EL HOMBRE QUE LO TRAJO EL VIENTO

 

(GUAYRAPAMUSHKA)

 

Por Carlos Villamarín Escudero

 

PRIMERA PARTE

 

     Este relato que describe las peripecias de un singular viajero en el tiempo y en el espacio, no pertenece al género del legendario mito, como tampoco lo es una fábula con intención didáctica que manifiesta una moraleja final. Pues, sencillamente, se trata de una historia en el estricto sentido de la expresión. Un inusitado suceso que, pese a la importancia de su constitución, su noticia jamás trascendió fuera del ámbito donde acaeciera. Primero, debido a que sus testigos, humildes y pávidos labriegos, no querían atraer la maledicencia de los moradores de villorrios y poblados vecinos que los hubieran acusado de haber sido escogidos por Lucifer para albergar a uno de sus subordinados, sin duda con la consigna de incrementar con ellos la demografía del averno. Segundo, porque, luego de los primeros momentos de expectativa creada por la intempestiva aparición del extraño visitante, se acostumbraron a él, que, por cierto, les inspiraba curiosidad y risa pero nada de temor. Dos premisas de mediano peso para un silogismo razonable: el absoluto y sepulcral silencio.

     Esta historia me la contó mi abuelo cuando era yo apenas un niño, afirmándome que lo había sido testigo. No obstante el tiempo transcurrido, lo recuerdo, palabra por palabra, todo su contenido, narrado con esa circunspección y cautela con que los viejos de otrora solían hacer cuando de confiar un secreto de añosa data se tratara.

     –Verás hijo mío –empezó el abuelo, decidiéndose a revelarme uno de sus bien guardados recuerdos de cuando niño a su vez, que tantas veces se había negado a contármelo, aduciendo que a él mismo lo parecía irreal–, hay ocasiones en que advienen sucesos de insólito carácter que desafían a las leyes físicas y a toda lógica. Ante sus manifestaciones los sabios se muestran sordos y silentes, la religión especula con ellos y los explota en su propio beneficio, atribuyéndolos de origen diabólico, y la gente común y corriente, casi siempre de ignara condición, no tiene otra opción que la de someterse al dictamen proveniente de la superstición.

     “Pero no voy a extenderme aquí en circunloquios que, además de escapar a tu limitada comprensión de infante prorrogan el momento de mi prometida exposición –cargó su pipa con abundante tabaco, se retrepó en su sillón, invitó a sentarme frente a él, advirtiéndome que le concediera total atención, y retomó la palabra–. Todo ocurrió durante los meses de agosto y septiembre de 1906, o sea el mismo año en que acaeciera la guerra del Chasqui, una cruenta lucha que ocasionó cientos de muertos y heridos en ambos bandos contendientes, compuesto el uno por las “Montoneras de Alfaro” y, el otro, por las huestes de leales al Presidente Lisardo García. Por aquel entonces, nuestra corta familia, compuesta únicamente de mi padre y yo, vivíamos en la circunscripción de Tanicuchí, más exactamente en Río Blanco, caserío ubicado a sólo tres kilómetros de Chasqui. Por entonces mi padre, emigrante y aún sin que pudiera encontrar en la ciudad un cargo digno de sus conocimientos académicos, hubo de conformarse con el de maestro de primera enseñanza, contratado por los notables locales, hacendados en su mayoría. 

     “Morábamos junto a la escuela, en una casita compuesta únicamente de dos piezas, situada a la orilla de la plaza y a sólo unos minutos del riachuelo del cual había tomado su nombre la aldea y que también lo proveía de agua fresca y clara. Sin embargo, muchos de los pobladores preferían, en especial para beber, la del Cutuchi, que contiene minerales u otras sustancias disueltas que alteran su sabor y le dan un valor terapéutico. Este río, en oposición al Río Blanco, que discurre discretamente por el Este, fluye por el Oeste entre alegres murmullos que embelesan a los bañistas que, por lo regular, visitan su balneario durante las mañanas. El grato cosquilleo que siente uno al ser acariciado por su agua mineral lo es por cierto una delicia, una sensación que va de mano de la diosa Felicidad. Al respecto se comenta que el General Eloy Alfaro, que casualmente pasaba cerca de aquellas termas, no quiso continuar la marcha hacia el combate sin antes no haberse dado un prologado chapuzón en ellas. El gran hombre conocía sobradamente de las virtudes de aquella célica linfa.

     “Sin embargo, aunque la guerra había quedado a seis meses largos de distancia y Alfaro se había consolidado en el Poder, el miedo, la zozobra y la inseguridad eran calamidades imperantes aquí. Nadie se aventuraba solo por los extramuros durante la noche e incluso a la luz del día si deseara continuar en el mundo de los vivos. Bandas de forajidos, formadas por desertores del ejército vencido, ahora lejos de sus lares y perseguidos por la Ley, y demás gentuza que habían decidido pescar a río revuelto, merodeaban los caminos reales, cayendo como aves de rapiña sobre sus inermes presas. Tampoco las aldeas aisladas, pese a contar por lo regular con número respetable de hombres, que eventualmente hubieran podido fungir en sus defensores, eran a menudo devastadas sin que nadie opusiera resistencia. La impunidad campeaba por todas partes. Y en lo que a nuestro idílico caserío concernía, la fama de ser un reducto liberal, imponía algún respeto a los facinerosos a la hora de perpetrar sus desmanes. Los ricos patrimonios, comprendidos en latifundios, de los caciques Donoso, Ramos, Plaza y Lasso, lo rodeaban por los cuatro costados como las murallas de una prisión. Es necesario aclarar que los personajes citados ostentaban membrete liberal y hacían gala de su alto rango militar.

     “Las consecuencias de una guerra, por breve que fuese, se hacen sentir a corto plazo bajo el signo del hambre, el miedo y la desconfianza en los lugares que fueron teatro de los enfrentamientos. Los componentes alimenticios escasean tanto por falta de producción local como por el alto precio que alcanzan los importados. El recelo de sus hombres, temerosos de una eventual incorporación a las fuerzas armadas, que les obliga a mantenerse escondidos o a emigrar, es su principal causa. Y como en nuestro villorrio no podía ser la excepción, padecíamos por la carencia de víveres, que nos obligaba a apretar cada vez más en cinturón y a nutrirnos del recuerdo de los días de abundancia. Sumándose a esta calamidad, que nos condenaba a la inanición, advino otra para hurtar la luz que ilumina el horizonte de la esperanza. Pues, la naturaleza, quizá en represalia de la lucha fratricida que acababa de ocurrir, no dejó de manifestar su disgusto. La desolación que ofrecían los campos de labrantío convertidos ahora en eriales como resultado del verano más cruel que se tenga noticia, dio cuenta con la música que anima el ritmo de la vida. Por tanto, con el vigor del ánimo en su nivel más bajo, parecía que nada podía ser capaz de anclarnos a la ilusión.

     “Aquel nefasto mes de agosto, superando en mucho la expectativa, se había iniciado con abrasadoras canículas emparejadas a vientos huracanados que levantaban gigantescos torbellinos y arrasaban con cuanto obstáculo hallaran en su desenfrenada carrera, cebándose especialmente con las techumbres de las casas cuando no con éstas mismas. Los bosques de eucaliptos, que hoy pueblan frondosos los campos de aquel sector y que hubiesen podido mitigar los embates de Eolo, aún estaban por nacer. A la sazón, salvo los raquíticos capulíes y los agaves, con sus fantasmales pencos, ninguna planta perenne de tronco grueso y elevado, cubría la llanada barrida por el soplo destructor. Y pese a esta situación de hambre y desolación, la escuelita, regentaba por mi padre, cerró jamás sus puertas. Sus alumnos, aun en su aspecto de zombies, encontraban fuerzas para asistir a clase.

     “Ciertamente, la sola vista de los enclenques chiquillos recordaba las leyendas tejidas acerca de aquellos desdichados que se supone muertos y que han sido reanimados por arte de brujería, con el fin de dominar su voluntad. También las tenebrosas quimeras contadas sobre las almas en pena de los caídos en la reciente guerra contribuían a incrementar tan funesta impresión. Se decía que, durante la noche, era cuando los soldados fenecidos, burlando la quietud de la muerte, abandonaban sus sepulcros para deambular la llanada y los caminos reales entre suspiros y ayes de dolor. Afirmaban que se podía ver claramente las heridas aún sangrantes, causadas por los disparos y las bayonetas.

     “Y fue un jueves pasado el mediodía, cuando sobrevino aquel enigmático suceso, cuyo recuerdo lo llevo incrustado en la memoria sin que pudiera retirarlo jamás. Normalmente, las remembranzas de acontecimientos grandes o pequeños que hubieran rozado mi existencia, se han debilitado y perdido paulatinamente su consistencia absorbidas por el tiempo. Pero la que tuviera origen en el evento de aquel lejano jueves a mediodía, sin que supiera yo cómo, se ha negado a batirse en retirada, manteniéndose siempre incólume al rigor de las vicisitudes. En conclusión, ha sido un desafío mental al cual he sido impotente de vencerlo.

     “Pese a que durante la mañana había galopado el viento entre rugidos y nubes de polvo, al llegar el meridiano le sucedió una calma absoluta. Ahora reinaba una quietud que, abrasada por el sol canicular, se volvía cada vez más pesada y asfixiante. Ventajosamente, dentro de poco tiempo no íbamos a notar sus estragos. Nos encontrábamos los alumnos (también yo figuraba en su grupo), en estricta formación, en el patio del plantel educativo, que era la misma plaza del caserío, dispuestos a ingresar a las aulas. Mi padre, como era su costumbre, de pie junto a la puerta, se mantenía atento del comportamiento de todos y cada uno de sus discípulos. Pero en esta ocasión, en vez de precautelar el ordenado y silencioso ingreso al “templo del saber”, como él lo denominaba a la escuela, nos distrajo con una exclamación de alarma que perentoriamente nos obligó a romper filas.

     “–¡Eh! Muchachos, miren hacia allí –expresó visiblemente alterado, indicándonos con la mano el extremo opuesto de la plaza–. ¡Qué cosa tan extraña!

