionaron estas amenazas de Bertoldino, siendo menester la intervención de Marcolfa para que uno y otro se aquietaran.
El relincho de un caballo acompañado de los ladridos alborotados del perro guardián de la casa, vino á terminar la cuestión. Salieron apresuradamente deseosos de informarse de la novedad, siendo Bertoldino, que se anticipó, el primero en quedar perplejo á la presencia de dos caballeros que montados en briosos corceles se adelantaban.
— ¡Ah! ¿Eres tú, criado soez y mal nacido? dijo Cacaseno así que les vio.
Marcolfa salió á recibirles dándoles la bienvenida con gran agasajo, lo mismo que Bertoldino y su esposa, que les acogieron con muestras de singular afecto y alegría.
— Venimos de parte de nuestros reyes y señores, dijo uno de ellos apenas desmontaron, para suplicarte que nos acompañes á la corte con Cacaseno y Dominga, pues es de suma necesidad vuestra presencia.
— No imagino que seamos tan necesarios, nosotros pobres rústicos y de ninguna utilidad. Si fuéramos insignes diplomáticos que con sus conocimientos y sabiduría pudiesen ilustrar y dar brillo á la corona, ó bien afamados capitanes que con su gran valor y pericia lograsen añadir nuevos florones al estado con ricas y dilatadas conquistas, vería justificado el motivo de la comisión que aquí te trae.
—Bien sabes, Marcolfa, replicó Atilio, pues tal era el mensajero, que tu esposo, de eterna memoria, labró la felicidad de la nación con sus consejos.
— Mi esposo era como el sol, que brilla en todas partes; pues Dios le concedió la gracia de distinguirle de lo general de los hombres, como al sol de las estrellas.
—Y á ti de lo común de las mujeres, interrumpió Atilio, que dudo se encuentre otra no sólo que iguale, sino que llegue en mucho á tu inteligencia y discreción.
— Yo agradezco esos favores, aunque es tan corriente en vosotros los cortesanos el usar de la lisonja, que los considero como efecto natural de la costumbre.
— Harto persuadida debes estar de lo contrario, cuando siempre viste la deferencia con que en la corte te distinguieron.
— Efectivamente, tanto SS. MM. como los palaciegos nunca cesaron de honrarme con consideraciones inmerecidas; pero no es esa una razón que destruya la verdad de lo que en general sucede y tú debes reconocer, si la parcialidad, que es como el tramposo que todo lo falsifica, no adultera la rectitud de tu juicio y la sinceridad de tu conciencia.
— Y dime, preguntó en esto Cacaseno que rato hacia que hormigueaba porque no le permitían meter baza en la conversación: ¿la señora reina está tan gordota como entonces?
— ¡Ah! tengo la pesadumbre de participaros que no la conoceréis de lo desmejorada que se halla.
— ¡Cómo! dijo Marcolfa apesarada.
— Y ¿el burro del hortelano? preguntó en seguida Cacaseno.
— ¡Calla, animal! exclamaron á dúo Bertoldino y Dominga.
— Desconocido por la falta de las orejas, como muchos que andan por este mundo de Dios rebuznando que es un prodigio.
— No hagáis caso de este zoquete, dijo Marcolfa, porque demasiado sabéis lo que puede dar de sí.
Vinieron como llovidos del cielo á interrumpir el diálogo los litereros que Atilio y su compañero dejaran atrás, ansiosos de llevar cuanto antes á Marcolfa á la presencia de los soberanos.
Dispuesto en seguida el alojamiento para cada cual conforme á lo que permitía la casa, los viajeros se retiraron á descansar, ínterin se les preparaba algo con que confortasen el estómago.
Abundante y sabrosa sino exquisita y servida en ricos manteles fue la comida con que se les obsequió, cuyos postres se amenizaron hablando sobre el viaje, que por fin convinieron en que lo emprenderían al amanecer del siguiente día.
Grande fue la animación de aquella velada esmerándose los huéspedes en festejar á los enviados de los soberanos, los cuales no cesaban de ponderar la felicidad de aquellos sencillos rústicos.
ALEGORÍA CUARTA.
LA AUSENCIA DE LOS BUENOS SE DEPLORA, ASÍ COMO LA DE LOS MALOS
SE DESEA.
Tierno é interesante cuadro ofrecía aquella colonia en el momento de la partida, despidiéndose los unos de Marcolfa, abrazando los otros á Cacaseno, Bertoldino dando consejos á Dominga, estos vertiendo llanto, aquellos prodigando afectuosos apretones de manos, y todos, en una palabra, lamentando anticipadamente la ausencia, como si se tratara de una separación eterna.
Empezaba á clarear cuando abandonaron el lecho con ánimo de emprender inmediatamente el viaje, y ya el sol doraba los dinteles del Oriente cuando se ponían en marcha: siendo tal el sentimiento de los que se quedaban, que hasta que se perdieron de vista ninguno se retiró de lo alto de un collado á donde se subieron para enviarles desde lejos la última despedida.
Percances, y no pocos, les sucedieron en el camino, durante el cual no atravesaron pueblo ni aldea que no salieran los vecinos á la puerta como si se tratara de ver animales extraños, á causa de lo mucho que llamaban la atención las literas acompañadas por los dos caballeros de la servidumbre real; pero lo más chistoso fue la entrada en la corte, la cual no quedó gato ni perro, como se dice vulgarmente, que no presenciara. Ventanas y balcones, puertas y calles se hallaron en pocos momentos atestados de gente que se apresuraba á verles, atraídos por los silbidos, gritería y algazara de la turba multa de muchachos que les seguía, advertidos de su llegada por ese misterioso noticiero sin nombre ni forma que todo lo trasmite á la infantil y revuelta muchedumbre, que no repara en aprovecharse de ello á su modo, y las más veces en lastimoso detrimento del prójimo.
Avisado el rey por Atilio, que se adelantó, les esperaba con lo mejor de su comitiva en el balcón de palacio, saludándoles afectuosamente así que les distinguió para manifestarles su grande estimación, saliendo la reina con sus damas á recibirles á la escalera principal, por donde subieron, usando con ellos las mismas ceremonias que si fueran individuos de la real familia.
