MARBELLA
Hay en tu imagen,
reina mía,
una actitud de grandeza,
una innata gallardía
que enaltece tu belleza.
En tus ojos hay
ternura,
hay misterio, hay encanto
y una apacible dulzura
que propician mi contento.
Luce en tus labios de
diosa
una sonrisa divina,
cual aureola luminosa
de la estrella matutina.
En tu dicción
elegante,
de melodiosa cadencia,
radia la euritmia galante
de la sublime indulgencia.
En tu moldeada
silueta,
en tu rostro fascinante
vibra la flama impoluta
del donaire exuberante.
Y en la mansión de tu
mente
un anhelo generoso,
un espíritu eminente
en tu genio majestuoso.
Por eso te amo,
Marbella,
por tu rostro y tus contornos,
porque además, como estrella,
eres la luz de mis ojos.
Si, por cierto, es
limitada
la existencia para amarte,
te buscaré, oh mi amada,
en la estancia de la muerte.