     “Como movidos por un mismo resorte, todos los niños giramos la cabeza a la vez, para averiguar lo que acaecía a nuestras espaldas. Al comienzo yo no descubrí nada extraordinario, al menos en lo que ateniéndome a la fantasía podía esperar: “¡Una niña de largos cabellos de oro cabalgando un unicornio, o un dragón cornudo echando fuego por las narices!”, por ejemplo. Pero de pronto lo vi con sorpresa y exactitud lo que todos veían. Girando sobre sí mismo, como es propio del comportamiento de los remolinos de viento, se nos iba acercándonos lentamente uno de estos fenómenos meteorológicos de las características más curiosas. Pues, pese a desplazarse mediante giros vertiginosos, no levantaba del suelo el menor asomo de polvo ni una brizna de nada. Tampoco rozaba su improvisado camino ni producía ruido al desplazarse. Semejante a un largo tubo de superficie tenue y regular, parecía estar formado por humo o vapor. Su diámetro no rebasaría los cinco metros mientras que su enorme longitud que se confundía con el azur del infinito.

     “–¡Cuidado! –volvió a dejarse oír el maestro, delatando en la inflexión de su voz, el pavor que sentía– ¡Puede ser peligroso! Debemos protegernos. Adentro todos.

      “Cual manada de corderos perseguidos por una jauría de lobos feroces, nos precipitamos todos al interior de la escuela. Mas una vez dentro del inmueble, a nadie se le ocurrió buscar el lugar más recóndito para protegerse. Por el contrario, todos, incluyendo mi padre, nos agolpamos a las ventanas que tenían vista a la plaza. La curiosidad pudo más que el temor.

     “Al amparo de aquella sombra de protección, logramos ver maravillados el torbellino deteniéndose en el centro de la explanada. Y, como si en él se hubiese abierto una puerta invisible, salió un hombre, caminando lentamente y casi a tientas, como si se hallase deslumbrado por la claridad meridiana. Por su parte el remolino, en cuanto dejara salir a su “pasajero”, como si hubiera recibido un tirón desde arriba, se retrajo al cielo. Una forma de esfumarse más fugaz, imposible.

     “No recuerdo con precisión cuál de estas últimas escenas me impresionó más, el hombre que acababa de salir del torbellino o la insólita forma de retirarse éste. Sólo recuerdo que, luego de un débil y efímero susto, que me mantuvo en silencio, no podía sustraerme al deseo de saber lo que realmente había ocurrido. Acercándome a mi padre que, pálido y ansioso como la mayoría de sus alumnos, se halla mirando al desconocido a través de los cristales de la ventana, le inquirí dubitativo:

     “–Se trataba de un aeroplano y el hombre que se apeó de él es su aviador, ¿verdad papá?

     “El aludido se limitó simplemente a mirarme en silencio, no sé si debido a mi absurda pregunta, ya que mediante ilustraciones conocía yo perfectamente esa clase de vehículos que acaban de inventar en el extranjero, o porque el mismo dudaba de lo que hubiera visto y no quisiera emitir un juicio sin sustento. De inmediato se olvidó de mí y fijó su atención en el sujeto que había sido conjeturado por mí como aeronauta, quien continuaba caminando con dificultad, en nuestra dirección, guiado sin duda por el rumor producido por nosotros.

     “–Pero, ¡qué tonterías acabas de expresar, Fernando! –se dejó escuchar Bernardo, un chiquillo que me tenía ojeriza–. Verás, lo que acabamos de ver no era sino un automóvil, que en Quito para nadie es novedad, ya que esto bichos abundan allí tanto como las moscas aquí.

     “–Los automóviles de desplazan sobre ruedas y no aparecen y desaparecen de repente –repliqué con la seguridad de quien dice lo que conoce–. Además, no poseen la forma de un torbellino.

     “–Pero ¿quién asegura que a estas horas no se haya inventado ya automóviles con las características de un torbellino? –no quiso Bernardo dar el brazo a torcer.

     “–Tal cosa es un absurdo, como todo lo tú pronuncias –terció Florencio Donoso, que a su vez tenia ojeriza hacia Bernardo–. A mi parecer no cabe duda que fuera un tren, pues mi padre me ha contado que esa máquina corre como el viento.

     “–Pero si el tren ni siquiera llega a Ambato –le recordó Simón Castro–. Además, para moverse necesita de raíles. ¿Aquello no te ha contado tu papá?

     “–¡Basta de proferir tonterías! –intervino con autoridad el maestro–. Pues, ¿no han visto ustedes que no se trataba sino de un torbellino de los que proliferan en esta época seca?

     “Y, sin duda considerando que el hombre llevado allí por el remolino no parecía peligroso y que más bien requería de ayuda, fue a su encuentro. Su intervención fue oportuna. Pues, cuando el citado personaje, inclinándose como un árbol que ha sido cercenado en la base de su tronco, se hallaba a punto de medir el suelo con su cuerpo, lo sostuvo y, luego, pasando uno de los brazos de éste por sus hombros, lo condujo hasta el interior de la escuela.

    "Muchos de los pobladores que también habían presenciado el desarrollo del extraño acontecimiento, movidos por la curiosidad, ingresaron en tropel detrás del profesor. Manifestando no poco temor, trataban de prevenirle de lo riesgoso que podía ser el conservarse cerca de un guayrapamushka, es decir, hijo del viento o traído por él, en lengua quechua. En esa zona, por aquel entonces territorio de haciendas y, en consecuencia, con una alta proporción de quechua hablantes en su demografía, era inevitable que el lenguaje coloquial castellano no fuera mezclado con expresiones indígenas. Esta particularidad oral, no depende de la educación o el nivel sociocultural del hablante, sino que cualquier hablante, en las circunstancias que favorecen la asociación de factores, lo utiliza.

    "Lo acostaron desfallecido sobre un banco y esperaron su reacción mientras el corro no cesaba de preguntarse en voz baja, como temerosos de despertarlo: "¿Quién será el guayrapamushka? ¿Será nada más que un mestizo o un blanquito de aquellos que te miran por encima del hombro? ¿Será un enviado del maligno o él mismo en persona? ¿De dónde habrá venido? ¿Vendrá de lejos, vendrá de cerca? ¿Cuánto tiempo habrá permanecido viajando en el huracán?..." Un sinfín de preguntas motivadas por el temor inspirado por la insondable condición del desconocido. A poco, en tanto que yacía en el improvisado lecho era examinado atentamente por los presentes inmediatos, que no dejaron en él sitio por explorar. Miraron detenidamente su pálido y delgado rostro que apenas apuntaba el bozo y determinaron que se trataba de un adolescente. Descubrieron que tenía los ojos verdes y el cabello castaño claro y decidieron que pertenecía a la raza blanca. El buen paño y excelente confección del traje (aunque de un estilo nada convencional) y la camisa de seda que llevaba puesto les aclaró que el hombre en cuestión provenía de una familia acomodada y refinada, probablemente urbana. Según el criterio de los lugareños, de la forma menos convencional, el caserío contaba ahora con un huésped de alta categoría, que bien podía ser hijo de un banquero o de un ministro de Estado. Se preguntaban dubitativos si, a la postre, aquello les iba a redundar beneficioso o, por lo contrario, de alguna manera perjudicial.

   "De pronto, don Calixto Mena –un ex oficial de las huestes de Alfaro que acababa de licenciarse y de volver al terruño–, que desde el principio de la inopinada reunión se había preocupado más que los demás en escudriñar al yacente, habiéndose fijado en los zapatos que éste llevaba puesto, sin perder tiempo, dio la voz de alarma, sobresaltándonos a todos. "–Lleva los zapatos más extraños que se haya visto – atronó escandalizado el sujeto en tanto indicaba los objetos aludidos–. Apenas le cubren el empeine y el talón y su suela parece estar elaborada en fino cartón. Pues, miren ustedes mismos, cuan delgada que es.

   "Todos los examinaron con grande interés mientras movían la cabeza de arriba a abajo dando a entender que la alarma de don Calixto no podía ser más justificada. "–De seguro que con ellos no se podría ir por caminos abruptos o siquiera caminar sobre grava –opinó Clemente Acuña, un vivaracho seminarista que en época de vacaciones disfrutaba con lucir su sotana en Río Blanco, su solar nativo–. Parecen tan frágiles como si estuvieran confeccionados para una delicada señorita. Digo, si desde luego la hipotética dama usara calzado de este material y diseño.

 

 

SEGUNDA PARTE 

   –¡Oh, abuelo! –exclamé sin entender cómo la gente de entonces podía haberse alarmado por nimiedades como esa–. Pero calzado como el que llevara aquel desconocido, por raro que pareciese, no bebía extrañar a nadie. Pues supongo que aun en esa época las personas iban vestidas de acuerdo a su gusto o capricho, ¿no?"

     Mi ilustre ascendiente me miró moviendo lentamente su venerable testa de izquierda a derecha o viceversa (pues se me escapa este detalle), dando a entender qué me equivocaba. Cargó parsimoniosamente de tabaco su pipa, volviendo a darle fuego y, tras contemplar por unos instantes, a través de los cristales de la ventana, el Guagua Pichincha que se cortaba colosal en el azur del cielo, reanudó la narración.

    –Definitivamente no –exclamó con énfasis mientras yo, ansioso de conocer el final de tan insólita historia, no me atrevía a mover un solo músculo–. En aquella época las costumbres ancestrales valían tanto como la Religión y la Ley y se las acataba en un marco de estricta sumisión. Vulnerarlas, introduciéndolas exógenas modalidades, no significaba otra cosa que un repudiable acto de profanación a la ética y la tradición. Y los responsables de tamaña herejía debían responder no sólo a la ley moral, que debe ser acatada voluntariamente y apartada del interés personal, sino también a la civil e, incluso, a la penal. Pues, si bien las costumbres de antaño surgían, como en todos los tiempos, por el modo habitual de obrar o proceder establecido por tradición o por la repetición de los mismos actos, poseían la fuerza capital de precepto inquebrantable.

    "Luego de esta digresión necesaria para ilustrar el modo habitual de proceder en aquella época, debo aclarar que a don Calixto Mena no le faltara motivo para haberse alarmado. El encontrarse así de repente con semejante ultraje inferido a una prenda que, como señal de nobleza de quien se sirviese de ella, se había conservado incólume a lo largo de incontables generaciones, le había sacado ipso facto de su consuetudinaria serenidad.