Visible contraste ofrecía la seriedad de Marcolfa con el embarazo de Dominga y el aire grotesco del insensato Cacaseno, que adelantándose balanceando como balandra en inquieta mareada, dijo:
— Dios te guarde, señora reina, y ¡qué flaca te has quedado desde que se te han puesto arrugas en la cara!
— Y tú ¡cómo creciste en tan pocos años! Si así sucedió con tu entendimiento, doy mis plácemes á tu abuela que tan alarmada la traían tus desaciertos.
— Que por desgracia van aumentando cada día, serenísima señora, contestó Marcolfa adelantándose.
Y cogiendo de la mano á Dominga, añadió, hincando ambas la rodilla con el respeto debido:
— Tengo la dicha de presentarte á mi querida nuera, que tanto deseabas conocer, á la cual espero dispensarás, pues como nunca salida de aquellas serranías y no dada al trato de la corte, se halla tímida y deslumbrada por el brillo del trono.
— Mucho me alegro de verla entre nosotros, en donde encontrará el afecto que según me informaron se merece.
— Gracias, serenísima señora, balbució Dominga corlada y confusa.
— Siempre se ha dignado distinguirnos vuestra excelsa bondad y munificencia, añadió Marcolfa, lo cual sentimos no poder recompensaros sino con la gratitud que eternamente encontraréis en nuestro corazón.
— Jamás quedan suficientemente remunerados los servicios de varones ilustres, que como el que fue tu esposo, con tantos y tan inmensos beneficios enriqueció el estado.
En esto vieron al rey que con todo su séquito les salía al encuentro, y corrieron á saludarle con el acatamiento correspondiente, presentándole la reina en persona á Dominga para evitarla parte de vergüenza, á quien el monarca recibió con deferente amabilidad, hablándola con una llaneza para ella inesperada, pues excedía de cuantos antecedentes Marcolfa y Bertoldino la dieran en varias ocasiones.
Por este último preguntaron Albuino y su esposa inmediatamente de llegar á la real cámara.
— Está bueno y rollizo cual nunca, respondió Marcolfa, y siempre dispuesto, como fiel y agradecido vasallo, á servir á VV. MM.
— ¿Por qué no le traíais con vosotros sabiendo que habríamos tenido un singular placer después de tanto tiempo que no le hemos visto? dijo la reina.
— Harto lo apeteciera y yo me alegraría, aunque no fuese sino por cumplir aquel precepto divino que dice que el esposo nunca debe dejará la esposa. Pero ¿cómo quedara nuestra, casa en manos extrañas? Recordad, serenísimos señores, el adagio: hacienda, tu amo te vea, si no que te venda, y os convenceréis, si reflexionáis la gran verdad que encierra, que no obra con ninguna cordura el que confía sus intereses á otros; pues muchos ejemplos existen de gentes reputadas por buenos y fieles servidores que no han podido resistir al perverso atractivo de la vil codicia.
— Reconocemos tus fundadas razones, sensatas y profundas, como hijas de tu clara inteligencia, y ya que no es posible sea completa nuestra alegría, congratulémonos siquiera de la dicha que nos proporciona el ver entre nosotros á su esposa, cuyas buenas condiciones y sobresaliente mérito tendremos el gusto de admirar.
Llena de rubor y vergüenza manifestó Dominga al monarca su agradecimiento con entrecortadas palabras, viéndose Marcolfa precisada á salir en su ayuda.
Vino á cambiar el orden de la situación uno de la servidumbre anunciando á cierto alto personaje á quien el rey tenia concedida audiencia; por lo que nuestros insignes rústicos pasaron á la habitación de antemano preparada para su alojamiento, la cual, como ya inferirán los lectores, era la que ocupaba el inmortal Bertoldo durante su privanza.
— ¡Ay suegra de mi vida, exclamó Dominga así que quedaron solos en la habitación, que yo no sé lo que me pasa!... Estoy mareada con el lujo y magnificencia que brilla por todas partes, y muero de vergüenza cada vez que he de hablar delante de gentes tan encopetadas.
— Reflexiona que son de la misma familia y descendientes de Adán y Eva como tú, y que por más que el orgullo de sus mundanos títulos y honores les lleve al extravío de pretender estar muy por encima de los otros que no pertenecen á su clase, porque el favor, la intriga ó la adulación, á la mayor parte les ha elevado á una altura en la cual se creen omnipotentes, no por eso deben considerarse exentos de la variable y caprichosa fortuna, pues no pasan de ser mortales, expuestos á los mismos vaivenes que los demás, porque como los demás son flacos y débiles, destinados á convertirse en el polvo de la nada de donde nacieron. Con esto sabrás apreciar lo que en sí merecen sus presunciones, que equivalen á la lluvia que cae en el mar, y si este es el motivo de tu vergüenza por la burla y crítica que temas hagan de tus modales y manera de producirte, aprenderás á compadecerles por su miseria, convencida de que no debemos abochornarnos sino de nuestras malas obras.
— ¿Qué quieres que le diga? replicó Dominga. No ignoras que mi genial siempre ha sido corto y creo imposible remediarlo; porque como tú misma observas muchas veces tratándose de las barbaridades de mi hijo, lo que está en la masa de la sangre difícilmente se remedia.
Y en estas y otras razones embebidas, les sorprendió la noche, y después un criado entró á anunciarles que la cena les aguardaba.
Brincando y con las más grotescas muestras de gastronómico alborozo acogió Cacaseno la suculenta noticia, que glotón y goloso como él mismo, la esperaba con un ansia que comenzaba á sacarle de sus casillas.
Satisfechos, pues, sus estómagos, los soberanos les dieron permiso para irse á descansar, tomando en consideración las molestias del viaje, y quedó aplazado para la noche siguiente el que Dominga les complaciese luciendo su tan encomiada voz en la reunión que con tal objeto habían dispuesto, á la que asistiría lo más selecto de la corte.
ALEGORÍA QUINTA.
LA MODESTIA REALZA LAS BUENAS CUALIDADES QUE SIEMPRE SOBRENADAN COMO EL ACEITE EN EL AGUA.