    "En efecto, nada de lo edificado por el dilatado tránsito de la tradición, podía ser falseado. En tal contexto, la calidad del género, el diseño, la confección y hasta el color del atuendo en los diferentes estamentos sociales, tanto del hombre urbano como del campesino, jamás sufría variaciones. Por consiguiente, una importante prenda como el zapato, sometido a similares reglas del resto de la indumentaria, no podía ser su excepción. A la sazón, el zapato respondía a un único y parco modelo, diseñado más que nada para una función utilitaria, aunque, como es de suponer, se diferenciaba por su calidad y su precio. Concebido para soportar todo el peso del cuerpo, era elaborado íntegramente en resistente cuero, tratado con arreglo a la necesidad que requería cada lugar de la prenda. Por lo demás, como sucesor de la bota, cuya vigencia estuviera presente a través de milenios, conservaba algunas de sus primitivas características, aunque en grado atenuado: caña mediana, suela aún gruesa y tacones. Se los denominaba botines y eran usados sin restricción de género ni circunstancia por quienes podían darse el lujo de poder adquirirlos. Sus sucedáneos carentes de caña y de suela delgada, como los que conocemos hoy, aún estaban por inventarse. Por esta razón, un tipo calzado apartado del ortodoxo y además parco en material, le habría parecido a la comunidad de este sector de la serranía, incluso a quienes usaran nada más que alpargatas o simplemente fueran descalzos, una inexcusable falta a la elegancia y una burla a la necesidad de proteger los pies. Pues, al fin y al cabo, habían sido concebidos para este menester. Tan arraigada estuvo esta usanza, que incluso con el advenimiento de la modernidad, que daría al traste con el respeto a las tradiciones y a los viejos conceptos sociales, habría de pasar varias decenas de años para que en la susodicha prenda se introdujera modificaciones.

    "Y bien, la alarma desatada por don Calixto en los circunstantes (quienes primero dilataron el cuello para verificar con la vista lo que habían oído y luego lo retrajeron aceleradamente), extendiéndose como un gélido hálito en el reducido espacio del aula, se conmutó de inmediato en una atmósfera de pavor. Horrible sensación que tuvo el poder de congelar los movimientos y de entumecer las lenguas. Tampoco el maestro fue una excepción de valor en la aterrada congregación de curiosos. Destacándose entre los demás, ahora convertidos en sombrías estatuas, se le veía desencajado los ojos, exánime y pálido, como si hubiera perdido hasta la última gota de sangre en un ataque por una bandada de vampiros. Habiendo sido yo apartado de él por un grupo de curiosos que se habían ido situándose delante de mí, me veía imposibilitado de juntarme en momentos tan cruciales. No obstante, desatendiendo el objeto de la novedad que concitaba la atención colectiva, no le perdía de vista. La expresión de inmensurable sorpresa retratada en su rostro, acentuada por la mirada fija proyectada desde el fondo de unos descomunales ojos, me condujo a la angustiosa presunción de que él, mi amado padre, había fenecido de susto. Entonces yo, sin columbrar que una acción violenta podía contribuir al desconcierto general, profiriendo lastimeros gritos, me precipité hacía mi progenitor, derribando a cuanto desprevenido hallara en mi impetuoso paso.

    "Pese a la obnubilación generada por la angustia que experimentara, recuerdo con diafanidad que, mediante un violento empellón, conseguí abrirme paso entre una chiquilla, apodada "La Rana", y Sequeira, un condiscípulo mío, que se encontraban adheridos el uno al otro, como soldados entre sí. Cayeron ambos agredidos, arrastrando en su corto viaje a sus vecinos inmediatos. Luego, buscando filtrarme entre dos moles que, cuando rodaron por el suelo entre ayes y blasfemias, supe que se trataba de don José García y de un mozalbete apellidado Cisneros. Finalmente, cuando había perdido ya casi todo el impulso, choqué contra la mujer del tabernero, matrona voluminosa y de explosivo genio, que asimiló mi envestida como si se hubiera tratado la de una mosca. Sin embargo, fue suficiente para encender el furor que lo traía a flor de piel. Pues, volviéndose como una pantera hacia mí, sin pensar dos veces me aplicó un par de hostias, que por fortuna no llegaron hacerme demasiado daño, pero que sirvieron de combustible a mis alaridos, redoblando el nivel de sus decibelios. De pronto la improvisada reunión de volvió un pandemónium.

    "Mi padre, habiendo salido bruscamente de su postración, quizá agitado por la batahola creciente, como si despertase de un profundo sueño, notó sorprendido, aunque tardíamente, mi esfuerzo por llegar hasta él. Sin duda ya se había recobrado cuando la mujer del tabernero me ponía sus manos encima, puesto que le miraba a ésta con mal disimulada aversión, pero nada le dijo. Únicamente se limitó a abrirme sus brazos.

    "El desdichado incidente por mí provocado, que en otras circunstancias hubiera podido ocasionar serias reacciones, quedó olvidado con la prontitud que se había iniciado. Una preocupación infinitamente mayor le restó total importancia. Pues, cada uno de los presentes, no pensaba sino en conseguir situarse en primera fila frente del desfallecido personaje, quien, sin visos de recuperar sus facultades físicas, continuaba en el sitio que le acostaran. Mas ahora que la inmovilidad y el silencio generales se habían batido en retirada, gracias a mi malhadada intervención, hablaban y gesticulaban todos a la vez, como si quisieran resarcirse de la inactividad verbal perdida. Y fue entonces cuando, descollando por varios decibelios sobre la abrumadora vocinglería, se oyó nuevamente a don Calixto refrescar la alarma con el nuevo descubrimiento que acababa de hacerlo. Observador como él solo y agencioso como pocos, luego de haber puesto de manifiesto los extraños zapatos del desconocido, ahora se había fijado detenidamente en las manos de éste, develando de repente otra flagrante herejía a la tradición.

     "–¡Miren ustedes, pero miren, lo que trae puesto en su muñeca izquierda el guayrapamushka –clamó entre iracundo y amilanado–, pues nada menos que un reloj de bolsillo! Una delicada máquina para medir el tiempo, diseñada y designada para ser llevada sujeta del ojal del chaleco mediante una leontina de oro. ¡Qué irreverencia la de este fulano, que no tiene reparo alguno en renegar de los dogmas establecidos por la decencia y las buenas costumbres!

    "Haciendo alarde de su valentía, el acucioso explorador, procedió a retirar la aludida prenda de la muñeca del paciente, que se mantenía adherida a ella con el auxilio de dos pequeñas correas unidas entre sí por una hebilla. Y con ello, la contagiosa sensación de miedo a lo desconocido que don Calixto venía siendo receptáculo, extendiéndose a los demás, alcanzó su clímax. Por cierto, hay que convenir que semejante hallazgo tampoco lo era para menos. Porque lo que estábamos viendo parecía enmarcado en la fantasía de un sueño imposible, una quimera producto de una mente afiebrada, que ha perdido la mesura con respecto de las aspiraciones que la ciencia pudiera alguna vez otorgar a la humanidad. ¡Oh!... ¡Figúrate hijo mío, que las dichosas correas del reloj, que acababa de tomarlas el ex militar Mena, estaban fabricadas nada menos que en cristal, un cristal transparente como el agua y, además, flexible como cinta de algodón!

     –¡Oh! Abuelo mío –exclamé admirado de su asombro que se me parecía injustificado–, no me explico la razón de aquel guirigay porque a alguien se le hubiera ocurrido llevar un reloj en la muñeca en vez de hacerlo metido en la bolsa. –Pues te equivocas, hijo mío. Para la época en que acaeció esta aventura, tal cosa suponía un execrable desacato a dogmas de cumplimiento ineludible, como ya te lo he puesto en antecedentes. A la sazón, el reloj de bolsillo o reloj de faltriquera, elaborado casi siempre en fino oro y piedras preciosas, constituía signo de elegancia y etiqueta y posesión de riquezas, restringido a unos pocos privilegiados. Y, además de representar una cuantiosa fortuna por su valor material, era motivo de universal veneración, ya que un artilugio que podía medir el tiempo con increíble exactitud, no podía serlo más que de inspiración divina, según unánime criterio. Por tanto, esta magnífica joya no podía ser más venerada que llevándola junto al pecho de su propietario, sobre otra joya denominada Chaleco, cuya inclusión ha sido con la finalidad única de realzar la elegancia de aquella. Esta prenda de vestir sin mandas, que cubre nada más que hasta la cintura, a todas luces, poco apropiada para brindar abrigo, pero que no obstante ha recibido la atención de expertos filigranistas, convirtiéndola en un indumento de lujo insuperable, ha sido creado no para brillar con luz propia sino como un complemento indispensable. Porque estas dos alhajas lucen juntas con mayor intensidad de lo que harían cada una por cuenta propia. Las dos se necesitan mutuamente para fulgurar con la majestad de un claro amanecer. Con toda certeza, sin el invento del reloj de bolsillo nunca se hubiera conocido el chaleco.

    "Disgregar esta especie de matrimonio establecido por la tradición y bendecido por el buen gusto no sería sino un atentado a esa célica armonía que funge como esencia de la belleza visual. Con privarle el uno del otro no se conseguiría sino verles languidecer de soledad en medio de un mar de atractivos vacíos e inconsistentes. Eran en fin el uno para el otro. Y de pronto, vulnerando instituciones y reglas de comportamiento ancestrales, se presenta alguien como diciendo, pues miren ustedes de lo soy capaz.

    "El presentarse a nosotros con un magnífico reloj de bolsillo en la muñeca de la mano siniestra, extremidad nefasta útil sólo para menesteres que no me atrevo a decir. Y como remate de su osadía, lo traía atado con correíllas de cristal flexible, sin duda provistas por el mismo Satán. Era un trance que nos ponía los pelos de punta. No me explico cómo hubimos de soportar prueba semejante, a pesar de que sentíamos el pánico encaramado como un mono en el cogote."

    –¡Increíble! –exclamé sin poder reprimir la admiración sentida por lo que acababa de escuchar–. Abuelo, pese a su clara explicación concerniente a las rígidas costumbres que regían aquel tiempo, no puedo explicarme ¿cómo pudo haber provocado tal pavor un evento baladí, como el de llevar un reloj en la muñeca en vez de hacerlo sobre el abdomen, en conjunto con un ostentoso chaleco, y también la presencia de unas simples correas transparentes, fabricadas en material plástico y diseñadas para sujetar el cronómetro a la muñeca?