Numeroso era el gentío que invadía los regios salones correspondiendo á la invitación délos monarcas, quienes, deseosos de hacer brillar el mérito de la voz y gracia de Dominga, no escasearon ningún género de medios, compitiendo, el lujo con la riqueza, el gusto con la hermosura, la suntuosidad con la magnificencia, y en una palabra, la esplendidez más digna con la profusión menos jactanciosa. Allí no se veían abigarrados adornos y superfinas alhajas, recargadas molduras y hacinados muebles, chabacanos cuadros, grotescas estatuas, nada que ofendiese á la vista ó hiriese desagradablemente el ánimo: todo era serio, pero exquisito; rico, pero modesto; bello, pero sencillo, y arreglado con tal orden y bien entendida simetría, que el arte y la elegancia hubieran podido estudiar su modelo en aquel acabado conjunto.
En tanto que iban acudiendo los invitados á la extraordinaria y singularísima reunión, Dominga y Marcolfa batallaban con Cacaseno, el cual se empeñó en no acompañarlas pretextando que estaba el tiempo muy frío para salir de casa.
— Bien decía aquel sabio que una de las cosas más superfinas de este mundo era el dispensar favores á bestias desagradecidas, dijo Marcolfa cansada de bregar con la terquedad de su nieto.
¿Con qué cara nos presentamos á los que tantos beneficios debemos, después de haberles dado palabra de que también vendrías con nosotras? Demasiada honra nos cabe de merecerles la distinción de que nos conozca toda la corte para que nos mire y respete como miraron y respetaron al varón de quien eres indigno vástago.
— Ya he dicho que no salgo de casa, replicó Cacaseno, y no saldré por más que me vengas con sonajas que no entiendo.
— Vamos, hijo mío, dijo Dominga, obedece á la abuelita, porque quien no respeta á sus mayores, no alcanza gracia de Dios.
— Que no seáis pesadas, os digo.
— Pero ¡si no hemos de salir de casa como tú crees!
— Que me dejéis en paz.
— ¡Ay! ¡Que ni un alcornoque es tan duro como la cabeza de este bruto! exclamó Marcolfa.
—¡Yo estoy sofocada! añadió Dominga; pues no faltaba sino que SS. MM. lo tomasen á mal y se enfadaran.
—Yo sí que me enfadaré y haré una barbaridad si me dais más matraca.
— ¡Este animal será nuestro descrédito! clamó Marcolfa.
— ¿Sí? Pues ahora veréis, dijo Cacaseno empezando á hacinar muebles y utensilios en un rincón.
— ¡Ay que ha rolo una cornucopia! gritó Marcolfa al tiempo de que dicho mueble rodaba por el suelo hecho astillas. ¡Qué intentas, bestia, idiota!
— Que no me saquéis de aquí, dijo Cacaseno encaramándose en un montón de sillas y esgrimiendo un candelabro, aunque venga en vuestra ayuda un ejército.
— ¡Dios mío! ¡Baja de ahí, hijo desnaturalizado! Que con semejante escándalo vas á ocasionar nuestra ruina, exclamó la pobre Dominga llena de espanto.
— No quiero, no me da la gana, porque demasiado conozco vuestras mañas.
— ¡Cielos!
— ¡Bárbaro!
Y madre y abuela prorrumpieron en tales improperios, que Atilio, que en aquel momento venia á avisarles que los soberanos les aguardaban, retrocedió desde la puerta, corriendo á noticiar á sus señores lo que ocurría, por si gustaban participar de la diversión que les ofrecía tan chocante comedia.
En efecto, los reyes seguidos de algunos cortesanos se dirigieron al punto allí, sorprendiendo á los actores en lo mejor y más chistoso del espectáculo, el cual les proporcionó el rato más delicioso que desde mucho tiempo disfrutaran.
Marcolfa y Dominga quedaron corridas, al paso que Cacaseno continuaba sin darse por entendido; pero la reina con la mayor amabilidad se apresuró á sacar á las unas del apuro, mientras el rey hizo que cediera el otro, prometiéndole que no saldría de la habitación como deseaba.
Las protestas de agradecimiento de Marcolfa fueron tantas que no son para contadas, y la bondad de los monarcas llegó al punto de llevárselas á las dos á su lado, para que de este modo les acataran como á sus reales personas.
Una escogida música, que acabó de dejar alelada á Dominga, fue la señal de que había principiado el festín, y la danza animó aquellos salones con la alegría más encantadora.
— Cree, serenísima soberana, decía Marcolfa, que la confusión de tantas parejas moviéndose á nuestra vista me desvanece la cabeza. Es este mucho barullo para nosotras, avezadas á la mezquindad de una aldea.
— Comprendo lo mismo, y supongo que estaréis molestadas; pero mi señor y soberano vuestro ha querido daros una prueba más del aprecio en que tiene á la familia del que nunca se separa de su memoria, y prestar mayor realce al mérito de Dominga, pues no ignoras que tanto aumenta el precio de las cosas cuanto más encumbrado está el que las posee.
— Tanto vales cuanto tienes, dice el refrán, y es muy verdadero, porque la experiencia nos lo acredita, que las piedras preciosas puestas en la alhaja del pobre pasan por falsas, pues la idea de la miseria es lo suficiente para falsificarlas, y todo lo del rico es de grandes quilates y valía. Así se ve que cuando uno está elevado todo el mundo se le brinda por amigo, y le adulan y le ensalzan hasta santificar sus defectos, cuando al abatido le abandonan y desprecian, inventando faltas y suponiéndole vicios de que carece, convirtiendo sus buenas cualidades en malas, y procurando empeorar su triste situación, en vez de darle la mano para que se levante, como manda nuestra santa religión.
Marcolfa tenía embebidos á cuantos cerca de ella se encontraban escuchando sus palabras.
— Tu discreción es como los rayos del rey de los astros, dijo Ipsicratea, que deslumbran á cuantos fijan en ellos la vista.
— Pobre de mí, nacida entre rústicas breñas, no puedo ser sino como diamante sin pulir.
— Como la luz se distingue al través de las nubes, así tu entendimiento se nota á pesar de la tosca corteza que cubre tu persona.
— Tu bondad conmigo es tanta, señora, que aunque las condiciones que me adornan llegasen á la altura que supones, bastaría por sí sola para considerarme muy pequeña.
Terminó en esto el baile, y la conversación tomó otro rumbo, á causa de proponer el rey que cantase Dominga.
Nunca le latió el corazón con más inquietud á mortal ninguno, ni el bochorno se pintó en rostro humano como en el de la pobre esposa de Bertoldino en aquellos momentos.
¡Válgame Dios! ¡Qué cortedad, qué vergüenza, qué mortal angustia! Merced á las reflexiones de su discreta suegra, Dominga se levantó y encaminóse á un aposento contiguo donde la esperaba un célebre músico que tañía primorosamente el arpa, con el cual había ensayado para acompañarla.
Un silencio sepulcral sustituyó en seguida al ruido que reinaba en los salones, y después de algunos instantes, durante los cuales Marcolfa y el músico acompañante procuraron calmar el ánimo de Dominga, oyéronse los preludios del arpa, á los que se unió luego la voz de la cantante, modulando la siguiente letra:
Descarriada ovejita
que andas vagando,
¿no oyes del caramillo
tierno el reclamo?
¿Cómo no corres
á calmar las angustias
de tus pastores?
Se calmaron las querellas
la luna atiende,
y sus rayos derrama
sobre su frente;
mi voz escucha,
descarriada ovejita,
como la luna.
Un nutrido aplauso resonó en aquellos ámbitos, siendo tanto lo que gustó el aire sencillo y tierno de la música y la dulzura y flexible extensión de la voz, que todos entusiasmados pidieron que se repitiera varias veces, á lo cual accedió Dominga, que como flaca mujer experimentaba también los efectos de la satisfacción, viendo halagado de una manera tal su amor propio.
Los plácemes y los elogios menudearon que fue un portento, cuando Marcolfa y su nuera volvieron á los salones acompañadas de la reina y las principales de sus damas, que para mayor deferencia y obsequio corrieron en busca de ellas así que terminó el último canto.
Empero los aterradores ecos de cien voces que con pánico desconcierto clamaban ¡fuego, fuego! vino á aguar la fiesta á lo mejor, y cuando Marcolfa y Dominga se mostraban más ufanas y engreídas saboreando el más rico bocado del manjar que á su disfrazado orgullo con tanta esplendidez se prodigaba. Al orden sucedió entonces el barullo, la confusión, el atolondramiento, y la alegría quedó súbitamente reemplazada por el terror, la angustia, el espanto: todo eran clamores, prisas, desmayos, accidentes, estrujones, corridas, sin que nadie lograse entenderse, ni por más que el rey y algunos de sus gentiles hombres, que volvían de informarse del percance, no cesaran de desvanecer á voz en grito la alarmante nueva, se conseguía restablecer la calma en los alborotados ánimos.
Últimamente, fue entrando poco á poco la reflexión en los obcecados entendimientos, y con ella la tranquilidad y el orden, viniéndose á saber que Cacaseno había sido el causante de todo aquel trastorno.
Imaginaos cuál sería el disgusto de Marcolfa y Dominga al oír á Atilio que venía de adquirir más pormenores, decir á los monarcas:
— El siniestro no ha sido tan lamentable como chistoso. Cacaseno...
Apenas pronunció tal nombre, cuando Dominga mudó de color, interrumpiendo Marcolfa:
— ¡Dios mío! ¿Qué habrá hecho el bestia?
— Nada que deba poneros en cuidado, dijo el rey, pues sabéis que todo lo que os pertenece es de mi agrado. Prosigue, Atilio, que juzgo será divertido el lance.
— Cacaseno, pues, continuó Atilio, al verse solo y no sabiendo con qué entretenerse, se acordó de un canuto de caña que trajo oculto no sé en qué parte, el cual contenía una colección de escarabajos, grillos, sabandijas y qué sé yo cuántos bichos más, y dio en hacer con ellos una solemne procesión. Al efecto se encaminó á la cocina para proporcionarse cerillas con que figurar las luces que el acto requiere, y volviéndose á la habitación, cerróse por dentro, partió en pedacitos la cerilla que encendió pegados en el lomo de aquellos animaluchos, los cuales fue soltando por el suelo, al mismo tiempo que entonaba un canto, con una voz que desgarraba los tímpanos.
Los reyes y demás oyentes no acertaban á contener la risa, en tanto que la abuela y la madre del protagonista devoraban en secreto la mortificación que atormentaba sus corazones.
— Algunos de los criados, prosiguió el narrador, corrían bulliciosos á agruparse á la puerta atraídos por aquella extraña cantinela, cuando de pronto vieron salir á Cacaseno espantado y voceando desaforadamente: ¡fuego, fuego! cuyos gritos repitieron algunos atolondrados, mientras otros más serenos y animosos se precipitaron en la habitación.
— Y ¿Cacaseno? preguntó la reina.
— Desatinado fue á parar en el jardín, donde uno de los guardas, que le conoció, tuvo que detenerle, pues de lo contrario aun estarla corriendo.
Los oyentes soltaron la carcajada, y la reina volvió á preguntar:
— Y por fin, ¿qué fue ello?
— Que alguno de aquellos asquerosos insectos se metió por debajo de las colgaduras de la cama y prendió fuego á las guarniciones, comunicándose en seguida á lo demás.
— ¡Quién sufre tanta barbaridad! exclamó Marcolfa.
— Repito que no te inquietes, mayormente siendo cosa en la cual
se ve su poca malicia.
— Pero, serenísimo señor...
— Nada, Marcolfa, repitió el rey, lo más que ha podido suceder es que se hayan quemado las colgaduras.
— En efecto, los que acudieron cortaron el fuego con facilidad, tirando al suelo el resto que quedaba de los cortinajes que se apagaron con sólo pisotearlos.
— Ahí no es nada, replicó Marcolfa. ¿Te parece poco el daño que ese bestia ha causado? Por cierto no me explico cómo á VV. MM, les cae en gracia lo que para mí es la desgracia mayor con que Dios ha podido castigarme en este mundo.
— Porque, hijos sus actos de la inocencia, no ocultan las malas pasiones conforme los de la generalidad de los que nos rodean, que por el afán de medrar son como la zorra de la fábula que nos contaste, que no satisfecha con que el amo matara al perro, llevó su astucia al extremo de que la vistiera con su piel para acabar con su gallinero y burlar mejor su buena fe.