    Mi abuelo, retirando por un instante la churumbela de sus labios, me miró con notoria condescendencia, en vez de mostrarse decepcionado por mi falta de penetración en la esencia de sus glosas. Me dedicó una amplia sonrisa y continuó:

    –Por supuesto que también a mí me parece increíble, sobre todo mirado el asunto desde aquí, a más de siete décadas de distancia, y desde la actual perspectiva. Pero hoy no es ayer, cuando se contemplaban las cosas desde puntos de vista diferentes y opuestos a los actuales. El sometimiento a la fe religiosa, la fidelidad a los hábitos ancestrales, el terror a todo que oliese a extraño y la desconfianza a la ciencia era cuanto tenía la gente de entonces para ser felices. Cualquier idea de cambio en las costumbres estaba erradicada de estos pagos, y cuando en el extranjero se introducía alguna modalidad en las usanzas, se descubría o inventaba algo transcendental, tardaba al menos veinte años para qué tuviésemos noticia de aquello. Y fue precisamente lo que ocurrió con la introducción del reloj pulsera. Ésta diminuta máquina de precisión (cuya historia la conocí sólo después de un luengo lapso de los sucesos descritos aquí) fue inventada en Francia allá por el año de 1914. Al principio no gozó del beneplácito de los caballeros, que lo consideraban de dudoso gusto y propio de mujeres llevar algo en la muñeca. Su popularidad sólo se hizo posible gracias a los pilotos de avión, que precisaban llevar un perfecto control del tiempo en todo instante. Como es de suponer, los relojes de pulsera aparecieron con dos correas ajustables que se colocan en la muñeca para facilitar su lectura. Sin embargo, mientras en los países desarrollados, a finales de la segunda década de este siglo, para nadie consistía novedad el citado adminículo, aquí ni siquiera se tenía noticia de él, ¡salvo nosotros que lo conocimos diez años antes de que fuera inventado, claro está!

    "En cuanto a las correíllas, que erróneamente las creíamos elaboradas en cristal flexible, un material inexistente hasta el día de hoy, era la conclusión más admisible a la cual pudimos haber llegado. A pesar de que, como todo el mundo, conocíamos de sobra las propiedades del cristal: solidez, dureza, fragilidad, rigidez, transparencia e imposibilidad de poder ser doblado. Y fue precisamente su característica más notable, la transparencia, lo que nos confundió, haciéndonos creer que aquellas correíllas translúcidas y dúctiles podían ser de tal material inexistente. Un material imposible de ser fabricado hasta ahora, pero que el invento de su fórmula ha sido la más acariciada aspiración de los vidrieros de todos los tiempos. Y de pronto, en nuestro aislado y tranquilo villorrio, enclavado en el callejón interandino, aparece un fulano de extravagante catadura, cabalgando un torbellino y trayendo consigo asombrosos artilugios que no podían ser fabricados sino con poderes diabólicos. ¿Era el guayrapamushka un mago con poderes diabólicos o, aun peor, el mismo Lucifer en persona?

    "Este suceso que hoy invita a la risa, por su cándida reacción frente a la manifestación de un detalle baladí, en su momento tenía la fuerza de una bomba de alto poder explosivo que pudo haber terminado en una tragedia, además de triturar los nervios de los presentes, claro está. Hasta aquella época, los adminículos personales de todo orden, livianos, versátiles y elegantes, como los que conocemos en la actualidad, ni siquiera se había soñado. El costoso y frío metal y la humilde y accesible arcilla, guardando su respectiva categoría, eran los reyes del mundo industrial a toda escala. Pero su hegemonía empezó a debilitarse, tambaleó y terminó por caer con la aparición de un milagroso producto, llamado material plástico.

    "Fue en 1919 cuando se produjo el acontecimiento que marcaría la pauta en el desarrollo de los materiales plásticos. Desde entonces el uso del plástico se hizo popular y llegó a sustituir a otros materiales tanto en el ámbito doméstico, como industrial y comercial.

    "Por cierto, en un principio aquel insólito acontecimiento, ante el prolongado y caviloso mutismo de mi padre y también debido al escaso acervo cultural de mis cortos años, igual que la gente ignara del lugar, anclé mis conclusiones al cenagoso fondo de la superstición. Atribuyendo lo ocurrido al rey del averno, me sentía liberado de dar vueltas el asunto sin llegar jamás a ninguna deducción válida. Sin embargo, más tarde, gracias a mi adhesión a la lectura, conocí que tanto el reloj de pulsera como sus translúcidas correíllas se habían inventado varios años después de los sucesos que me cupo ser testigo. Así llegué a la convicción de que, debido a alguna causa extraña, se había producido una especie de brecha en la estructura del tiempo, permitiendo que se le escapara el guayrapamushka. Increíble, ¿verdad hijo?

 

 

TERCERA PARTE

    Asentí la afirmación del padre de mi padre con una leve venia, cuidándome de formularle ninguna pregunta que de algún modo pudiese originar comentarios adicionales que pusiesen en riesgo la prosecución inmediata y escueta del relato de las aventuras del guayrapamushka. Cargó una vez más su churumbela con aromado tabaco y, para mi alegría, continuó:

    –No obstante la exigua importancia esta historia, "El hombre que lo trajo el viento", al llegar a este parte demandaba el análisis de ciertos detalles sin lo cual te hubiera resultado difícil comprenderla. Incluso a mí hubiese representado cierta dificultad el referirme a una peripecia lejana sin el soporte de elementos accesorios que contribuyesen al logro de una configuración exacta. Un evento histórico, por sencillo y breve que fuese, además de hallarse anclado sólidamente a puntos determinados en el tiempo y en el espacio, requiere de referencias que refuercen la evidencia de su incidencia y a los que se puede recurrir si aún la incertidumbre persiste. Y ahora volvamos a la escuelita, en aquel lejano jueves a mediodía, para encontrarnos con los pobladores del villorrio concurridos allí, aterrados a causa de los objetos descubiertos por don Calixto Mena en poder del misterioso huésped que, tendido sobre un banco, continuaba desfallecido.

    "La nueva alarma desencadenada por don Calixto Mena, como hemos dicho, se derivo en una suerte de pánico difícil de ser desvanecida. La mayoría de los presentes, atónitos, silentes e inmóviles, miraban con ojos agrandados, el objeto acabado de descubrir. Sólo unos cuantos ciudadanos, aunque inmóviles y estupefactos como los anteriores, pero que no habían perdido del todo la facultad del habla, dejaban oír sus susurrantes voces en son de plegarias y también de tímidos comentarios. "¡Padre nuestro que estás en el…!" – musitaban– "¡Santo cielo, el guayrapamushka tiene que ser un enviado de Belcebú, que espera llevarnos con él…! ¡"Blanco, catire, alto, guapo, y de ojos que han tomado para sí el color del cielo y del mar, no puede ser un hombre común como Galo, Gonzalo o Bermel!" "¡Que caray! Ahora mismo que se halla como dormido, ¿no sería lo mejor quemarlo!" "Pero ¡Satanás enviará a otros en su lugar!" "¡Quia! Así sabrá el maligno que con los rioblanquenses no van sus tretas." "¡Entonces hay que quemarlo pronto!"… Eran expresiones del temor que empezaba a exasperarlos, desde luego no engendrado precisamente por don Calixto Mena, que con sus observaciones tremendistas había contribuido apenas a prender la hoguera, sino por el guayrapamushka en sí. Suponían los presentes que, ¡un sujeto llevado allí por el viento Dios sabe de qué paraje tenebroso, no podía traer más que incalculables males! Para los ingenuos aldeanos, la perversidad del forastero se hacía patente en detalles de su atuendo y en el irreverente hecho de portar una joya cuasi sagrada, destinada perennemente a un lugar visible y noble, junto a la mano siniestra cual arma letal. Y no abrigaban duda de que lo era, ya que además de poseer componentes elaborados en un material imposible de encontrarlo en la tierra, la traía disimulada bajo la manga, como lo estilan los tahúres con las cartas de juego y los asesinos arteros con su arma. Por tanto, temían que nada bueno prometía su presencia cuando, para mayor suspicacia, exhibía un comportamiento propio de quienes han abdicado a la fe cristiana para someterse al dominio de Satán.

    "Una vez que de los individuos allí reunidos fuera evaporándose paulatinamente el temor hasta no quedar de él apenas un espinoso recuerdo, se sintieron unánimemente envalentonados. Y, en consecuencia, les volvió el prurito de calzarle alas a la imaginación, gracias a lo cual, empezó un controvertido parlamento que amenazaba con durar hasta las calendas griegas. Todas y cada uno de ellos, exceptuados los pequeños e inexpertos niños, emitían sus opiniones sin que nadie les prestase demasiada atención en aquel atronador guirigay. Pues, mientras uno era del parecer de llevar al desconocido a Tanicuchí, para que fuera entregado al Juez Parroquial; otro consideraba que si bien lo era necesario trasladarle hasta la mencionada población, no era la autoridad civil quien debía resolver este sui géneris caso sino el sacerdote de allí, porque el guayrapamushka debía ser exorcizado de inmediato; alguien, nada amigo de andarse con rodeos, juzgó que, para evitarse molestias innecesarias, lo aconsejable era sepultarle en el jardín de la escuela ipso facto; alguien más declaró que estaba completamente de acuerdo con la sugerencia de quien le había antecedido en la palabra, pero que primero se le debía cercenarle el gaznate… ¡Diantres! Esta batahola, en la cual nadie se ponía de acuerdo con nadie, se prolongaba por excesivo tiempo sin visos de poder llegar a consenso alguno. Sin embargo, una acción inesperada vino a poner fin a aquel galimatías. Pues, la mujer del tabernero, a quien nadie le había visto salir, apareciendo con una jarra de agua en sus manos, arrojó todo su contenido sobre el yacente sujeto, empapándole de pies a cabeza, mientras decía con el poco elegante estilo de quien tiene que vérselas a menudo con fulanos pasados de copas y zutanos de toda laya:

    "–¡Vamos pequeño bribón, que es con agua bendita con lo que se da aquí la bienvenida a los emisarios del reino de las tinieblas! Espero que, en lo posterior, no te quede deseo de aventurarte por estos pagos.