— Sin duda que á muchos puede aplicarse el cuento; pero á pocos le viene tan de molde como á mi nieto aquello de: la cabra siempre tira al monte.
—Y ¿dónde le dejaste? preguntó el monarca á Atilio.
— En la cocina atracándose de golosinas que ha sido preciso que el repostero le diese para apaciguarle, pues de ningún modo quería salir del jardín ni atender á nadie.
— ¡Ay el grandísimo bruto! Cualquier día es capaz de comerse á toda su parentela por los pies, dijo Marcolfa con tal naturalidad, que arrancó una estrepitosa carcajada á los circunstantes.
—Vamos, vamos á verle, indicó la reina, para preguntarle si le pasó el susto, y que nos refiera el caso.
Y encamináronse á donde estaba Cacaseno, seguido de crecido número de damas y caballeros que, como los monarcas, deseaban divertirse por fin de fiesta con las tonterías del nunca bien ponderado Cacaseno.
ALEGORÍA SEXTA.
LA GULA SUELE SER COMO LA HIEDRA, QUE CON SUS ABRAZOS MATA.
Soberanamente arrellanado en un magistral sillón encontraron los reyes á Cacaseno, comiéndose á dos carrillos un gran pastelón después de haberse engullido un pollo de cabo á rabo, dos chuletas y otras varias frioleras por el estilo, sin contar con la huésped, como suele decirse, pues le esperaba todavía una buena tortada que acariciaba su insaciable apetito ostentándose ufana sobre la mesa.
— ¡Ah lobo devorador! exclamó Marcolfa no pudiendo contenerse al verle masticar con sin igual avidez. ¡Eres tan glotón como idiota, y tan idiota como desordenado! ¿Cuándo tendrás bastante, que no contento con verte hinchado como un cuero lleno de aire, y regoldando de harto, aun miras lo que queda como si te faltara tiempo para embaularlo?
— Tú, manda que me den un trago, dijo Cacaseno por vía de contestación á las reprensiones de su abuela.
El repostero que era á quien se dirigía, llenó un vaso de vino que Cacaseno apuró de un trago, y continuó engullendo con gran risa de los reyes y cortesanos, que le contemplaban maravillados de que en aquel estómago cupiera tanto.
— Quien no tiene sesos, carece de vergüenza, dijo Marcolfa.
— Y el que no come es porque no tiene hambre, respondió Cacaseno.
— Los asnos no pueden dar sino coces.
— Déjame tranquilo, porque, sino, me incomodo.
— ¡Ah bestia feroz!
— Más vale ser bestia que vieja sin muelas como tú.
Y tal retahíla de dimes y diretes se armó entre abuela y nieto que aquello era morirse de risa, durando la función hasta muy avanzada hora, en que los reyes determinaron retirarse, y con ellos todos los demás.
Pero ¿cómo era posible que quien estuviese cerca de Cacaseno descansase? Repleto y harto como un cerdo cebado, pasó la noche con un cólico endiablado, trayendo á todo palacio revuelto, incluso á los monarcas, que por consideración á los muchos servicios del célebre Bertoldo, todo lo sufrían de aquella familia.
— ¡Misericordia de Dios! este bestia la entrega si un milagro no le salva, exclamaba Marcolfa.
—¡Virgen santísima! ¿Qué dirá su padre cuando me vea sin el hijo de mis entrañas? añadía Dominga.
Pero á pesar de los lamentos de la una y las exclamaciones de la otra, ni los recursos de la medicina ni nada de este mundo consiguieron vaciar el fárrago de aquella vejiga.
De tal modo se agravó, que á las veinticuatro horas de la tragantela ya se lo había llevado pateta. ¡Figuraos el desconsuelo de su madre y su abuela, y la pesadumbre de los reyes por la pérdida de un súbdito tan bruto!
Sin embargo, se le hicieron solemnes y pomposos funerales á los que asistió toda la corte de riguroso luto, y el monarca mandó esculpir en la losa de su sepultura el siguiente epitafio:
Caro cuesta el ser glotón;
Poned á la gula freno,
Si morir cual Cacaseno
No queréis de indigestión.
Cuéntala crónica que Marcolfa todavía vivió largos años, durante los cuales Dominga y Bertoldino tuvieron otro retoño, que bautizaron con el nombre de Bertoldo, para perpetuidad del de su abuelo, fuente y origen de esta historia, siendo sus padrinos Albuino é Ipsicratea, los cuales enriquecieron á aquella familia de manera, que con el tiempo llegaron á ser sus descendientes señores de horca y cuchillo; convirtiéndose la pequeña colonia de pastores en una gran villa, cuyas ruinas todavía ostentan su pasada grandeza al viajero que hoy atraviesa aquellas montañas.
NOTAS.
INTRODUCCIÓN,
(1) El autor seguramente se refiere en esta antítesis al personaje de uno de los dramas del teatro clásico griego, tomado de la mitología, modelo sin duda de El lindo don Diego de nuestro repertorio de principios del siglo. Basta decir para inteligencia del lector, que el tal Narciso era la personificación más acabada de la hermosura varonil, llegando hasta el punto de enamorarse de sí mismo, según nos cuenta la fábula.
(2) Efectivamente, el rey Albuino discurría con discernimiento, pues innumerables ejemplos nos prueban que la Providencia compensa los defectos físicos con alguna gracia particular, como para dar testimonio evidentísimo de su justicia y sabiduría.
(3) El autor se vale de semejante figura aludiendo á las alternativas á que el hombre se halla sujeto en la vida social, comparándolas con las judías cuando hierven.
(4) La mayor parte de los grandes filósofos, y si mal no recordamos uno de tantos el inmortal Balmes, han tratado este fenómeno de nuestra naturaleza en el sentido que el rústico personaje. No podemos menos de ver en la metáfora de Bertoldo una idea profunda aceptada por los más claros talentos, á cuya manifestación no ha dejado de rendir el competente tributo la misma ciencia.
(5) A tal extremo llega la mezquindad humana, que solemos ver en lo de los demás un bien mal entendido, cual es el del beneficio de nuestros intereses en detrimento de los ajenos, sin hacernos cargo de la relación recíproca entre los individuos que constituyen el colectivo sociedad, y que al perjudicar al prójimo nos perjudicamos nosotros mismos.