    "Todos se movieron, cual más diligente, buscando el mejor ángulo de visión para no perder detalle del terrible espectáculo que estaban a punto de presenciar. Desde luego, cuidándose de no ubicarse demasiado junto del sujeto que, de un momento a otro, empezaría a arder como una pira. Se suponía que el agua bendita, habiendo entrado en contacto con el presunto emisario de Lucifer, tendría un efecto tanto fulminante como espeluznante. Historias no faltaban de lo que le ocurría al maligno cuando se le echaba encima agua bendita. Pues, antes de que pudiera decir pío, se inflamaba como la pólvora.

    "La expectativa era de ansiedad generalizada. También mi idolatrado padre, hijo ausente de su lejana Galicia, siendo un cultor de las tradiciones y por añadidura un fanático de la mitología cristiana, lo era tan supersticioso como los demás lugareños. Los segundos pasaban con desesperante lentitud, como arrastrándose penosamente, mientras que el sujeto yacente continuaba anclado a su inmovilidad, sin que pareciese haberle causado el mínimo efecto el baño recibido. De pronto se hizo presente la sombra de la duda en las miradas expectantes de la multitud que se veía truncada por la decepción. Y sin duda se preguntaba qué si, acaso, el agua bendita derramada sobre el durmiente no lo había sido tan bendita como se suponía o, quizá, en el lapso transcurrido entre su bendición y la hora de haber sido usada hubiera perdido su fuerza.

    "¡Mas de pronto, sobresaltando de susto a los allí congregados, el guayrapamushka se levantó con movimientos elásticos! Se sentó, para ser más exacto. Y empezó por mirar su entorno más con curiosidad que sorpresa, como si se hubiera encontrado de pronto en medio de una manada de timoratas liebres presurosa por ganar el monte. Ante una sorpresiva escena muy diferente de la que esperaban ver, todos retrocedieron con celeridad inusitada como si hubieran sido impulsados por la onda expansiva de una bomba de alto poder. Los menos valientes, tan pronto como sus piernas, entumecidas por el renovado terror, les permitieron moverse, optaron por buscar la salida. Apenas unos cuantos ciudadanos en los que se encontraba la mujer del tabernero, habiendo conservado algo de serenidad, fueron acercándose lentamente al desconocido que, a su vez, les miraba con una suave sonrisa pintada en sus ojos. Dirigiéndose a la dama de la jarra pronunció anheloso algo similar a una "o" cerrada y gutural. Y fue lo único que pronunciase durante su permanencia en nuestra aldea, que abarcara casi tres meses. Mi padre, que casualmente se había mantenido allí, musitó lleno de admiración: ¡Increíble! Pues resulta que el chico es francés, o al menos conoce esa lengua. ¡Increíble! Y dirigiéndose a la tabernera agregó: "Pide agua. Pues vaya usted a por ella".

    "La aludida dama, sin emitir comentario, salió presurosa y retornó con el líquido solicitado en menos de lo que tarda un gallo en emitir su sonoro canto. Antes de entregar la jarra al sediento, miró a los circunstantes como si buscase en ellos su aprobación, pero, al encontrarse con un conjunto de rostros de expresión huidiza, la entregó con decisión al destinatario. Éste, tomándolo con premura la vasija, la llevó de inmediato a los labios, sin duda con el propósito de apurarla en unos cuantos sorbos. La tremenda sed que le agobiaba se patentaba claramente en la anhelante respiración, en los resecos y agrietados labios y en el febril brillo de los ojos. Sin embargo, toda su vehemencia por libar se desvaneció en cuanto consiguió llevar a la boca el ansiado líquido vital. Mas al punto dibujó en su rostro un rictus de desencanto y seguidamente procedió a devolver la jarra a la mujer. Luego, poniéndose de pie, se acercó a don Calixto Mena, quien conservaba aún en poder suyo los extraños zapatos y el pequeño reloj provisto de correíllas de cristal flexible, los tomó sin resistencia. Se calzó con parsimonia, abrochó con elegancia en su muñeca izquierda el precioso cronómetro y, acercándose a la traslúcida ventana que permitía ver el exterior, se puso a contemplar el panorama.

    "El extraño comportamiento del huésped forastero, entendido como tal el acto de repudiar ipso facto el agua solicitada en cuanto intentara beberla, quedó debidamente esclarecida cuando la tabernera, en respuesta de una pregunta directa de mi padre, declaró que había tratado de dar a beber a aquel agua consagrada, la cual, por desgracia, a causa del largo tiempo que había permanecido guardada, se había corrompido. Adujo, como disculpa, que para tratar de obsequiar con semejante brebaje no había tenido otro motivo que el de hallarse segura de que no tenían por huésped a un demonio.

    "–El agua, por consagrada que sea, en nada se parece al vino, que mientras más viejo es mejor sabor tiene –comentó mi padre y, dirigiéndose a la obesa mujer, le pidió que le trajera agua fresca.

    "Ciertamente, que alguien bajo sospecha de tener negocios satánicos saliese indemne de la prueba del agua bendita, aquí y en todas partes, se reivindica automáticamente ante la sociedad, que se considera pura, limpia y de comportamiento sin dobleces. En adelante lo verán como una oveja más de su redil sujeta a temores y peligros comunes.

    "Y bien, al conocerse que nada tenían que temer y que el ex sospechoso se hallaba lejos de personificar una entidad diabólica, la tensión nerviosa descendió totalmente, la tranquilidad volvió a sus cauces normales y los semblantes, alargados por un momento, se iluminaron como una mañana de sol. A partir de entonces a nadie se le ocurrió ver en el guayrapamushka más que un desdichado que se había dejado atrapar por la furia del vendaval. Por cierto, al respecto, uno de los ancianos de la localidad, rescatando del espejo fragmentado de la memoria, contaba que en una lejana ocasión había ocurrido algo similar en la población de Toacaso, lugar situado a unos diez kilómetros de allí. Con la diferencia de que, en vez de un hombre, había sido una joven la traída por el viento. Aseguraba que aquella dama, hermosa como la estrella matutina, había sido adoptada como hija por una familia pudiente y sin descendencia radicada allí mismo. Pero, desgraciadamente, el anciano no recordaba cual había sido el fin de la chica.

    "Finalmente los curiosos perdieron interés por el guayrapamushka y de todo lo que concernía a él, y poco a poco fueron abandonando la escuela. También los alumnos, aprovechando un momento de irresolución que atravesaba su maestro, hicieron lo propio. De un instante a otro quedamos únicamente los tres, el hombre que había llegado cabalgando el viento, mi padre y yo. Aquél, habiendo sido invitado a sentarse junto a nosotros, afrontaba ahora una serie de preguntas formuladas por mi padre en todos los idiomas conocidos por él, sin que obtuviera respuesta alguna del interpelado, que si bien lo escuchaba con atención permanecía con los labios sellados. Daba la impresión de ser completamente afónico. Entonces mi padre, en vista del fracaso en su intento por conseguir entablar un diálogo formal mediante la expresión oral, optó por el sistema más corriente cuando de intercambiar información con un sordomudo se trata, el lenguaje de la mímica. Pero con este método lo único que consiguió fue hacer sonreír al objeto de su esforzada atención.

    "–¡Diantres! Estoy seguro de que el muy bribón entiende perfectamente cuanto digo –expresó con visos de enfado mi padre–, pero se niega a manifestarlo. Porque resulta inconcebible que una persona de su pinta, probablemente de buena cuna y próspero, según su costosa indumentaria y cuanto trae consigo, no contase al menos con una mediana ilustración.

    "–Tal vez lo conozca la escritura –dije no muy seguro de que mi padre tomase en cuenta mi intuición–. Hace un instante lo vi interesado en el texto escrito en el pizarrón. Parecía leerlo. En cuanto a la facultad de la audición, no hay duda de que la disfruta intacta. El mínimo sonido producido a su derredor le atrae la atención.

    "–Eso creo –replicó mi interlocutor, levantándose presto para ir a situarse junto al pizarrón.

    "Acto seguido, tomando una tiza, fue atiborrarlo de palabras y palabras del más variado significado en diversas lenguas. Mas, con el profundo respeto que profeso a la memoria de mi dilecto antecesor, parecía asunto de broma lo que, en su agitación, efectuaba él. Mientras que con una mano graficaba con celeridad representaciones gramaticales en el bruno tablero, con la otra trataba de incitar al extranjero a que se fijara en las frases que no cesaban en renovarse. Pero éste, además de mirarle con curiosidad, no decía pío. Finalmente, exhausto y decepcionado, arrojó la tiza y el borrador y renunció a entablar diálogo con la esfinge, como él lo dio en llamar al inopinado huésped.

    "Luego, una vez que se hubo resignado a permanecer silente junto a la "esfinge", supuso que lo más que podía hacer por el mozo era proporcionarle alimentación y albergue. Pues, al fin y al cabo, era su huésped, con quien tenía deberes sagrados tanto de cortesía como de caridad. ¿Acaso, tras apearse del torbellino, no se había dirigido a él como en busca de protección? En consecuencia no le dejaría desamparado quizá en el peor trance de su vida. Monologaba lleno de compasión: "Sin duda el travieso Eolo, /más malvado que travieso, se ufana que bajo el cielo /nadie supera en lo avieso. /¿Lo habrá hurtado al garzón /de Germania o de Holanda, /o acaso del corazón /de la bella Samarcanda?/...

    "Asiéndole por un brazo con suma delicadeza, como si se tratara de un ánfora Ming, le condujo hasta nuestra casita y, aunque conocía de antemano que no iba a tener respuesta, le preguntó que si le agradaría alojarse con nosotros. El convidado, no dándose por enterado de aquella manifestación de hospitalidad, se puso más bien a examinar ciertas láminas que colgaban de la pared. Algunas de ellas, pintadas a color y donde predominaba el verde botella, representaban paisajes de la húmeda y lejana Galicia. Quizá mi padre las trajo consigo o, tal vez, incapaz de soportar la perenne morriña sentida por su suelo, las pintara él mismo una vez aquí. Pero mientras contemplaba las imágenes con indudable atención, como si pretendiese emitir luego un equitativo juicio sobre su evaluación, ni en sus ojos ni en su rostro dejaba traslucir la menor emoción. Se diría que miraba algo completamente ajeno a las figuras que debieron saturar los recuerdos de su existencia, aunque corta. Y tras este ejercicio visual, fue a sentarse en la única butaca que adornaba la habitación con su acogedora presencia. Un segundo después, con la espalda pegada al respaldo del asiento, la cabeza ladeada sobre el hombro izquierdo y los brazos cruzados sobre el pecho, dormía plácidamente. Mientras tanto nosotros concurrimos a la cocina para preparar la cena. La nada floreciente situación económica que atravesábamos nos privaba del lujo de disponer de cocinera, de manera que teníamos que guisar personalmente la pitanza.

    "La noche se avecinaba, descolgándose ominosamente del infinito. La luminosidad se escapaba a raudales hacia las abisales regiones del lado opuesto del día, como si se hubiera abierto una grieta en el paisaje serrano. Apenas las cumbres del colosal Cotopaxi y de las pirámides de los Ilinizas, ahora bañadas por un resplandor áureo rojizo, se dejaban ver en sus postreros momentos, antes de ser sofocadas por las tinieblas. También Eolo, como sorprendido por la paulatina y tétrica disminución de la luz, frenó sus briosos corceles que durante todo el día habían galopado embravecidos. Y un lapso de calma, que presumiblemente se extendería hasta el amanecer, acababa de iniciarse cargado de bellas promesas cifradas en una completa paz. Sin embargo, ese monstruo que llevamos enquistado en las entrañas empezó hacer sentir sus dentelladas, exigiendo que visitáramos de inmediato la cocina.

 

 

CUARTA PARTE

    "Las labores de cocina se diría que compartíamos armónica y equitativamente entre mi antecesor y este servidor. Pues, en tanto que aquél guisaba me encargaba yo de proveerle agua y leña y también de mantener viva la lumbre del fogón, usando un tubo elaborado en chaguarquero (tallo de maguey) por el cual soplaba. Esta excitante tarea en la que se destapaba el ánfora mágica de exquisitos aromas y promesas de una placentera existencia, se repetía tres veces al día y la realizábamos complacidos. Aunque disfrutábamos de carne apenas de vez en cuando, jamás estaban ausentes de la despensa la leche, el queso, los huevos, la panela, las patatas y los cereales, alimentos que garantizaban nuestra supervivencia. A esto había que añadir el chaguarmishqui (sangre dulce) extraído de los agaves que formaban el vallado del patio trasero de la casa. En ocasiones que, debido al rigor del período pluvioso, resultaba difícil el acceso de la panela proveniente de los valles subtropicales de Sigchos, obteníamos una deliciosa miel de este maravilloso jugo con sólo hervirlo por un par de horas. También se obtenía de él un agradable pulque del cual los aldeanos eran muy aficionados.

    "Hallándonos de espaldas a la puerta de la habitación y ocupados en confeccionar la cena, no nos habíamos percatado de la presencia del extranjero que, habiéndose despertado, se hubiera juntado sigilosamente a nosotros. Miraba las actividades que realizábamos junto al fogón con esa misma curiosidad rayana en la apatía que usara con las pinturas. Mi padre, sorprendido, se volvió presto hacia él para inquirirle qué era lo que deseaba. Mas el intruso, fijándose apenas en él, prefirió ir examinando de cerca cuanto tenía por delante. Empezando por la vasija destinada a la reserva de agua, pasó minuciosa revista a las marmitas destinadas a la cocción de la vianda, las piedras que las sustentaban, la leña que alimentaba el fuego y finalmente su atención fue capturada por las inquietas y rojizas lenguas que bailoteaban debajo las ollas. Sin poder substraerse de la tentación, del modo más infantil, procedió a tocarlas. Pero en cuanto sus dedos empezaron a escaldarse, sin proferir una queja ni manifestar un gesto de dolor los retiró velozmente. Recuerdo con exactitud fotográfica que aquí termino su incursión a la cocina.

    "Cuando la cena estuvo lista, el huésped fue invitado a sentarse a la mesa. Acepto con una insinuación de sonrisa el convite, que, por motivos que sólo él los conocía, no fue de su completo agrado. De los modestos platillos que se le sirvió, apenas probó las patatas, despreciando con visible repugnancia el queso, los huevos y la sémola. Pero, en compensación, se sirvió con inusitado deleite varios jarros de pulque. Y durante los días que permaneciera en casa, sabiendo a qué atenernos respecto a sus preferencias alimenticias, no le dábamos a tomar otra cosa que patatas hervidas y pulque.

    "El siguiente día se le notó más animado que cuando apareció. Se levantó en cuanto los pájaros, con sus melodiosas plegarias, daban la bienvenida a la tímida aurora que empezaba a pintar de rosada iluminación el cielo. Sorprendido gratamente por aquella música, que le parecía llegar del firmamento, se le vio sumergirse casi de inmediato en un profundo éxtasis del cual habría de salir sólo cuando las canoras cesaron su trinado. Luego, presintiendo que aquellas caricias auditivas no podían haberse originado sino cerca de él o, quizá, porque viera casualmente en la enramada una canora mientras desgranara su melodía, se puso a buscar a los maravillosos sinfonistas en el follaje de los árboles próximos. No sé si lo consiguió descubrirlos.

     "Durante la mañana se mantuvo cerca de la escuela, a menudo distrayendo la atención de los estudiantes con su presencia. Caminaba de aquí para allá sin que pareciera preocuparse en otra cosa que no fuera la de otear la extensa llanada que se dilataba hasta el horizonte. A la vista de la menor polvareda creada por el viento dentro del área adyacente o aun en lontananza, se le iluminaba la mirada e incluso daba la impresión de disponerse a echar a correr hacia ella. Y nosotros, en vista de este sintomático detalle, llegamos candorosamente a la conclusión de que el mirar reptar el viento habría sido una de las distracciones predilectas del forastero.

    "El tiempo transcurría lleno de tranquilidad a lo largo de aquella mañana, y a la hora de recreo, aunque "La Esfinge" (el adjetivo endilgado por mi padre al extranjero se había popularizado de inmediato) deambulaba cerca de nosotros había dejado de cautivar la atención. Pues, en oposición a lo se hubiera podido desear de un personaje venido de lejanas tierras, como los gitanos, éste no cantaba, no danzaba, no hacía piruetas, ni siquiera hablaba, en suma no inspiraba sino indiferencia. Sin embargo, esa misma mañana "La Esfinge" protagonizó algo que nos distrajo por un instante y nos hizo reflexionar por largo tiempo. Los estudiantes, en grupos vinculados por distracciones homogéneas, nos divertíamos en la plaza con las incidencias del juego, cuando fuimos sorprendidos de repente por un torbellino, que, rotando velozmente sobre el suelo terroso, levantaba polvo y capturaba fragmentos de rastrojo. Entonces "la Esfinge", en cuando lo vio, salió al encuentro con insólita premura, cual desesperado pasajero que teme perder su vehículo que se ha puesto ya en marcha. Lo abordó sin dificultad mientras aquel fenómeno meteorológico se deslizaba por el suelo entre espeluznantes bufidos.

    "–¡Se va, se ha ido! –gritamos todos al unísono en el convencimiento de que el viaje de retorno del extraño personaje sería acorde al de su llegada.

    "Pero no se fue. Tras unos instantes de permanecer inmerso en aquella columnilla giratoria de aire, en que nos pareció verle encumbrar por su vórtice, salió de ella cubierto de polvo y casi ciego, pero sonriente. En cuanto a la columnilla, continuó ésta su inofensiva marcha. Y en tanto que permaneciera "La Esfinge" en nuestra aldea, se convirtió en rutina el verle, en la plaza de la aldea, ir al encuentro de los torbellinos con el propósito de abordarlos como si se tratase de una nave. Sin duda tenía la esperanza de que lo devolvieran a su lugar de procedencia.

    "Los días pasaban y el forastero continuaba como al principio. No se podía comunicar con él mediante ningún sistema; tampoco había variado la dieta alimenticia, la cual continuaba siendo de patatas hervidas y pulque; casi toda la época, que en esa zona es cuando se desatan los vientos huracanados, se ocupaba en otear la planicie en busca de una columna de polvo que atravesara por ella, y durante las primeras horas de la noche, acudía al río para darse un prolongado baño que lo hacía completamente vestido. En ningún caso usó otra indumentaria que no fuera la que vestía cuando llegó, la cual, increíblemente, se mantenía siempre inmaculada e intacta como si acabase de salir de la sastrería. Por lo demás, resultaba un huésped apacible que, con su presencia, en nada vino a alterar la tranquila rutina de nuestro hogar. Por su parte, daba la también impresión de haberse acoplado a cabalidad con nuestros hábitos. Sin embargo, al finalizar la segunda semana de permanecer en casa, buscó una nueva querencia.

    "Una noche, luego de acudir al río, no regresó ya a casa, causándonos desazón con su ausencia. Y fue sólo el siguiente día cuando, viéndole bajar hasta la plaza en compañía de los Castro, supimos que se había unido a éstos. La familia Castro comprendía de cinco personas: don Simón, padre de Juan de Dios, Diosdado, Dioscelino y Dulce Amada. Gallardos los varones y comparable a la estrella matutina la niña. Don Simón, como mi antecesor, procedía de Galicia, de donde viajara a estos pagos en compañía de doña Alejandrina, su esposa, contrariamente a la actual y generalizada creencia de que únicamente hombres vinieran de Europa a América. No había conseguido amasar una gran fortuna aquí, pero sí adquirir un bonito predio que comprendía todo el altozano que, por su lado noroeste, se elevaba a unos quinientos metros de distancia de la aldea. El predio se denominado "La Loma" y su dueño traficaba en ganado caballar. Por lo tanto se veía precisado a concurrir a las ferias que desde épocas remotas se efectuaba en las poblaciones del área vinculada por el comercio, como Mulaló, Saquisilí, Toacaso y Sigchos. "La Loma" era el lugar más atractivo de ese sector tanto por su imponente casona pintada de celeste como por su extenso alfalfal que daba la apariencia de un lago, ondulante y rumoroso, enquistado en medio del desierto. Opino que aquella finca, en vez de llamarse "La Loma" debía más bien designarse "Oasis".