(6) Nada hay tan repugnante como la avaricia: esa sed insaciable, ese terrible más que perturba la conciencia del desdichado poseído de tan funesta pasión, llega á nublar de tal modo su entendimiento, que, considerando concentrada su felicidad en lo que sólo contribuye á aumentar su desdicha, multiplica sus afanes por adquirir riquezas inútiles para sus semejantes y hasta para sí propio, cuyo positivismo sólo existe en el fondo de los arcones donde se amontona el oro, cuyo brillo es como el de la luz que deslumbra á la mariposa para abrasarla.
(7) Entiéndese por la mentira á que alude Bertoldo, el engaño ó dolo, jurídicamente hablando; puesto que siendo su versión en la acepción más general del modismo, fuera atentar de otro modo contra el principal recurso de ciertas clases mercantiles, apoyado en el charlatanismo que en todas épocas ha invadido sus estadios, y en particular hoy que la buena fe está poco menos que en almoneda continua.
(8) El vicio obstruye todas las facultades nobles del individuo; y una vez desbordado el torrente de las pasiones, no queda de la mujer, de esa criatura delicada y bella que la fantasía del poeta ha idealizado y el hombre considera como el paño de lágrimas de su apesarada existencia, sino el ser abyecto que únicamente obedece á la influencia del oro que empaña su honor, prostituye sus sentimientos y compra sus caricias.
(9) Un príncipe es un verdadero padre de familia cuyos sagrados deberes le imponen la obligación de no pertenecerse á sí mismo. Por eso Bertoldo no considerando en el rey Albuino sino un especial administrador de los intereses de sus súbditos, sólo ve en lo que posee el patrimonio de los menores cuya tutela le está confiada, del cual le hace notar que no tiene derecho de disponer á su arbitrio y con imprudente liberalidad.
(10) Opinamos como Bertoldo que la felicidad se encuentra más bien en la tranquilidad y la calma del que disfruta una vida oscura, pero laboriosa y rodeada de los encantos de la virtud, que en la riqueza, fausto y opulencia del poderoso.
(11) El adulador se arrastra como el reptil y lame la mano del adulado para que pague su bajeza, mientras se dispone á desconocer los favores que le haya dispensado, cuando la adversidad le hiera con sus acerados dardos.
(12) Como quien dice: la historia de tu dignidad no te dá títulos para engreírte de ese modo: antes que tú han existido otros reyes, y Dios creólos animales antes de fundar las monarquías. — Según las crónicas, la primera de las monarquías fue instituida por el cazador Nemrod, en Senaar.
ALEGORÍA I.
(1) El ejemplo del espejo es un símil del episodio de las dos madres, que figura en la historia de Salomón, el cual nos abstenemos de reproducir atendida su popularidad. Aunque con algunas pequeñas variantes, el mismo ejemplo embellece las páginas de las antiguas leyendas de los poemas chinos. Pero no por eso nos parece menos recomendable el mérito del que recuerda hechos dignos de imitarse como este, dirigido á corregir la ligereza de aquellos en quienes se halla depositada la administración de justicia y de cuya prudencia pende el bien ó el mal de los individuos, por el respeto, ó la suplantación de sus derechos y por consiguiente la prosperidad ó el atraso de los pueblos.
(2) La volubilidad del rey Albuino respecto á las mujeres, nos prueba la poca firmeza de nuestros juicios, y principalmente cuando se refieren á los más débiles, de los cuales suele abusar la miseria humana.
(3) Merlín: personaje tradicional citado por Cervantes en su Quijote como uno de los encantadores más célebres que ha creado la superstición. Ariosto le hace representar un gran papel en los fantásticos episodios de su poema Orlando furioso, y está en la actualidad llamando la atención de la alta literatura otro poema con el nombre de este personaje por titulo, que el ilustre poeta Edgardo Quinet acaba de publicar en Francia.
(4) Es decir, que todo el que atente contra el poderoso se expone á verse privado de sus favores, y por lo tanto, lejos del agua corriente, que quiere expresar los beneficios de que goza el protegido por el poder.
(5) Nunca contentos con nuestra suerte, solemos ser víctimas del empeño en buscar otra mejor.
(6) Jamás debe alucinarnos la apariencia en razón á que los malvados siempre suelen cubrirse bajo un exterior lleno de atractivos.
(7) Nada previene tan desventajosamente como la alabanza propia; pues el verdadero mérito lleva en sí la condición de la modestia, por aquello de que, conforme dice uno de los sabios de la Grecia, el talento es como la salud, que el que más la posee es quien menos se la conoce.
(8) El gusano de seda nos recuerda la imagen de que se vale uno de nuestros grandes hombres en la bellísima décima dirigida á corregir la soberbia en el lujo, la cual por la relación de su moraleja con el sentido de lo que motiva esta nota, nos creemos en el caso de reproducir.
Esa seda que relaja tus procederes cristianos,
Es obra de unos gusanos
Que labraron su mortaja:
También en la región baja
La tuya han de elaborar.
¿De qué, pues, te has de jactar,
Y en qué tus glorias consisten,
Si unos gusanos te visten,
Y otros te han de desnudar.
(9) Seguramente al valerse el autor de la leche, como término de comparación de la claridad, no lo hizo en el sentido recto de esta palabra, sino por tener la leche el color que se considera más claro, el blanco, juzgándolo el más propio para establecer el equívoco que se propuso emplear como recurso para la nueva peripecia con que intentaba poner en acción la agudeza de Bertoldo.
(10) El orgullo hace olvidar con facilidad su condición humana al poderoso, quien sin hacer alto en lo perecedero del bien en que funda su soberbia, no advierte que su fin ha de ser el de los demás á quienes se considera superior.
(11) Los varones eminentes por la fortuna ó su nacimiento, siempre han adolecido de la censurable debilidad de creer que los demás deben servirles, sin quedar ellos obligados á agradecer sus servicios, cuando no existe razón ninguna para mutilar las relaciones que establecen la ley de equilibrio en el orden social.
ALEGORÍA II.
(1) Como quiera que del juego de palabras resulta un equívoco que pudiera dar lugar á gratuitas interpretaciones, creemos de nuestro deber consignar esta nota por vía de salvedad, advirtiendo que la frase del rey se refiere á las necesidades morales, y la aplicación material de Bertoldo es en nuestro concepto para corregir la falta de propiedad en el habla haciendo palpables las consecuencias á que puede dar margen.