    "La Esfinge" y los Castro a no dudar hicieron buenas migas, en especial con Dulce Amada, ya que a los dos se les vía juntos la mayor parte del tiempo. Cuando, por las tardes, abandonando "La Loma", los cinco jóvenes bajaban a la aldea en busca de un momento de solaz en compañía de los demás mozos de la vecindad que a esa hora se congregaban allí. Mientras los hermanos de Dulce Amada se distraían en el jugo de pelota o de las cartas, ella jamás se apartaba del forastero, que prefería la inactividad. Situados por lo regular en la puerta de la capilla y uno frente al otro permanecían horas y horas en lo que parecía ser un diálogo mudo. Para comunicarse de aquel modo entre sí ¿hubieron descubierto ellos un nuevo y privativo lenguaje, inarticulado e inaudible, que con la sola intervención de la mirada, fuera posible captar directamente todo ese caudal de sentimientos que el corazón es capaz de generar? No lo sé. Pero de lo que estoy seguro es de que a través de sus elocuentes miradas circulaba un fluido de mágicos efectos que les cautivaba y les abrasaba el corazón.

    "Y como sucede comúnmente en estos casos, los murmuradores de oficio comenzaron a ocuparse en firme de los supuestos de esta relación amorosa. Conjeturaban unos, que habiendo de algún modo conocido "La Esfinge" a Dulce Amada se había enamorado locamente de ella. Pero, al mismo tiempo, enterado de la intransigencia de don Simón con respecto a ceder su hija al primer galán que se presentase, ya que no se trataba de vender un caballo al mejor postor, se había inventado uno de los ardides más ingeniosos que se hubiese tenido noticia: hacerse pasar por un guayrapamushka mudo y amnésico. Pero los chismosos no sabían explicase cómo lo había convencido al viento para que le trasportara hasta aquí. En cambio otros presumían que el extranjero no podía ser sino un poderoso mago en posesión de poderes sobrenaturales que le permitían dominar los elementos y también la voluntad de las personas. Aducían como prueba irrefutable el mismo beneplácito de don Simón para que aquél pudiese morar en su mansión con los privilegios que tendría únicamente alguien de la realeza. Al respecto tenían aun fresco el recuerdo de lo que le sucedió al tuerto Loyola antes de que él fuera tuerto. Este mozo, para su desdicha, había sido sorprendido por don Simón cuando, impelido por románticas motivaciones, rondaba la ventana de la hija de éste. Entonces el celoso e irreflexivo padre le vació un ojo de un certero pistoletazo. Asimismo, el recuerdo de los trabajos que hubo de pasar el Señor de Ortuño por parecerle la hierba del jardín de don Simón más verde que la del suyo, lo conservaban todavía fresco y lo sacaban ahora a relucir como otra prueba evidente de lo que ellos (los murmuradores) dejaban rodar.

 

 

QUINTA PARTE

    "El Señor de Ortuño se llamaba en realidad José Reverendo y era el feliz propietario de la hacienda Ortuño, en cuyas vastas dehesas se criaba los mejores toros de lidia de la región y finos caballos de paso. Poseía también labrantíos que le proporcionaban abundante y excelente cosecha y un sinnúmero de braceros que se esforzaran para que su amo descansara. Lo tenía todo menos esposa. Desde luego no porque faltaran en su perímetro social hermosas y respetables damas que anhelasen compartir su existencia con él, sino porque suponía que todas las chicas de la comarca eran solo para él. Además, tenía la convicción de que a las mujeres, por hermosas que fueran, debían mantenerlas sus padres.

    "Y fue un 19 de marzo, el mero día de San José, cuando el poderoso Señor de Ortuño, obrando en oposición de lo que hasta ahora se hubiera permitido gracias a su estatus de gamonal y de donjuán, hubo de irse de allí con el rabo entre las piernas.

    "En aquella memorable fecha, desde cuando la hacienda Ortuño pasara a pertenecer a su actual dueño, Río Blanco se embebía de alegría para homenajear a dos importantes personajes: San José Carpintero y don José Reverendo. La festividad se inició la víspera con halagüeños auspicios. La banda de música de la localidad prendió el alborozo en la aldeana con los cadenciosos sones de una retreta. Luego se presentaría, en su orden, el desfile de antorchas, el espectáculo de fuegos artificiales, de globos volantes y el largamente esperado baile popular, regado con los canelazos, que aún en las frías noches de la serranía mantiene el ánimo en su nivel más elevado.

    "Y el gran día se inició con el alegre saludo del albazo, envolviendo a los moradores del lugar en una caricia auditiva que se filtraba hasta el corazón. También las detonaciones de los petardos, lanzados al aire con regularidad, contribuían al jolgorio general. Luego vino la misa, celebrada por el cura de Tanicuchí en honor del santo del día y del patrocinador del festival, a la que concurrió todo el villorrio, comulgando al menos la mitad. Enseguida, con apenas una corta transición, se llevaron a cabo encuentros de pelota nacional y lidia de gallos por cuya causa cambiaron de bolsillo fuertes sumas de dinero. Pero estos eventos, por significativos que parecieran, era apenas una pálida muestra de lo que vendría al promediar la tarde, que era cuando la fiesta brava, con la intervención de los feroces astados de Ortuño, se daría inicio. La ilusión de presenciar este deporte, en cual el azar es el que decide la gloria o la tragedia de quien lucirse en el ruedo espera, lo venían acariciando los ríoblanquenses no sólo en los momentos inmediatos sino durante el año entero, ya que nada les resultaba más excitante que el ver a alguien jugarse la vida frente a las astas de una toro. Qué alguien, posiblemente un ser amado, dejase su sangre o la vida misma en la arena, en nada menguaba el anhelo de presenciar el gran evento.

    "La fiesta brava se daría comienzo en unos instantes. Todo estaba a punto para su lucimiento. La banda de música entonaba un alegre sanjuanito, los centauros hacían caracolear orgullosos sus corceles, las barreras se mostraban atiborras de espectadores, el palco designado a los notables y a las niñas bonitas de la localidad, repleto. Y en la plaza se movían más nerviosos que decididos una docena de mozalbetes con el poncho en la mano.

    "El Señor de Ortuño, cabalgando un hermoso alazán como jamás se hubiera visto, fue acercándose lentamente al palco de los notables y de las niñas bonitas que incluía a Dulce Amada, creando una atmósfera de expectativa en la concurrencia. Una vez junto al elegante grupo de espectadores, lo abarcó con una posesiva mirada y esbozando una sonrisa más propia en un sátiro que en un caballero, dijo de forma que su alocución quedara clara:

    "–¡Damas, damitas y caballeros, quiero informarles que la corrida a realizarse en esta tarde lo está dedicada a la reina de mi corazón, la sin par señorita Dulce Amada Castro, que por cierto, no ha sido ella la primera en conquistarlo, pero ante todos vosotros lo prometo que será la última! –desde luego que esta frase expresada por el Señor de Ortuño no era una declaración de amor impelida por desbordantes emociones ni una promesa basada en románticos sentimientos, sino una advertencia categórica que no dejaba duda a cerca de su novísimo capricho. Y como notara que ninguno de los presentes, habiendo sido tomados por sorpresa, no hiciera otra cosa que no fuera mirar con ojos desmesurados a la también desconcertada Dulce Amada, añadió–: Señores, por favor, no seamos descorteces con la mencionada señorita. Invito a todos ustedes a brindarle un apoteósico aplauso.

    "Pero no todas las personas allí presentes adoptaron aquella actitud de estupefacción. Don Simón, sintiéndose aludido por las expresiones nada discretas que afectaban a su hija, se dirigió perentorio al Señor de Ortuño, que aún no dejaba de sonreír:

    "–Señor Reverendo, habiendo escuchado el comentario que ha expresado usted con respecto a mi hija, me veo en la obligación de pedirle a usted una explicación concreta sobre sus aspiraciones. Por cierto en el supuesto de que tal cosa hubiera sido formulada de buena fe. Caso contrario, le exijo retractarse de inmediato.

    "–Vamos, don Simón –respondió el Señor de Ortuño, sin dejar de sonreír simiescamente y casi sin mirarlo–. Pues, créame usted, que no veo razón valedera por la cual tengamos que dirimir públicamente un asunto que más adelante podríamos zanjar en privado. Desde luego si le parece a usted que tengamos algo que convenir. En cuanto a lo que a mí concierne, lo está decidido todo acerca de la futura relación entre la hija de usted y su servidor –volviéndose hacia los peones que se mantenían junto al toril, con un movimiento convenido de la mano, ordenó que permitieran salir el primer toro de la tarde. Luego, como si el estado de ánimo general dependiese de su exclusiva voluntad, agregó–: ¡Ahora a divertirse todos!

    "Don José Reverendo, apartándose con indolencia del palco de los notables y las niñas bonitas del lugar, intentó llevar al centro de la plaza su brioso corcel. Pero su determinación no pasó del mero intento. Don Simón, que de un espectacular salto había aterrizado delante de la montura del hacendado, la detuvo tomándola de la brida. El equino, asustado por la repentina aparición junto a sus ojos, se encabritó violentamente, poniendo a prueba la pericia de su jinete. Pero éste se mantuvo hábilmente pegado a la silla y aquél asido con firmeza a la brida. Entonces don José, que no se andaba por las ramas, espoleó sin piedad a su caballo con la intención de atropellar con él al inoportuno. Mas su oponente, a pesar de no parecerse ni de lejos a un gigante ni mucho menos poseer su fuerza, sirviéndose de la circunstancia propicia que se la presentaba, empleando una hábil maniobra lo derribó el caballo, con su jinete, como si se hubiese tratado de abatir a un débil cordero. Claro que el gallego sabía cómo tratar a los caballos, ya que por algo constituían éstos la mercancía con que traficaba.