(2) Sin duda es preferible la tranquilidad á la posesión de cuantas riquezas puedan adquirirse en el campo del materialismo, las cuales traen consigo inquietudes y sobresaltos que nunca llegan á compensar las efímeras ventajas que proporcionan.
(3) La mayor satisfacción para las deudas morales, es la gratitud; y la expresión más viva del agradecimiento es reconocer el beneficio recibido por medio de su genuina manifestación.
(4) La experiencia es madre de la ciencia, dice un antiguo proverbio: verdad que no podemos menos de admitir conviniendo con Lamartine en que más instruye un día de caravana que un año de estudio.
ALEGORÍA III.
(1) En todas ocasiones, por más que pretendan lo contrario ciertos utopistas que fundan la razón de su lógica en absurdas elucubraciones, como los falsos apóstoles de la negación de lo relativo, la obediencia constituye un deber, pues de su acción depende el reconocimiento y proclamación del principio de autoridad legalmente constituido: advirtiendo que en lo absoluto de la versión se comete la figura sinécdoque, y debe entenderse en sentido hipotético.
(2) Estudiad en la vida práctica las gravísimas consecuencias á que dá lugar la falta de cumplimiento de las promesas, y no sólo otorgaréis carta de naturaleza al aforismo de la reina Ipsicratea, si no que veréis en la promesa un contrato tácito consagrado por la conciencia, trascendental muchas veces.
(3) Debido seguramente á la inmoralidad que agobia á nuestro dichoso siglo, desgraciadamente son muchos los que abundan de las mismas ideas respecto al matrimonio, puestas en boca de Bertoldo por vía de reproche. Acérrimos y constantes impugnadores de todo lo que tiende al pesimismo, nuestros deseos serian los de combatir con toda la precisa latitud un mal que, extendiendo los dominios que ha llegado á conquistarse en la conciencia, va insensiblemente corroyendo como vil carcoma la vinculación de la familia; pero creyéndolo, hasta pesado, si se quiere, tratándose de una simple nota, nos concretaremos á preguntar: Anulada tan sabia y santa institución, ¿qué seria de la justicia distributiva en cuanto á cierta clase de derechos, como el hereditario, por ejemplo? ¿Qué de los principios fundamentales de la sociedad cristiana, apoyados en la acrisolada moral de sus divinos códices? Quede á la consideración del buen juicio, ya que no á la de los ideólogos partidarios de las aberraciones.
ALEGORÍA IV.
(1) Nos prueba la verdad del aforismo, de que la fortuna es por regla general patrimonio de la audacia, la reconocida autoridad que ha alcanzado el verso del latino Audaces fortuna juvat, pasando á la posteridad para eternizarse en la mente del vulgo.
ALEGORÍA V.
(1) Consecuencia necesaria de la ambición insensata, y la ligereza en dejarnos seducir por las palabras sin detenernos á analizar el fondo de aquello á que se refieren.
ALEGORÍA VI.
(1) Dédalo: hijo de Ilimetion, nieto de Eumolpo ó Eupalamo y biznieto de Erecteo, rey de Atenas. Fue uno de los arquitectos y estatuarios de Grecia; inventó la segur, el nivel, el berbiquí, y sustituyó las velas á los remos; fabricó autómatas que según Aristóteles caminaban por medio del azogue de que los llenaba, á los que Pausánias concede cierta expresión y vida. Condenado á muerte, según unos, y á destierro perpetuo según otros, tuvo que refugiarse en Creta, corte de Minos, donde construyó el laberinto de su nombre, tan celebrado por los poetas. Dédalo, habiendo favorecido los amores de Pasífae, esposa de Minos, fue encerrado en el laberinto con su hijo Icaro y el Minotauro. Entonces fabricó unas alas que pegó con cera a sus espaldas y á las de su hijo, y se puso en libertad. Pero olvidando Icaro sus instrucciones, se remontó tanto, que el sol derritió sus alas y cayó al Egeo, donde pereció anegado. Dédalo llegó h Egipto, k la corte del rey Cocalo, quien desde luego le hizo sufrir la misma suerte que al hijo, ahogándole en una estufa, para prevenir las amenazas de Minos. De su nombre han formado los poetas latinos, hubo tres Dédalos estatuarios; el ateniense cuya historia acabamos de apuntar, el de Siciona, y el de Bitinia, autor de una de las más célebres estatuas de la antigüedad.
(2) Si alguna de las páginas de esta obra merece ser tenida como bellísima joya de imponderable valor, es sin duda está en que se inscriben las sentencias que nuestro originalísimo protagonista nos legó á su muerte. Prescindiendo de cuantas consideraciones deben estimarse por razón de las circunstancias del libro, como la época en que se escribió, el objeto tan marcado de su destino, el género literario á que pertenece, sus tendencias, etc.; sien cada uno de los aforismos que motivan esta nota se encuentra un detalle digno de apreciarse como saludable consejo, ó bien como principio edificativo, en el todo de su colección compendia un tratado completo de moral y filosofía, que el buen criterio no puede menos de recomendar por su sana doctrina, principalmente á la juventud, nunca sobrada de experiencia, y por lo común siempre falta de disfrazadas Minervas, que, cual á otro Telémaco, la concedan la necesaria prudencia para saber distinguir el bien del mal, la verdad del error, el extravío del deber, y ajustar sus acciones á la conducta que la virtud prescribe y el propio interés ordena.
ALEGORÍA I
(1) ¡Cuántos pudieran apropiarse con más justicia la moraleja de esta fábula! Aprendan los que pretenden engalanarse con lo que no corresponde á su jerarquía, y llevados de la ambición ó de la envidia se empeñan en salirse de su esfera, violentando «u destino hasta el extremo de caer en la mayor ridiculez.
ALEGORIA II
(1) Así exclamaba un célebre filósofo, que una paja es necesaria para la armonía de los mundos.