    "De súbito, por lo menos una veintena de jinetes, entre amigos, lacayos y esbirros del hacendado, rodearon a los tres de la discordia con miras a intervenir en el espinoso incidente. Las intenciones de los secuaces de aquél no dejaban duda, pues, además del anhelo de prestarle ayuda urgente, les movía el prurito de la venganza. Yen muy mala situación se las hubiera visto don Simón si sus decididos hijos no hubiesen ido en su inmediato auxilio. Plantándose frente a los potenciales agresores de su antecesor común, los desafiaron a que hicieran un solo movimiento que significase su intromisión en el conflicto. Y los fieros y amenazantes sujetos, en vez de seguir adelante con su truculento propósito, sin pensar dos veces eligieron hacer recular sus caballos. No se les podía tildarles de cobardes ni propensos a amilanarse ante los escollos que se presentasen en la ruta de sus aspiraciones, sino de poseer sentido común, de saber renunciar a tiempo al paso que les llevaría irremisiblemente a la perdición. Porque los cachorros de don Simón tenían tremendas pistolas en sus manos y sabían cómo usarlas.

    "El furibundo gallego, en cuanto hubo derribado al alazán, llevando a su jinete consigo, se precipitó sobre éste, que manoteaba y aullaba, como un perro que está siendo pisado en la cola, pidiendo le liberasen del caballo que se le había caído encima. Para desgracia suya el animal, como resultado de la traumatizante maniobra que le fuera aplicada, se mantenía inmóvil, como anestesiado, sobre una pierna de su amo. Y fue con el auxilio de su flamante adversario que consiguió salir de esa especie de cepo y también incorporarse, pero sólo para verse en peores dificultades. Ahora sentía atenazar la garganta dos férreas manos y una voz, como surgida de las entrañas del averno, que le exigía retractarse de lo dicho un rato antes. Aceptó lo que le pedían con un ademán ejecutado con supremo esfuerzo y, ni corto ni perezoso, no sólo que se limitó a revocar explícitamente lo expresado a la ligera sino que prometió además, poniendo a la parroquia por testigo, no volver a mirar ni de lejos a Dulce Amada, ya que se iría para siempre de la zona.

    "El Señor de Ortuño, habiendo empeñado su palabra ante el público, no volvió a mirar a la hermosa hija de don Simón, enajenó su heredad y, como se suele decir, se mandó a cambiar.

    "Un buen ejemplo de lo que puede sucederle a un desaprensivo mujeriego cuando ha puesto sus ojos en la hija de un padre que se respeta. Yo nunca lo conocí personalmente y todo cuanto me enteré de él lo fue por terceras personas. El caso es que cuando mi padre, conmigo a cuestas, arribó a Río Blanco, el mencionado terrateniente era aquí sólo una didáctica historia.

    "También se tejieron otros supuestos, cual más de absurdo, en torno de la admisión del guayrapamushka en casa de los Castro, quien, al parecer, disfrutaba en ella las mismas prerrogativas de sus dueños. Últimamente el joven forastero había aprendido a cabalgar (actividad que hasta poco antes lo detestara) y ahora, con frecuencia, se le veía recorrer la llanada en compañía de Dulce Amada, montando sendos corceles y originando celos en los garzones locales. Tampoco consistía una casualidad cuando él se dejaba caer por la aldea, que ahora lo hacía raramente, verle caminar junto a la bella adolescente, tomados de las manos e inmersos en un diálogo silente que sólo ellos comprendían.

    "A pesar de mi niñez, que limitaba la apreciación cabal de la estética, y el tiempo transcurrido entre el desarrollo de los sucesos descritos y el momento actual, poseo de Dulce Amada la más vívida evocación. Recuerdo su rostro radiante y puro, su nariz modelada delicadamente, la mirada de sus preciosos ojos cual manantial de ternura, sus labios sonrosados, y sus diminutos dientes iluminados perennemente por una dulce sonrisa magistralmente diseñada. En muy pocas ocasiones he vuelto a encontrar un rostro femenino con estas cualidades, y cuando lo he visto, he tenido la sensación de hallarme en un campo cubierto de flores.

    "Era el último sábado de octubre cuando nos volvió a sorprender el guayrapamushka. Lo tengo bien presente porque en aquel día conocí el tren, que llegó por primera vez hasta las inmediaciones de nuestra aldea. Las personas mayores del villorrio, formados en grupos repartidos en la plaza, comentaban acerca de las impresiones que tenían de la monstruosa máquina que había llegado al país para quedarse con nosotros. Se quejaban de su insufrible fetidez, de su ruido estrepitoso al desplazarse, del terrorífico ulular de su sirena, que casi había matado de susto a los niños y había ahuyentado a los animales, del peligro que representaba a la tranquila sociedad la posibilidad de que ahora los maleantes y facinerosos podrían trasladarse en unas horas desde los confines de la patria para cebarse con sus fechorías, etc. Pero en cambio los optimistas definían las enormes ventajas que el ferrocarril traía consigo. Decían que aquello significaba la inclusión de Ecuador en la modernidad. Por nuestra parte, los pequeños, como era de esperar de un grupo humano apenas en el inicio del tránsito por la vida, nos limitábamos a escuchar con inusitada admiración las opiniones en franco debate de quienes gozaban de voz y voto. Aquella tarde ningún pequeño jugaba, sólo escuchaba atentamente.

    "El suceso del día exigía congregarse a la población. Quienes, por alguna razón no habían podido llegar aún hasta el centro de la aldea, empezaban ahora a darse cita allí con urgencia. Los Bustamante, los Mena y los Clavijo, que moraban algo apartados del núcleo de población, se acercaban a paso forzado, como si en ello les fuese la vida. También los Castro se encontraban entre los rezagados y, seguramente dolidos por contingencia semejante, apresuraban el paso. Con ellos venía el inseparable Guayrapamushka tan campante como siempre. Formando un alegre y gallardo grupo, que solo en la juventud es posible, arribaron juntos hasta la esquina noreste de la plaza y, de pronto, el extranjero se apartó de los demás mediante una rauda carrera en dirección de mí, que me hallaba cerca de la escuela. En mi ingenuidad supuse que la satisfacción de encontrarme al cabo de varios días, le hubiera impelido a apresurarse para envolverme en un afectuoso abrazo. Pero no fue así. Pues, sólo cuando pasó junto a mí, sin reparar en mi presencia, intuí que algo más importante que la salutación a un amigo reclamaba su premura. Le seguí con la mirada y comprendí su extraño comportamiento.

    "Presentándose sin que apenas hubiera viento para justificar su presencia, una tenue columna de polvo, apareciendo por la esquina suroeste, se desplazaba perezosamente hacia el centro de la plaza mientras rotaba vertiginosamente en posición vertical. A nadie pareció impresionarle su incursión, ya que allí, durante la larga temporada seca, lo que más se puede ver son torbellinos. Sin embargo, esto no ocurrió con "La Esfinge", que en cuanto lo tuvo a su alcance se precipitó hacia ella.

    "La concurrencia, en conocimiento de similares escenas protagonizadas a menudo por nuestro amigo, empezó a reírse con la seguridad de que en breves segundos volvería a verle, ennegrecido y casi ciego a causa del polvo. Pero, para su sorpresa, esta ocasión fue completamente diferente. El torbellino, en cuanto lo fuera abordado por el forastero, en vez de continuar desplazándose hasta perder fuerza, se contrajo hasta una nube que parecía navegar casualmente por el cielo azul.

    "Este espectacular suceso se produjo de manera tan rápida que sus testigos apenas se dieron cuenta de lo que allí ocurrió. Dulce Amada, con entristecida mirada, buscó por largo rato en el cielo a su amador. Y al no tener ninguna respuesta visual, en compañía de sus hermanos, que daban la impresión de un cortejo funerario, regresó a "La Loma". A partir de entonces ya no se la vio más. Tampoco nadie conocía con exactitud lo sucedido con ella. Sin embargo, se rumoreaba que se había marchado a Quito en busca de consuelo en el discreto regazo de un monasterio. Seguramente ella, y quizá también sus familiares, mediante sus diálogos de estricto género mental, conoció en realidad quién era y de dónde procedía aquel misterioso hombre que lo trajo el viento".

 

 

COLOFÓN

    Al concluir el padre de mi padre este extraño relato que figurara entre su acervo de recuerdos y que, según propias expresiones, tanto para su protagonista como para sus detalles accesorios, aún no tenía una explicación a prueba de controversias, entendí que las cosas jamás exponen su real naturaleza a primera vista y que incluso ésta, una vez detectada, se halla sujeta a cambios vertiginosos e irregulares, haciéndolas ver cada vez con un rostro diferente. Además, vislumbré que bajo el sol nada puede marchar con precisión matemática, ya que los componentes de la gran máquina del tiempo, como los de cualquiera otra, son susceptibles a fallos e imperfecciones. De ahí los desfases que tantos enigmas nos presentan.

    Hasta entonces yo, en una edad en que todo lo que percibes te parece auténtico y de genuina procedencia, miraba y entendía las cosas como ellas se mostraban, creyéndolas inmutables y exentas de cambio y evolución. Mi abuelo, con su ameno relato, además de ir plasmando el tema central con sugestivas descripciones, me situaba ante una mágica ventana que permitía divisar exóticos panoramas hasta ahora velados por la inopia. En adelante, mi mente no tendría que desplegar demasiado esfuerzo para que pudiese adéntrame en aquellos pintorescos escenarios consignados al pretérito con el afán de posibilitar el advenimiento de nuevos sucesos que el tiempo los ha concebido para comparecerlos en secuencia perdurable. Y comprendí que el tiempo no era otra cosa que una máquina de sucesos, flemática e imparable, que los dejaba caer como una lluvia de ceniza volcánica, cuyas partículas no tenía otro destino que el de sepultar, bajo su peso, a sus sucedáneas precedentes y, a su vez, el de ser sepultadas por las que llegaban detrás de sí.

    Es así que los sucesos una vez producidos, a veces con la potencia de una explosión volcánica que estremece no sólo su área de influencia sino que también alcanza, con su onda expansiva, ámbitos muy alejados, caen finalmente en aquel osario llamado olvido. Rescatar sus recuerdos de entre esa compacta mezcolanza de escombros intangibles resulta a más de complejo (debido a la dificultad que supone el poder extraerlos exentos de sedimentos impregnados por evocaciones de otros acontecimientos), un esfuerzo y una dedicación formidables, y todo para obtener en recompensa apenas unas cuantas imágenes imprecisas que invitan a variadas interpretaciones. Sin embargo, envueltas en esa aureola de misterio, ejercen una atracción irresistible.

Quito, 12 de febrero de 2013

  carlosvillamarin@hotmail.com