(2) Ave palmípeda de un pié de alto, piernas encarnadas y cortas, dedos unidos por una membrana, pico á manera de espátula, convexo por la punta, y cuerpo manchado de blanco, azul y negro con visos tornasolados. Pertenecen á la misma familia los cisnes, ocas, cerceta de invierno, pato silvestre, silbador, etc., y de ninguno de ellos nos suministra la ciencia geológica el menor dato que justifique la propiedad del símil objeto de esta nota. Sin embargo, en boca del personaje que lo pone el autor es dispensable falta, pues no altera un ápice el concepto.
ALEGORÍA V.
(1) Podrá tener su parte de sofisma, pero la experiencia nos ha demostrado en más de una ocasión que no está tan falto de fundamento el concepto, si bien hoy nos parece más oportuno decir que la fortuna es de la farsa.
ALEGORÍA VL
(1) Casia: especie de pulpa oriunda de Egipto, con granos del tamaño de una lenteja ordinaria, la cual se emplea con muy buen éxito por los habitantes de aquel país en la curación de las oftalmías.— Género de plantas de la familia de las leguminosas, que comprende varias especies, entre ellas el sen y la cañafístula, ambas medicinales. — La lanceolada produce el sen, y la lígnea la otra, que es la corteza de una de las especies del género casia, restos de la antigua polifarmacia. Su virtud es excitante á causa del aceite volátil que contienen.
(2) Sin embargo de que en España todavía lamentamos en parte esta verdad amarga, debemos hacer justicia al siglo que no deja morir de hambre á inteligencias como la de nuestro inmortal manco de Lepante ni á artistas como Zurbaran.
Cada cual habla de la feria según le va en ella: el tal Filandro no se hubiera producido en semejantes términos si en la corte encontrara la tierra de promisión como muchos que, no tan tontos como suponemos que él se- ría, saben explotarla que es un prodigio.
ALEGORÍA V.
(1) Hoy que la adulación está en alza, tal vez le hubiera valido al mentiroso el duplo de la cantidad que le costó perder en aquellos mejores tiempos.
(2) Lección para los que se crean nuevas necesidades que, excediendo á sus facultades, les colocan en mil difíciles situaciones que les abruman.
(3) Es la pura verdad, porque pocos serán los que hayan dejado de verla infinitas veces en acción, si es que no la han sentido como nosotros.
(4) Quédase en italiano el numeral venti, porque como su equivalente veinte tiene más de cinco letras, que son las partes en que se ha de dividir, no quedaría el enigma perfecto traducido al castellano.
FIN DE LAS NOTAS,
ÍNDICE
DE LAS MATERIAS QUE CONTIENE ESTA OBRA.
Par
Prefacio 5
HISTORIA DE BERTOLDO.
Tratado PRIMERO. —Introducción 9
Alegoría I. — La ciencia es necesaria hasta en los rústicos y deformes, pues con su auxilio se triunfa fácilmente de todos los peligros 13
» II. — La soberbia de los grandes y la vanidad de las mujeres pueden á menudo ser humilladas por un rústico. HH
» III. — Dar audiencia á los súbditos es virtud y obligación de príncipes magnánimos y justos, así como es prudencia en el cortesano obedecer á su soberano . . i i
» IV. — El cortesano no debe exponerse á la envidia ni al desprecio. Quien no sabe guardar un secreto no es apto para ningún negocio. El artificio, aunque ceda á la
fuerza, sirve para salvar de la de los poderosos. . 48
» V. — El sabio evita los peligros con destreza, despertando la codicia, la cual acarrea gravísimos daños. . . .'¡2
» VI. — El libre albedrío elige la pasión que más perjudica: el cristiano lo debe tener presente para enmendarse, y el sabio para edificar con su ejemplo. . . . 3o
SIMPLEZAS DE BERTOLDINO.
Tratado segundo.— Introducción (i9
Alegoría I. — En las selvas y bosques nacen sabios y fatuos como en las ciudades 71
» II. — Los discursos de los sabios complacen y dan fruto; los de los ignorantes empalagan y no son de utilidad alguna 90
» III. — Los farsantes reducen á algunos locos á tan deplorable estado, que tarde ó nunca recuperan el juicio. . . 93
IV. — La sabiduría no se hermana con la presunción, compañera de la ignorancia 103
Alegoría V.— Quien medra con el sudor ajeno, labra su perdición, inspirando lástima á los circunspectos y previsores. 104
» VI. — Contra la presunción, achaque de tontos, el entendimiento ofrece el verdadero antídoto, ineficaz cuando es tardío 106
» VIL— Donde se indican los medios de conservar la salud. US
» VIII.— La curiosidad debe ser castigada 117
VIDA DE CACASENO.
Tratado tercero.— Introducción 129
Alegoría I.— Es providencial que los rústicos sean aptos para la propagación, tan necesaria para la conservación del género humano 131
M II.— Las mujeres se pagan de apariencias. ..... 134
» III.— Los hijos comúnmente siguen las huellas de sus padres, procurando conservar la honra y gloria de sus abuelos 136
» IV.— La experiencia es la maestra del hombre, por cuya razón el rústico no debe imitar al cortesano. . . 137
» V.— Existen seres en el mundo que sólo sirven para diversión de los demás 138
» VI.— Debemos huir de la gula y avaricia, porque degradan á la humanidad 151
CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA DE CACASENO.
Alegoría L— Las costumbres sencillas de la aldea poseen el encanto de la verdad 169
» II.— La belleza de las cosas estriba en su propia naturaleza. 173
» III.— El verdadero mérito se oculta como la humilde violeta. 181
» IV.— La ausencia de los buenos se deplora, así como la de los malos se desea 188
» V.— La modestia realza las buenas cualidades que siempre sobrenadan como el aceite en el agua. . . 193
» VI. — La gula suele ser como la hiedra, que con sus abrazos mata 200
Fin del índice.
COLOCACIÓN DE LAS LÁMINAS.
Páginas.
Madre, corre, que las moscas me quieren comer. . . . . . Portada.
Bertoldo delante de la reina 22
Bertoldo hace burla del palaciego Fagote 26
El alguacil saca á Bertoldo del costal 48
Muerte de Bertoldo 59
Madre, ¿qué gente ó qué bestias son esas? 76
Llegada de Cacaseno á la corte 139^
Marcolfa y Cacaseno llegan á su cortijo 164
II
PQ Croce, Giulio Cesare
621 Historia de la vida
C8A818
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